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sábado, 25 de noviembre de 2017

La chica de debajo del puente



Aquel día comenzó a llover, no era normal que lloviese pero me alegré de poder pasar la tarde a cubierto. Me puse un chubasquero y fui a su escondite. A las afueras del pueblo hay un pequeño arroyo que en las estaciones de lluvia desborda su caudal, por lo que hace siglos se construyó un puente de piedra para poder atravesarlo.
En otoño ese arroyo apenas es un pequeño torrente y suelo juntarme con mi amiga debajo de ese puente. Todo está lleno de hojarasca y está silencioso. Es lo bueno de los pueblos, apenas hay nadie en las afueras. Sólo hay campo, bosques y silencio.
Bajar no siempre es fácil, menos con lluvias, casi me caigo al resbalarme. Pero está bien, no pasa nada. Por un momento ella, al escuchar el ruido, se acerca, me confunde con comida, pero sabe que no soy comida. Mi amiga tiene la apariencia de una chica asiática muy joven e inocente, parece incluso vulnerable, aunque no se le dan bien los disfraces y realmente cuanto más mires a sus ojos más te darás cuenta de su inquietante mirada.
Según me ve se esconde, no le gusta estar a la luz, es insegura, no le gusta ser vista. De hecho, si no tuviera que comer, nadie sería capaz de encontrarla. Corre más que tú y sabe esconderse en toda clase de lugares.
Mis pasos hacen ruido al pisar las hojas secas, los suyos no. A veces me pregunto de qué estará hecha, pero no me lo pregunto demasiadas veces. Sé que es ligera. Sé que no se fía de casi nadie. Sé que es culpable de montones de leyendas. Sé que es posible que coma. Pero me gusta confiar en su falsa sonrisa.
Me siento bajo el puente y veo su rostro al revés, ella está tumbada en el techo del puente, mirándome fijamente. Me da un libro y comienzo a leer. Le gusta escucharme leer. Le gusta aprender. En ocasiones habla, nunca más de una palabra por vez. Podría decir que incluso por día pero no me atrevo a afirmarlo. Este día fue uno de los días en los que dijo una palabra.
Pero antes cerré el libro, encendí un cigarro, bajó de su techo y se me sentó encima. Seguía siendo ligera como un trozo de seda. Se acurrucó en mi pecho sin quitarme la vista de encima. Su siempre sonrisa dejó de inquietarme hace meses. Tampoco es que nos conozcamos desde hace tanto.
–¿Crees que soy tu amigo porque no tengo a nadie más? ¿O quizá es que sólo puedo confiar en aquello que es tal y como es? Aquellas cosas sencillas. Sé que este no es tu aspecto real pero eso se ve con sólo mirarte un rato, no engañas a nadie.
Me clavó las uñas un poco. Yo me reí.
–Vale, vale. Quizá es porque tú me aceptaste tal y como soy. Aunque no te guste nada de mí. Ni mi sabor. Aún así... te alegra cuando vengo. ¿Cómo eres así? Eres la persona más amable que conozco. Y aún así eres un misterio. Uno que jamás querría resolver. Me gustas aunque me des miedo, aunque nunca sepa qué eres o qué forma tienes.
Estas conversaciones eran normales en nosotros. Es estar con ella y me vuelvo tan vulnerable que sólo me sale ser sincero.
–Me incomodas. Mirarte a los ojos me da tanto miedo como... como bien me hace. Eres imposible, eres irreal, eres única y eres un monstruo. Eres la cosa más terrible que jamás he conocido pero no puedo imaginarme sin ti. ¿Por qué me acoges? Sólo no huí de ti. Sólo me quedé quieto aquel invierno. No sé qué esperaba, la verdad.
Se abrazó a mí, lenta pero tiernamente. Creo que soy el único cuerpo que disfruta abrazar. No dejaba de mirarme directamente a los ojos, nunca dejaba de mirarme directamente a los ojos. Yo miraba al cielo nublado y a la lluvia.
–Al principio esperaba que algún día se te cayera la máscara, que me mostrases tu verdadero rostro. Sentir que estás aquí, conmigo. Supongo... supongo que no era capaz de ver la realidad. Eres así.
Ella es terrorífica. Mirarla me sigue estremeciendo. Pero ahora, después del miedo, cuando miro directamente en sus negras pupilas, nace una ternura implacable. Ojalá ella sea capaz de verme. De verme tal y como soy. Tengo miedo de que me abrace porque no conozca a nadie más. Me aterra pensar que cualquier persona que se atreva a conocerla será mejor que yo. Es un pánico egoísta y feo que soy incapaz de esquivar. Quizá... quizá he logrado que este monstruo me importe tanto porque tengo la seguridad de que nadie más querrá estar con ella. Soy... yo el que no es capaz de verla. El que no es capaz de dejar atrás sus miedos y sus inseguridades. Soy yo el que no es capaz de aceptarla por lo que es y confiar en sus emociones. Soy yo el...
–Sonrío.

Miro a sus ojos. Los encuentro clavados frente a los míos. Esa palabra ha borrado por completo mis pensamientos. ¿Qué fue eso? Sonrío. No dejo de escucharlo. Sonrío, sonrío, sonrío, sonrío. Sonríe. Ella sonríe. ¿Lo hice yo? Acabo de caer. Estoy boquiabierto, mirándola, totalmente atascado en esta emoción tan cálida. ¿Qué pensará ella? ¿Cómo piensa ella? No. Esas no son las preguntas. Y la verdad, no hay pregunta. Eso es.
No hay pregunta.
Mis brazos la rodean, fuerte, suaves. Junto mi cabeza con la suya. Comienzo a llorar. Ella se separa. Me mira de frente. Veo sus ojos inmóviles examinándome. Su sonrisa implacable no me asusta. Su mano limpia mis lágrimas. Gira su rostro noventa grados. Me mira. Me mira. Mira mi cara retorcida por el sollozo, moqueando y sin ser capaz de parar el llanto digo lo único que se me ocurre.
–Sonrío.

Aquel día fue un día más. Pero lo recuerdo con cariño. Ojalá tuviera alguna foto de ella, pero no sale en las fotografías. En parte me gusta porque así sólo yo puedo recordarla, aún no conozco a nadie que haya logrado verla y sobrevivir. La gente del pueblo comenzó, con el tiempo, a llamarme el hombre pez porque iba mucho al río a por agua. Sigo yendo a visitar a mi amiga siempre que puedo. Creo que esa es mi vida. No imagino otra. Para bien y para mal.

–Historias Irrelevantes







miércoles, 8 de noviembre de 2017

Gato, carcamal, aspiradora

El piso siempre huele a viejo y el viejo no lo huele. La vieja a veces echa ese producto químico tan horripilante para remediarlo pero sólo hace que el piso huela a viejo y a producto químico horripilante. Por eso a veces me cuelo en casa de los vecinos. Piensan que soy su amigo cuando en realidad sólo estoy huyendo de casa, hasta que los viejos se dan cuenta. 

Hacen multitud de cosas que no entiendo. Por ejemplo, se sacan los dientes de la boca para cepillarlos como se cepillan los zapatos. También meten su comida en montones de cajas: unas grandes y relucientes, hay una que se iluminan con una luz naranja cuando la cierran y otra que está helada. Odian toda la comida que les traigo, siempre la meten en bolsas de plástico moradas y las arrojan a un cubo. El cubo luego se lo lleva un camión grande del que cuelgan un par de personas. 
Tampoco entiendo que para dormir se ponen en un alto porque temen que en el suelo haya serpientes cuando ya les he dicho hasta la saciedad que en el piso no hay serpientes. Al menos no de las que te pueden matar. Se cubren como si fueran topos porque carecen de vello corporal. Pensé que sólo eran los viejos del piso los que carecían de pelo pero la vecina es más joven y la he visto quitándoselo. Es como si quisieran ser patéticos y ridículos a propósito. Por ejemplo utilizan palos muy largos y muy duros para ayudarse al caminar sobre dos patas porque nunca aprendieron a caminar con cuatro.
Una cosa que me fascina es que son capaces de estar horas sentados, atrofiándose, mientras ven una ventana en la que salen otras personas hablándoles. Deben sentirse muy solos para no bastarse con su compañía. 

Me dan comida, me la ponen a mi altura mientras se comen la suya a la su altura. No les gusta mezclarse conmigo. No les gusta que deje mis pelos por el piso, por eso igual perdieron su pelo, para no dejarlo por ahí. Tampoco les gusta que juegue con sus cosas pero tampoco tengo mías. Creo que perdieron sus garras para no estropear nada de lo que tocan. Se volvieron débiles y suaves para no molestarse, para no tocarse. O para tocarse demasiado. No les entiendo. 

A veces me quedo mirándoles. Muy fijamente. Tratando de discernir qué son, por qué son así. Pero no logro llegar a ningún lado. Es entonces cuando se dan cuenta de que estoy mirándoles y lo interpretan como un reclamo de atención, como si les necesitara para algo. Viejos. No me iré de su lado, esa es mi casa, claro. Pero joder, viejos. Sois muy raros para no ser gatos.


