Nos perdimos hace mucho entre estas calles, estos lugares. Tampoco es que echemos de menos los sitios de los que venimos. Nos gusta juntarnos alrededor de las hogueras de los parias y extraños. Quizá es que seamos parias y extraños.
Por entre los callejones vemos a los inconscientes caminar y vagar por entre sus vidas. Es el pasatiempo del día mientras esperamos a la noche. Cuando el cielo cae oscuro sobre la ciudad nos movemos, nos ganamos la vida. Quizá encapuchados, quizá con chubasqueros. Quizá con abrigos largos. Un niño y una niña, no sé cómo acabamos aquí ni si acabaremos aquí. Sólo hacemos lo que podemos, nos pintamos un bigote y nos ponemos un sombrero. A veces somos un señor alto y a veces somos dos señores bajitos. A veces llueve y bailamos, las luces que se reflejan empapadas nos acogen mejor que los brazos de los extraños.
No pedimos, nos dijeron papá y mamá hace mucho que no lo hiciéramos. Pero a veces hace frío y pedimos mantas. Si no nos las dan las cogeremos igual. Nuestros gritos se pierden entre la muchedumbre y nadie mira hacia abajo, no hacia tan abajo.
Por eso podemos escondernos.
–Hermanito, ¿a dónde iremos?
Me dice ella a veces. Yo siempre le digo que no lo sé, que ya lo veremos. Que quizá hoy podamos comer pizza y que quizá hoy esté caliente.
–Hermanita, tengo hambre, ¿qué podemos comer?
Me dice él a veces. Yo siempre le digo que ya encontraré algo, que no se quedará con hambre. Que quizá encontremos un lugar seco donde dormir esa noche.
Tenemos ojeras tan largas que pasamos fácilmente por señores bajitos. Por eso no hay que preocuparse. Ni porque nos vaya a pasar nada, nos escabullimos fácilmente. Pero a veces es solitario, incluso cuando estamos juntos. Creo que nunca hemos estado sin el otro, no desde que nos perdimos entre aceras y asfaltos, tejados de chapa y soportales.
Nos gusta ver los anuncios de las tiendas, son como ver la tele pero gratis y en la calle. Este invierno creo que haremos algo.
–¿Qué haremos, hermanita?
Me dice a veces.
–¿Qué haremos, hermanito?
Me dice a veces.
Nos da miedo ir a un orfanato. Porque nos han dicho que nos separarán. No queremos perder a lo único que tenemos. Pero no podemos pasar otro invierno solos. Claro. Nos moriremos de frío. Así que caminaremos, caminaremos juntos, cogidos de la mano. Diremos que estamos unidos de las manos y que no se pueden separar. Que no. Que lo hemos intentado. Que no mentimos. No nos soltaremos jamás. Será nuestro secreto y así podremos no abandonarnos.
Porque somos lo único que tenemos. No queremos tener menos. No.
–Historias de tres palabras
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miércoles, 8 de noviembre de 2017
Pecera Macabra Altibajo
Es tarde. Ya me he acostado como me dijo mi madre que hiciera. Me he lavado los dientes, claro. Hasta puse yo solita la lucecilla que hace que los monstruos no vengan a mi habitación mientras duermo. No se les puede quitar el ojo de encima a esos monstruos. Últimamente creo que como los monstruos no pueden venir a mi habitación tienen que ir a otro sitio. Ese otro sitio podría ser el desván que tengo encima de mi habitación. Siento como si escuchase sus terribles pasos, pasos de pezuñas, de garras, de pies peludos. Tengo miedo.
Como tengo miedo me abrazo a mi peluche. Y se me ocurre una idea. Robo el alargador del salón, enchufo mi lucecita antimonstruos y subo al desván. Tengo que echar a los monstruos del desván también. ¿Por qué vienen a mi casa? ¿Por qué no pueden ir a casa de la niña esa tonta de mi clase? ¿Quién querría comerme? Mi padre es mucho más grande que yo, seguro que alimenta más.
Subo al desván, paso a paso. Poco a poco. Entre las sombras de las cajas viejas les veo correr, corren de escondite en escondite, aterrados. Sé que están aterrados porque no hacen eso de posar con sus garras y asustarme.
–¡Salid! ¡Quiero echaros la bronca!
Les digo. Poco a poco veo cómo se asoman. Uno tras otro. Son seis en total, quizá haya un séptimo chiquitito escondido todavía. Apenas les veo porque si les apunto con la luz se desvanecerán. Pero veo la punta de los dedos de sus pies. Monstruos feos.
–Dejad de venir a mi casa. Por favor. Estoy harta. Todas las noches la misma historia. Me dais miedo y entonces no duermo y si no duermo mamá me regaña. Me dais mucho miedo, así que largo, jolines.
