Mostrando entradas con la etiqueta africano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta africano. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de julio de 2015

El cuento de Ojos de Atardecer

Entre los míos nombramos todo a partir de los cuentos que aprendimos de pequeño. Llamamos a los héroes cotidianos "ojos de atardecer" por esto.
El cuento dice así del ojos de atardecer dice así:

Un hombre triste y desamparado
Quiso comprarse un helado.
Mas no pudo pues no era el hombre mejor indicado.
Perdido y sin una historia con la que poder haber pagado
El hombre se dirigió al oeste ha ganar dinero criando ganado.
En su camino con un diablillo se habría topado
Ya que se le ocurrió una idea que ni al más alocado:
Llevaría el ocaso en sus ojos para tenerlos adornados.

¿Pero cómo realizar tal labrado
en el cielo no estrellado?
Probó pidiéndoselo a los dioses atolondrados
Y le dijeron que no, que no se lo había ganado.
Probó usando ingeniería y mecanismos de lo más avanzados
Y ninguno fue lo suficientemente grande ni osado.
Probó ha realizar la labor con su cuerpo bronceado
Y comprobó que no tenía la fuerza de la que le habían hablado.
¿Qué podría hacer si quería ver su objetivo alcanzado?

Volvió a viajar al oeste para ver al diablillo que le había cantado.
Le preguntó que cómo podría robar tan grande sol sin caña ni arado.
¡Fácilmente, mi amigo cansado!
Tan solo intenta que el sol entre tu índice y pulgar se encuentre hallado.
Y así, con sus nuevos ojos acaramelados
nuestro héroe pudo comprarse su helado.


Los héroes cotidianos somos cualquiera cuando logramos lo que nos proponemos, por pequeño que sea, y cuando lo hacemos, decimos que tenemos el sol en la mirada porque, realmente, nuestros ojos brillan con alegría y orgullo de haber alcanzado nuestros sueños. Por pequeños que estos fuesen.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Quiero una cafetera por mi cumpleaños


-Es mi primer cumpleaños en la Ciudad. Yo soy de pueblo, ¿sabe? Llevo en esta ciudad varios años pero en mi cumpleaños siempre tengo un sitio a donde volver, pero supongo que eso ya no puedo hacerlo.
-¿Por?
-Por dinero y porque ya no me llevo tan bien con esa gente como cuando era pequeño. El caso es que nunca había celebrado mi cumpleaños por todo lo grande, me gustaba que la gente que me importa se acordase, me felicitase y volviesen a sus vidas. Un mínimo, ¿entiende? Pero este año es diferente. Casi nadie se ha acordado, de mis compañeros de piso sólo uno lo sabía y ni una llamada de mi familia. Pero mi compañero del trabajo sí que se ha acordado. Y por eso vamos a donde vamos.
-¿Por eso vamos a la calle Wilbur Whateley? ¿Porque su amigo se acordó?
-Más o menos.
-¿Vive ahí o algo así?
-Más o menos. Verá... Él trabajo conmigo fregando cacharros en un bar de por aquí, yo necesito el dinero para sobrevivir, con eso me pago la comida y las facturas pero él no. Él vive en un terreno que pertenece a su familia desde ni se sabe y cultiva su comida. El dinero lo usa para comprar cosas a la gente o cosas que no puede fabricar él. Es un manitas, ¿sabe? El verano pasado construyó todo un porche para su casa. Vive en una especie de cabaña un poco elevada. Dice que está elevada porque en los tiempos de su bisabuela esto era un valle inundado.
-Yo soy extranjero, así que no tenía la menor idea.
-¿De dónde?
-Vengo de la Federación Unificada. No vaya, ese es mi consejo.
-¿Tan malo era?
-Vivía en comunas con cartas de aprovisionamiento, entre que no había mucho y muchos tenían enchufe mi familia y yo nos moríamos de hambre. Las fotos que haya podido ver usted son de la zona turística de la FU, la realidad es un país gris, geométrico y la mar de unificado, para bien y para mal.
-Joder. Pero de aspecto no dista mucho de esto, ¿no?
-Sólo con ver carteles de colores de neón me pongo contento, señor.
-¿Sabe? Eso es muy bonito. Mi amigo es del sur, negro como el carbón. Del sur del mundo, digo. Su país ahora es un destino tropical para los turistas, él prefiere estar en esta jungla de hormigón por alguna razón. El caso es que tiene mi regalo en su casa y dice que no lo puede sacar, que se escaparía.
-¿Y no se le ocurre qué puede ser?
-No... la verdad es que no.
-Pues averígüelo, hemos llegado.
-Oh... tenga, quédese con el cambio.
-Gracias, ¡hasta otra! ¡Y buena suerte!
-Lo mismo le digo.

Me bajé el taxi y caminé lento pero seguro hacia la choza de mi amigo Uruk. Él me esperaba en una silla de madera y paja con un cigarro en la boca. Me sonrió, me dio un abrazo y me dijo que le acompañase a la parte trasera de la casa. Allí, lejos de miradas indiscretas, vi algo que jamás olvidaré. Atado a un poste había una cuerda, la cual acababa en un lazo suspendido en el aire. Pensaba que era una broma de Uruk pero aquella cuerda se movía, como si estuviese atada a algo invisible, pero era extraño porque podía pasar la mano a través de ella, podía tirar de ella y deformarla. Me dijo que le estaba haciendo daño a mi regalo, que esperase a que se hiciese de noche. Y eso hicimos. Tomamos un té especial que él mismo cultiva y esperamos a la noche. Noche abierta. Ni una nube, las dos de la mañana. Aquello comenzó a tomar forma. Poco a poco vi mi regalo aparecer. Era de muchos colores, la cabeza era morada, me miraba con ojos de ciervo y tenía un cuerno tricolor de medio metro. Aquella bestia era magnífica y elegante, parecía un caballo.
-Es un unicornio.
-¿Qué?
-Que es un puto unicornio, lo capturé anoche.
Claro, ¿qué dices? Yo no dije nada. Prefería no hacerlo. Abracé a la extraña criatura; yo pensaba que los unicornios eran caballos con un cuerno en la cabeza pero según rodeé con mis brazos su cuello supe que no podía ser otra cosa, que aquello era un unicornio y Uruk me lo había regalado.
-¿Pero qué hago yo con esto ahora?
-Puedes robarle el cuerno y pedir un deseo o puedes cabalgarlo si se deja.
-Si le quito el cuerno, ¿qué le pasará a él?
-Que moriría. No te preocupes hay mogollón de unicornios.
-No puedo matarle por un deseo.
-Tú mismo. Es tu regalo de cumpleaños.
Se sentó y se fumó otro cigarrillo.

Al final, después de mucho pensarlo, le quité el cuerno. Entonces vi caer lentamente a aquella bestia, como si se derrumbase un coloso de piedra. No tocó el suelo, se deshizo en luciérnagas. Cuando llevas un tiempo con Uruk ya no te preguntas según qué cosas...
El caso es que tenía el cuerno en la mano y deseé algo que creo que fue bueno. Deseé que Uruk me regalase una cafetera por mi cumpleaños.
A veces creo ver que una estrella hace chiribitas para mí, y siempre creo y estoy convencido de que es aquel unicornio que nunca conocí.

Historias Irrelevantes