–Historias de tres palabras

Triángulo, ruido, charco

Nos perdimos hace mucho entre estas calles, estos lugares. Tampoco es que echemos de menos los sitios de los que venimos. Nos gusta juntarnos alrededor de las hogueras de los parias y extraños. Quizá es que seamos parias y extraños.
Por entre los callejones vemos a los inconscientes caminar y vagar por entre sus vidas. Es el pasatiempo del día mientras esperamos a la noche. Cuando el cielo cae oscuro sobre la ciudad nos movemos, nos ganamos la vida. Quizá encapuchados, quizá con chubasqueros. Quizá con abrigos largos. Un niño y una niña, no sé cómo acabamos aquí ni si acabaremos aquí. Sólo hacemos lo que podemos, nos pintamos un bigote y nos ponemos un sombrero. A veces somos un señor alto y a veces somos dos señores bajitos. A veces llueve y bailamos, las luces que se reflejan empapadas nos acogen mejor que los brazos de los extraños.
No pedimos, nos dijeron papá y mamá hace mucho que no lo hiciéramos. Pero a veces hace frío y pedimos mantas. Si no nos las dan las cogeremos igual. Nuestros gritos se pierden entre la muchedumbre y nadie mira hacia abajo, no hacia tan abajo.
Por eso podemos escondernos.

–Hermanito, ¿a dónde iremos?
Me dice ella a veces. Yo siempre le digo que no lo sé, que ya lo veremos. Que quizá hoy podamos comer pizza y que quizá hoy esté caliente.
–Hermanita, tengo hambre, ¿qué podemos comer?
Me dice él a veces. Yo siempre le digo que ya encontraré algo, que no se quedará con hambre. Que quizá encontremos un lugar seco donde dormir esa noche.

Tenemos ojeras tan largas que pasamos fácilmente por señores bajitos. Por eso no hay que preocuparse. Ni porque nos vaya a pasar nada, nos escabullimos fácilmente. Pero a veces es solitario, incluso cuando estamos juntos. Creo que nunca hemos estado sin el otro, no desde que nos perdimos entre aceras y asfaltos, tejados de chapa y soportales.
Nos gusta ver los anuncios de las tiendas, son como ver la tele pero gratis y en la calle. Este invierno creo que haremos algo.
–¿Qué haremos, hermanita?
Me dice a veces.
–¿Qué haremos, hermanito?
Me dice a veces.
Nos da miedo ir a un orfanato. Porque nos han dicho que nos separarán. No queremos perder a lo único que tenemos. Pero no podemos pasar otro invierno solos. Claro. Nos moriremos de frío. Así que caminaremos, caminaremos juntos, cogidos de la mano. Diremos que estamos unidos de las manos y que no se pueden separar. Que no. Que lo hemos intentado. Que no mentimos. No nos soltaremos jamás. Será nuestro secreto y así podremos no abandonarnos.
Porque somos lo único que tenemos. No queremos tener menos. No.


–Historias de tres palabras

Pecera Macabra Altibajo


Es tarde. Ya me he acostado como me dijo mi madre que hiciera. Me he lavado los dientes, claro. Hasta puse yo solita la lucecilla que hace que los monstruos no vengan a mi habitación mientras duermo. No se les puede quitar el ojo de encima a esos monstruos. Últimamente creo que como los monstruos no pueden venir a mi habitación tienen que ir a otro sitio. Ese otro sitio podría ser el desván que tengo encima de mi habitación. Siento como si escuchase sus terribles pasos, pasos de pezuñas, de garras, de pies peludos. Tengo miedo.
Como tengo miedo me abrazo a mi peluche. Y se me ocurre una idea. Robo el alargador del salón, enchufo mi lucecita antimonstruos y subo al desván. Tengo que echar a los monstruos del desván también. ¿Por qué vienen a mi casa? ¿Por qué no pueden ir a casa de la niña esa tonta de mi clase? ¿Quién querría comerme? Mi padre es mucho más grande que yo, seguro que alimenta más.
Subo al desván, paso a paso. Poco a poco. Entre las sombras de las cajas viejas les veo correr, corren de escondite en escondite, aterrados. Sé que están aterrados porque no hacen eso de posar con sus garras y asustarme.

–¡Salid! ¡Quiero echaros la bronca!

Les digo. Poco a poco veo cómo se asoman. Uno tras otro. Son seis en total, quizá haya un séptimo chiquitito escondido todavía. Apenas les veo porque si les apunto con la luz se desvanecerán. Pero veo la punta de los dedos de sus pies. Monstruos feos.

–Dejad de venir a mi casa. Por favor. Estoy harta. Todas las noches la misma historia. Me dais miedo y entonces no duermo y si no duermo mamá me regaña. Me dais mucho miedo, así que largo, jolines.

No veo que ninguno se mueva. Están aterrados, ¿de mí?

–¿Os doy miedo?

Entre las sombras y la oscuridad se escabulle un susurro, me envuelve de escalofríos como una manta de las que pican.

–Sí...

–Pero entonces, ¿qué hacéis aquí? ¿No estáis aquí porque me queréis comer?
–No...
–¡¿Me queréis matar?!
–No...
–¿Qué me queréis hacer?
–Estar.
–¿Estar?
–Estar.
–No me fío de vosotros, ¡monstruos! ¡Sois pesadillas! ¡Sois terroríficos! ¡Sois el mal! Por eso os escondéis, para acecharnos. Para comernos. Y como os tenemos que vigilar no logramos dormir, ni mi peluche ni yo.
–Mal... entendido.
–Sí...
–Sentimos... mucho...
Dijeron. Están muy asustados y tristes. Como si fuesen a quedarse sin cenar o sin postre.
–Si os dejo tranquilos, ¿me prometéis que os iréis?
–No... queremos... eso...
–Irnos... no.
–No podemos...
–Entonces os destruiré con mi luz antimonstruos.
–No... no...
–Tú... buena...
–Por eso... querer.
–Queremos... estar...
–Estar... estar...
–Otros... malos...
–Tú... buena...
–¿Queréis ser mis amigos?
–Sí...
–Sí...
–Pero luz...
–Luz... mala...
–Día... dormir...
–Noche... estar...

Volví a mi habitación, dejando a los monstruos en el desván. No enchufé la lucecita antimonstruos y me metí en la cama. Me he tapado hasta arriba por si acaso. Espero que sean buenos y no me coman.



–Historias de tres palabras

jueves, 21 de septiembre de 2017

El viejo y la estrella

La estrella había bajado hasta la puerta del viejo. Quería increparle. Quería saber por qué la casa del viejo brillaba ahora tanto. Y el viejo se adelantó a la estrella.

–Ohm. Hola. Supongo que has venido por el brillo, ¿eh?

El viejo cerró la puerta tras de sí para hablar en el jardín con la estrella. La estrella no tuvo que decir ni una palabra, nunca hablaba. El viejo se encendió un cigarro.

–He estado años... ¡décadas! En este jardín. Cada noche. En este mundo sin estrellas, de cielo oscuro y eterno... pero... una vez o dos o tres cada años tú aparecías. Tú, con tu incansable brillo, tu resplandor maravilloso en mitad de la noche aparecías. Te gustaba que estuviera ahí para verte. Sé que muchas veces brillaste solo para mí. Sé que sabes que he sonreído muchísimo contigo.

Le dio otra calada al cigarro. Miraba al suelo, distraído, casi hablando consigo mismo que con la estrella.

–Cada año bajabas una vez o dos tres. ¿Sabes qué pasaba las otras trescientas sesenta y dos noches del año? Me quedaba en esa tumbona mirando al vacío, helado. He vivido toda esta vida de sueños y gripes solo en mi casita de la colina. Apreciándote. Esperándote. Dedicando mi vida entera a ti. ¿Y sabes? Ha sido frío. Muy frío.

El viejo miró de vuelta a la casa, que brillaba de manera misteriosa desde dentro.

–Un día alguien llamó a mi puerta. Brillaba muchísimo y quiso entrar, conocerme y brillar allí dentro. Me dijo que se llamaba Sol. Me hizo sentir hermoso. Me hizo sentir valioso. Eres la estrella más preciosa del universo, tu brillo es imparable, te quiero y te esperaré lo que me queda de vida, te di mi palabra y la cumpliré. Pero una estrella está lejos, una estrella es distante, una estrella no da calor y no hace crecer las cosas. Una estrella sólo hace soñar y si vives de sueños... te mueres.

Las lágrimas recorrían la cara arrugado de aquel viejo que se incorporó entre deprimido y repleto de rabia, algunos dicen que son el mismo sentimiento.

–Y tú... tú... después de todo, después de todas las veces que te he pedido que bajaras, después de todas las veces que has impedido que suba, después de todas las veces que has huido de mí por fin has bajado... has bajado porque había otro brillo en mi casa. Eres... eres... ¡eres una soberbia! Y tengo tantísimo miedo ahora mismo. Nunca podré ser feliz, ¿verdad? Lo impedirás siempre. Nunca estarás conmigo pero si no estoy contigo te apagarás, ¿verdad? ¡Me harás eso, ¿verdad?! Nunca... nunca había vivido.

Se desplomó en la hierba, sentado de piernas cruzadas, mirando al suelo, iluminado por la estrella que lo miraba apoyada en la valla de la casa.

–Por primera vez me siento... real, ¿sabes? Siento que puedo ser amado, siento que puedo ser alguien hermoso. ¿Cómo arreglamos esto?

