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sábado, 25 de noviembre de 2017

La chica de debajo del puente



Aquel día comenzó a llover, no era normal que lloviese pero me alegré de poder pasar la tarde a cubierto. Me puse un chubasquero y fui a su escondite. A las afueras del pueblo hay un pequeño arroyo que en las estaciones de lluvia desborda su caudal, por lo que hace siglos se construyó un puente de piedra para poder atravesarlo.
En otoño ese arroyo apenas es un pequeño torrente y suelo juntarme con mi amiga debajo de ese puente. Todo está lleno de hojarasca y está silencioso. Es lo bueno de los pueblos, apenas hay nadie en las afueras. Sólo hay campo, bosques y silencio.
Bajar no siempre es fácil, menos con lluvias, casi me caigo al resbalarme. Pero está bien, no pasa nada. Por un momento ella, al escuchar el ruido, se acerca, me confunde con comida, pero sabe que no soy comida. Mi amiga tiene la apariencia de una chica asiática muy joven e inocente, parece incluso vulnerable, aunque no se le dan bien los disfraces y realmente cuanto más mires a sus ojos más te darás cuenta de su inquietante mirada.
Según me ve se esconde, no le gusta estar a la luz, es insegura, no le gusta ser vista. De hecho, si no tuviera que comer, nadie sería capaz de encontrarla. Corre más que tú y sabe esconderse en toda clase de lugares.
Mis pasos hacen ruido al pisar las hojas secas, los suyos no. A veces me pregunto de qué estará hecha, pero no me lo pregunto demasiadas veces. Sé que es ligera. Sé que no se fía de casi nadie. Sé que es culpable de montones de leyendas. Sé que es posible que coma. Pero me gusta confiar en su falsa sonrisa.
Me siento bajo el puente y veo su rostro al revés, ella está tumbada en el techo del puente, mirándome fijamente. Me da un libro y comienzo a leer. Le gusta escucharme leer. Le gusta aprender. En ocasiones habla, nunca más de una palabra por vez. Podría decir que incluso por día pero no me atrevo a afirmarlo. Este día fue uno de los días en los que dijo una palabra.
Pero antes cerré el libro, encendí un cigarro, bajó de su techo y se me sentó encima. Seguía siendo ligera como un trozo de seda. Se acurrucó en mi pecho sin quitarme la vista de encima. Su siempre sonrisa dejó de inquietarme hace meses. Tampoco es que nos conozcamos desde hace tanto.
–¿Crees que soy tu amigo porque no tengo a nadie más? ¿O quizá es que sólo puedo confiar en aquello que es tal y como es? Aquellas cosas sencillas. Sé que este no es tu aspecto real pero eso se ve con sólo mirarte un rato, no engañas a nadie.
Me clavó las uñas un poco. Yo me reí.
–Vale, vale. Quizá es porque tú me aceptaste tal y como soy. Aunque no te guste nada de mí. Ni mi sabor. Aún así... te alegra cuando vengo. ¿Cómo eres así? Eres la persona más amable que conozco. Y aún así eres un misterio. Uno que jamás querría resolver. Me gustas aunque me des miedo, aunque nunca sepa qué eres o qué forma tienes.
Estas conversaciones eran normales en nosotros. Es estar con ella y me vuelvo tan vulnerable que sólo me sale ser sincero.
–Me incomodas. Mirarte a los ojos me da tanto miedo como... como bien me hace. Eres imposible, eres irreal, eres única y eres un monstruo. Eres la cosa más terrible que jamás he conocido pero no puedo imaginarme sin ti. ¿Por qué me acoges? Sólo no huí de ti. Sólo me quedé quieto aquel invierno. No sé qué esperaba, la verdad.
Se abrazó a mí, lenta pero tiernamente. Creo que soy el único cuerpo que disfruta abrazar. No dejaba de mirarme directamente a los ojos, nunca dejaba de mirarme directamente a los ojos. Yo miraba al cielo nublado y a la lluvia.
–Al principio esperaba que algún día se te cayera la máscara, que me mostrases tu verdadero rostro. Sentir que estás aquí, conmigo. Supongo... supongo que no era capaz de ver la realidad. Eres así.
Ella es terrorífica. Mirarla me sigue estremeciendo. Pero ahora, después del miedo, cuando miro directamente en sus negras pupilas, nace una ternura implacable. Ojalá ella sea capaz de verme. De verme tal y como soy. Tengo miedo de que me abrace porque no conozca a nadie más. Me aterra pensar que cualquier persona que se atreva a conocerla será mejor que yo. Es un pánico egoísta y feo que soy incapaz de esquivar. Quizá... quizá he logrado que este monstruo me importe tanto porque tengo la seguridad de que nadie más querrá estar con ella. Soy... yo el que no es capaz de verla. El que no es capaz de dejar atrás sus miedos y sus inseguridades. Soy yo el que no es capaz de aceptarla por lo que es y confiar en sus emociones. Soy yo el...
–Sonrío.

