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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Evelyn busca donde dormir

Hay destinos marcados de nacimiento. Momentos antes de que la vida comience uno ya tiene escrito en piedra cuál será su camino. Por dónde irá. Dónde acabará. Son vidas aburridas. Nunca me gustaron y nunca me gustó la vida que la abuela y madre habían elegido para mí. Era una vida igual que la que tuvieron ellas. No era una vida para mí, no. De eso hace mucho, ahora sobrevivo entre calles, en los balcones de las puertas de atrás, sentada bajo los pocos techos que encuentro, calentando mis manos en la lumbre de un pequeño fuego hecho dentro de una lata.
Miro mis guantes de fina lana y mis dedos asomando por ellos, mis manos están calientes. Meto mi cabeza entre mis rodillas y escucho la lluvia. La lluvia apenas está a unos centímetros de mi, cae rabiosa. El suelo está encharcado, suerte que estoy apoyada en un bordillo, mis pantalones están algo raídos pero son duros y tener tantos bolsillos es genial para la vida sin hogar. Lo quemé. Metafóricamente, madre y la abuela me habrían encontrado y arrancado la lengua de quemar su hogar. Y no sería una metáfora. Mis deportivas comienzan a empaparse... es hora de moverse un poco, me llevo la lata, está bien ser quien soy a veces, la lata no me quema y no se apagará mientras la toque. Camino iluminando mi cara bajo la lluvia, capucha puesta, busco mi camino en este mundo. ¿Lo tengo? ¿Qué hago? ¿A dónde voy? Esas preguntas siempre tienen eco en mi cabeza...
Me meto por varios callejones, nunca salgo a las calles, es muy arriesgado, con suerte llegaré a algún portal bien cubierto. Soñar, necesito soñar, necesito visitar a mis amigos en sueños.
Hay un hombre tirado en el suelo, mala noche, supongo, su cara está entumecida, cogerá frío... Madre siempre decía que las decisiones de cada uno eran problema de cada uno. Lo arrastro hasta un tejado donde al menos no le dé la lluvia directamente y le dejo mi lata, no se apagará en un rato largo, a madre no le gustaría pero no me importa, ya no.
Entre dos edificios, bajo los tendidos eléctricos sigo buscando dónde dormir. De pronto escucho un ruido de metales chocando, de gritos de ánima, escucho un ruido muy fuerte por encima mío y suena como óxido chirriante buscando qué tragar esta noche. Vampiros. No permiten la alteración. No me permitirán seguir esta vida, no quiero morir, no esta noche no. Uno se ha posado en un cable de tensión de la azotea, mira hacia arriba, a sus compañeros, no me ha visto. Odio a los vampiros, con sus alas enormes y negras, sus garras terribles y esos ojos vacíos... siempre sonriendo, como si supiesen más que el resto. Son criaturas terribles y detestables. Extiende las alas. Joder, mierda. Me acerco a una puerta cercana y la abro sin problema, me meto dentro y busco unas escaleras que bajen, unas escaleras que bajen. No hay, no hay problema, cierro los ojos, pienso en ellas, seguro que hay. Cuando los abro detrás mío hay unas escaleras que bajan, no sé a dónde pero los vampiros no saben bajar.

Debajo de todo aquello acabo en un complejo de enormes tuberías y colosales arcos, a lo lejos tras un lago verde veo chabolas, una Comunidad, su techo está a cientos de metros, no sé quién hizo esto pero alguien muy antiguo seguro. En mi lado del lago hay una serie de pasillos estrechos y un gran túnel semicircular que lleva agua al lago verde. Está iluminado por unas jaulas que cuelgan por el centro de dicho túnel, no sé qué hay dentro pero emite una maravillosa luz azul. Hoy mucha gente dormirá bien, lo presiento. 
Me quedaré aquí abajo un tiempo, hasta que se vayan los vampiros de la ciudad por lo menos. Dormiré, dormiré. Saco la manta de la mochila y sueño que soy corriente, sueño que soy como las personas que duermen en camas y desayunan. Sueño con una vida en la que no importe quién sea yo, Evelyn.

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jueves, 7 de noviembre de 2013

Revelaciones de un pasado que nunca fue vivido


Mismo edificio. Las paredes a medio pintar, los ladrillos olvidados. La misma puerta verde de madera carcomida. La abro y encuentro la oscuridad que esperaba, los adoquines medio rotos del suelo me dicen que estoy en el lugar correcto... me acerco a los buzones y leo el nombre que figura en el cuarto piso. Allí voy. Allí es donde empezó todo, he de arrancarlo de raíz.

28 de junio de 1983
Hoy ha sido un día tremendo. Comencé mis investigaciones sobre la magia y el esoterismo. Soy el único loco de esta ciudad interesado en estas cosas, o lo que es en otras palabras, tengo todo el conocimiento de La Ciudad a mi alcance. Estos monos ignorantes que luchan por llegar a la siguiente noche no saben sobre qué tesoro viven, qué oro respiran ni qué poder aguarda en aquellos que han nacido aquí. 

Subo varios de los escalones... resuenan, no me gusta que resuenen, no los recordaba así. La barandilla está astillada y en algunos cachos está arrancada de cuajo. Uno de los escalones está hundido y hay marcas de enormes garras en la pared. No es un panorama agradable, sé que hice mal y qué he causado muchos problemas pero no por ello voy a echarme atrás ahora. Cuando no puedes hacer lo correcto al menos has de hacer lo menos incorrecto.

5 de noviembre de 1987
En los últimos días he avanzado mucho en mis investigaciones. He conseguido muestras frescas, el señor "Freeze", como se hace llamar, me debía unos cuantos favores y es él quien controla el banco de sangre y de donativos de órganos. En los hospitales hay más corrupción de la que imaginaba, en cuanto tienen la oportunidad de conseguir órganos frescos sus ojos se iluminan y sus siniestras garras son capaces de todo por obtenerlos.
En fin, gracias a esa corrupción interna mis experimentos son mucho más precisos y poco a poco me voy acercando a la Verdad de todo esto. Quiénes somos, qué somos y a dónde vamos. Las preguntas más importantes de la humanidad por fin serán respondidas. 


Ah... el segundo piso... lo echaba de menos, aquí pasé varias de mis noches con aquella chica del pelo rosa. Una buena mujer, me gustaría haber sido capaz de cuidar de nuestra hija pero no, mi trabajo era más importante. Mi... hija... ¿Qué habrá sido de ella? ¿Me atrevo a entrar? Toco el picaporte poco a poco pero algo me impide abrir esa puerta. No tengo derecho, no. No tengo derecho a la redención.
Sigo mi camino hacia el cuarto piso.