El viejo levantó la cabeza para mirar a la estrella a los ojos pero ésta se había ido. Levantó aún más la vista pero no encontró nada en la oscuridad de la noche. El cielo era negro. El Sol había salido, le puso una manta y le besó en la mejilla.

–¿Crees que algún día podrás dejar de estar triste?

–No... no lo creo.

Miraba al infinito, agarrado de la manta.

–Aunque quizá aprenda a estar felizmente triste. Y no más gripes.


Historias Irrelevantes




domingo, 27 de noviembre de 2016

Charlotte. Historia de una historia

Charlotte se desliza por la avenida, ha llovido y la noche ha caído más pronto de lo que está acostumbrada. Cosas del invierno. Tiene prisa y también tiene frío, no tiene tiempo para dejar un moneda a un vagabundo ni para firmar una ayuda a un tipo con un chaleco llamativo. ¿Qué te va a pasar Charlotte? Algo tiene que pasarte, si no no te escribiría. Charlotte entra por fin a un sitio calentito, es una cafetería acristalada del centro. Al entrar suena una campanilla, sabe que es cara pero también sabe que el café está bueno. Allí espera su amigo, no recuerdo su nombre. 
Se sienta, por fin, tras dos besos, y se pide un cortado. Su amigo estaba leyendo, llevaba un rato haciéndolo, Charlotte llegaba tarde, ¿qué iba a hacer él solo? Aunque dicen que con un libro uno nunca está solo, pero esto no tiene que ver, ¿de qué hablan Charlotte y su amigo? 
-¡Uf! ¡Cuánto tiempo! 
-Sí... ya son como cuatro o cinco meses sin vernos. 
-Y viviendo en la misma ciudad. 
-Pero estamos ocupados, tampoco es que pudiéramos hacer mucho al respecto. 
-Ya... 
-¿Y qué te cuentas? ¿Qué es de tu vida? 
Se ponen al día, no quiero aburrirme con los detalles concretos de sus vidas, sí, quizá les conoceríamos un poco mejor pero estas conversaciones las he tenido y las has tenido cientos de veces, así que vamos a saltárnosla para que esto avance un poco, ¿quieres? Si acaso escribo al final un anexo con la conversación por si te interesa. 
-Así que ahora estás saliendo con una chica, ¿eh? Qué callado te lo tenías. 
-Ya me conoces... Además, formalmente apenas llevamos una semana saliendo. 
-¿Y ya hacéis cosas de esas de novios? Ir al cine, pasear bajo la lluvia, besaros en un gran baile... 
-Qué boba que eres... 
-¡Es lo que hacía yo!
-¡Con quince años!
Se ríen. 
-Sí... más o menos. Creo que es la mujer de mi vida. 
-Eso ni lo digas, que da mala suerte. 
-Pero... siento... siento que nada puede arruinar esto. Siento que es la persona que me completa, que jamás me fallará. Y la conozco muy bien, es mi amiga desde que éramos pequeños. 
-Os deseo lo mejor, de verdad que sí. 
Qué aburrimiento. ¿De esto van las vidas humanas? Empiezo a perder todo el interés en escribir esta historia. ¿A ti te gusta? Ojalá a Charlotte le dé un impulso extraño, le clave un cuchillo en la garganta a su amigo y se la lleven detenida. Aunque... joder, luego vendría todo el proceso judicial que es otro aburrimiento... ¡pero luego vendría la cárcel! Y ahí pueden pasar cosas interesantes. En fin, Charlotte remueve las pocas gotas de cortado que se han negado a ser bebidas mientras mira, con un poco de lujuria, los fuertes labios de su amigo. Sabe que no debería pero le encantaría besárselos, se hicieron amigos después de liarse borrachos en una fiesta y cuánto se arrepentía de no haber llegado a más con él. Le hipnotizan sus ojos azules. 
-¿Charlotte...? Te has embobado por un instante. 
NO. ¡No, no, no y no! Me niego a que nadie diga la expresión "por un instante", no conozco a nadie, ni sé de nadie que conozca a nadie, que haya soñado con nadie que hable de esa forma. Repetimos. 
-¿Charlotte...? Te has embobado de pronto. 
-¿Eh? Ah. Sí, perdona, se me va la cabeza. 
-¿En qué pensabas? 
-En... En nada, en que no sé si me queda comida en la nevera. Así que no sé qué voy a cenar. 
-¿Por qué no te vienes a mi casa a cenar? Iba a cenar solo porque mis compañeros de piso no están en toda la semana pero cenar con una amiga siempre es mejor, ¿no crees? 
El amigo de Charlotte es un puñetero robot. Nadie habla así, por amor del cielo. Charlotte aprieta un puño debajo de la mesa. En menos de un segundo han pasado demasiadas imágenes por su mente. ¿Cenar con él? Piensa. ¿Cenar con él a solas en su piso? 
-Sí, por qué no. Nos lo pasaremos bien. 
Charlotte... contrólate, no hagas tonterías. <- Es Charlotte, no yo. Espero que no haga nada demasiado provocador... porque me lo quiero cenar a él. 
-¿Qué te apetece? 
Tú. 
-No sé... Hmm... ¿Y si pedimos comida? ¡Ay! Hay un mexicano buenísimo en tu barrio, creo que hace pedidos a domicilio. 
-No lo conozco, ¿cómo se llama? 
-No me acuerdo pero creo que está según sales del metro. 
-Genial, si no podemos pillar allí la comida y la llevamos a casa. 
A ver, la historia se ha hecho algo más interesante pero no tanto como para que me intrigue lo más mínimo. Quiero decir, sí, igual Charlotte se tira al sosainas este o quizá no, esa es la única incertidumbre. Igual las consecuencias de ese acto son interesantes pero como no tenemos contexto de quién o cómo es la novia de este chico ni tampoco sabemos demasiado de Charlotte pues... no hay demasiado que nos pueda importar. Voy a seguir un rato más a ver a dónde va esto aunque no espero que se abra un portal interdimensional y Charlotte sea raptada a otro plano de existencia donde descubra los complejos mecanismos que gobiernan la realidad. Están en el ascensor, con la comida en bolsas, el ascensor es pequeño así que están apretados. A Charlotte no le importa y sonríe al notar que a él tampoco. 
-Hogar dulce hogar. Ponte cómoda y deja eso en la mesita del sofá. 
-¡¿Vemos una peli?! 
-Claro. Yo voy a desvestirme, deja tu abrigo donde puedas. No va a haber nadie a quien le vaya importar que esté tirado por ahí. 
Su amigo se mete en su cuarto y Charlotte se queda sola en salón. ¿Cómo le espero? Se pregunta. ¿Y si le espero desnuda? No, poco a poco Charlotte. ¿De verdad me lo quiero tirar? Su amigo aparece en el salón con un pijama holgado que le da un aspecto descuidado y atractivo. El flequillo hace que la claridad de su mirada destaque y Charlotte deja de existir un pequeño momento. 
-¿Quieres que te deje algo de ropa? No pareces muy cómoda con esa camisa. 
-Eh... 
¡¿Qué digo?! 
-Vale. 
Charlotte entra en el cuarto de su amigo y éste le deja una camiseta grande de pijama. 
-Voy a quitarme esto, no me importa si miras. 
-Descuida, voy a la cocina a por platos y tal. 
Este tío es tonto. Se dice Charlotte. 
¡Me aburro! ¡Que pase algo! ¡Bóh! 
Ya están viendo la película, han terminado de cenar y uno está apoyado en el otro. Charlotte de pronto se despierta de su ensueño para sugerir que podrían coger un par de cervezas. A su amigo le gusta la idea. Para cuando termina la película llevan encima tres botellines cada uno. Y Charlotte está encima mordiéndole un labio. 
Pues, hale, ya está todo el pescado vendido. 
-No, Charlotte, no deberíamos. 
Qué pesado. 
-¿Eh?
-Tengo novia ahora, no deberíamos hacer estas cosas. 
-Pero no se va a enterar. Y es sólo una vez. 
-No... Quiero decir... no quiero que sea sólo una vez. 
-¿Entonces? 
-Pero no quiero dejar a Mónica. Prefiero que sigamos siendo amigos. 
Charlotte se quita la camiseta, coge sus manos y las obliga a tocar todo su cuerpo blanco y desnudo. Él besa sus pechos. Ella se retuerce y la paso las manos por el pelo. 
-No... 
-Calla... 

Bah. 

Pues tampoco ha pasado en realidad. Podría seguir pero no espero que pase nada de lo extraño aquí. Es una historia de esas que pasan a veces, que le pasan a uno o que le pasan a otros. Yo qué sé. A mí no me ha pasado. Conozco a otros que sí, pero siempre suelen acabar igual, siempre suelen desarrollarse igual y tener los mismos contratiempos resueltos de maneras distintamente complicadas. Pero da absolutamente igual. 
El amor se deshace por una cosa u otra y acabamos volviendo a sentir mariposas por otras cosas, seamos o no seamos capaces de ir a por ellas. 
En fin. 
No voy a escribir más sobre estos dos muermazos. 
Hasta otra.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Una chica que corría y corría


Bien. Estoy algo oxidado en esto de escribir... Pero vamos a intentarlo, ¿qué os parece? Primero vamos a dibujar a la persona de la que quiero hablar, que no sé quién será o qué será. ¿Es una persona? Sí, mejor dibujamos a una persona, vamos a mantener la fantasía a mínimos de momento. Vale.

