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sábado, 13 de septiembre de 2014

Quiero una cafetera por mi cumpleaños


-Es mi primer cumpleaños en la Ciudad. Yo soy de pueblo, ¿sabe? Llevo en esta ciudad varios años pero en mi cumpleaños siempre tengo un sitio a donde volver, pero supongo que eso ya no puedo hacerlo.
-¿Por?
-Por dinero y porque ya no me llevo tan bien con esa gente como cuando era pequeño. El caso es que nunca había celebrado mi cumpleaños por todo lo grande, me gustaba que la gente que me importa se acordase, me felicitase y volviesen a sus vidas. Un mínimo, ¿entiende? Pero este año es diferente. Casi nadie se ha acordado, de mis compañeros de piso sólo uno lo sabía y ni una llamada de mi familia. Pero mi compañero del trabajo sí que se ha acordado. Y por eso vamos a donde vamos.
-¿Por eso vamos a la calle Wilbur Whateley? ¿Porque su amigo se acordó?
-Más o menos.
-¿Vive ahí o algo así?
-Más o menos. Verá... Él trabajo conmigo fregando cacharros en un bar de por aquí, yo necesito el dinero para sobrevivir, con eso me pago la comida y las facturas pero él no. Él vive en un terreno que pertenece a su familia desde ni se sabe y cultiva su comida. El dinero lo usa para comprar cosas a la gente o cosas que no puede fabricar él. Es un manitas, ¿sabe? El verano pasado construyó todo un porche para su casa. Vive en una especie de cabaña un poco elevada. Dice que está elevada porque en los tiempos de su bisabuela esto era un valle inundado.
-Yo soy extranjero, así que no tenía la menor idea.
-¿De dónde?
-Vengo de la Federación Unificada. No vaya, ese es mi consejo.
-¿Tan malo era?
-Vivía en comunas con cartas de aprovisionamiento, entre que no había mucho y muchos tenían enchufe mi familia y yo nos moríamos de hambre. Las fotos que haya podido ver usted son de la zona turística de la FU, la realidad es un país gris, geométrico y la mar de unificado, para bien y para mal.
-Joder. Pero de aspecto no dista mucho de esto, ¿no?
-Sólo con ver carteles de colores de neón me pongo contento, señor.
-¿Sabe? Eso es muy bonito. Mi amigo es del sur, negro como el carbón. Del sur del mundo, digo. Su país ahora es un destino tropical para los turistas, él prefiere estar en esta jungla de hormigón por alguna razón. El caso es que tiene mi regalo en su casa y dice que no lo puede sacar, que se escaparía.
-¿Y no se le ocurre qué puede ser?
-No... la verdad es que no.
-Pues averígüelo, hemos llegado.
-Oh... tenga, quédese con el cambio.
-Gracias, ¡hasta otra! ¡Y buena suerte!
-Lo mismo le digo.

Me bajé el taxi y caminé lento pero seguro hacia la choza de mi amigo Uruk. Él me esperaba en una silla de madera y paja con un cigarro en la boca. Me sonrió, me dio un abrazo y me dijo que le acompañase a la parte trasera de la casa. Allí, lejos de miradas indiscretas, vi algo que jamás olvidaré. Atado a un poste había una cuerda, la cual acababa en un lazo suspendido en el aire. Pensaba que era una broma de Uruk pero aquella cuerda se movía, como si estuviese atada a algo invisible, pero era extraño porque podía pasar la mano a través de ella, podía tirar de ella y deformarla. Me dijo que le estaba haciendo daño a mi regalo, que esperase a que se hiciese de noche. Y eso hicimos. Tomamos un té especial que él mismo cultiva y esperamos a la noche. Noche abierta. Ni una nube, las dos de la mañana. Aquello comenzó a tomar forma. Poco a poco vi mi regalo aparecer. Era de muchos colores, la cabeza era morada, me miraba con ojos de ciervo y tenía un cuerno tricolor de medio metro. Aquella bestia era magnífica y elegante, parecía un caballo.
-Es un unicornio.
-¿Qué?
-Que es un puto unicornio, lo capturé anoche.
Claro, ¿qué dices? Yo no dije nada. Prefería no hacerlo. Abracé a la extraña criatura; yo pensaba que los unicornios eran caballos con un cuerno en la cabeza pero según rodeé con mis brazos su cuello supe que no podía ser otra cosa, que aquello era un unicornio y Uruk me lo había regalado.
-¿Pero qué hago yo con esto ahora?
-Puedes robarle el cuerno y pedir un deseo o puedes cabalgarlo si se deja.
-Si le quito el cuerno, ¿qué le pasará a él?
-Que moriría. No te preocupes hay mogollón de unicornios.
-No puedo matarle por un deseo.
-Tú mismo. Es tu regalo de cumpleaños.
Se sentó y se fumó otro cigarrillo.