13 de enero de 1989
He conseguido varios éxitos. Éxitos relativos, prueban que mi teoría es posible pero no que sea cierta y mucho menos que sea la Verdad. El piso comienza a oler mal y he decidido pasar las noches en el segundo, una chica de pelo rosa me deja quedarme siempre que le traiga algo de droga o medicinas, según la noche. Nada difícil de crear para mí. He forrado todas las ventanas de mi piso para que nadie pueda ver lo que se esconde ahí dentro, no hay que llamar la atención con estas cosas. 

Escalón a escalón llego. Me apoyo en la pared para no caerme entre tanta penumbra y noto la pared húmeda. Llueve fuera y el edificio es antiguo, es normal que esté así. Veo como la luz de la calle se cuela por algunas de las grietas y las ventanas de los rellanos. Asciendo.
Responsabilidades y deberes, siempre han sido mi punto flaco, no me gustan, no puedo con ellos, son superiores a mí. Supongo que siempre fui el mismo tipo débil que quiso ser algo en este mundo. No lo sé.

16 de agosto de 1991
He logrado mi primer milagro, todo el piso comenzó a tambalearse y la misma realidad se dobló sobre sí misma. Y de entre todo un ser de aspecto oscuro me saludó y me advirtió de lo que estaba haciendo. Le grité que lo que hago es ciencia. Parecía saber más que yo de la manera que un padre sabe más que su hijo de tres años. 
Ha sido una experiencia un tanto extraña. Aún me tiembla el pulso y de vez en cuando me dan flashes, todo se ilumina y me pitan los oídos mientras me entra un dolor de cabeza muy punzante y muy agudo. A veces pienso que es por haber logrado ver algo que mi cerebro no lo puede concebir como real, se atasca y duele. Otras pienso que esto es una tontería, y que todo saldrá bien, que sólo ha sido mi imaginación y que el experimento me ha producido alguna clase de migraña. 
En otro orden de cosas, Susana comienza a tener dolores, espero que nuestro hijo no sea prematuro y tenga alguna complicación extraña.

Llegué al cuarto piso. Voy por el hueco de la derecha y me encuentro con mi puerta y con la de mis dos vecinos. ¿Tengo el valor de acabar con esto? No. Pero he de hacerlo. Piso fuerte, las tablas chirrían y toco el picaporte. Saco la llave del bolsillo de mi chaqueta y la introduzco... siento como la realidad se tambalea, como el tejido del mundo chirría y me asusta.

18 de mayo de 1994
Hoy es la noche en la que lo lograré. El Barquero me lo ha advertido innumerables veces, "la Verdad duele", "la Verdad no es para ti". No me importa el dolor... sin Susana ya no tengo nada que perder. Sólo espero que mi hija no me llegue a conocer nunca. 
Hoy es el día, hoy por fin lograré lo imposible. Hoy conoceré la vida, la libertad, la realidad y qué es este mundo; todas las dimensiones, universos y demás forman parte de un todo colosal, "algo que una mente humana no puede asimilar" pero hoy yo lo conseguiré, hoy yo lograré llegar a un estado pandimensional y perinteligente. 
Es el momento exacto, noche sin estrellas ni Luna, es el lugar exacto, la coordenada justa del punto donde todo comenzó. 

Entro en el piso. Sí... este vacío lo recuerdo. El piso se ve igual que siempre pero más abandonado, hay sangre por el suelo, las paredes están corroídas, hay telarañas por todas partes y los muebles están recubiertos del mismo plástico de siempre. Sólo al pisarlo siento todo el vacío que esta ciudad lleva consigo, en el centro del piso está, cómo no... El Barquero. Sólo escucho sus alas. Me está mirando con sus ojos oscuros ojos, no necesita hablarme, después de tanto tiempo ha esperado mi regreso y por fin estoy aquí. Sólo lo veo levantarse. Sé qué dirá, sé qué piensa. Me lo ahorro. Grito que estoy aquí. Grito que vengo a resolver esto. El Barquero de pronto está por todas partes y en ninguna a la vez, siento su aliento en mi boca, también está en mí. Sé qué he de hacer, grito. Vengo a ofrecerme como sacrificio. Vengo a salvar a esta ciudad del vacío. Vengo a ofrecerme como sacrificio para conservarla para siempre. Te ofrezco esta pesadilla de la que soy responsable. Tómala y haz que sirva de lección a toda la necia humanidad... Toma mi vida y bórrala, suprímela, elimínala. Haz lo que debas hacer. Cumplí mi parte del trato, he vuelto, ahora cumple la tuya, resuelve esto.

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sábado, 21 de septiembre de 2013

Conversaciones de cafetería

Aquel día había ido a ver el amanecer. A veces lo hacía, sobre todo en fin de semana. Me llevaba un termo lleno de café y unos auriculares, me sentaba y podía estar allí una hora sentado sin pensar en nada, tan sólo viendo al sol nacer. Aquel día no llevé el termo y cuando terminé de disfrutar con aquella maravillosa vista caminé hasta una cafetería cercana. Vivo en una zona tranquila de la ciudad, un extrarradio, con parquecitos, mercados y gente sin demasiada prisa. 
Menos prisa aún un sábado tan de mañana. Entré en la cafetería y pedí un café con leche. Era invierno y me sentaría de miedo. La cafetería apenas había abierto y sólo había un señor mayor en una silla al fondo. Me senté cerca de la ventana que hacía de escaparate y me puse a leer un pequeño librito de cuentos que siempre llevo encima. Llegado el final de mi café esperaba a finalizar el cuento para irme a hacer mis cosas cuando un hombre un poco destartalado entró en la cafetería. 

Llevaba un día de mierda. La noche la pasé en vela buscando un porqué a todo esto. Joder. Antes de salir a que me diese un poco el aire me miré en el espejo, tres días sin dormir, mi cara era un desastre. No me preocupó, me preocupaba más si me seguía sangrando la encía, pareció ser que no. Cogí el abrigo del cesto de la ropa sucia, les dejé una nota en el frigorífico y me fui a caminar hasta algún sitio. Tan de mañana y con el sueño que tenía... mejor un café que una cerveza. Dos calles más allá de mi casa hay una cafetería barata y amo a su dependienta. Un amor platónico. Uno de tantos, claro. Ya se sabe. 
Cuando entré en aquel lugar vaya puta sorpresa, vi a un tipo, un tipo aparentemente normal pero que tenía un algo en la mirada. Ese algo que a veces busco. Esa... ¡chispa! Eso, esa chispa de vida, ¿sabes a lo que me refiero?