Es una chica, porque me gusta más escribir siendo una, no llega a la mayoría de edad aunque no sé por qué. Pero camina, camina, camina por una calle poco transitada, es de noche en los noventa. Pocas luces, por ley sólo las calles principales deben tener farolas de las grandes así que se ahorran un poco dejando a oscuras a los callejones. ¿Qué hace ahí?
Camina. Ay, espera, es que está llorando. ¡Y está lloviendo! Camina entre soportales, resguardándose de empaparse mientras solloza y camina. Tiene moratones en las piernas y va totalmente despeinada. Quizá haya tenido una pelea.
Se cruza con garitos, tiendas cerradas, parques deshabitados y estancos llenos de carteles luminosos, neón y clientes perdidos. Es muy de madrugada, ¿nadie la busca? Lleva una mochila un poco rota y la agarra con ambas manos, impotente. Me cae bien, aunque no sé qué le ha pasado.
–Hola, pequeña, ¿qué te pasa?
Ignora al vagabundo que le sale al paso. Sólo mira al suelo. Intenta mostrar enfado en su cara pero es una frágil máscara con la que esconde sus lamentos.
–Oh, venga. No soy tan malo. No me gusta ver una niña llorando. ¿Quieres medio donuts? Está seco. Y es de chocolate.
–¡Déjame en paz!
–¡Vale, vale! Tranquila.
Ella aligera el paso, y el vagabundo la sigue con cautela. Supongo que no quiere que le pase nada malo a la niña.

Caminan, no juntos, pero caminan. La ciudad se despeja para llegar a los suburbios, edificios más pequeños y calles más anchas a su paso. De vez en cuando cruzan un grupo de borrachos que salen, vuelven, están de fiesta. De ella se ríen, de él comentan en bajo.
–¡¿Por qué me sigues?!
–Yo no te sigo. Yo sólo estoy caminando.
–¡No me lo trago! ¡Me estás siguiendo!
–Créeme que no. Sólo quiero estirar un rato las piernas, de verdad...
La chica saca una navaja de su mochila, le tiembla la mano. Ya no llueve, sólo quedan charcos que se mezclan con sus lágrimas. Se muerde un labio. Le tiembla la boca.
–¡Largo! ¡Largo o... o ya verás!
–¡Tran-Tranquila! ¡Joder! ¡Qué susto!
–...
–Guarda eso, pequeña. De verdad. No merece la pena matar a un viejo. Me moriré dentro de poco, ya verás.
–¡Pues deja de seguirme si no quieres que ocurra antes!
El viejo mendigo baja la cabeza en signo de respeto, aunque ella no lo entienda, y se va. En total silencio.
Y ahí queda ella. Sola, en la noche. Las manos no le responden, se agitan, las piernas están inmóviles y sus ojos abiertos y cansados. Llora, sin sentirlo ya. Masculla.
–Joder.
Y guarda la navaja. Está harta. Echa a correr.

Echa a correr hasta que no pueda correr más.

Y cuando eso ocurre.

Cae de bruces en mitad del asfalto mojado.

Pérdida de consciencia.

Pero algo la empuja. Se escucha un coche.

Abre los ojos. Está magullada. Pegada a la acera. Delante de ella hay un viejo vagabundo tirado como un saco de patatas.
–¿Qué...
Se acerca al viejo, ve que su cara está apagada. Muerta. Y él también. No entiende nada. Le va a dar algo. Pero un anciano y barbudo vagabundo se acerca por detrás. Se apoya en el hombro de la pequeña. Ella se gira con reflejos felinos. Sus ojos son los ojos que ningún niño debería tener jamás.
–Tranquila... No pasa nada.
–¿Es-Está... Está muerto?!
–Claro. Pero no pasa nada.
–¡Está muerto! ¡Tenemos que llamar a una ambulancia! ¡O algo!
–No, no, no. Verás. Él sólo contaba la historia. Y no quería que te pasara nada. Ahora la historia sigue como empezó. No ha contado nada, pero eso no importa. Seas quien seas, te desea lo mejor y que sigas caminando hasta que la mañana te calme. Hasta que el cielo se despeje.
–¿Pero...? ¿Qué? ¡Estás loco! ¡Suéltame!
–Descuida, esto se acaba. Quizá algún día sepamos a dónde vas, pequeña. Ojalá y llegues pronto.
La chica, atónita, empuja al barbudo y echa a correr todavía más. Mirando atrás de vez en cuando para ver a los dos mendigos, uno muerto y otro saludando mientras se aleja de una noche que no quiere volver a vivir nunca jamás.

Historias Irrelevantes.

viernes, 17 de junio de 2016

Hay gente que lleva muchos años levantándose por la mañana

Desde las cinco de la mañana está despierto. Desde las seis de la mañana está levantado y listo para el día que le toque. Es apenas una horita, pero le da la vida. Es la mejor hora del día. ¿Por qué no va a ser la primera hora la mejor? Quizá es que su vida no le gusta, pero esta hora le ayuda a seguir adelante. Quizá soñando con un mejor futuro. Quizá con la esperanza de que algo bueno le ocurra.
Tampoco piensa mucho en eso, a él le gusta su horita de por la mañana. Que no se la quiten.

A veces es jodida, claro. No todo lo bueno es siempre y para siempre, a veces cuesta. A veces incluso puede estropearle el día. Pero él se despierta para esa hora, sea tan buena como sea, sabe que será más interesante que el resto del día.
¿Que qué hace? Lo típico. Se levanta, va al baño, se mira en el espejo y, claro, a veces no le gusta lo que ve. Otras veces ha dormido bien y se sonríe a pesar de que no le guste que la edad le deje marcas en su cara. Tampoco puede hacer nada contra el tiempo, lo ha intentado. Trescientos años son muchos para cualquiera. No me rendiré, se dice para darse ánimos.
Se echa espuma de afeitar y se deja liso y suave. Poco sospechoso. Elegante y limpio. Pulcro. Se peina las canas y se acicala los pelos que aún tiene negros. Vuelve a sonreírse para lavarse los dientes. Es un ritual largo, pero le gusta. Le da una cierta tranquilidad tener esa hora para tomarse las cosas más tontas con calma.

Va hacia la cocina, el piso no es grande y llega enseguida. Está algo sucia, no suele tener tiempo para limpiar. Recoge los cacharros de la cena con total cuidado y mimo. Siempre se dice que esta noche los recogerá para no recogerlos mañana por la mañana. Pondera contratar a alguien para que limpie aunque sea el baño y la cocina que son los sitios más engorrosos de la casa. Pero tampoco quiere nadie entre en casa.
Se prepara un desayuno, suele ser ligero, tampoco quiere cargarse. Tampoco tiene tiempo para algo elaborado. No le importa. No es exigente.

Vuelve a su cuarto a vestirse. Tiene un buen armario aunque su casa sea humilde. Si te va la vida en ello, cuidas tu imagen, es natural. Camisa, chaleco apretado, americana y pantalones con raya. Tiene otro espejo en su cuarto, claro. Su sonrisa aquí se vuelve arrogante, ya sabes, la de alguien que cree saber muy bien lo que hace y que lo que hace es lo mejor que podría hacerse. Cuando se ajusta los gemelos lo hace con cuidado y delicadeza, quizá lo más delicado que haga durante todo el día. Cada cosa tiene su manera de hacerse, piensa para sí. No hay que tener prisa, no hay que correr con las cosas importantes. Y practica diferentes expresiones para parecer más vivo, quizá más humano.

Vuelve a sonar el despertador. Son las seis. Lo mira con despecho, el despecho de cada mañana. Es hora de irse, siempre tiene miedo a oxidarse un día, pero ese día nunca llega. Quizá nunca llegue. Se ajusta las pupilas, se afina las cuerdas vocales. Coge el abrigo, el sombrero y mira que el reloj de su muñeca esté en hora.
Es hora de irse.
Se despide de su hora.
Es hora de no mirar atrás.

Hasta mañana, claro.



Historias Irrelevantes

lunes, 23 de mayo de 2016

Hazte una foto de madrugada



A veces escribo acerca de instantes. Instantes. Como fotografías, ¿conoces la fotografía de la que hablo? No, claro que no. Aún no te hablé de ella. Aún no la he tomado. Cualquier tipo de comunicado sea leído, escuchado o visto tiene en común que corta una parte de la realidad y uno se la da a otro. Decidir qué cortar es importante, es tan importante como decidir cuánto pastel vas a comerte de madrugada sin sentirte mal contigo mismo. ¿Por qué ibas a sentirte mal? ¡Come! Que está rico, joder. Pero luego desayuna, ¿vale?