Miro a sus ojos. Los encuentro clavados frente a los míos. Esa palabra ha borrado por completo mis pensamientos. ¿Qué fue eso? Sonrío. No dejo de escucharlo. Sonrío, sonrío, sonrío, sonrío. Sonríe. Ella sonríe. ¿Lo hice yo? Acabo de caer. Estoy boquiabierto, mirándola, totalmente atascado en esta emoción tan cálida. ¿Qué pensará ella? ¿Cómo piensa ella? No. Esas no son las preguntas. Y la verdad, no hay pregunta. Eso es.
No hay pregunta.
Mis brazos la rodean, fuerte, suaves. Junto mi cabeza con la suya. Comienzo a llorar. Ella se separa. Me mira de frente. Veo sus ojos inmóviles examinándome. Su sonrisa implacable no me asusta. Su mano limpia mis lágrimas. Gira su rostro noventa grados. Me mira. Me mira. Mira mi cara retorcida por el sollozo, moqueando y sin ser capaz de parar el llanto digo lo único que se me ocurre.
–Sonrío.

Aquel día fue un día más. Pero lo recuerdo con cariño. Ojalá tuviera alguna foto de ella, pero no sale en las fotografías. En parte me gusta porque así sólo yo puedo recordarla, aún no conozco a nadie que haya logrado verla y sobrevivir. La gente del pueblo comenzó, con el tiempo, a llamarme el hombre pez porque iba mucho al río a por agua. Sigo yendo a visitar a mi amiga siempre que puedo. Creo que esa es mi vida. No imagino otra. Para bien y para mal.

–Historias Irrelevantes







viernes, 24 de julio de 2015

Mejor que una radio

-¡Señor! ¡Todo lo que hemos encontrado es esta grabadora!
-¿Nada más? ¿Ni sangre, ni ropa, ni restos de nada?
-No, nada más, señor.
-Hm... Bien, déjela con las otras pocas pruebas que tenemos.

Más tarde.

-Bien, vamos a escuchar la dichosa cinta. A ver si así salimos de dudas.
-¿No habría que llevarla primero al laboratorio?
-No me fío de esos cabeza de huevo, quiero escucharla por mí mismo y saber qué narices pasó aquí.

El subteniente calló.

*Click*

-Aquí el profesor Pinker. Diario número cuatro de nuestra expedición hacia lo que hemos denominado como "La vena del infierno". No es el nombre más inspirador del universo, pero entre lo escabrosa que es, el calor que hace y que creemos atraviesa la corteza terrestre no nos quedó otra. Llevamos aquí dentro ya cuatro días y nos disponemos a seguir profundizando.
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-Estábamos bajando pendiente abajo cuando encontramos unas extrañas estructuras geométricas. Como prismas rectangulares gigantes dispuestos aleatoriamente por toda la caverna. Y según nuestro sónar parece que hay una gran galería justo detrás de los prismas. Nos proponemos entrar.
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-Según nuestros aparatos, la galería debe medir unos doscientos metros de alto y no hemos logrado obtener medidas ni de ancho ni de largo. Debe ser inmensa. Dios sabe qué puede haber causado algo así.
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-¡Alto! ¡Muchachos! ¡Parad! Creo que he oído algo. Shh...
-...
-...
-...
[Se escucha un gran estruendo, como si toda la tierra temblase]
-¡Sshh!
[Se escucha un grito agónico monstruoso, se escucha lejos pero a la vez cerca, la grabadora no sabe muy bien cómo reproducirlo, las gráficas de sonido en el ordenador se ven inusuales, demasiado armónicas para lo monstruoso del sonido]
-¡Mire, profesor! ¡Qué coño es eso!
-¡Corred! ¡Co-
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Se hizo un silencio en la sala.

-¿Qué coño...?
-Debemos guardar esta cinta con nuestras vidas. La tienen que echar un vistazo nuestros expertos. Sea lo que sea que hay ahí abajo es peligroso y como salga a la superficie podemos estar jodidos. ¡Ah! ¡Por ahí vuelve mi querido alférez! ¿Encontró algo?
-No, señor.
-Alférez, ¿qué hace con ese arma?
-Los pequeños monos se han metido en la cueva equivocada, señor. Deben ser eliminados. Nadie disturba este territorio.
-¿Al... férez?