Al principio estaba asustado. Era un hombre muy extraño, muy inquietante, aparentemente cansado pero lleno de vida, una persona que "ha vivido mucho", esa clase de gente que es de verdad "auténtica". Se sentó sin mediar palabra delante de mí con un café. Mientras bebía el cortado a sorbos muy pequeños él me miraba. Muy fijamente, como queriendo encontrar algo en mí. No nada trivial, algo muy serio. Algo vital. Yo no sabía si me quería robar, si me quería secuestrar o si me quería asesinar; de hecho me puse a pensar quién pudo haber contratado un sicario para matarme. De pronto me dijo:

Conozco a esa clase de hombre. Son muy especiales pero más imbéciles que una mula retrasada. El tío no hacía más que mirarme a los ojos como intentando encontrar un porqué o quizá saber si iba a morir ese día o no. Desde luego tenía miedo. Le dije:

-Tío, ¿qué coño haces aquí?

Imaginaos cómo me quedé cuando un extraño me dijo eso. ¿Quizá fuese un policía en cubierto? ¿Quizá me ha confundido con alguien peligroso? ¿Quizá hice algo y no me acuerdo? No sabía qué contestar. 

-No vas a contestar, ¿eh? Joder, tío, vaya susto me has dado. Conozco a los hombres como tú, miserables y mediocres. ¿Me he equivocado?

El tipo me estaba poniendo muy nervioso. ¡¿Qué podría querer alguien así de un tipo como yo?! No llegaba a ninguna respuesta. Le negué tímidamente con la cabeza, quería darle la razón en todo para que se fuera. Quería que saliese de allí y me pudiese olvidar de él. 

-Eres el tipo especial aquel, el que es muy amable y tiene ideas bizarras. El tipo aquel cuyas amistades son escasas porque dice que no puede aguantar más. El hombrecillo que saldría corriendo cuando algo serio pasase. ¡Vamos! ¡Reacciona!

Había tenido unos tres días horribles, me descargaba con aquel tonto. Me asentía a todo como un loro empanado que no sabe qué coño hacer para coger su galleta. 

-Por favor, señor, yo a usted no le he hecho nada. Déjeme en paz, se lo ruego. No quiero tener nada que ver con usted.

-Porque de mí no puedes sacar nada, ¿eh, santito? Yo no te intereso. Vamos, ¡haz algo en mí! ¡Cúrame de mí mismo, don filósofo de papel! 

-No sé de qué me está hablando. Por favor, márchese.

-No chaval, no me voy a marchar, no hasta que tenga unas respuestas. No hasta que te levantes y hagas algo. Tío, esto es la vida no tu puto juego, no es tu puta pompa mágica en la que todos sienten cosas mágicas y ven cosas mágicas y son todo arco iris y pollas de purpurina, no. No. Macho, esto es la vida real, aprende a vivir de una puñetera vez que ya eres mayorcito. 

-¿De qué coño está hablando? ¿Ni siquiera sabe quién diablos soy y me está dando consejos de cómo vivir? Váyase antes de que llame a la policía. 

-¡Uh! ¡Qué puto miedo! ¡Los maderos! ¡Corred! Anda a cagar. Mírame a mis mugrientos ojos de alcohólico y dime que todo lo que he dicho es falso. Que tus amistades son de verdad y no son un trámite para sacar tú algo de ellas. Que tus miradas no ven nada. Que apenas te puedes mantener en quien de verdad eres. Que vives en una puta mentira autocompasiva y melancólica propia de un emo adolescente. ¡Mírame a la puta cara! ¡Mírame y dime que es mentira! 

-...

-Vete a cagar, colega. 

Se sacó un cigarro y se puso a fumar. A nadie pareció importarle que lo hiciera como a nadie le habían importado los gritos que estaba pegando en el local. Aquel hombre de alguna manera me había calado, no entero, creo que eso no se puede, pero me había pillado. Sí, es cierto, de cada amistad que tengo siempre tengo la esperanza puesta en algo que sacaré de ellos... no sé, verdades, sexo, alguien en quien desahogarme, siempre fui así de cabrón pero lo hago sin querer. No me justifica pero, oye, al menos no lo hago con mala intención, lo hago sin querer. Se recostó sobre la silla y continuó:

-Mira, llevo tres días sin dormir. Me he estado metiendo mucha mierda en el cuerpo, no me juzgues por un puto cigarro. Y te voy a decir algo, tronco, te lo creas o no tú y yo estamos a un pelo de ser la misma persona, ¿sabes lo que te quiero decir?

-No sé quién es usted pero debería meterse en sus asuntos. Yo no le he molestado. 

-¡Sí, joder! ¡Sí que lo has hecho! Tienes un potencial gigante y te estás tirando por ahí como una puta alma en pena que no sabe hacer una mierda. ¡Joder! -echó el humo que tenía guardado de un par de caladas- Mira... no nos volveremos a ver nunca, pero tío, cambia. Cambia de una puta vez. Deja de ser un sociópata enfermizo y se tú mismo, coño. 

-Fácil es decirlo, ¿no? Te voy a decir algo, no soy la mejor persona del mundo, de hecho yo mismo te confirmo que soy un hijo de puta, pero sé distinguir muy bien según qué cosas. Según qué realidades. Según qué respuestas. Cosa que tú no. Cosa que tú nunca has podido hacer. Gracias por tus consejos o lo que sea, pero llegas tarde, llegas muy tarde, porque esos consejos me los dije a mí mismo cuando apenas cumplí la mayoría de edad. Y aquí estoy ahora, solo, en una cafetería con un tarado y un trabajo mediocre. No destaco. No llamo la atención y apenas me queda gente en la que confiar pero, ¿sabes? Ha sido mi culpa. Lo ha sido siempre. Si construyes un edificio enorme y precioso sobre estiércol se acabará cayendo en su propia mierda. Así que llegas tarde amigo. Ahora vete de nuevo a tu casa y déjame en paz, puedo pudrirme solo. 

-¿A dónde coño quieres que vaya si yo soy tú?

Entonces miré mi café y estaba vacío, delante mío no había nadie. La camarera me miraba muy extrañada y el anciano había puesto su sonotone a punto como si hubiese estado viendo una película entretenida. Recogí mis cosas y me fui a mi casa a pasos acelerados. Llamaré a una amiga para contarle esto y, no sé, me haré macarrones de comer.

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lunes, 26 de agosto de 2013

Privado

Privado. Acabo de leer esa palabra entre los archivos del portátil, qué atrayente es. Apago el cigarro y lo dejo junto a sus ocho hermanos en aquel cenicero que robé del último motel en el que acabé anoche. Noto una leve sonrisa en mi cara, resulta que este portátil está hasta arriba de porno si sabes buscar bien. Saco otro cigarro. Miranda me despierta de mi ensueño. Qué haces cariño, me dice. Nada, ver unas cosas de Roberto. Ella me toca un pecho con un dedo mientras hace un *pup* con la boca. No te acuestes demasiado tarde, mañana hay negocio, me dice con esa voz tan dulce que me enamoró la primera vez. Sigo investigando y encuentro lo que buscaba: lugares de recogida de Roberto. Esta vez le voy a joder pero bien.