Al final, después de mucho pensarlo, le quité el cuerno. Entonces vi caer lentamente a aquella bestia, como si se derrumbase un coloso de piedra. No tocó el suelo, se deshizo en luciérnagas. Cuando llevas un tiempo con Uruk ya no te preguntas según qué cosas...
El caso es que tenía el cuerno en la mano y deseé algo que creo que fue bueno. Deseé que Uruk me regalase una cafetera por mi cumpleaños.
A veces creo ver que una estrella hace chiribitas para mí, y siempre creo y estoy convencido de que es aquel unicornio que nunca conocí.

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lunes, 13 de enero de 2014

¿A qué sabe un yogur esta noche?

"Noches que vuelan con las estrellas" pensó la joven Caroline mientras caminaba por la azotea de un edificio abandonado. Se apresuró a escribirlo en su desgastada libreta mágica. Era mágica para ella al menos. Un pájaro en plena noche se posó sobre una vieja antena parabólica:
-¿Qué haces aquí arriba, pequeña Caroline?
Caroline no conocía al viejo cuervo de voz ronca y graznidos siniestros pero sabe que no son de fiar. Saca un yogur y le chupa la tapa, ve como el impaciente cuervo se mueve nervioso de un lado a otro, aún viejo se mueve tanto como un recién salido del nido.
-No esperaba que alguien como usted se presentase ante mí, es un honor. Quizá.
-Oh, Caroline, cierto, no sabes quién soy. -dijo mientras de un salto se colocó encima del macizo de cemento que guarda los motores del ascensor- Pero ya nos hemos visto muchas veces. A mí y a mis compañeros.
Cuando pronunció "compañeros" Caroline sintió como si mil voces hubiesen salido de aquel anciano y tenebroso cuervo. Los cuervos no son de fiar. Los cuervos no son de fiar.
-Permíteme que me vuelva a presentar. Somos quienes somos, como todos, somos portadores, somos guardianes, somos aquellos que observan sin juzgar. Bienvenida a la noche aunque seamos quienes te susurran por el día. Sin amigos, sin hogar, sin objetivo, inexistentes, los cuervos de Ravennáh te han observado y has sentido el son de sus alas en cada escalofrío pequeña Caroline.
Caroline se mantuvo fuerte ante cada palabra del cuervo, aunque comenzaba a ponerse nerviosa por la fuerte presencia de aquella oscura ave siguió comiendo tranquilamente su yogur como si tal cosa. El cuervo pasó a otra estancia más confortable, el muro en el que se apoyaba Caroline. Una vez estuvo cómodo prosiguió con su discurso:
-Bienvenida una vez más a esta parafernalia. Tu memoria no está intacta, pequeña Caroline, pero te recuerdo una vez más que ya nos hemos visto. Y que me ha costado encontrarte, mas los cuervos tienen un ojo para ver y desde la Luna nueva te encontré. Te traigo un recuerdo pequeña Caroline, un regalo, un pasado ahora presente. -El cuervo levantó una ala y Caroline por un momento se entusiasmó por la envergadura y la belleza mineral que el plumaje del cuervo mostraba, metió su pico dentro de su ala y sacó un pequeño bombín con una flor violeta, lo depositó delante de ella- Perdónanos, oh, pequeña Caroline, por no traértelo antes. Diosa de la noche que perdió su corona, nosotros te la trajimos de vuelta como me pediste hace trescientos.
Caroline comenzó a recordar, a su cabeza llegaron cientos de imágenes como de otra vida, la vida comenzó a distorsionarse, el cuervo la miraba de frente muy tranquilo. Poco a poco Caroline caía al suelo, sentía sus rodillas rendirse, su cabeza irse y su mirada, perdida, buscaba un sitio sobre el que apoyarse. Apenas escuchó las últimas palabras del cuervo cuya voz valió por miles en un sólo instante.
-Y así el trato ha sido sellado entre los cuervos de Ravennáh y la diosa de esta noche.
Los ojos de Caroline se entrecerraban y mareada caía al suelo. Finalmente el viejo cuervo añadió, con su única voz ahogada y ronca:
-Sueña.
Los ojos de Caroline se cerraron inevitablemente y despertó en su cama una luminosa mañana de domingo, blanca y azul clarito, entre sábanas blancas y con un pijama a cuadros de chico que le encantaba. Caroline mira en el cajón de su mesilla, encuentra aquel bombín con la flor de plástico violeta y siente que está sonriendo.
"Mañanas que bailan en la noche" pensó la joven Caroline y sacó su vieja libreta negra del segundo cajón de la mesilla para apuntarlo apresuradamente.