En fin, el caso. Si escribo un instante recorto un pedacito minúsculo de realidad. Pero lo divertido de la escritura es que puedes alargarlo hasta el infinito. Sí, es probable que una imagen valga más que mil palabras pero mil palabras pueden ser mucho más entretenidas que una imagen. Y conoces el instante del que te hablo.
Es de madrugada, no sabes ni te importa mucho lo que ha pasado pero has llegado a casa, o al menos a un sitio con techo y supuestamente una cama en la que dormir. Y de pronto has tenido un momento de lucidez. Quizá no era de madrugada, sólo espero que sí porque es más divertido, la madrugada es especial... Todo está en silencio y prácticamente puedes sentir como, si no haces mucho ruido, el mundo es tuyo. Puedes incluso caminar en pijama por la calle que nadie te dirá nada. "Mira el raro ese, en pijama" como mucho, de madrugada todo el mundo que está en la calle es raro o está haciendo cosas raras. Divago.
Tienes ese momento de lucidez después de mucho ajetreo, has hecho muchas cosas hoy y sólo querías llegar a algún sitio a acostarte, ¡y mañana será otro día! Pues, adivina qué, estás vivo. Y tu cabeza te lo está diciendo. Has parado por un momento, has mirado por la ventana y has sentido que el mundo era precioso por un breve, muy breve instante. ¡Ese instante! Cógelo con pinzas, que no se rompa. Es probable que hayas visto tu reflejo en la ventana, las luces de la ciudad, un árbol, unos niños, un pajarillo, ¡algo! Qué más da. La cosa gorda es ese instante. ¿Lo conoces?
¿Has vivido esa fotografía?
La de embobarte una eternidad enfrascada en una milésima de segundo.

Quizá la hayas tenido, pero también puede que no. Puede que no te hayas dado cuenta de haber tenido ese instante.

¿Y si, por un instante, pensamos que ese instante tiene razón?

Si quieres hacerte esta foto es muy sencillo, no necesitas cámara. Ve a la cocina, coge tu bebida caliente favorita, viértela con sumo silencio en una taza, la más bonita que tengas y acércate a la ventana. ¡De madrugada, por favor! Y allí, en lo que te tomas la taza te habrás sacado la foto. Es un instante.
Ya sabes.

Esa una foto muy bonita.

domingo, 4 de octubre de 2015

Se encontró una nota en el frigorífico


"¿Qué fue de soñar con los cafés de la mañana? ¿Y del café? 
¿Dónde has metido la cafetera? No la encuentro. No encuentro nada en esta casa, siento como si no fuera la mía. Como si hubiese aterrizado ayer en un sitio que debería conocer, o al menos así me mira la gente por la calle, como si pudiese hacerme cargo de ello, de todo... de todos. Como si pudiera resolver el nudo que asfixia al mundo. 
En serio. ¿Por qué has escondido la cafetera? 

Antes soñabas. Me acuerdo. Soñabas con irte de aquí, con ver el mundo y traerlo de vuelta a casa. Se te daba bien recoger todo lo que encontrabas, era tu talento. ¿Qué fue de ello? Ya no escribes, ya no viajas, ya no te encuentro en ninguna parte. Como si la persona que eras se hubiese esfumado. Sólo queda un estúpido que camina con el cuerpo de mi amigo. No brillan tus ojos, no te ríes por cualquier cosa, no llegas a casa con gente extraña que necesita un sitio donde dormir. Es como si te diera todo igual. ¿Es eso? ¿Ya no te importa nada? Antes hablabas hasta con las plantas, por amor del cielo, ¿qué ha sido de mi compañero de piso? 
Era divertido quedarse hasta las tantas para acabar una serie y siempre llegabas esa noche a casa cargado de helado. O cuando te daba por lanzar globos con cartas de amor anónimas por el barrio. ¿Y te acuerdas de cuando te disfrazaste de oso de peluche gigante solo para hacer reír a una niña pequeña? ¡Ese era mi compañero de piso! El que soñaba con el café de cada mañana. 

Y, ¿sabes? Tengo miedo de haberte perdido. De que ya sólo seas un fantasma raro en mi memoria. De que llegue el día en el que hable de ti y nadie me crea, ni siquiera tú con tu cara de alelado. 
Me niego a que llegue ese día. ¡Después de todo lo que hemos vivido juntos irte así sin más...! 

Antes te enamorabas mucho. Recuerdo cada vez que llegabas a casa para hablar de tal o cual persona con el entusiasmo de un niño por la Navidad, hablar contigo de lo que amas era como ver fuegos artificiales. Pero ya no. Paseas sin mirar a nadie, en un monotono, apático. 
Te estás convirtiendo en esos a los que tú llamabas "personas mayores", ¿no lo ves? Eras aire fresco, un niño eterno y ahora solo te preocupa tu dinero, la hora que es y cuánto queda para el fin de semana. Da pena, da mucha pena ¡en serio! ¿De verdad que no lo ves? 

Si lo llegas a ver, por favor, vuelve. Y tráete la cafetera.

-Tú."

Le empezaron a temblar las manos, un torrente incontrolable de pensamientos recorrió toda su mente. Incapaz de pensar con claridad se apoyó en la nevera, asfixiado. Todo estaba claro para él ahora y a la vez indescifrable. El pecho le pesaba, los recuerdos fluían, las ideas se desbordaban.
Notó cómo sus ojos comenzaban a humedecerse y llegó a ver cómo caía la primera lágrima al suelo mientras apretaba los dientes.
Tragó.
Apretó los puños.
Clavó sus pies en el suelo.
Salió de la cocina, en silencio. Abrió el armario de la entrada. Sacó la cafetera. La puso sobre la encimera, al lado del frigorífico, y se fue a dormir.
Al lado de la cafetera dejó una nota:

"Lo siento. De verdad que lo siento. 

Ya sabes cómo soy, se me mete algo en la cabeza... no sale ni a patadas. Y tienes razón, te he descuidado, te he descuidado mucho. 
He dejado leche en la nevera para que cuando amanezca tengas leche fría, sé que el café sólo lo tomas con leche fría. Quiero que vuelvas a soñar mirando por la ventana, se te pone una cara muy divertida cuando lo haces. 

Gracias. A veces necesito que vengas y me recuerdes las cosas más obvias del mundo. Es muy fácil perderse en el presente de uno y cuando te quieres dar cuenta estás tan metido en donde no quieres que es imposible salir. Puntos de no retorno. 

¡Y la próxima vez sé más cruel! 

-Tú."




Cartas de un hombre que vive solo.
Historias Irrelevantes.



domingo, 16 de agosto de 2015

Error del sistema


Las ciudades son interesantes. Yo no viviría en una pero, oye, aquí estoy. En una azotea, con el frío del invierno y la mañana, mirando a los tipos que se levantan temprano para ir a trabajar. No son pocos, creía que serían pocos. Yo no me acosté, ¿debería ahora? No sé si tengo sueño, tampoco sé cuántas horas llevo despierto. Hmm… No me quedan cigarros.
-¡Eh! ¡Ted! ¿Tienes algún piti?
-¿Ah…? Yes… I think a have a… haha, a piti… Here.
-Gracias, tío.
Y ahí va Ted. Directo al suelo. No ha aguantado. Pobre. Ya sólo quedamos Susana y yo… Los extranjeros. Ya no sé cuánto aguantaré despierto, veo a Ted, Alex y Marian y me dan algo de envidia. Para ellos esto ya ha acabado. No me jodas, no tengo mechero. No creo que a Marian le importe. Los conozco desde hace nada y me da pena que se hayan dormido, nunca te acostarás sin saber algo nuevo dicen. Tengo debilidad por los ingleses raritos muertos. ¿Dónde estás, Susana? Sólo quedamos tú y yo. Solos tú y yo. Podríamos bailar, me encantaría acostarme con ella. Es preciosa, pero no como una rubia despampanante, no, no, tiene esa belleza real y alcanzable, esa que se mide en la mirada y la sonrisa. Bajita, ojos azules, pelo negro y poco más sé, llevó abrigo todo el tiempo.
No me quejo, yo llevo un abrigo largo negro. Mi cuerpo es un misterio incluso para mí ahora mismo. Susana…