Suena el despertador y retumba en mi cabeza como si fuera un taladro industrial martilleando mis sesos con odio, suelto un leve bramido con la boca, desde lo más profundo de mi garganta. Miranda me mira desde el baño con un cepillo de dientes metido en la boca. Me encanta verla desmelenada, con esa sombra de ojos corrida y su cara de por las mañanas; su ropa interior de encaje hace que mis ojos se despierten aunque mi cuerpo siga sin responder. Vamos, vístete, la escucho decir. Es preciosa, no la merezco. Voy, digo malhumorada y alargándolo todo lo que puedo. Me despierto y me pongo mi ropa interior, piso un par de colillas de camino a la ducha. Oh, sí, hoy tenemos agua caliente. Me encantaría ducharme con ella pero nos retrasaríamos mucho. Me ducho rápido, cojo mi ropa y bajamos por las escaleras de madera rancia de un viejo edificio del centro. Deberían derribarlos y hacer nuevos, esto da miedo. Llegamos a la calle, al sol. La mañana hace que nuestra piel pálida acostumbrada a la noche resalte entre el gentío, da igual, somos escurridizas y pronto acabamos por nuestros callejones. Es el momento de joder a Roberto como nunca. Vamos a cada lugar donde coge su mercancía y con sus claves la recibimos nosotras. Es un plan astuto, sencillo, pero astuto. Pronto hemos cubierto prácticamente todos los lugares antes de que Roberto siquiera haya despertado a la puta con la que durmió ayer.

Acabamos en un lugar de nuestro pasado, un lugar medio en ruinas, medio habitado. Un lugar donde reina la ley del asfalto. Nos acercamos a la casa de una madame. Esto sí que no se lo esperaría nadie, dos lesbianas repletas de mierda limpia en un burdel a las doce de la mañana. Nos quitamos las pelucas antes de entrar, ahora sí queremos que nos reconozcan. Miranda y yo decidimos anoche que salvaríamos a una de estas condenadas de las garras de algún ejecutivo grasiento demasiado verde como para que su mujer le permita hacerla lo que él hace aquí. La madame nos recibe maliciosamente, aquí la droga es igual a dinero, esta hija de perra se gastaría el dinero en heroína, sólo nos cargamos intermediarios. Pasen, pasen, les presentaré a algunas de mis mejores, nos dice con una sonrisa encantadora y encantadoramente perversa por sus arrugas y maquillaje seco. Sabemos que es mentira, sabemos que nos enseñará a sus chicas más drogadas y destrozadas, las muertas vivientes, aquellas cuya vida dejó de importarles hace mucho, no podemos hacer nada por ellas, ya no. Educadamente Miranda le dice a la madame que no se moleste, que buscaremos nosotras y que ya la informaremos. A pesar de la hora que es aún hay hombres en la parte del bar del local, la mayoría de empalme, otros acaban de llegar. Muchos que llevan despiertos más de un día y están más puestos que yo me silban, Miranda, celosa como siempre, me agarra del codo y tira de mí sin que pueda siquiera mirarles. La amo. Pronto llegamos a una zona donde descansan unas chicas, al ver la edad de algunas me acuerdo de cuando me metieron a mí en esto, también sin edad necesaria. Me da una arcada que intento aguantar como buenamente puedo. Noto que Miranda me hace una señal para que me acerque a las chicas, la mesa está llena de cigarros apagados y una se está poniendo hasta arriba de coca. Todas me miran, desconfiadas y medio cabreadas. Las comprendo. ¿Qué quiere un culito de ángel de nosotras?, me dice la más alta de todas mientras apenas la distingo entre las sombras de esta esquina. Redención. Sólo digo eso, cae como un peso muerto en la mesa. Una se espanta, otra está tan sorprendida que se le cae el cigarro, las demás me miran con desprecio. Vete a la mierda, ¿te crees que nos creemos esa mierda? Aquí estamos bien, no nos jodas. Me dice la alta de nuevo, ahora ha salido de las sombras. La miro a los ojos. Tenéis una oportunidad y no voy de coña. Una se empieza a inquietar, la mujer alta acaricia su cabellera y se calma enseguida. No, vete, nosotras ya estamos condenadas y no necesitamos redención, sé muy bien qué eres, así que largo. Muy bien, contesto, pues me voy. Suspiro, me doy la vuelta y comienzo a caminar. Una actuación digna de una profesional, me digo. Según nos alejamos del grupo nos disponemos a caminar hacia la salida, allí hay una chica menuda, con una bata negra y mirada de ternura. Lo hace bien, la jodida. ¿Qué quieres?, digo. Redención. Lo ha dicho exactamente igual que yo pero con un acento que no logro identificar. ¿Segura?, mis ojos son severos y mi gesto serio. Sí, lo estoy. Parece limpia, es una buena compra y traemos suficiente priva como para comprar a cualquiera de estas. La madame acepta maldiciendo entre dientes.

Estamos de vuelta en nuestro apartamento, le hemos dado algo de dinero a la pequeña. Se quedará con nosotras un tiempo para que se adapte a su nueva vida. No habla del todo nuestro idioma pero lo entiende perfectamente. Estudió interpretación en su país y por eso le fue tan bien como prostituta aquí. Duerme en el suelo pero no la importa, sabe que es libre ahora de hacer lo que quiera. Es muy mona, la típica cara de niña pequeña que no se va con la edad, su cuerpo es apenas de metro y medio, blanco y lleno de lunares, verla en ropa interior me alegra por las mañanas. Lástima que Miranda no quiere ni que lo piense. Mañana es otro día de otra vida, me gusta acostarme con esa sensación, mi vida casi no me había dado tiempo para parar... y pensar. Amaré siempre a Miranda, ¿ya lo he dicho?
Es de madrugada y estamos viendo una peli porno que ponían en la tele de pago, se la pinchamos al vecino el año pasado y aún no se ha enterado. Que se joda el pajero. Mientras estoy con mi portátil. Tengo un e-mail de Roberto.

Hijas de puta. Os mataré si os encuentro.
Estáis avisadas

Me entra una risa tonta, apago el ordenador, termina la peli y nos vamos a dormir pensando que aún no hemos olvidado nuestras viejas pieles, que aún no nos hemos despojado de nuestro pasado y que nunca podremos. Miro a Miranda con la luz que entra de la ciudad por la vieja ventana, sonríe en sueños. Amo a Miranda. 