jueves, 3 de julio de 2014

Voy a tu casa cuando me persiguen los monstruos


-Recuerdo que de pequeña siempre me decían que qué suerte tenía de ser un niña tan imaginativa. Mis dibujos eran siempre los mejores de la clase, daba con lo que llamaban "soluciones creativas" y siempre tenía algo gracioso o curioso que decir. "¡Qué suerte tienes Betty!" Los sueños producen pesadillas, ¿sabes? No me pasó sólo una vez lo de aquella noche, no. Cada vez que veía una película de terror no podía dormir y no sabía qué era peor si lo que me encontraría en sueños o lo que me podría venir en la realidad. Quizá un asesino me acuchille mientras duermo, quizá me licue por el hueco que hay entre la cama y la pared, quizá explote en mitad de la noche... Dependía de la película. No puedes decirle a tu imaginación, "oye, para ya, ¿no?" Así que allí estaba yo, niña introvertida y "creativa", cuidando de la casa por primera vez. Mis padres decidieron que era hora de confiar en su niñita y se fueron a cenar prometiendo que no llegarían muy tarde. Entonces vivíamos en un piso entre el centro y las afueras, era un lugar bonito, medianamente tranquilo porque no venía nadie a verlo y además tenía tiendas de barrio, escuelas, parques y todo eso. El caso es que aquella noche iba a ser fantástica. Estaba sola en casa así que agarré una torre de libros de mi padre, me hice con todo el batido que pude y estuve a la luz de una lamparita comiéndome todos esos libros.
-¿Cuántos años tenías?
-Unos nueve, creo. No lo recuerdo bien, esas edades las tengo todas mezcladas.
-Y entonces vino "aquello", ¿cierto?
-Sí. Serían cosa de las diez de la noche cuando la luz se fue. Sólo la luz de las farolas iluminaba tenuemente la casa. Sentí que comenzaba a temblar y que algo no iba bien, miré hacia un lado y vi aquella cosa mirarme fijamente. Corrí cuanto pude y me encerré en un armario.
-¿En serio? ¿Qué dijeron tus padres?
-Que qué hacía en el armario y por qué había derramado batido en la alfombra. No recordaba haberlo hecho, y mucho menos dibujando un círculo, supuse que era aquella cosa, pero no se lo conté.
-¿Por?
-Aunque seas un niño sabes cuando no van a creerte. "Ah, lo dices como escusa", eso es lo que piensas que te van a decir y por miedo a no cagarla más te callas.
Él se levantó y trajo más café de la cocina, además de un brick de leche. Tenía el pijama un poco manchado de haber comido spaguettis a la boloñesa el día anterior. Ella por su lado le acompañó y trajo el azúcar y unas galletas, iba de negro, manga larga y vaqueros, toda empapada del chaparrón que estaba cayendo.
-¿Y no lo volviste a ver?
-No hasta casi graduarme. El último curso fue un estrés constante, quería meterme en la carrera de artes y no sabía ni qué prueba tenía que hacer ni cómo hacerla ni qué me preguntarían. Estaba como una desquiciada de un sitio a otro intentando aprobar mis asignaturas y comprendiendo las que me vendrían. Para relajarnos un día mi amigo este, Juan, nos invitó a Clara y a mí a su casa, tenía maría. Clara fue la que me consiguió convencer.
-Clara, ¿nuestra Clara?
-No, no, otra. Una amiga de la infancia. Dejamos de hablarnos hace un tiempo ya, no por nada particular, no sé, las cosas se acaban, ¿no? De Juan ya te hablé.
-Sí, el chico vasco, ¿no?
-Sí. El caso es que volviendo a casa en un autobús con Clara vi entre unas farolas a aquella cosa.
-¿Y no sería un reflejo o algo?
-Eso había pensado yo toda mi vida hasta ese momento, o sea, si me lo volvía a encontrar o algo. Pero es como que... sabes que aquello. Sabes que te mira. Que te busca.
-Ahá.
-Se lo dije a Clara, y ella, bueno, flipando, había fumado muchísimo y no hacía otra cosa que decirme "joder tía, estás fatal". Así la obligué a que me acompañase a casa porque sabía que aquello iba a venir a por mí, lo sabía, era una certeza absoluta.
-¿Y fue?
-Más o menos. Según volvíamos a casa vimos en mitad de la carretera un círculo.
-¿Cómo un círculo?
-Sí, alguien había derramado algo haciendo un círculo. Yo, claro, me cagué viva y salí corriendo. Clara se quedó atrás. No sé por qué lo hice.
-¿Y lo viste?
-No. Bueno, no sé. Sé que mientras corría lo tenía detrás, no sé por qué pero lo sabía. Cuando abrí la puerta de mi portal me sentí a salvo, un alivio muy grande pero, pasó lo que tenía que pasar.
-Apareció.
-Bueno, espera. Sabes que los portales estos de los pisos tienen la luz con un temporizador para que no se quede encendido el edificio todo el día, ¿no? Pues justo cuando me dispuse a dar el primer paso allí dentro se fue la luz y ¡bam! Allí estaba.
-¿Delante?
-Detrás. Con esos ojos enormes y vacíos mirándome y con la boca muy abierta. Pegué un alarido y cerré los ojos, me caí.
-Ahí fue cuando tuvieron que llamar a las ambulancias y tal, ¿no?
-Sí. Resulta que había recibido una contusión al quedarme inconsciente y golpear mi cabeza contra el suelo. Había aparecido rodeada por un círculo de batido. Me dijeron que qué había pasado y tal, para, bueno, buscar sospechosos. Por el grito y tal se suponía que me habían asaltado pero no pillaban lo del círculo o por qué no me habían robado nada. Como no quería decir que, bueno, una cosa que probablemente está en mi cabeza me ha perseguido toda la noche y me ha asustado les dije que no me acordaba de nada. Convencí a mis padres de que no me mandasen a ningún psiquiatra y seguí como si nada hubiese pasado.
Ambos se fueron a la cocina a fregar los cacharros del café y siguieron hablando, él apoyado en la encimera y ella sentada en mesilla redonda que hacía las veces de comedor. Suspiró enormemente antes de seguir.
-Y luego está lo de hoy.
-Sí.
-Y ya no sé qué hacer.
-¿Has intentando... no sé, hablar con él o algo?
-Es imposible. Es que me aterra verlo. No puedo, me paralizo. No es que me vaya a comer o a matar o algo así, es miedo. Puro. No sé. No sé qué hacer... Sólo quería contárselo a alguien.
-Estás cosas suelen estar en la cabeza ¿Nunca has soñado con él?
-No, nunca. Y, joder, estoy harta, quiero decir, viene cada no se cuantos años y mientras yo me paso la vida acojonada de que un ser me persiga cuando le viene en gana.
-Tengo unos libros que quizá te interesen. Espera un momento.
-Vale, no te preocupes, no hace falta.
-Que no te rayes, te los traigo en un momento.