No veo que ninguno se mueva. Están aterrados, ¿de mí?
–¿Os doy miedo?
Entre las sombras y la oscuridad se escabulle un susurro, me envuelve de escalofríos como una manta de las que pican.
–Sí...
–Pero entonces, ¿qué hacéis aquí? ¿No estáis aquí porque me queréis comer?
–No...
–¡¿Me queréis matar?!
–No...
–¿Qué me queréis hacer?
–Estar.
–¿Estar?
–Estar.
–No me fío de vosotros, ¡monstruos! ¡Sois pesadillas! ¡Sois terroríficos! ¡Sois el mal! Por eso os escondéis, para acecharnos. Para comernos. Y como os tenemos que vigilar no logramos dormir, ni mi peluche ni yo.
–Mal... entendido.
–Sí...
–Sentimos... mucho...
Dijeron. Están muy asustados y tristes. Como si fuesen a quedarse sin cenar o sin postre.
–Si os dejo tranquilos, ¿me prometéis que os iréis?
–No... queremos... eso...
–Irnos... no.
–No podemos...
–Entonces os destruiré con mi luz antimonstruos.
–No... no...
–Tú... buena...
–Por eso... querer.
–Queremos... estar...
–Estar... estar...
–Otros... malos...
–Tú... buena...
–¿Queréis ser mis amigos?
–Sí...
–Sí...
–Pero luz...
–Luz... mala...
–Día... dormir...
–Noche... estar...
Volví a mi habitación, dejando a los monstruos en el desván. No enchufé la lucecita antimonstruos y me metí en la cama. Me he tapado hasta arriba por si acaso. Espero que sean buenos y no me coman.
–Historias de tres palabras
lunes, 14 de noviembre de 2016
Una chica que corría y corría
Bien. Estoy algo oxidado en esto de escribir... Pero vamos a intentarlo, ¿qué os parece? Primero vamos a dibujar a la persona de la que quiero hablar, que no sé quién será o qué será. ¿Es una persona? Sí, mejor dibujamos a una persona, vamos a mantener la fantasía a mínimos de momento. Vale.
Es una chica, porque me gusta más escribir siendo una, no llega a la mayoría de edad aunque no sé por qué. Pero camina, camina, camina por una calle poco transitada, es de noche en los noventa. Pocas luces, por ley sólo las calles principales deben tener farolas de las grandes así que se ahorran un poco dejando a oscuras a los callejones. ¿Qué hace ahí?
Camina. Ay, espera, es que está llorando. ¡Y está lloviendo! Camina entre soportales, resguardándose de empaparse mientras solloza y camina. Tiene moratones en las piernas y va totalmente despeinada. Quizá haya tenido una pelea.
Se cruza con garitos, tiendas cerradas, parques deshabitados y estancos llenos de carteles luminosos, neón y clientes perdidos. Es muy de madrugada, ¿nadie la busca? Lleva una mochila un poco rota y la agarra con ambas manos, impotente. Me cae bien, aunque no sé qué le ha pasado.
–Hola, pequeña, ¿qué te pasa?
Ignora al vagabundo que le sale al paso. Sólo mira al suelo. Intenta mostrar enfado en su cara pero es una frágil máscara con la que esconde sus lamentos.
–Oh, venga. No soy tan malo. No me gusta ver una niña llorando. ¿Quieres medio donuts? Está seco. Y es de chocolate.
–¡Déjame en paz!
–¡Vale, vale! Tranquila.
Ella aligera el paso, y el vagabundo la sigue con cautela. Supongo que no quiere que le pase nada malo a la niña.
Caminan, no juntos, pero caminan. La ciudad se despeja para llegar a los suburbios, edificios más pequeños y calles más anchas a su paso. De vez en cuando cruzan un grupo de borrachos que salen, vuelven, están de fiesta. De ella se ríen, de él comentan en bajo.
–¡¿Por qué me sigues?!
–Yo no te sigo. Yo sólo estoy caminando.
–¡No me lo trago! ¡Me estás siguiendo!
–Créeme que no. Sólo quiero estirar un rato las piernas, de verdad...
La chica saca una navaja de su mochila, le tiembla la mano. Ya no llueve, sólo quedan charcos que se mezclan con sus lágrimas. Se muerde un labio. Le tiembla la boca.
–¡Largo! ¡Largo o... o ya verás!
–¡Tran-Tranquila! ¡Joder! ¡Qué susto!
–...
–Guarda eso, pequeña. De verdad. No merece la pena matar a un viejo. Me moriré dentro de poco, ya verás.
–¡Pues deja de seguirme si no quieres que ocurra antes!
El viejo mendigo baja la cabeza en signo de respeto, aunque ella no lo entienda, y se va. En total silencio.