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viernes, 9 de agosto de 2013

Siempre hay tiempo para el café

Hay salones oscuros. Salones de negro y rojo, formas en espiral, ruinas góticas intactas, lugares tenebrosos, lugares de pesadilla. Se escuchan las últimas suplicas de alguien que alentado por el miedo maldice por su vida. ¿Qué será de él ahora que su vida no pende de los hilos de sus manos? Él conocía el final, no a sus verdugos, pero sí que de aquella noche no pasaría. No se puede huir de algo así, no de gente como ellos. ¿Gente? No sé si es la palabra más adecuada para describir a dos monstruos como ellos. Asesinos, macabros, lúgubres, mercenarios de sí mismos. Cargan con sus responsabilidades. Las cumplen. Y se van. 

La mañana de esa misma noche están desayunando en una cafetería del centro, corre la brisa, acaban de abrir, ellos no han dormido y necesitan un café. Apenas se ve el sol en el horizonte y en plena ciudad mucho menos, los bosques de edificios lo nublan todo pero una luz tímida se adentra suavemente sobre todos los distritos. La cafetería, modesta y coqueta, sirve un café que sienta de maravilla; calentito, amargo y terriblemente adictivo si se sirve en una bonita taza. Ella además pidió algo de bollería para llenar el estómago. 
-No puedo creer que no comas nada, ha sido una nochecita larga, ¿no crees?
-Peores he tenido. 
Él miró hacia un lado como buscando algo, o a alguien. Le gustaba hacerlo, miraba a todo el mundo, a todos los rincones, parecía como si llevase buscando algo desde siempre. 
-¿Peores, eh? Sí, claro, yo también. En una fiesta de la facultad acabé despertándome en una habitación con tres hombres desnudos y demasiado dolor de cabeza como para asustarme demasiado. No te lo recomiendo.
-¿Acostarme con tres hombres?
-¡No, idiota! Despertarte en una habitación con resaca y tres hombres. Los ronquidos eran como patadas en el cerebro y olía a infierno. 
-¿A incienso?
-¿Empalmar te pone gracioso?
Él no respondió y siguió mirando al resto de la calle. Era verano, estaban en la calle, terraza de la cafetería, pero ese frío mañanero seguía siendo capaz de helar los huesos. Se acarició un poco la perilla.
-¿Qué piensas, tío?
-En nada particular.
-En serio, siempre que miras así estás maquinando algo.
-¿Alguna vez te has preguntado por qué hacemos esto?
-"Porque alguien lo tiene que hacer y todos están demasiado dormidos como para hacerlo", ¿no? Eso me contestaste tú la primera vez.
-Ya...
Ella no comprendía qué le pasaba, resulta ser de esas personas que nunca acabas de conocer, quizá por eso le atrajera tanto. No le gustaba la última página de los libros. 
Pagaron su cuenta y se fueron caminando hasta donde tenían el coche, estaba a unos cuantos minutos pero no les importó demasiado. Las mañanas tempranas de verano son preciosas. Cuando llegaron no les apetecía irse, aún era pronto, podían estar un rato más allí. Parecía magia. Ella se sentó en el capó a ver las nubes y él entró dentro y se puso a escribir en su cuaderno de notas. A veces en un silencio se disfruta más que en una conversación aunque cueste creerlo. 
Cuando partieron eran casi las diez de la mañana y necesitaban dormir profundamente. El hombre del vestíbulo de aquel hotel de tres estrellas les indicó su habitación y le dijeron que no les despertase para comer. 
-Por las pintas y por dormir a estas horas no sé si son fiesteros o vampiros -le dijo el hombre a su compañero. Era un hotel normalillo, pero tenía un pequeño bar al lado bastante concurrido y más de una noche tenían parejas demasiado borrachas como para esperar a llegar a casa.
Cuando ella se despertó vio que él estaba encima de su cama escribiendo y con sus gafas de leer. Se incorporó lentamente arañándose los ojos. Bostezó como creyó nunca hacerlo, aunque no estaba segura, nadie se acuerda de sus bostezos. 
-No sabía que alguien como tú usaba gafas.
-¿Y por qué alguien como yo no usa gafas?
-Déjalo. ¿Qué escribes?
-Notas de nuestro último encuentro.
-Ajá... ¿qué coño te pasa?
-No sé a qué te refieres.
-¡Sí que lo sabes! Actúas raro, miras raro, hablas raro. Más raro de lo habitual, te pasa algo, cabrón. 
-Te juro que no sé a qué te refieres y por cierto se te ha corrido el maquillaje. 
Ella refunfuñó, se levantó en ropa interior y se deslizó hacia el baño. Se miró los ojos, rojos de sangre palpitante y mal descanso, ojeras largas y expresión de ruina. Asomó su cabeza por el baño:
-¿Te apetece hacerlo?
-Hoy no.
Se dio un baño. 

Anónimo
Desde mis sueños hasta tu pantalla
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domingo, 26 de mayo de 2013

Se encontró en la lluvia

La lluvia le traía recuerdos. Recuerdos de aquel que tanto la dañó. 
Era un sentimiento agridulce, sabía que era él el principio de todos sus males, sabía que fue él quien la llevó hasta sus extremos, sabía que era él quien la incomodaba. Supo que él no podía seguir así. 

Pero... ¿era él mejor a la soledad? Aún lo echa de menos, como quien echa de menos una cerradura o los sermones de una madre. Aún tiene recuerdos de su adiós, fue bajo la lluvia. 
Ella llevaba perturbada todo el día por miedos, por decisiones indefinidamente indecisas. No traía su paraguas. Ya tenía veinte años y aún le alegraba pisar los charcos. Atardecía, era primavera y la noche era clara como una mañana en la mar. Tenía veinte años y nunca se había atrevido a ser ella misma, siempre guardaba algo, algo que él no quería que mostrase a nadie. No podía aguantarlo más años dentro, tenía que salir, tenía que sentir un abrazo de verdad. Caminaba con las uñas clavadas en su palma, los dientes apretados y furiosos, la cabeza mirando al suelo, las lágrimas saliendo y él preguntando "¿qué ocurre?" Como si no lo supiera, como si no supiera que era la causa de todo.


Por fin se detuvo frente a un banco de madera, era viejo y nunca había estado allí, "un sitio nuevo es perfecto para una despedida" se dijo. Lo sentó junto a ella, lo miró a los ojos y le dijo: "Largo". Él estaba confundido, no se enteraba de nada, o fingía no hacerlo para quizá poder interactuar más con ella, pero ella sabía sus tretas. "Ya sabes qué ocurre, no lo soporto más, no te soporto más, no puedo seguir guardando todo esto. Necesito sentirlo. Necesito ser yo de nuevo y para siempre, no importa lo que venga, ya no tengo miedo. Ya no te tengo miedo". Hasta ella se estremeció de sus palabras. 