Miro a la gente. Encuentro un panadero abriendo su pequeño local, dos carteros que se separan con un abrazo a hacer sus rondas. Un par de autobuses parados y los autobuseros hablando de Dios sabe qué y unos cuantos camiones de mercancías reponiendo a unas tres tiendas repartidas por la zona. Todo está nevado. Echaba de menos la nieve, en mi casa nunca nieva, sólo nos llueve.
-¡Eh!
Un bolazo de nieve.
-¿Susana?
-Te dije que me llamases Su, idiota.
-Está bien. Volveré a empezar. ¿Su?
-¡Hola!
-¿Qué haces aquí? ¿No crees que es peligroso? Podría… dormirte.
-Si sigues hablando lo lograrás. Dame un piti.
-Cógeselos a Ted, lleva la cajetilla en la mano. Ten, fuego.
-Hmmm. Sabe a gloria… ¿a qué te dedicas?
-Soy… Soy violinista en una pequeña orquesta de mi país.
-No, idiota. Aquí. ¿Qué haces?
-¡Ah! Uh. Eh… miro… Miro a la gente pasar. No sé. Tengo algo de nostalgia. Estos tres ya han caído.
-Sí… ya lo veo. John, Teresa y Shiao también.
-¿Estabas con ellos?
-No, con Shiao. Me lo contó ella antes de recibir un balazo en la frente.
-Vaya… pobre.
-Sí, claro. ¿Y qué les has hecho a esos?
-¿Yo? Nada.
-Venga.
-Se durmieron entre ellos.
-¿De verdad?
-¡Vale! Acabé con Ted, pero Ted con los otros dos.
-Ya decía yo.
Hm. Siento el cañón de su arma en mis costillas. Yo sólo no podía con ella, ¿para qué resistirme? Me dormiría. Ella ganaría. Ella viviría. No me importaba, la miro a los ojos y me alegra que viva. Sólo fumaba, sonreía y miraba la ciudad. Mi última vista, no está mal, me gustaría ver las montañas pero no me quejo; esto tampoco está tan mal. Lo único que me estaba matando era la incertidumbre. ¿Cuándo lo haría?
-Verás… ¿por… por qué no podemos vivir los dos?
-¿Qué?
Eso sí que me ha sorprendido.
-¿Por qué sonríes? Te estoy apuntando con un arma, vas a dormirte. Para siempre. No despertarás. ¿Lo entiendes? Nunca más. Dejarás de existir. ¿Por qué sonríes?
-Porque tú seguirás viva.
-¿Eso es todo?
-Eso es todo.
-Estás muy, muy cansado.
¿Yo, cansado? Sí, podría decir que sí. Estoy realmente cansado. Me vendría bien el descanso que había al otro lado de sus dedos. Frío metal pesado. ¿Cuándo disparará? Lo estoy esperando.
-Sí. Estoy cansado. Cansado de correr, cansado de este mundo. ¿Por qué no disparas de una vez?
-¿Qué te cansa del mundo?
-¿Eh?
-Dímelo.
-… por dónde empezar. Que nadie entienda a nadie, mayormente. Creen que lo hacen pero tú les has visto, vemos mejor que ellos. No se entienden, ni se escuchan, ni quieren saber nada de los demás. Son egoístas. No soportan tener a nadie cerca, tienen miedo, y no soportan su realidad. Luchan cada día contra el mundo. Un mundo que creen controlar y comprender. Estoy harto. Si me duermes no volveré a ver al mundo. El mundo me deprime.
-¡Pero, mira a esos dos ancianos! Van cogidos de la mano. Se quieren. Hablas mucho, pero no has visto casi nada. Te niegas a ver porque tienes miedo de que no te guste lo que ves. Eres como ellos.
-No… yo…
-Cállate.
-Bueno.
-¿Qué crees que me pasará? Ya sabes, cuando te… duerma.
-Ni lo sé ni me importa.
-¡Oye!
-¿Qué? Vas a acabar conmigo, no tengo por qué ser amable contigo.
-¿Y si cuando acabe contigo acabo conmigo?
-Entonces serás injusta con ellos.
Señalé a los tres cadáveres que tenía tras de mí. Empezaba a cubrirlos la nieve.
-¿Y si estoy cansada de este mundo?
-¿Entonces por qué te metiste en esto?
-No… ¡No lo sé! Quería estar viva. Quería… ya sabes.
-Sí… lo sé.

-¿Y si nos lanzamos? Los dos. Ahora. Al vacío. 

viernes, 24 de julio de 2015

El cuento de Ojos de Atardecer

Entre los míos nombramos todo a partir de los cuentos que aprendimos de pequeño. Llamamos a los héroes cotidianos "ojos de atardecer" por esto.
El cuento dice así del ojos de atardecer dice así:

Un hombre triste y desamparado
Quiso comprarse un helado.
Mas no pudo pues no era el hombre mejor indicado.
Perdido y sin una historia con la que poder haber pagado
El hombre se dirigió al oeste ha ganar dinero criando ganado.
En su camino con un diablillo se habría topado
Ya que se le ocurrió una idea que ni al más alocado:
Llevaría el ocaso en sus ojos para tenerlos adornados.

¿Pero cómo realizar tal labrado
en el cielo no estrellado?
Probó pidiéndoselo a los dioses atolondrados
Y le dijeron que no, que no se lo había ganado.
Probó usando ingeniería y mecanismos de lo más avanzados
Y ninguno fue lo suficientemente grande ni osado.
Probó ha realizar la labor con su cuerpo bronceado
Y comprobó que no tenía la fuerza de la que le habían hablado.
¿Qué podría hacer si quería ver su objetivo alcanzado?

Volvió a viajar al oeste para ver al diablillo que le había cantado.
Le preguntó que cómo podría robar tan grande sol sin caña ni arado.
¡Fácilmente, mi amigo cansado!
Tan solo intenta que el sol entre tu índice y pulgar se encuentre hallado.
Y así, con sus nuevos ojos acaramelados
nuestro héroe pudo comprarse su helado.


Los héroes cotidianos somos cualquiera cuando logramos lo que nos proponemos, por pequeño que sea, y cuando lo hacemos, decimos que tenemos el sol en la mirada porque, realmente, nuestros ojos brillan con alegría y orgullo de haber alcanzado nuestros sueños. Por pequeños que estos fuesen.

La impotencia de un espectador

Yo tengo uno de esos regalos que te gustaría no haber tenido la suerte de recibir. ¿Te gustaría saber el futuro? Te daría el poder de verlo cualquier día de la semana, cualquier semana del año a la hora que tú quisieses si pudiera. Si pudiera librarme de ello.

¿Nunca lo pensaste verdad? Ese poder haría que todos tus miedos desapareciesen, toda incertidumbre quedaría resuelta. ¿Seré feliz el resto de mi vida? ¿Dejaré de estar solo? ¿Dónde viviré? ¿Tendré hijos? ¿Cómo serán? ¿Viajaré mucho? ¿Cómo moriré? Imagina todas esas respuestas resueltas. Es un poder genial que te llena de tristeza y apatía. ¿Has pensado que quizá no te gusten las respuestas? ¿Has pensado que si sabes todo lo que va a pasar nada te va a sorprender? ¿Nada te va a alegrar?
No sólo eso. Yo he visto mi muerte, me quedan cinco años y unos meses. No he querido hacer la cuenta. ¿Para qué hacerla? He vivido una vida absurda, una vida que ya había sido vivida por mí un millón de veces. Una vida sin inocencia, sin risas. Cualquier chiste que me cuentes ya lo habré escuchado antes, muchas veces, las suficientes como para que pierda totalmente la gracia.

Y no, no es reversible. Ni lo de mi muerte. Ocurrirá así y no hay ninguna manera de evitarlo. Esto es algo que nadie logra entender. Todo futuro puede cambiar, ¿no? Todo puede decidirse, el destino no está escrito en las estrellas. Somos dueños de nuestros caminos y tenemos libre albedrío, ¿verdad? "Sigue luchando, alguna manera habrá para cambiar tu futuro". ¿Y si el futuro está escrito? ¿Y si no se puede cambiar? ¿Y si alguien pudiera leerlo? ¿Querrías leer el tuyo? ¿Y si no pudieses cambiar nada, aunque no te guste nada de lo que leas ahí? Sería vivir la condena antes de que dicten tu sentencia.
Moriré dentro de cinco años. Y eso es ineludible. No porque no pueda ser evitado. No voy a contarte cómo moriré, pero te pondré un ejemplo: si muriese atropellado por un camión, todo lo que tendría que hacer sería no salir a la calle ese día y problema resuelto, ¿no? No es tan fácil. El futuro está escrito y yo, que ya conozco mis acciones, no puedo hacer más que seguir cada línea y cada párrafo hasta que la historia termine. Y por mucho que tú me quieras salvar, que quieras cambiar mi futuro, lo único que puedes hacer es terminar de leer este párrafo, cruzar los dedos y soñar con que la historia acaba de otra forma.


Mezclando placer y trabajo

A las siete de la mañana llegó el mensaje:

Tres fémures, un cráneo y dos costillas.
Zona de entrega: H
Hora: 3:00 am.
Pago: 40.000€

Jessica avisó a María. Tenían trabajo. María, aún desnuda con tan solo un albornoz y un cepillo de dientes en la boca se fijo en las partes, Jessica en la cantidad. Con eso tendrían para un mes, no sería difícil, María es precavida y estuvo guardando partes por si acaso durante bastante tiempo. Conservar huesos es mucho más barato que conservar órganos pero conseguirlos es mucho más difícil. Un ser humano medio tiene dos cientos seis huesos, aunque sean difíciles de extraer es mucha materia prima por ser humano. Lo cual es una empresa lucrativa. 

María y Jessica se llevan muy bien. Tanto que no pueden pasar una noche sin la otra en el otro lado de la cama. Jessica era una bala perdida que ahora vive la vida aunque sigue haciendo algún trabajito que otro para conservar sus contactos, a María no le gusta que lo haga, claro. Se pone celosa. Por su lado, es forense. En un hospital no demasiado riguroso, no demasiado vigilado. Y llega a resultar sorprendente lo poco que se toca un cuerpo operado por un forense. Los maquilladores se llevan su parte y algunas noches, algunas personas acaban con un hueso o dos o tres totalmente nuevos. 

Los fémures son fáciles de conseguir, hasta un tubo de cartón valdría para reemplazarlo mientras el muerto no se ponga de pie y ande, lo cual es improbable. María guardaba unos doce fémures en el depósito. ¿Qué más? ¿Costillas? Tiene una caja llena. Pero, ¿el cráneo? Eso sería más complicado. Es muy difícil conseguir un cráneo sin dañar el aspecto físico de la persona, y la gente sí se da cuenta cuando su madre recién fallecida no tiene cabeza. Debían planear algo. 
Para eso está Jessica, María le cambiaría los turnos a su compañera por un 15% para poder hacer las guardias nocturnas. A la 1:00 am, más o menos, llegaría al depósito una víctima por peleas entre bandas decapitado por un 20%, por un 20% la banda a la que pertenecía el cadáver lo enterraría sin cabeza. María tendría una hora y media para limpiar el cráneo y que quede totalmente esterilizado, sin rastro de ningún ácido. 
Por poco no lo consigue. Los paramédicos llevan a la pareja hasta el lugar con las sirenas puestas por un 10% y allí están a la hora exacta con toda la mercancía. 
También está el pago. Se hace el intercambio limpiamente y cada uno se va a su casa. Jessica se encargará de pagar a cada uno su parte mientras María termina su turno en el hospital. 