Y ahí queda ella. Sola, en la noche. Las manos no le responden, se agitan, las piernas están inmóviles y sus ojos abiertos y cansados. Llora, sin sentirlo ya. Masculla.
–Joder.
Y guarda la navaja. Está harta. Echa a correr.
Echa a correr hasta que no pueda correr más.
Y cuando eso ocurre.
Cae de bruces en mitad del asfalto mojado.
Pérdida de consciencia.
Pero algo la empuja. Se escucha un coche.
Abre los ojos. Está magullada. Pegada a la acera. Delante de ella hay un viejo vagabundo tirado como un saco de patatas.
–¿Qué...
Se acerca al viejo, ve que su cara está apagada. Muerta. Y él también. No entiende nada. Le va a dar algo. Pero un anciano y barbudo vagabundo se acerca por detrás. Se apoya en el hombro de la pequeña. Ella se gira con reflejos felinos. Sus ojos son los ojos que ningún niño debería tener jamás.
–Tranquila... No pasa nada.
–¿Es-Está... Está muerto?!
–Claro. Pero no pasa nada.
–¡Está muerto! ¡Tenemos que llamar a una ambulancia! ¡O algo!
–No, no, no. Verás. Él sólo contaba la historia. Y no quería que te pasara nada. Ahora la historia sigue como empezó. No ha contado nada, pero eso no importa. Seas quien seas, te desea lo mejor y que sigas caminando hasta que la mañana te calme. Hasta que el cielo se despeje.
–¿Pero...? ¿Qué? ¡Estás loco! ¡Suéltame!
–Descuida, esto se acaba. Quizá algún día sepamos a dónde vas, pequeña. Ojalá y llegues pronto.
La chica, atónita, empuja al barbudo y echa a correr todavía más. Mirando atrás de vez en cuando para ver a los dos mendigos, uno muerto y otro saludando mientras se aleja de una noche que no quiere volver a vivir nunca jamás.
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sábado, 3 de agosto de 2013
Mary y su conversación con la Luna
Estaba siendo una vez -no, así no- Érase una vez, una niñita -como de costumbre en estas historias- que gustaba de pasear a oscuras por la playa de su pueblecito de verano. La Luna bañaba el mar con su luz -¿"bañaba el mar"? Ay, madre mía...- y las estrellas adornaban la noche. Siempre corría una brisilla agradable y la arena estaba fresca bajo sus pequeños pies -espera un momento que me llaman... vale, ya, sigue, sigue- y parecía viajar por la magia nocturna de la que tanto escuchó hablar en sus cuentos favoritos. Estaba en una pequeña población costera, dedicada al turismo, pero era corta y enseguida encontró un pequeño muelle viejo, roñoso, vacío y abandonado pero a pesar de ello se adentraba sin miedo mar a dentro. La niña no se lo pensó dos veces y lo escaló caminando hasta el mismo final y colgando sus pies esperó a que la Luna la dejase de mirar. "Qué preciosa noche, ¡esto sí que es vida!" pensó después de saborear esa serenidad y ese abrazo oscuro que tanto la elevaba. Cuando la Luna se fue a la cama ella contempló ahora el mar: era un gran lago negro de infinidad espacial, como los ojos más preciosos de este mundo, profundos y mágicos. De pronto, a lo lejos, vio una barca blanca que se aproximaba a la costa. "¡Estupendo!" pensó, "¡Viajeros! Me preguntó de dónde vendrán y por qué llegan tan entrada la noche". Se sentó de nuevo, pies colgando, a esperarles.
"Parece que no llegarán nunca" se dijo Mary para sus adentros, "siguen tan lejos...". Pareció un parpadeo muy largo, quizá una cabezadita, no lo sabe, pero el caso es que al abrir los ojos los barqueros estaban desalojando la barca en la arena gris oscura de la playa olvidada.
-Perdonen caballeros la indiscreción -Mary siempre fue muy educada- ¿de dónde vienen? ¡Amo a los viajeros!
-Del horizonte -respondió una voz grave y varonil. Venía de un tejón, pero un tejón que caminaba sobre sus patas traseras vestía un jersey a rayas y una gorra de marinero-. Alguien tiene que ir a guardar la Luna, ¿sabe? Las cosas no pasan por arte de magia. ¿Y tú que haces tan lejos de casa chiquilla?
-Yo... eh... me gusta la serenidad de la noche, eso es todo. Me llamo Mary y... esto... ¿guardáis la Luna?
-Sí que lo hacemos, cada noche mi compañero y yo lo hacemos desde hace mucho mucho tiempo. Oh, dónde están mis modales, soy Tejón y este es mi compañero Coyote y siento la confusión, no somos viajeros, sólo trabajadores que hacen bien su trabajo.
-Creí que los coyotes eran vagos y perezosos... -masculló levemente Mary, sin embargo el Tejón la escuchó.