Él miró hacia el cielo, las gotas le golpeaban los párpados y de su pelo caían como rocío. La cogió de las manos, la miró a los ojos y pronunció las palabras que ella no esperaría de alguien así: 

"Por fin te diste cuenta de lo que quieres. Tardaste veinte años pero lo has logrado. Mi existencia ya no tiene sentido así que... desapareceré. Ha sido un auténtico placer ser lo que siempre quisiste que fuera. Disfruta el resto de tu vida como has aprendido".

Y sonrío mientras se desvanecía. 


Ella... superó su miedo a ella misma. Y si un personaje de un cuento pudo, ¿por qué tú no?

Este tipo
Desde tu cafetería más cercana, callado
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domingo, 28 de abril de 2013

Cristalización regular


Recuerdo la historia de un tipo, no era de este tiempo, ni de cualquier otro que conozcas. Era de un futuro aún lejano al tuyo pero también era pasado. El tiempo allí está tergiversado por los versos de una alegre eternidad que jugó a ser eterna. Aquel hombre era un viajero, un viajero del tiempo, ya que viajar por el espacio es imposible allí. Para que entiendas lo que te quiero decir imagina un mundo que a diferencia del tuyo donde el tiempo corre y tú te mueves en el espacio, allí el espacio corre y tú te mueves por el tiempo. 
Nunca salgas de casa sin un lápiz para apuntar. 

Aquel viajero se dedicaba a mostrar en su feria ambulante las maravillas que encontraba en sus viajes. Desde volcanes en miniatura hasta frutas mecánicas. Árboles de stracciatella y navajas de agua. Plumas que escribían con fuego y reglas de medición esférica. Recetas para hacer baguettes y plátanos con lunares. 
Todos se asombraban. En cuanto a él, sí, era un tipo singular, jamás vi a nadie igual. Era amable, como todo viajero viejo, y siempre llevaba globos de más para niños solitarios que tuvieran ganas de jugar. Era alto, erguido, recto y perspicaz, con una gabardina negra, nariz afilada, gafas redondas y un sombrero con plumas de colores, "regalos de otro lugar" decía si le preguntabas. 
Vendía y mostraba, traía diversión y alguna vez algo más, pero suspiraba cada vez que volvía al flujo del viento temporal. Añoraba la aventura con la que consiguió todo aquello, pero era difícil, ya nada era igual. Habían pasado muchos lugares, ya no creía que le quedase nada más por estar. 

El último pueblo que tuvo la suerte de visitar fue una sorpresa singular, encontró a un niño con cara de que en él se puede confiar, apenas se había movido, un millar de kilómetros, poco más, un niño bonito pero con cara de guardar y esconder más de lo que mostraba y contaba. El niño hizo un trueque con el viajero, la pluma de un cuervo por una llave sin par. Era de su abuelo y no sabía qué abría pero creía mejor que la tuviera alguien que la fuese a usar más que él, un niño que sólo quería prosperar. La llave era un cubo geométrico, de oro apagado, un poco mellado y reflejaba todo lo que no se debe reflejar. Fue algo que el viajero no pudo rechazar. 
Las leyendas de aquel lugar contaban que en horas lejanas se escondía una mazmorra especial, llena de tesoros que se escondieron tiempo atrás, preparados para encontrarse con todo aquel con la ambición suficiente como para recogerlos y compartirlos. Con sus ya marcados pasos, el viejo se adentró entre bosques y colinas, desiertos y alguna ciénaga, siempre con un mapa inventado, los consejos del cielo y los olores de las dunas en todas sus formas, tamaños y colores. 

Cuando acampaba encendía un fuego púrpura, el cual calienta más que el fuego que tú conoces, pero claro, éste necesita dejar de crepitar. Allí cogía la llave y reflejaba sus pupilas en ella, veía todo aquello que no se debe reflejar, como los secretos que nunca se han de contar o el conocimiento que siempre se ha de sellar. Entonces la arrojaba al fuego y este volvía a crepitar, como si fuera un objeto del otro mundo que jamás pisó. 

Por fin llegó a la puerta de aquella mazmorra, después de andar a través kilómetros y arenas que no dejaban nunca de caer. Entonces lo vio, glifos viejos, glifos de otros lugares parados ante él, como un espectáculo de poca gracia y mucha risa que le indicaban los escondites ocultos de la mazmorra y lo que nunca debería hacerse: abrirse. 
Me encontré con él, yo buscaba lo mismo, no tenía llave pero buscaba momentos, estaba haciendo un mapa con ellos. Me explicó su historia, que debí apuntar en algún sitio. Le di una pluma de cuervo y él me dio la llave, me dijo que sería la decisión de un ser diurno y nocturno, no suya. 

Lo vi alejarse por el horizonte, un buen viajero que caminó hacia donde ya no se recuerdan memorias. Cuando llegué comprendí por qué me dio la llave, tengo nombre de custodio y, claro, es algo que soy, aún llevo conmigo esa llave, la venderé por una pluma de cuervo para aquel que quiera abrir la mazmorra. 

Pero han de saber una cosa, las mazmorras se diseñan para encerrar. Las llaves se diseñan para tomar decisiones y para prometer una bifurcación de futuros. Y los viajeros existen para que el flujo de las cosas nunca deje de cambiar.

κοράκι

Aún no he vuelto
Historias Irrelevantes

Ilustración por Emel En Su Mundo

domingo, 21 de abril de 2013

Carta a un idiota que vive en donde pone mi buzón

Historias, cortas y largas. Todas tienen una mayúscula al principio y un punto al final siempre que sean historias reales, o inventadas o quizá incluso ficticias. ¡Pero todas son historias! ¿En un mundo al revés  empezarían por un punto? ¿Quién sabe? ¡Hay tantas cosas que no sé! ¿Cuántos bigotes tiene una morsa?  ¿Cuál es el teléfono de una mancha solar? ¿Cuántos años tarda una flor en ser alguien en la vida de una adolescente? ¿Cuántas últimas páginas tiene un libro? ¿Cuántos jugadores de ajedrez juegan a las damas a escondidas? ¿Y cuántas estrellas te miran a ti y cuántas me miran a mí? 