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lunes, 25 de noviembre de 2013

La pequeña historia de Tarta

Esta es la Luna con la que Serafín me dará su vida. Bajo esta Luna Serafín perderá su vida. Hay cosas de esta vida que no me parecen justas, pero no Serafín, él no, siempre cumplió, cumple y cumplirá lo que promete. 


Es de noche y estoy en mi cuarto, miro la lluvia por última vez antes de cambiarme. Hoy llevaré la ropa de interior de encaje, la que me regalaron cuando dejé de fumar cosas que no fueran tabaco, es preciosa y una a veces quiere sentirse preciosa como la Luna. Cuelgo el móvil, me echo perfume y perfilo de negro mis labios, sombra en los ojos, palidez fingida y que no falte mi bombín. Nunca supe muy bien qué fui ni qué soy pero consigo copas gratis. 
Salgo y ya no llueve, mejor para mis botas, el aire sigue húmedo, puedo notarlo en mis labios... el aire de ciudad casi nunca está así. Hay noches especiales. 
Después de coger dos autobuses y haber atraído suficientes miradas llego al club que me dijeron mis amigos, estaba un poco lejos pero me dijeron que merecía la pena. Media hora más tarde estoy dentro donde me parece haberme teletransportado a un planeta gótico o a una fiesta de Halloween muy cara, el ambiente es bueno, el local es agradable y no hay muchísima gente, mis amigos tenían razón. Ojalá estuviera aquí Serafín, no me hace falta mover la boca para hablar con él. Me han dado una bebida extraña, está muy rica pero se niegan a decirme qué es. 