Cuando volvió aquello estaba en la cocina con un bote de batido en la mano.

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miércoles, 12 de febrero de 2014

Me lo contaron en un aeropuerto


Hay lugares donde lo extraño puede suceder, son los lugares que no conocemos o que conocemos pocos. De esto me he dado cuenta con el tiempo. Mi primer experiencia con esto fue bastante... extraña, pero claro, es que pudo suceder lo extraño.

Tenía apenas unos pocos años más de diez, no lo recuerdo bien y vivía en un barrio de la periferia, ya sabes, un barrio de estos con casitas separadas con jardín delantero y trasero, donde viven familias pequeñas y modestas, un lugar tranquilo y verde. Me gustaba jugar a la pelota con Sarah mi pequeña perra salchicha, la mejor perra que he tenido y la única. Jugábamos en el patio trasero, me gustaba ponerle un montón de obstáculos y lanzar la pelota al otro lado de ellos para que los tuviera que pasar lo cual hacía con una gracilidad impresionante. La echo de menos.
En fin, resultó que un día jugaba sin menor preocupación y recuerdo que mi pelota acabó en el jardín del vecino. Se llamaba creo que Señor Riffa o quizá le puse yo ese nombre. Vivía solo o nunca lo he visto acompañado. Salté la verja de madera que nos separaba, sabiendo que él estaba trabajando, el hombre de silueta gris y cara amargada salía a las ocho y treinta y siete de la mañana con su destartalado coche para volver a las seis y treinta y cinco de la tarde a su casa.
El jardín de Señor estaba mal cuidado, había rastrojos y el césped amarilleaba en bastantes lugares. Crecía un gran árbol en forma de espiral hacia los cielos, lo recuerdo gigantesco y mágico, lo cual no me cuadraba siendo él tan... gris. Vi mi pelota junto a la ventana del sótano y me acerqué a recogerla y yo, curioso, con mi pelota en la mano, me asomé a su sótano. No vi nada. Todo negro. Entonces... esto, o sea, me vas a llamar loco o algo, pero te juro que vi o al menos recuerdo que vi un ojo gigantesco. O sea, no es que no hubiese luz ahí a abajo, la ventana daba directamente al ojo de algo, como si la ventana fuesen sus gafas. Era grande y rojo con una pupila muy oscura, tan negra que creía poder caer dentro de ella. Me asusté tanto que salí corriendo sin mirar atrás, mientras escalaba la valla sentía su mirada en mi cogote como una garra que me quisiera atrapar y devorar. No paraba de gritar y llorar y sabía que aquello me estaba mirando. Te lo juro. Es una de las memorias más turbias que tengo. Dejé de jugar en el jardín trasero y cada vez que algo se me caía en el jardín del don Señor Riffa lo daba por perdido porque yo jamás volvería a aquel infierno.

Pero soy demasiado curioso y te lo creas o no, volví, volví a aquel lugar cuando ya tenía diecisiete años, lleno de valor y con ansias de conocer qué carajo podría tener el tal Señor Riffa en su sótano, o peor aún, qué carajo era la casa de Señor.
Me puse una mochila, cogí una linterna, un cuchillo y una grabadora. En aquel entonces las cámaras de vídeo eran raras y quien tenía una debía sacrificar todo su esfuerzo para cargar con semejante aparato. ¡Oh! Y también cogí un paquete de galletas. Preparado para mi epopeya me acerqué una madrugada a aquella ventana, no fue un viaje difícil he de decir. Me asomé a la ventana y no vi nada peculiar, oscuridad, lo vi normal. Saqué mi linterna, si aquello sacaba su ojo al menos lo cegaría de buena manera. Alumbré dentro y vi un sótano normal. Sucio, con cajas, el contador del gas... Decepcionante a primera vista.
Seguí mirando un poco más, quizá pasase algo, probé a encender y apagar la linterna, a cambiar de ventana. Nada. Nada de nada. Luego, ya aburrido, me fui, según caminaba sentí una garra en mi cogote, recordé entonces perfectamente mi infancia y no pude volverme. No pude. Imposible. ¡Sí, sé que debería haberlo hecho! No me mires con esa cara. No pude, en serio. No era una opción física para mí en ese momento, era como si yo, como ser humano, no pudiera volverme como no puedo girar la cabeza 360º. Así que seguí caminando hasta que aquello dejó de agarrarme... y no volví. Mi miedo era más fuerte que la curiosidad.

Te lo creas o no, así me sucedió o al menos así recuerdo que me sucedió.
¿Qué?
Ah, no. Volví hace poco a casa de mis padres y allí ya no vivía Riffas, de hecho, no había ninguna casa, se había demolido junto con otras tres casas, imagino desocupadas, y se había construido una biblioteca.
No, no miré en la biblioteca, hubiese sido como... ilegal y tal. Además, de estar... ¿qué? ¿Lo capturo? ¿Lo mato? No sé. ¿Te imaginas que aquello sigue ahí? Asustando a niños incautos y demás. O quizá se los come. No pongas esa cara, por lo que a nosotros respecta esa cosa es... imposible que exista, ¿no?