-Y lo son, créame, pero es ya muy viejo, y los que somos tan viejos comprendemos bien nuestras responsabilidades. Además, él una vez se olvidó de guardar la Luna y no vea qué desastre se montó.
-¡Calla ya! Sólo es una niña entrometida -gruñó el Coyote con ademán de querer irse de allí lo antes posible.
-No soy ninguna niña entrometida, fueron ustedes dos quienes desembarcaron en mi playa.
-Esta playa es de todos niña y ahora largo o te arrancaré un brazo de un bocado.
-¡Señor Coyote! Por favor, un poco de calma -intervino Tejón-. Vuelve a tu cueva, ya no se te requiere más.
Y Coyote se fue entre maleza. Tejón ayudó a Mary a bajarse del muelle y éste le explicó que sin ellos la Luna iría sin rumbo por el firmamento y pasaría de Luna nueva a Luna llena en un santiamén o se quedaría en cuarto creciente por una semana y eso no sería bueno para nadie. Luego cogió un puñado de arena e hizo una taza que rellenó con agua de mar la cual de pronto olía muy bien, se la ofreció a Mary mientras él se hacía una. "Qué caballeroso y gentil es este Tejón, muchos deberían aprender de él". Tejón por su parte se alegraba de poder charlar con alguien para variar, era muy desagradable tener que trabajar cada noche con Coyote.
-¿Y acaso yo podría guardar la Luna con ustedes en alguna ocasión?
-Oh no. No, no, no, no. Eso sí que no. Lo siento mucho señorita Mary pero eso es del todo imposible.
-¿Por qué no?
-Porque usted no conoce allá a donde vamos para guardar y sacar la Luna, es un sitio tan remoto que usted no sería capaz de imaginarlo.
Y de pronto, según Tejón terminó la sílaba "-lo" se desvaneció. La niña abrió los ojos, estaba en el muelle, sentada. Pensó que todo fue un sueño. Y se bajó del muelle apoyándose en una barca y se fue a casa. Estaba cansada, era hora de dormir -muy bien, así tendrán que releer el principio para hacer "¡oh!", muy bonito detalle, sí señor-.
Yo mismo & Un Amigo
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domingo, 26 de mayo de 2013
Se encontró en la lluvia
La lluvia le traía recuerdos. Recuerdos de aquel que tanto la dañó. Era un sentimiento agridulce, sabía que era él el principio de todos sus males, sabía que fue él quien la llevó hasta sus extremos, sabía que era él quien la incomodaba. Supo que él no podía seguir así.
Pero... ¿era él mejor a la soledad? Aún lo echa de menos, como quien echa de menos una cerradura o los sermones de una madre. Aún tiene recuerdos de su adiós, fue bajo la lluvia.
Ella llevaba perturbada todo el día por miedos, por decisiones indefinidamente indecisas. No traía su paraguas. Ya tenía veinte años y aún le alegraba pisar los charcos. Atardecía, era primavera y la noche era clara como una mañana en la mar. Tenía veinte años y nunca se había atrevido a ser ella misma, siempre guardaba algo, algo que él no quería que mostrase a nadie. No podía aguantarlo más años dentro, tenía que salir, tenía que sentir un abrazo de verdad. Caminaba con las uñas clavadas en su palma, los dientes apretados y furiosos, la cabeza mirando al suelo, las lágrimas saliendo y él preguntando "¿qué ocurre?" Como si no lo supiera, como si no supiera que era la causa de todo.
Por fin se detuvo frente a un banco de madera, era viejo y nunca había estado allí, "un sitio nuevo es perfecto para una despedida" se dijo. Lo sentó junto a ella, lo miró a los ojos y le dijo: "Largo". Él estaba confundido, no se enteraba de nada, o fingía no hacerlo para quizá poder interactuar más con ella, pero ella sabía sus tretas. "Ya sabes qué ocurre, no lo soporto más, no te soporto más, no puedo seguir guardando todo esto. Necesito sentirlo. Necesito ser yo de nuevo y para siempre, no importa lo que venga, ya no tengo miedo. Ya no te tengo miedo". Hasta ella se estremeció de sus palabras.
Él miró hacia el cielo, las gotas le golpeaban los párpados y de su pelo caían como rocío. La cogió de las manos, la miró a los ojos y pronunció las palabras que ella no esperaría de alguien así:
"Por fin te diste cuenta de lo que quieres. Tardaste veinte años pero lo has logrado. Mi existencia ya no tiene sentido así que... desapareceré. Ha sido un auténtico placer ser lo que siempre quisiste que fuera. Disfruta el resto de tu vida como has aprendido".
Y sonrío mientras se desvanecía.
Ella... superó su miedo a ella misma. Y si un personaje de un cuento pudo, ¿por qué tú no?
Este tipo
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