...~


Qué dolor de cabeza... Ah... Y estás no son mis sábanas... Otra vez no... Otra vez no... Soy gilipollas. Ay... voy a levantarme sin hacer mucho ruido, con el tiempo me he convertido en una maestra del sigilo, o eso pienso siempre que ando de puntillas. Escucho la sábana moverse a mi espalda, no, no, no, no... No pasa nada, sigue dormido. Joder, qué feo es cabrón. ¿En serio, Tarta, en serio he acabado con este tío? Menos mal que no lo recuerdo pero noto que he vuelto a perder mi virginidad y ya van seis veces, joder, tengo que dejar de salir, este es el límite. A ver... mi falda, ¿dónde está mi falda? Aquí. Un momento, mierda, llueve. Que le jodan, a ver qué tiene en el armario... ¡Já! ¡Un chubasquero! Perfecto. Ahora con cuidado abro la puerta... 
-Vaya... ugh... nochecita... 
¡Mierda! Tarta tranquila, Tarta tranquila... sigue dormido el muy imbécil. Joder. ¡Qué susto! Merece un castigo. A ver qué tiene en los cajones. Tiene un poco de dinero por aquí... una bolsita de polvo y un tarro rojo. ¿Por qué no? Él se ha llevado mi virginidad. Cuidado al abrir la puerta, cuidado. Bingo. Libre. A ver, Tarta, ¿dónde estamos? Creo que esto me suena, voy a llamar a Susana, creo que vive por aquí. 
-¿Sí? Buenos días princesa, soy Tartita... sí, sí, mira, ha vuelto a pasar... Exacto, y estoy en un barrio que me recuerda mucho al tuyo... A ver, pues un banco naranja, un edificio de oficinas con los cristales destrozados y creo que abandonado... Sí, también está el graffiti de la flor y la chica de las rastas... ¿Sí? ¿De veras?... Joder tía, gracias, te quiero, gracias.
Susana es la mejor, ahora tan sólo tengo que esperar a su coche entre la lluvia.
-Oye tía...-escucho alguien a mi espalda- ¿Sabes dónde puedo encontrar a alguien que me dé lo que te han dado a ti?-¿De qué coño habla?
-Macho, yo no me meto nada.
-Y una mierda que no, tienes sangre en la nariz, los ojos azules y una marca en el cuello. Sé lo que has hecho, no quiero que me digas quién te lo ha dado, quiero que me digas dónde me pueden dar a mí. -¡¿Qué cojones?!
-Tío, de verdad, me acabo de despertar aquí, no sé qué he tomado o quién me lo ha dado o qué mierda me han metido dentro, sólo quiero volver a casa, ¿vale? 
-En serio. DÍMELO. Tienes que decírmelo.-Joder, esto no me gusta.
-¡Que no lo sé!
-¿Te crees que me voy a creer esa mierda?-Ya sé, no me andaré con rodeos, que sea lo que sea.
-Tercera planta, letra E, ahí está quién me lo ha dado.
-¿Sí? No me gusta que me engañen perra, vienes conmigo y si no es verdad... vas a sufrir un poquillo...-Acaba de sacar un cuchillito, no es muy grande pero si lo hunde en mi garganta dará igual.
-¡Eh! ¡Tú! ¡Pedazo de gilipollas! ¡Suéltala ahora mismo!-Gracias al cielo, es Susana.
-¡Vale, vale! Tercero E, ¿no? Suerte chiquilla, suerte.
El hombre se va por el callejón y yo me subo al coche de Susana comiéndomela a besos, ella sabe lo mal que me sientan estas situaciones. Antes de preguntarme sobre qué me ha pasado me dio su típico sermón, el de siempre, que si me excedo demasiado, que si debería controlarme porque tengo mis responsabilidades, lo de siempre. Luego ya fue al grano:
-¿Mereció la pena?
-No sé... casi no me acuerdo de nada y el tipo no era gran cosa o eso me pareció esta mañana...
-Joder Tarta... Ya sabes qué te toca. Ya sabes por qué aún vives, dale las gracias a Serafín por última vez, por favor. 
-Pero... ¡Susana! ¡Sólo han sido seis veces! 
-¿Y? ¿No crees que ya le has hecho sufrir bastante? Mierda de sol...-Noto como el brazo se le quema un poco- Odio los días tan soleados...-Sube la ventanilla tintada y guarda silencio, como si la luz la hubiese hecho olvidarlo todo, me da esa redención. Que piense lo que quiera, no me arrepiento de lo que hice, Serafín lo comprenderá, siempre lo ha hecho. Pero Susana tiene razón... ya van seis, si me volviese a pasar, ¿qué ocurriría? ¿De verdad me pasará lo mismo que a mamá? Yo sólo quise ser querida pero para un bicho raro como yo eso muy difícil. 