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viernes, 20 de diciembre de 2013

El chico que hablaba de sí mismo

Tres de la mañana en una calle cualquiera bajo unas estrellas cualesquiera, camina con zapatos remendados un ser cualquiera. No levanta ni suscita ningún interés, no si ello no quiere. Camina con ojos vidriosos y reptiles bajo la atenta mirada de las farolas. Camina con las manos en los bolsillos, encapuchado con una sudadera, paso a paso por la avenida. En la entrada a algunos callejones hay pequeñas murallas de hormigón, "fuera de aquí" pintado con letras graffiti. Escucha los murmullos de algunos que aún siguen despiertos, escucha los gritos de otros que parecen dormidos... Nadie es igual pero ¿son todos diferentes? Ya es tarde para estar haciéndose esas preguntas y más para un monstruo, no es un monstruo de medianoche, hay otros que sí, pero ello no lo es. Va hablando de sí mismo como si fuera el narrador de su existencia, o quizá hablaba consigo mismo de su existencia, no sabría diferenciarlo bien. La noche no deja ver lo obvio a veces, sólo lo que no se ve por el día.

Ya no quiere más, no quiere más de su condición, de su realidad. Está harto de aceptarlo una y otra y otra vez. ¿Por qué habría de hacerlo? Claro, porque es un monstruo. Eso es lo que son. Los seres que no pertenecen a lo que les rodea, seres con ansias de soledad, de volver a un hogar que no tienen... Son ilusos e inconscientes y probablemente lo sepan. Ello está harto de todo lo que le pasa, harto de ver tanto a Soledad, Soledad no sabe dar abrazos, siempre te acaba cortando. No tiene a nadie con quien pasear o tomarse un café, tampoco sabe a ciencia cierta si lo quiere. Es un poco extraño. Son sentimientos pasajeros, ninguno es una idea real y sólida, pocas de esas hay como para tener más de una. Escucha una radio de un local sorprendentemente abierto, hay un grupo de skins escuchando a su líder que está subido en lo alto de la barra gritando por algunas cosas que ni entenderá el propio pregonero. Se le cruza en el camino una chica, la conoce, cree, no sabe ya ni quién es. Escuchó hace poco que cada cien años la Muerte misma es mortal por un día para experimentar qué sienten las almas que cosecha, piensa en si será cierto, cosas más increíbles ha visto; lobos capaces atravesar paredes, ritos que invocaban sombras capaces de rasgar la realidad, moradas llenas de sueños rotos que sollozaban y gritaban como bebés agónicos y la lista sigue...
Seguro que será una tontería. Seguro que se le pasará, pero no puede evitar pensar en que no hay nadie cerca, en que se acostará y despertará solo, en que no durará mucho más y en que aquello se irá por donde vino. Una vez más.
Él, ello, aquel chico, visitará a un viejo amigo esta noche, necesita descender, entra por el edificio de la luz verde sobre la puerta, se asoma al hueco de las escaleras, una llave y ya puede bajar. Baja y baja, peldaño tras peldaño. Siempre se pregunta cómo no pueden saber nada de esto las personas que viven en ese edificio. Baja mientras lo piensa. Baja hasta llegar al gran túnel con aquellas luces azules colgando del techo, licor de hada creo que lo llaman, no se apagará mientras no lo alumbre el Sol o la Luna. Perfecto para estas cloacas de ladrillo grande y de piedra, dos pasillos a cada lado y en el centro del túnel un río maloliente. Él se acaba de alegrar por primera vez de tener la nariz taponada porque el río apesta, él lo sabe de antes. Algo nuevo, quizás, era la chica que estaba al final del túnel tapada con la que presumo es su propia chaqueta. ¿Qué hace?
-Eh, eh, ¿qué haces aquí?

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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Evelyn busca donde dormir

Hay destinos marcados de nacimiento. Momentos antes de que la vida comience uno ya tiene escrito en piedra cuál será su camino. Por dónde irá. Dónde acabará. Son vidas aburridas. Nunca me gustaron y nunca me gustó la vida que la abuela y madre habían elegido para mí. Era una vida igual que la que tuvieron ellas. No era una vida para mí, no. De eso hace mucho, ahora sobrevivo entre calles, en los balcones de las puertas de atrás, sentada bajo los pocos techos que encuentro, calentando mis manos en la lumbre de un pequeño fuego hecho dentro de una lata.
Miro mis guantes de fina lana y mis dedos asomando por ellos, mis manos están calientes. Meto mi cabeza entre mis rodillas y escucho la lluvia. La lluvia apenas está a unos centímetros de mi, cae rabiosa. El suelo está encharcado, suerte que estoy apoyada en un bordillo, mis pantalones están algo raídos pero son duros y tener tantos bolsillos es genial para la vida sin hogar. Lo quemé. Metafóricamente, madre y la abuela me habrían encontrado y arrancado la lengua de quemar su hogar. Y no sería una metáfora. Mis deportivas comienzan a empaparse... es hora de moverse un poco, me llevo la lata, está bien ser quien soy a veces, la lata no me quema y no se apagará mientras la toque. Camino iluminando mi cara bajo la lluvia, capucha puesta, busco mi camino en este mundo. ¿Lo tengo? ¿Qué hago? ¿A dónde voy? Esas preguntas siempre tienen eco en mi cabeza...
Me meto por varios callejones, nunca salgo a las calles, es muy arriesgado, con suerte llegaré a algún portal bien cubierto. Soñar, necesito soñar, necesito visitar a mis amigos en sueños.
Hay un hombre tirado en el suelo, mala noche, supongo, su cara está entumecida, cogerá frío... Madre siempre decía que las decisiones de cada uno eran problema de cada uno. Lo arrastro hasta un tejado donde al menos no le dé la lluvia directamente y le dejo mi lata, no se apagará en un rato largo, a madre no le gustaría pero no me importa, ya no.
Entre dos edificios, bajo los tendidos eléctricos sigo buscando dónde dormir. De pronto escucho un ruido de metales chocando, de gritos de ánima, escucho un ruido muy fuerte por encima mío y suena como óxido chirriante buscando qué tragar esta noche. Vampiros. No permiten la alteración. No me permitirán seguir esta vida, no quiero morir, no esta noche no. Uno se ha posado en un cable de tensión de la azotea, mira hacia arriba, a sus compañeros, no me ha visto. Odio a los vampiros, con sus alas enormes y negras, sus garras terribles y esos ojos vacíos... siempre sonriendo, como si supiesen más que el resto. Son criaturas terribles y detestables. Extiende las alas. Joder, mierda. Me acerco a una puerta cercana y la abro sin problema, me meto dentro y busco unas escaleras que bajen, unas escaleras que bajen. No hay, no hay problema, cierro los ojos, pienso en ellas, seguro que hay. Cuando los abro detrás mío hay unas escaleras que bajan, no sé a dónde pero los vampiros no saben bajar.