Preguntas raras, preguntas absurdas, no llevan a ningún sitio, ¿o tal vez sí? Son como una galaxia, toda una nube de esferas brillantes listas para dar calor y hogar a cientos de miles de millones de billones de seres, ¡e incluso más! ¿Estas galaxias son como las preguntas absurdas? ¡Claro! Ambas son una niebla espesa de cosas solitarias sin aparente conexión que se mueven en sinfonías siderales, cosas y cosas y montones de cosas, como los desvanes que nunca se ordenan... pero a veces encontramos exactamente lo que buscamos, ¡son tan grandes! Es frenético darse cuenta de la grandeza que se esconde en preguntas como ¿a qué sabe el helado de teléfono verde? ¿No te has dado cuenta aún? ¡Claro que no! ¿Quién podría? Alguien con tiempo, eso seguro, pero ¿quién lo tiene hoy en día? Nadie. Quizá un viajero, pero no un viajero del tiempo eso desde luego. ¿Por qué? Porque se pierde mucho tiempo viajando en el tiempo, todo el tiempo viajando de este tiempo a este sin pensar qué tiempo va a hacer, así siempre vas cargado con un paraguas y ¡oh! Un reloj de bolsillo, por supuesto. 
Me voy por las ramas, mis disculpas. ¡Un viajero tiene tiempo sin duda! Porque viajar por el espacio, y créame cuando le cuento esto, viajar por el espacio es una gran pérdida de tiempo, el cual puede mantener ocupado dándole una revista, un vídeo musical, un videojuego o un libro de Kafka. Está bien, eso último no, les aburriría un poco y les distraería de su tarea que planteé al principio: descubrir la grandeza de las preguntas absurdas. ¿Por qué no decimos "está mal" en lugar de "está bien"? De pronto la raza humana es optimista, ¿o no? ¡Perdón, perdón!


Si no piense en un café, el café ese que ve cada mañana. ¿Lo ve o sólo lo bebe? Supondré que lo ve también, no me quiero enfadar con usted tan pronto. ¿Ve la espuma? ¿No ve que es una isla barra archipiélago barra península barra continente? ¿Habrá vida? ¿Habrán descubierto la penicilina o cuántos caminos ha de recorrer un hombre? Quizá sean 42 ó 43, más o menos por ahí debe andar la respuesta o eso leí una vez. Creo que era una novela de ficción, quizá no. Quizá que yo lea sea una obra de ficción y que lo que lea sea la realidad. ¡Quizá usted está leyendo la realidad mientras se encuentra en el sueño de otro ser pandimensional e hiperinteligente con capacidad suficiente como para albergar un universo regido por reglas de una física cuyos habitantes no son capaces de comprender atrapándolos en la mayor ironía jamás vista! O quizá esté usted leyendo una pantalla de un aparato electrónico. En tal caso ha usted de saber que cuando vea algo amarillo no es realmente amarillo y su cerebro le está gastando una broma, ninguna pantalla tiene amarillo, el amarillo es el color de los locos y usted no lo está, o quizá no lo está aún. ¿Quién está más loco en un cementerio de topos? Me alejo de la cuestión principal una vez más, me disculpo otra vez. La grandeza de las preguntas absurdas, ¿se dio cuenta ya?

Digo grandeza pero no es importancia, relevancia, jerarquía o impertinencias similares, es por lo grande y basta y gigante e inmensa que es la pregunta. Aunque como todas las botellas, es más estrecha en el final. 

Viaje un poco, con su cabeza, se dará cuenta de cosas fascinantes y aunque no aprenda ni entienda nada nuevo, la comprensión del universo es algo que hace que le brillen los ojos a uno. Y quizá, sólo quizá, comprenda por qué hay gente que corre entre la lluvia cuando el sol los acaricia.



Este Tipo
Desde tu cafetería más cercana, callado
Historias Irrelevantes

domingo, 14 de abril de 2013

Mundos adversos más allá de los ojos de un muerto


Solía vivir en un mundo sencillo. Un mundo en el que lo que estaba bien era el bien y lo que estaba mal era el mal. Un mundo simple donde las cosas las conocías. Solía vivir en un mundo ideal, un mundo donde la gente sabía y hacía lo que sabían hacer. Donde quería lo que amaba y amaba lo que quería. Donde la claridad dejaba ver donde estás y quien eres sin temor a equivocarte. En ese mundo no se me podía comparar, no era ni mejor, ni peor, ni igual. Era un mundo ideal. Aprendí que nada es para siempre, puede que sea verdad.
Ese mundo se deshizo como polvo en el desierto, sin encontrar ningún puerto al que llegar salvo el olvido... El culpable soy yo mismo. 

El mundo lo vi plano, lo vi positivo o negativo y nada más, lo vi como algo demasiado aburrido y lo quise mejorar. Cambiar las reglas. Me dijeron que no era una buena idea, que era algo que no debía hacerse, nadie escucha y yo no soy excepciones. Lo transformé en un mundo complejo, lleno de niebla y caminos en espiral que conducen a realidades que no entenderé jamás. 



Este mundo ya no es mío, antes las cosas existían sin mí, siempre lo hicieron y lo harían después. Todo tenía su lugar, la Luna iba en el círculo, el queso en el triángulo, las cajas de zapatos en el rectángulo. Jamás volveré a saber qué es eso. 
La gente comienza a juzgarme, como algo irreal, algo que a lo que oír pero no escuchar, soy difícil de comprender y no se van a molestar en conocer lo que no conocen. Puede que lo sea, yo ya no lo sé, la duda corroe todo mi ser como la serpiente que es en mi madriguera. 

A veces me gusta olvidar, como algo que no seré, fui y quizá sea. Recordarme sería inútil y me movería con vendas en los ojos para poder sonreír de nuevo... 

Este mundo es doloroso. Aunque hay cosas que no se pueden medir, ni comparar, ¡como antes! La parte triste es que, aquello que tiene esa capacidad, son cosas como el dolor que se siente al saber que todo lo que amaste no era amor sino ciega dependencia, o el dolor que da darse cuenta de que la seguridad de saber qué ocurre y qué sientes es algo que jamás volverás a conocer o cuántos puñales te clava la soledad cuando llega el invierno y tu contestador muere por dentro al no llegarle ninguna llamada. 
Es un camino de zarzas, lleno de cadáveres que no saben por qué han entrado o qué hacen ahí, se ve oscuro como los intestinos de un demonio, se ve terrorífico como la mirada de un espectro, se siente frío como el corazón de los que allí vivimos. 

Pero... ¡hey! No todo es tan inhumano. De vez en cuando miro hacia arriba y veo los cielos que antes no podía ver, llenos de fuego, color, amigos y luz, y créeme cuando digo que las zarzas no duelen mientras sepas que ese cielo está sobre tu cabeza. 