Invité a Susana a mi casa pero se negó a salir del coche, la entiendo, quizá su maldición sea peor que la mía. Suspiré mucho antes de entrar en casa, casi cada paso. Miraba a aquella fría fachada de hormigón y madera, de vidas tristes, de vidas recluidas a ser lo que son. Había llovido. Piso los charcos y antes de entrar... lloro... por penúltima vez. Esta es la noche en la que Serafín me dará su vida. Bajo esta noche Serafín perderá su vida. Mi casa está tan revuelta como siempre... mi pequeño piso. Lo recojo, lo limpio, nunca lo había hecho, o quizá sí, no me acuerdo y no me importa no recordarlo. Todo pasa como a cámara rápida mientras Serafín me mira, intrigado, desde la lámpara del techo. Sabe qué pasa pero no lo quiere admitir. Cuando acabo vuelvo a mi cuarto, me siento en mi mullida cama, me siento como en una nube, me agarro los calcetines y me hago una bola. Serafín se asoma por la puerta, sube a la cama y se me queda mirando. 
-Sí, estoy llorando. ¡Ya sabes qué pasa! 
Serafín se rasca una oreja y me sigue mirando. 
-¡Agh! ¡Es como hablarle a una pared!
Me doy la vuelta y deshago mi bola, quedo estirada boca abajo con mi cara hundida en la almohada. Serafín se me acerca.
-Mmmpfffhfhffmmmm fmfmmmmffhhmmm
No creo que entienda nada de lo que digo con una almohada por cara. 
-¡Serafín! 
Le abrazo, le abrazo hasta que no me queda más amor dentro. ¡Ya basta Serafín! ¡Ya basta! ¡No volverá a ocurrir! ¡Oh no! 
Dejo a Serafín en el suelo, confuso, se lame una pata y se peina. Me pongo en cuclillas delante de sus bigotes y le beso la nariz, me hecho el pelo detrás de la oreja, me levanto, sonrío. Creo que lo hago de verdad. 
-Serafín, por fin serás libre de esta pesada carga. ¡Alégrate! ¡Rápido! ¡Antes de que nos vea la Luna!
Serafín se acerca a mí, como las últimas cinco veces, esta es la sexta. Cojo la pequeña cuchilla de afeitar que llevo siempre encima, la vuelvo a sentir por sexta vez en mi brazo y dibujo un círculo de sangre a su alrededor, Serafín, perdóname, Serafín, te quiero, Serafín, nunca te olvidaré. Ahora decide pequeño Serafín. Sabía que te quedarías en el círculo, pero a mí no me vale, no señor, he sido la peor amiga del mundo Serafín, y ya estoy harta de todo esto. Lo agarro, me levanto, cojo unas galletas y un café, el abrigo, un gorro y subimos a la azotea, ¡que nos vea la Luna! 
La noche cae, la noche nos envuelve. La Luna sale y espera a estar en su punto más alto para verme, desnuda, mortal, humana. Le doy otra galleta a Serafín, quiero que sonría. Él está en el muro de la azotea y yo me dirijo al centro de ésta, entre media docena de antenas. Extiendo los brazos, respiro, miro al cielo...
-¡Luna! ¡Soy Tarta! ¡Y ya no soy lo que era! ¡¡Tómame o déjame ir pero no pienso cambiar!! ¡¿Me oyes?!
Lentamente... me deshago... noto como mis piernas desaparecen y como entre sueños e ilusiones miro por última vez a Serafín que se acerca andando lentamente a mí, se queda sentado, admirando como desaparezco entre luces que no estoy segura de que comprenda. Le acaricio y según lo hago mis dedos desaparecen, él sonríe, no sabe qué está pasando. Adiós Serafín. Esta pudo ser la noche en la que me dieras tu vida. Bajo esta Luna tú serías mi salvador. Hiciste más que suficiente Serafín, no me des más vidas, eres el mejor amigo que tuve. Adiós, soy Tarta y desde ahora y hasta siempre te veré desde el cielo porque siempre fui lo que soy, una estrella fugaz que pidió un deseo. 