Debajo de todo aquello acabo en un complejo de enormes tuberías y colosales arcos, a lo lejos tras un lago verde veo chabolas, una Comunidad, su techo está a cientos de metros, no sé quién hizo esto pero alguien muy antiguo seguro. En mi lado del lago hay una serie de pasillos estrechos y un gran túnel semicircular que lleva agua al lago verde. Está iluminado por unas jaulas que cuelgan por el centro de dicho túnel, no sé qué hay dentro pero emite una maravillosa luz azul. Hoy mucha gente dormirá bien, lo presiento. 
Me quedaré aquí abajo un tiempo, hasta que se vayan los vampiros de la ciudad por lo menos. Dormiré, dormiré. Saco la manta de la mochila y sueño que soy corriente, sueño que soy como las personas que duermen en camas y desayunan. Sueño con una vida en la que no importe quién sea yo, Evelyn.

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sábado, 24 de agosto de 2013

Tomás

Detrás de muchas miradas se esconden secretos que nadie quiere creer, que de saberse todo el mundo olvidaría conscientemente, hechos ocultos por un bien común, misterios que no deben ver la luz. Son sombras que todos conocemos pero todos olvidamos. Hay quienes conocen estos susurros y los ocultan con todo lo que les queda de humanidad.

Tomás es un hombre moreno, vive cerca de la ciudad en un pequeño apartamento de un barrio callado y alejado, no suelen pasar muchas cosas por allí. Su apartamento es un bajo. Es un hombre amable de unos cuarenta años aunque ya tiene canas y un poco de alopecia. Participa en todas las obras benéficas de su iglesia, da golosinas a los niños y es amigo de la gran mayoría de dueños de perros del barrio pues siempre que tiene tiempo saca a pasear a su beagle por los pocos parques y avenidas que aún quedan en aquel pequeño barrio. Es un gran tipo, trabaja en una empresa de ventas que no le quita demasiado tiempo. Tomás es un tipo normal.
Debajo de su cama tiene una trampilla fabricada por él. Su bloque de apartamentos no tiene sótano, tan sólo una sala de calderas por lo que imaginamos que Tomás ha cavado ese sótano que se encuentra bajo su cama. Cada noche de domingo corre su cama, abre la trampilla, mete unas escaleras y baja lentamente. Parece profundo, debe serlo para evitar todas las tuberías y alcantarillas del barrio, hasta que pisa madera con sus viejos mocasines. Camina lentamente hasta una portezuela de hierro con extraños relieves que forman encinares, parece una puerta muy antigua. La abre con una llave que sólo él posee y que guarda convenientemente en el mismo llavero que la llave de la trampilla. Arrastra las pesadas puertas y llega a un pasillo iluminado con luz eléctrica aunque el pasillo es de ladrillos muy viejos, algunos enmohecidos. Camina y camina, sus mocasines hacen un eco aterrador pero él lo conoce muy bien, camina seguro y decidido, su cara mantiene un semblante muy serio, inédito para sus conocidos.
Llega por fin, pasa por un arco y llega a una sala redonda en la que dispuestos según coordenadas cartesianas se encuentran cuatro pasillos, de cada uno aparece un hombre. En el centro hay una estatua de oro, la estatua representa a un ser de cuatro cuerpos, esto es, cuatro caras, ocho brazos, ocho piernas y cuatro torsos, cada uno mirando a uno de los pasillos, el ser no tiene espalda ni gónadas. Cada uno se acerca a un pequeño altar situado frente a la figura y sacan un libro. Cada libro es diferente, parecen viejos diarios personales, carcomidos y muy leídos. Los abren, alzan las manos, hacen una reverencia y realizan cánticos en lenguas fósiles. Entonces la cabeza dorada de cuatro caras gira en el sentido de las agujas del reloj una posición, se abren las bocas y los ojos y de ellos mana sangre, sangre demasiado densa para ser humana, la cual se desliza sin dejar rastro alguno en una fuente que se encuentra frente a cada faz de la estatua. Los cuatro sacan unas copas muy alargadas y ornamentadas, recogen la sangre y con sus lenguas recogen ese líquido casi carmesí, casi negro, con unas lenguas exageradamente grandes para la humanidad, son finas y muy largas, capaces de absorber gran cantidad de vitae, sangre. Los cuatro se limpian la boca, cierran los ojos, hacen una reverencia y se van por donde vinieron.