Y a las siete de la mañana del día siguiente tienen catorce mil euros en dinero negro. Jessica lo limpiará y María seguirá recolectando partes. Se dan un beso de buenas noches más apasionado que de costumbre y hasta mañana.


Ronald Wish, el artista

Hay gente talentosa para cada actividad que se te ocurra, desde gente que domina el arte culinario con una naturalidad pasmosa hasta las personas con un gran talento financiero capaces de ver lo que la razón ni los datos estadísticos son capaces de ver. 
Pero también hay talentos que se olvidan, otros que no se descubren y otros que son negados y rechazados. 
Entra en escena Ronald Wish. Un adolescente irlandés cuya familia emigró a Minnesota cuando apenas tenía cuatro años. Ronald enseguida desarrolló una artesanía y pasión por los cuchillos, pero se le daba horriblemente cortar apios o cebollas para ayudar a su madre a hacer el estofado de los domingos. No, a él se le daba bien trinchar el pavo, cortar filetes y así poco a poco, despiezar cerdos y vacas. Pero Ronald, a pesar de sentirse fluido y natural realizando estas grotescas tareas sentía que algo faltaba. Que no era del todo feliz, que esa no era su pasión verdadera. 
Pronto alcanzó fama en su colegio por ser el hijo del carnicero. Muchos chavales se metían con él, por eso y por ser el niño irlandés del condado. Hasta que un día, Ronald, harto de las burlas, se llevó una pequeña navaja suiza que guardaba su padre en la caja de herramientas y el siguiente niño que le hizo burla sufrió una muerte tan horrible y tan sangrienta que nadie era capaz de señalar al pequeño Ronald por ello. Era demasiado violenta para que un niño pudiese haber hecho algo así. La víctima había sido reducida a sus extremidades y se había colgado cada una del extremo de las ramas de un árbol seco, mientras que los intestinos habían sido usados para rodear el árbol como una cinta de navidad. Y en lo alto del árbol se encontraba la cabeza del pobre niño que se había cruzado con el superdotado equivocado. Un superdotado del arte de matar. 
A partir de aquí Ronald entró en una espiral depresiva que le atormentaría por el resto de su vida. Le dieron varias crisis nerviosas y nadie en el pueblo sabía qué hacer con él. Seguía trinchando el pavo y seguía despiezando a los animales para su padre, pero ahora que había probado el placer del asesinato, la adrenalina de lo prohibido, la mirada de terror de su víctima, el sudor frío... Despiezar animales le sabía a tan poco. Debía volver a matar pero sin llamar ninguna clase de atención. Aprovechó una noche de fiestas en la que todo el pueblo estaba de fiestas para secuestrar y dormir a un pobre mendigo y llevarlo hasta una caseta abandonada a las afueras de uno de los campos de trigo del condado. Era invierno por lo que nadie siquiera pasaría a recoger los pequeños brotes de trigo nevado. Se aseguró de que el mendigo le durase no días, ¡semanas! ¡A saber cuándo sería la siguiente vez que podría asesinar tan libremente a alguien! Debía saborearlo. No era como pintar o esculpir, no, aquí sólo tenía una única oportunidad con su lienzo, era artista y trabajaba con la materia prima más cara del mundo: la vida. Decir que el pobre mendigo sufrió una muerte agónica es quedarse corto. 

Para suerte de la sociedad y desgracia de Ronald, fue atrapado una de las últimas noches que tenía pensado ir al cobertizo. El mendigo sobrevivía a base de drogas e inyecciones de adrenalina, por lo que falleció mucho antes de poder llegar a cualquier hospital. Ronald seguía siendo menor pero aún así le cayeron varias décadas de cárcel y desde entonces hasta hoy sigue allí. Un artista incomprendido, un monstruo para nosotros, ¿deberíamos castigar a aquellos que siguen su propia naturaleza si esta nos daña? Eso se lo dejo a ustedes. 
Tengan una buena noche. Y cuidado, nunca se sabe quién acecha en las sombras siguiendo algún oscuro deseo.

Hazte amigo del mar

Aquella noche una niña se sentaba a llorar en la orilla del mar. "Problemas en casa" se podría resumir su tristeza. Cada lágrima caía como rocío sobre la fría arena. El mar rugía con fuerza aquella noche, la suficiente para que pudiera llorar sin que nadie la escuchara. Sin que nadie la encontrase. Sin que nadie pudiese ir hasta allí y detenerla.
Pero, para su sorpresa, entre los rugidos del mar llegó algo o alguien. Parecía un montón de algas y cuando la niña se acercó... vio que eran un montón de algas, pero había algo más. Y ese algo más comenzó a levantarse.
-Ho... la...
Dijo un esqueleto al que apenas le quedaba piel pegada al cráneo y que vestía como un antiguo lobo de mar. Sólo tenía un ojo y apenas le quedaba nariz. La niña, como cabía esperar, salió corriendo aterrorizada.
-¡No! ¡Espera! ¡Sólo quiero hablar!
La niña no dejaba de correr.
Otra vez igual, pensó el viejo lobo de mar, si yo me encontrase a alguien como yo en la playa al menos tendría curiosidad. ¿Cuánto llevo haciendo esto ya? ¿Cinco siglos? Y apenas he tenido una conversación decente. Y otras veces incluso han querido hacer caldo conmigo. La inmortalidad apesta.
Se olió.
Apesta literalmente.

-¿S-Señor? ¿Va a sentarse a llorar?
-Iba a hacerlo, sí.
-Pues entonces yo también.
-¿No te doy miedo?
-Nada que llora da miedo, señor.
-Eres muy lista para ser una niña, ¿sabes?
-Y tú muy tonto para ser un esqueleto.
-Touché.

...

-¿Qué haces en la playa? ¿No tienes familia?
-Mis padres siempre discuten, por todo. Ni siquiera están juntos pero se ven para gritarse y echarme la culpa de cosas que no tengo ni idea de qué son. Me vengo aquí a llorar porque nunca me buscan demasiado y porque aquí no me escucha nadie llorar. El mar ruge mucho.
-Oh... imagino que debe ser duro.
-No sé qué es duro, tengo once años.
-¡Mi cráneo es duro! Y tiene ya quinientos años.
-¿Y cómo has llegado a vivir tanto?
-Jugando bien mis cartas, todo el mundo se muere de algo, si logras salvar ese algo no morirás nunca. La muerte siempre viene detrás de mí ¡pero yo corro más que ella! Vivir en el mar ayuda mucho, te puedes quedar inconsciente durante décadas enteras y no te encontrará.
-¿Y cómo respiras?
-Ya te he dicho que puedes no morir de lo que sea te vaya a matar, incluido ahogarse.
-Señor, eres muy raro.
-Y tú muy insolente. Me caes bien.
-Y tú a mí, señor esqueleto. ¿Volveré a verte mañana?
-¿Sabes? Pídeselo al mar. Y a ver qué opina él.
-Buenas noches, señor esqueleto.
-Buenas noches, niña insolente.

Aquella noche fue la primera noche en años que ninguno de los dos tuvo pesadillas.

Entrevista con la dueña de una cafetería de carretera

Cada vez menos gente visita la cafetería. Es lo malo de los locales de carretera, somos desconocidos y una franquicia famosa al lado puede hundirte el negocio. La gente en mitad de un viaje prefiere la seguridad de lo conocido. Probablemente entrarán en la hamburguesería del lado sabiéndose los precios de memoria. Por un lado me da pena porque es malo para el negocio y por otro me alegra porque así solo vienen buenos clientes. De los que traen historias, de los que aprecian la calidad hogareña y el silencio artesanal.
De donde vengo las historias son muy valiosas, muchas veces son la moneda de cambio y por eso a veces una buena historia hace que un viajero tenga un café gratis. Pero sólo un café, en mi país no teníamos impuestos. Vaya cosa más curiosa, los impuestos. Una ya es vieja y aún no comprendo eso de los impuestos.
¿Que qué hacemos con las historias? Las guardamos en tarritos, tarritos como este que llevo colgado al cuello, se les pone un tapón y listo, ya tienes una historia para toda la vida. La memoria es un banco muy poco seguro para una historia. A veces, raras veces, vienen viajeros por historias no por café. Esos días son los mejores, hacen que todas estas arrugas se arruguen un poco más porque no dejo de sonreír incluso ahora que me acuerdo de ellos. Y me acuerdo de todos, de todos y cada uno de ellos. No son personas normales, no se las puede pasar por alto y aparecen allá donde se propongan. Son, realmente, personas extraordinarias.
Mira, ven por aquí, aquí detrás de la cocina tenemos esta puerta madera. La instaló mi madre cuando vinimos aquí, decía que en casa teníamos una igual y que no podíamos no tener algo así aquí. Así que tenemos todos estos cajoncitos repletos de historias que hemos ido recogiendo a lo largo de varias generaciones. Claro, muchas son de mi tierra, pero también tenemos una centena de historias que hemos recibido en esta misma cafetería.
Las personas tienen una... llama especial, ¿sabe? Una llama interior, mi abuelo lo llamaba "el gran fuego", y las historias son una pequeña brasa de ese fuego, una que cuesta muy poco dar y pero que puede encender fuegos que ya estaban apagados.
Son algo precioso, créame.