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lunes, 26 de agosto de 2013

Privado

Privado. Acabo de leer esa palabra entre los archivos del portátil, qué atrayente es. Apago el cigarro y lo dejo junto a sus ocho hermanos en aquel cenicero que robé del último motel en el que acabé anoche. Noto una leve sonrisa en mi cara, resulta que este portátil está hasta arriba de porno si sabes buscar bien. Saco otro cigarro. Miranda me despierta de mi ensueño. Qué haces cariño, me dice. Nada, ver unas cosas de Roberto. Ella me toca un pecho con un dedo mientras hace un *pup* con la boca. No te acuestes demasiado tarde, mañana hay negocio, me dice con esa voz tan dulce que me enamoró la primera vez. Sigo investigando y encuentro lo que buscaba: lugares de recogida de Roberto. Esta vez le voy a joder pero bien.

Suena el despertador y retumba en mi cabeza como si fuera un taladro industrial martilleando mis sesos con odio, suelto un leve bramido con la boca, desde lo más profundo de mi garganta. Miranda me mira desde el baño con un cepillo de dientes metido en la boca. Me encanta verla desmelenada, con esa sombra de ojos corrida y su cara de por las mañanas; su ropa interior de encaje hace que mis ojos se despierten aunque mi cuerpo siga sin responder. Vamos, vístete, la escucho decir. Es preciosa, no la merezco. Voy, digo malhumorada y alargándolo todo lo que puedo. Me despierto y me pongo mi ropa interior, piso un par de colillas de camino a la ducha. Oh, sí, hoy tenemos agua caliente. Me encantaría ducharme con ella pero nos retrasaríamos mucho. Me ducho rápido, cojo mi ropa y bajamos por las escaleras de madera rancia de un viejo edificio del centro. Deberían derribarlos y hacer nuevos, esto da miedo. Llegamos a la calle, al sol. La mañana hace que nuestra piel pálida acostumbrada a la noche resalte entre el gentío, da igual, somos escurridizas y pronto acabamos por nuestros callejones. Es el momento de joder a Roberto como nunca. Vamos a cada lugar donde coge su mercancía y con sus claves la recibimos nosotras. Es un plan astuto, sencillo, pero astuto. Pronto hemos cubierto prácticamente todos los lugares antes de que Roberto siquiera haya despertado a la puta con la que durmió ayer.