Esto es un hecho insólito de por sí, ¿cierto? Tomás es un hombre que esconde muchos secretos aunque, ¿qué es más inverosímil, este extraño ritual o el hecho de que lleve siglos haciéndolo junto a los mismos cuatro hombres? Eso es un juicio que dejo a quien escuche estos testimonios.


Al día siguiente Tomás se levantará de la cama, se preparará un café, pondrá agua en el café de Puch, su perro, cogerá su viejo coche y se irá a trabajar escuchando un programa mañanero de radio.

Testimonios Increíbles
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Alfredo

¿Qué pasaría si la gente que no conoces pero que ves cada día no fueran lo que parecen ser? ¿Qué pasaría si te contara que tu vecino ya no es humano? ¿Cómo reaccionarías si te dijera que aquel vagabundo de la esquina por la que pasas cada día no existe en realidad? ¿Qué me dirías si te dijera que el dependiente del burger de tu barrio no está vivo?
Estas cuestiones parecen inverosímiles, ¿cierto?

Alfredo es un tipo de aspecto descuidado, huele un poco avinagrado y no hay muchos que se acerquen a él. Suele estar por el centro de su ciudad, las calles están medianamente concurridas. Algunos días pide dinero, otros coge una pancarta y se patea las calles a grito pelado. No tiene amigos. No es alguien usual pero es la mejor manera que tiene de ser alguien…
Alfredo cada noche se retira a un bosquecito en las afueras de la ciudad, un gran descampado que por suerte aún no se ha edificado. Cuando llega se desnuda en una cueva o en algún lugar a cubierto de la Luna antes de la media noche. Minutos después de que las campanas cuenten hasta doce su piel comienza a estirarse y extenderse, sus músculos se inflan y él comienza a retorcerse entre agonías, tiene espasmos y golpea a ciegas como por instinto. Los huesos de sus brazos se estiran y los de las piernas se contraen partiéndose en el proceso. Los pelos de sus piernas se hacen más gruesos, más largos y más numerosos. Sus uñas crecen considerablemente al igual que el vello de los brazos. Pronto su columna queda encorvada y ensanchada dando como resultado un aspecto primitivo y horrible. Su cara se deforma hasta la fantasía, su nariz y mandíbula se ensanchan y estiran, sus ojos se vuelven absolutamente blancos con venas hinchadas de ira y cólera, sus orejas crecen y aparece vello por toda su sudorosa tez, se vuelve completamente inconsciente y animal y de la parte superior de su cabeza aparecen dos cuernos lisos y gruesos. Después de todo este proceso Alfredo se vuelve un monstruo que destruye cualquier esquema humano sobre la realidad, su cabeza recuerda a la de un cabrón, sus piernas son más pequeñas y peludas, sus brazos rozan el suelo y su cuerpo está deformado y herido alrededor de cada hueso, cada vena y cada músculo. Pronto comienza a revolverse en su dolor, gime y gruñe sin parar mientras rezuma saliva a cada lado de su boca y sus ojos miran al infinito en su ceguera.
Por suerte Alfredo se encadena cada noche para no escapar y realizar algo inhumano de lo que su conciencia no pueda escapar durante años. Es un condenado atado a las maldiciones de un pasado que nadie podría creer… ¿Qué por qué un maldito viene cada día a una ciudad que le desprecia o le ignora? Si te preguntas esto espero de corazón que nunca te hagan esa pregunta a ti.

Hay cosas que se nos escapan, cosas que no queremos creer, cosas más allá de las palabras y el entendimiento humano, cosas… que han estado siempre en el lado más sombrío de nuestra existencia. Ensueños y pesadillas que bailan a nuestro alrededor desde la oscuridad. Pasados que se hacen presentes y leyendas que no se escribieron nacen cada día. Verlos es una maldición. Padecerlos es un infierno.

Testimonios Increíbles

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domingo, 26 de mayo de 2013

Se encontró en la lluvia

La lluvia le traía recuerdos. Recuerdos de aquel que tanto la dañó. 
Era un sentimiento agridulce, sabía que era él el principio de todos sus males, sabía que fue él quien la llevó hasta sus extremos, sabía que era él quien la incomodaba. Supo que él no podía seguir así. 

Pero... ¿era él mejor a la soledad? Aún lo echa de menos, como quien echa de menos una cerradura o los sermones de una madre. Aún tiene recuerdos de su adiós, fue bajo la lluvia. 
Ella llevaba perturbada todo el día por miedos, por decisiones indefinidamente indecisas. No traía su paraguas. Ya tenía veinte años y aún le alegraba pisar los charcos. Atardecía, era primavera y la noche era clara como una mañana en la mar. Tenía veinte años y nunca se había atrevido a ser ella misma, siempre guardaba algo, algo que él no quería que mostrase a nadie. No podía aguantarlo más años dentro, tenía que salir, tenía que sentir un abrazo de verdad. Caminaba con las uñas clavadas en su palma, los dientes apretados y furiosos, la cabeza mirando al suelo, las lágrimas saliendo y él preguntando "¿qué ocurre?" Como si no lo supiera, como si no supiera que era la causa de todo.