Ahora usted tiene nuestra historia. Pero, díganos, ¿cuál es la suya?

Mejor que una radio

-¡Señor! ¡Todo lo que hemos encontrado es esta grabadora!
-¿Nada más? ¿Ni sangre, ni ropa, ni restos de nada?
-No, nada más, señor.
-Hm... Bien, déjela con las otras pocas pruebas que tenemos.

Más tarde.

-Bien, vamos a escuchar la dichosa cinta. A ver si así salimos de dudas.
-¿No habría que llevarla primero al laboratorio?
-No me fío de esos cabeza de huevo, quiero escucharla por mí mismo y saber qué narices pasó aquí.

El subteniente calló.

*Click*

-Aquí el profesor Pinker. Diario número cuatro de nuestra expedición hacia lo que hemos denominado como "La vena del infierno". No es el nombre más inspirador del universo, pero entre lo escabrosa que es, el calor que hace y que creemos atraviesa la corteza terrestre no nos quedó otra. Llevamos aquí dentro ya cuatro días y nos disponemos a seguir profundizando.
/////////////////////////
-Estábamos bajando pendiente abajo cuando encontramos unas extrañas estructuras geométricas. Como prismas rectangulares gigantes dispuestos aleatoriamente por toda la caverna. Y según nuestro sónar parece que hay una gran galería justo detrás de los prismas. Nos proponemos entrar.
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-Según nuestros aparatos, la galería debe medir unos doscientos metros de alto y no hemos logrado obtener medidas ni de ancho ni de largo. Debe ser inmensa. Dios sabe qué puede haber causado algo así.
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-¡Alto! ¡Muchachos! ¡Parad! Creo que he oído algo. Shh...
-...
-...
-...
[Se escucha un gran estruendo, como si toda la tierra temblase]
-¡Sshh!
[Se escucha un grito agónico monstruoso, se escucha lejos pero a la vez cerca, la grabadora no sabe muy bien cómo reproducirlo, las gráficas de sonido en el ordenador se ven inusuales, demasiado armónicas para lo monstruoso del sonido]
-¡Mire, profesor! ¡Qué coño es eso!
-¡Corred! ¡Co-
//////////////////////

Se hizo un silencio en la sala.

-¿Qué coño...?
-Debemos guardar esta cinta con nuestras vidas. La tienen que echar un vistazo nuestros expertos. Sea lo que sea que hay ahí abajo es peligroso y como salga a la superficie podemos estar jodidos. ¡Ah! ¡Por ahí vuelve mi querido alférez! ¿Encontró algo?
-No, señor.
-Alférez, ¿qué hace con ese arma?
-Los pequeños monos se han metido en la cueva equivocada, señor. Deben ser eliminados. Nadie disturba este territorio.
-¿Al... férez?

Otra puta noche de trabajo

Otra puta noche de trabajo. Los diurnos no lo saben, no saben la de mierda que ocurre por la noche donde nadie mira, donde nadie vigila, donde muchos hacen la vista gorda. Odio mi vida. Espero a un cliente habitual. Caballo le llamo y no por su polla. A algunos de estos bastardos les mola que hubiera sido una jodida yonqui y me hacen chutarme caballo. Les pone eso, tirarse a alguien hasta arriba de mierda supongo que porque así no piensan en la mierda que son ellos las veinticuatro horas del día.
Las noches aquí son largas, entre cliente y cliente pueden pasar horas y sin nada que hacer ni poder salir de la habitación una solo puede pensar, limpiarse y pensar. Otras se ponen guapas. Otras eligieron estar aquí. Yo no. No estoy lo suficientemente echa pedazos como para que me pueda gustar esto.
Aquí entra el capullo. Hola, zorrilla, ¿me echabas de menos? Dice. Qué original, no habré escuchado eso mil veces ya. Me quedo callada, tirada en la cama, no les gusta a mis jefes que seamos personas, prefieren que seamos "cosas listas para ser folladas", así tal cual lo dijo el negro una vez.
Se baja la cremallera, se quita los pantalones, tan desagradable como siempre. Señores de cincuenta y tantos, cuidaos un poco, ¿vale? Joder. Me mira y escupe: venga, lo de siempre. Gilipollas. Creo que hoy no, gordito. Creo que hoy no. Cojo la jeringa y hago como que me la inyecto mientras él se desnuda. He visto a tantos con heroína en las venas que sé imitarlos a la perfección, se lo traga, viene, se tumba encima. A veces chutarse no es malo, no te enteras de lo mal que puede oler alguien, ni de lo poco que se siente su ínfima colita de niño pequeño. Hm. Parece que está muy contento, adiós gordito, buen viaje. Se la clavo e inyecto antes de que pueda reaccionar. Me lo quito de encima. Me coloco la ropa bien y estoy lista. Empujo al gordito fuera de la habitación y comienzo a gritar ¡está loco! ¡Está loco! Enseguida vienen otras y algún que otro. Soy un bien valioso para ellos, la gente protege sus cosas. Cogen al grandullón cincuentón y él arma una de la hostia, perfecto.
Mientras están intentando ver qué pasa me deslizo por la ventana. Bajo ventana a ventana hasta la escalera de incendios. Tan cerca. Un mal paso y a la mierda todo. Escucho gritar mi nombre. Me deben estar buscando, mierda. Gordito, ¿ni eso sabes hacer? Joder. Estoy cerca. Me apoyo en la escalera, me cubro entre bolsas de basura. Cuando bajan la guardia bajo como una leona y piso la calle. Piso la calle en semanas. Piso la calle. Corre. No mires atrás. ¡Corre!

...


Fuegos artificiales que se quedan en la memoria

Recuerdo los veranos de cuando era pequeño. Todo era más sencillo cuando era pequeño, supongo que eso nos pasa a todos. Menos preocupaciones, ¡más dulces! Uno podía correr sin cansarse y jugar todo el día para acabar durmiendo como un bebé. Recuerdo la casita de mi abuela en la costa. Era una costa pedregosa llena de colinas verdes y acantilados preciosos. Solíamos bañarnos cada mañana allí aunque el agua estaba tan fría que ninguno aguantaba mucho.
Me acuerdo que mi abuela me decía que yo era la niña más guapa que había visto en su vida y yo aprendí a hacerle caso a mi abuela. Especialmente recuerdo una noche, la noche de los fuegos artificiales.

Aquella noche fue mágica. Estábamos toda la familia en la playa viendo cómo el cielo se iluminaba de colores, cómo todo estallaba en formas y magia viva. Veía colorearse las caras sonrientes de mi familia. Hace años que no nos reunimos y mucho menos que somos felices juntos unos con otros... pero ese es otro tema. Esa noche fue realmente mágica, no sólo por los fuegos. Cuando se acabaron todos regresaron a casa a probar la cena mi abuela pero yo preferí quedarme un poco más. Fue entonces cuando lo vi.
Era un ratoncillo chiquitín, con una llama al final de la cola y unas orejas enormes. No era de un solo color, iba cambiando, como un fuego artificial. Mi abuela me había contado muchas historias de animales mágicos: serpientes marinas, árboles pastores, pájaros milenarios, peces de oro... pero nada sobre un ratón hecho de fuegos artificiales.
Me miraba curioso, yo no sabía muy bien qué quería así que se lo pregunté. El ratoncillo me miró boquiabierto, me cogió de un dedo y tiró para que le siguiera. Me quemó. Pero aún así quise seguirlo. Los niños son así de curiosos, supongo. El ratoncillo me señalaba el mar así que me metí y el subió a mi hombro y mi hombro comenzó a calentarse. Me señalaba que siguiera hacia delante así que seguí. Cuando ya estaba toda empapada y el agua me cubría casi por los hombros, saqué una mano y puse al ratoncillo en ella para que no se ahogase y comencé a nadar mar adentro en plena noche. Cambiaba al ratón de mano para no quemarme mientras nadaba y nadaba. Y cuando él consideró que ya era suficiente saltó al agua y vi cómo se deshacía poco a poco. Yo no entendía nada, ni lo haría ahora, pero sin darme cuenta comencé a nadar hacia a la orilla cuando escuché un silbido fortísimo, me giré y vi un estruendoso relámpago subir hasta las nubes y allí estallar en cientos de miles de colores diferentes. El mejor fuego artificial que he visto en toda mi vida. Te lo juro. De lo bonito que fue me puse a llorar en mitad del mar. Nadé corriendo hacia la costa para encontrar a mi familia atónita, el ratoncito seguía brillando en el cielo y nadie se dio cuenta de yo acaba de llegar a la playa.

Cuando nos estábamos acostando mi abuela se acercó a mi cama y me susurró "gracias por haber cuidado de mi amiguito, estaba enamorado de la Luna". Y me dio un beso de buenas noches.
Mi abuela era la mejor.