Acabamos en un lugar de nuestro pasado, un lugar medio en ruinas, medio habitado. Un lugar donde reina la ley del asfalto. Nos acercamos a la casa de una madame. Esto sí que no se lo esperaría nadie, dos lesbianas repletas de mierda limpia en un burdel a las doce de la mañana. Nos quitamos las pelucas antes de entrar, ahora sí queremos que nos reconozcan. Miranda y yo decidimos anoche que salvaríamos a una de estas condenadas de las garras de algún ejecutivo grasiento demasiado verde como para que su mujer le permita hacerla lo que él hace aquí. La madame nos recibe maliciosamente, aquí la droga es igual a dinero, esta hija de perra se gastaría el dinero en heroína, sólo nos cargamos intermediarios. Pasen, pasen, les presentaré a algunas de mis mejores, nos dice con una sonrisa encantadora y encantadoramente perversa por sus arrugas y maquillaje seco. Sabemos que es mentira, sabemos que nos enseñará a sus chicas más drogadas y destrozadas, las muertas vivientes, aquellas cuya vida dejó de importarles hace mucho, no podemos hacer nada por ellas, ya no. Educadamente Miranda le dice a la madame que no se moleste, que buscaremos nosotras y que ya la informaremos. A pesar de la hora que es aún hay hombres en la parte del bar del local, la mayoría de empalme, otros acaban de llegar. Muchos que llevan despiertos más de un día y están más puestos que yo me silban, Miranda, celosa como siempre, me agarra del codo y tira de mí sin que pueda siquiera mirarles. La amo. Pronto llegamos a una zona donde descansan unas chicas, al ver la edad de algunas me acuerdo de cuando me metieron a mí en esto, también sin edad necesaria. Me da una arcada que intento aguantar como buenamente puedo. Noto que Miranda me hace una señal para que me acerque a las chicas, la mesa está llena de cigarros apagados y una se está poniendo hasta arriba de coca. Todas me miran, desconfiadas y medio cabreadas. Las comprendo. ¿Qué quiere un culito de ángel de nosotras?, me dice la más alta de todas mientras apenas la distingo entre las sombras de esta esquina. Redención. Sólo digo eso, cae como un peso muerto en la mesa. Una se espanta, otra está tan sorprendida que se le cae el cigarro, las demás me miran con desprecio. Vete a la mierda, ¿te crees que nos creemos esa mierda? Aquí estamos bien, no nos jodas. Me dice la alta de nuevo, ahora ha salido de las sombras. La miro a los ojos. Tenéis una oportunidad y no voy de coña. Una se empieza a inquietar, la mujer alta acaricia su cabellera y se calma enseguida. No, vete, nosotras ya estamos condenadas y no necesitamos redención, sé muy bien qué eres, así que largo. Muy bien, contesto, pues me voy. Suspiro, me doy la vuelta y comienzo a caminar. Una actuación digna de una profesional, me digo. Según nos alejamos del grupo nos disponemos a caminar hacia la salida, allí hay una chica menuda, con una bata negra y mirada de ternura. Lo hace bien, la jodida. ¿Qué quieres?, digo. Redención. Lo ha dicho exactamente igual que yo pero con un acento que no logro identificar. ¿Segura?, mis ojos son severos y mi gesto serio. Sí, lo estoy. Parece limpia, es una buena compra y traemos suficiente priva como para comprar a cualquiera de estas. La madame acepta maldiciendo entre dientes.

Estamos de vuelta en nuestro apartamento, le hemos dado algo de dinero a la pequeña. Se quedará con nosotras un tiempo para que se adapte a su nueva vida. No habla del todo nuestro idioma pero lo entiende perfectamente. Estudió interpretación en su país y por eso le fue tan bien como prostituta aquí. Duerme en el suelo pero no la importa, sabe que es libre ahora de hacer lo que quiera. Es muy mona, la típica cara de niña pequeña que no se va con la edad, su cuerpo es apenas de metro y medio, blanco y lleno de lunares, verla en ropa interior me alegra por las mañanas. Lástima que Miranda no quiere ni que lo piense. Mañana es otro día de otra vida, me gusta acostarme con esa sensación, mi vida casi no me había dado tiempo para parar... y pensar. Amaré siempre a Miranda, ¿ya lo he dicho?
Es de madrugada y estamos viendo una peli porno que ponían en la tele de pago, se la pinchamos al vecino el año pasado y aún no se ha enterado. Que se joda el pajero. Mientras estoy con mi portátil. Tengo un e-mail de Roberto.

Hijas de puta. Os mataré si os encuentro.
Estáis avisadas

Me entra una risa tonta, apago el ordenador, termina la peli y nos vamos a dormir pensando que aún no hemos olvidado nuestras viejas pieles, que aún no nos hemos despojado de nuestro pasado y que nunca podremos. Miro a Miranda con la luz que entra de la ciudad por la vieja ventana, sonríe en sueños. Amo a Miranda. 

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