Por fin se detuvo frente a un banco de madera, era viejo y nunca había estado allí, "un sitio nuevo es perfecto para una despedida" se dijo. Lo sentó junto a ella, lo miró a los ojos y le dijo: "Largo". Él estaba confundido, no se enteraba de nada, o fingía no hacerlo para quizá poder interactuar más con ella, pero ella sabía sus tretas. "Ya sabes qué ocurre, no lo soporto más, no te soporto más, no puedo seguir guardando todo esto. Necesito sentirlo. Necesito ser yo de nuevo y para siempre, no importa lo que venga, ya no tengo miedo. Ya no te tengo miedo". Hasta ella se estremeció de sus palabras. 

Él miró hacia el cielo, las gotas le golpeaban los párpados y de su pelo caían como rocío. La cogió de las manos, la miró a los ojos y pronunció las palabras que ella no esperaría de alguien así: 

"Por fin te diste cuenta de lo que quieres. Tardaste veinte años pero lo has logrado. Mi existencia ya no tiene sentido así que... desapareceré. Ha sido un auténtico placer ser lo que siempre quisiste que fuera. Disfruta el resto de tu vida como has aprendido".

Y sonrío mientras se desvanecía. 


Ella... superó su miedo a ella misma. Y si un personaje de un cuento pudo, ¿por qué tú no?

Este tipo
Desde tu cafetería más cercana, callado
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jueves, 11 de octubre de 2012

Los ojos amarillos y el hambre insaciable

La enorme isla conocida hoy como Australia está habitada por multitud de tribus, muchas de ellas aún se tienen tirria. Otras han aprendido a convivir, pero todas ellas mantienen sus territorios. Los padres de todas estas tierras creían, como sus hijos creen, en el Tiempo de Sueño. Se enorgullecen de mantener la tierra tal cual les fue dada, desde hace milenios. Lugares que no cambiaron nunca. 
Todas protegen la tribu que se encuentra en las costas del desierto, al noroeste. No es enseñada a los turistas... si fueras allí no podrías verla, saben protegerse de los curiosos,
y aunque pudieras verla no sentirías nada especial en ella, no te darías cuenta con el poder que juegan...

Los ritos de los aborígenes constan de percusiones, danzas, máscaras o ingesta de alucinógenos, sin embargo esta tribu no realiza nada de esto, por eso es tan especial y protegida, guardan los secretos que les fueron rebelados a los hombres en tiempos de magia y en tiempos donde la realidad no estaba aún definida. 
Su único rito se realiza cuando no hay Luna que les pueda vigilar y usando la oscuridad por supuesto. Una vez en cada etapa del tiempo, los hombres y mujeres no vírgenes apagan todas las luces de la tribu y se reúnen en torno a una piedra lisa de obsidiana que se encuentra en el centro del poblado. Es una roca misteriosa... es brillante, de un morado oscuro y no sabrías por qué pero sabrías que respira. Hombres y mujeres se sientan alrededor de la estrellada roca y contemplan a un chico, normalmente menor de las dos docenas de años, que se sube encima de la roca con una antorcha. En este momento el chamán que gobierne en ese tiempo aparece de entre las sombras y rocía al chico con arena, arena de sueño, con la que el chico cae inconsciente encima de la roca. Por la roca, por la arena o por los deseos de las estrellas el chico se convierte en hermafrodita y deja de ser hombre y deja de ser mujer, ahora es el que son dos y uno a la vez. 

Es en este punto comienza el ritual. Todos los hombres y las mujeres comienzan a pronunciar la letra "Om" y por designios de la noche sus gargantas no se cansarán de pronunciarla durante horas. El chamán les mira, mira a los cielos, extiende los brazos y grita en una lengua olvidada... no por vieja, sino por ser anterior a las lenguas del hombre, serías incapaz de entenderla pero en el fondo sabrías lo que dice. De pronto, entre la oscuridad y de debajo de la obsidiana aparecen cuatro sombras, pero no sombras como las que producen los cuerpos con la luz, no, una sombra que no era de este mundo ni de este universo, era otra cosa, tendrías que verla para entenderla; esta sombra comienza a estirarse hasta llegar a los hombres que seguían repitiendo su "Om". Las cuatro sombras se encojen y se expanden hasta que cubren el círculo completo. El chamán, contento, las obliga a levantarse con su voz; las sombras se dividen en cuatro triángulos que se encajan a la perfección encima de la roca de obsidiana emitiendo una luz amarilla casi cegadora hacia los cielos. Se juntan las sombras, de una manera que sentirías infinita, y forman una pirámide, encerrando a la luz, se convierten en obsidiana y el hermafrodita se pierde entre el espacio y el tiempo, entre la realidad y la irrealidad. El chamán está muy contento, anda por la pirámide desafiando a toda lógica y se apoya con un pie en su cúspide, grita "¡Basta!" y cae dormido al suelo, como el resto de hombres y de mujeres. 

Se despertarán en un día exacto, cuando las Luna les vea. Cuando lo hagan verán que alrededor del poblado los bosques no son más que llanuras de matorrales y cálida roca, que los acantilados no son más que playas de arena y que el cielo no les mira de la misma manera. Pero ellos y el poblado no cambiaron... nunca lo hicieron... y nunca lo harán... 

No cambiaron. No cambiaron nunca. El cambio no les devoró, devora ni devorará. 


Larry
Desde la Casa de los Mitos olvidados
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