Este tipo
Desde tu cafetería más cercana, callado
Historias Irrelevantes


Ilustración cedida por Eme Entrópica

domingo, 7 de abril de 2013

Techos Inalcanzables

En las zonas del norte del antiguo Occidente se creía en toda clase de seres olvidados, de hazañas nunca realizadas, de héroes no escritos, de criaturas de poderes viejos, de estrellas invisibles y de palabras inexistentes. Los brujos de entonces comenzaban a usar alquimias y magias propias. Los dioses eran salvajes demonios, los ángeles animales guía y los osos espíritus de viejos chamanes que no quisieron acabar tan pronto su existencia. 

Los poblados de la aurora boreal eran guardianes de sus propios secretos y entre ellos la aurora boreal. La aurora, junto a la tormenta, tuvo una hija la cual confió a un lago secreto custodiado por las mujeres escandinavas. A partir de su magia, astucia e ingenio mantenían alejados a todo aquel curioso, viajero, enemigo y extraño de la bella hija de aquella que se ve cada noche. Se cuenta que de su sangre brotaba el más rico de los néctares y de sus lianas colgaba el más suave de los tejidos. Las custodias lo sabían bien, su prueba más dura era abstenerse de todo eso. 
Esto se decía entonces:

"De entre todas las mujeres la hija de la única diosa nacerá inmortal entre aguas de eternidad y de ella brotará el color que nunca se apaga. Así se custodie por siempre hasta que el fuego que no hace sombra aniquile a los dioses".

Una noche de solsticio una de las guardianas entre la mirada de las Lunas le arrancó un brazo a la nacida del crepúsculo matutino y huyó con ello. Nadie podía escapar de los astros entonces, ni en sueños. No hay escritos que hablen de ella o de qué le sucedió pero el brazo retornó con el tiempo, "siempre lo hace". Más incidentes ocurrieron, el ser humano nunca fue ni es perfecto, ni siquiera entonces, pero todo retornó siempre, como una constante en el tiempo. Como algo custodiado incluso del cambio. Imperecedero. Eterno. Inmortal.

El lago sigue siendo un misterio, nadie sabe si existe, su localización, si esta leyenda es falsa o verdadera, si es cierto que ellas lo siguen custodiando. Mi conocimiento no llega hasta tanto, puede que algún día alguien me traiga un libro al respecto, hasta entonces, siempre pensaré que entre los inviernos perpetuos un árbol eterno se esconde entre aguas de cristal bajo la atenta mirada de la dama nocturna de los mil colores, como una joya entre los mapas. 



Larry
Desde la casa de los mitos olvidados
Historias Irrelevantes


Ilustración cedida por Eme Entrópica

jueves, 16 de agosto de 2012

Cambio


Las botas de cuero le rozaban al caminar por las altas hierbas de los países encantados de árboles colgantes y suelos pertrechados con la más fina arcilla de todo el lado oeste de los mares calientes. Apartó hojas de su cara, apartó lianas, ramas, liendres y aires sospechosos de colores inusuales. La maleza era inmensa y la densidad vegetal cegaba alrededor como una niebla clara, clara como los árboles que la rodeaban, árboles brillantes de troncos claros y translúcidos.
Daba más pasos y no hacía más que encontrar más bosque, "un lugar infinito del que no se puede escapar", eso la dijeron. "No entres" la advirtieron. Pero los sueños son muy poderosos en la gente inocente y propietaria de sí mismos.
Apretó el colgante de fino cristal con la mano y comenzó a andar con los ojos cerrados imaginando una puerta, la misma, una y otra y otra vez. Una puerta gris, desigual, grande y de piedra y de pronto se cayó al suelo, estaba delante de la puerta... temblorosa agarró el picaporte y empujó una puerta sin pared, y vio un horizonte, un horizonte naranja con un cielo azul fuerte lleno de manchas con forma de nube. Dio un pasó hacia dentro, cerró la puerta y miró detrás de ella.

Corrió, corrió mucho detrás de la puerta, sentía cada paso, lo sentía en su sangre que subía rápidamente desde la planta dolorida del pie hasta el cerebro, no le importaba. Apretaba los dientes para aguantar el cansancio, no le importaba. El sudor le hacía tambalearse y se le metía en los ojos, pero no le importaba. Corría hacia aquello que siempre quiso y a por lo que vino hasta estas alejadas y mágicas tierras. No comprendía el valor del camino, por lo que su objetivo cada vez estaba más y más lejos mientras corría hacia él. Hasta que se sintió desplomarse y el polvo acariciando su cara.

Lejos, muy lejos estaba aún su sueño. Parecía rendirse, pero decidió andar, anduvo durante dos noches, no sentía hambre y no sentía sed, pero se sentía pesada así que decidió caminar desnuda.
Poco a poco se fue acercando hasta que llegó.

Con ilusiones en los ojos contempló un majestuoso edificio delante suyo, de piedra, lleno de detalles, columnas, mármol, estatuas sin nombre ni rostro. Sólo se distinguían dos cosas, un rosetón y un portón. Lentamente abrió el portón... vio un juego de luces precioso que apuntaba desde las ventanas laterales hasta el centro de la sala pintada de adoquines negros y blancos y columnas de alturas infinitas. En el centro, los sueños de una pequeña chica que corrió mucho hasta encontrarlos, los sueños de cambio.
Nada es eterno, ni la propia eternidad será eterna.
Todo lo que comienza tiene que tener un fin, el destino sólo dura mientras dure la realidad, la muerte sólo es eterna mientras haya vida, el espacio no tendrá fin hasta que se agote el tiempo. Así como la realidad será eterna hasta que desaparezcan los sueños.

Se acercó poco a poco, dentro de aquel lugar no había sonido, ella andaba en silencio con sus ojos clavados en su sueño: el cambio.
Se sentía sola en mares oníricos de soledad y horror, la realidad no era mejor, después de ser traicionada por su familia y más tarde de ser vendida tres veces ser violada sus sueños se volvieron mucho peores. El mundo consideraba su propia existencia un insulto. El ser inmortal incapaz de morir, incapaz de vivir, incapaz de existir e incapaz de soñar. Ese era ella. No pudo amar y nunca la amaron. No le quedaba nada por ver ni nada por sentir.

Toda su vida pasó en un soplido y una lágrima cayó sobre su mano al estirarla y ver el cambio. Tornó la cabeza hacia los dos lados y extendió la mano. Tocó el cambio y ella comenzó a desaparecer, poco a poco, brillaba y flotaba, desde la mano hasta la cabeza y los pies, se iba haciendo añicos, desintegrándose en luz, en mariposas, en montañas, ríos, nubes, leones, ciudades, gorros, árboles y petunias. Comenzaba a flotar y entrar en trance, desaparecía de la realidad, los sueños y se desataba del destino, con una sonrisa.
Cuando no quedó nada de ella, el cambio devoró su pedestal, poco a poco y cuando toco la primera baldosa se extendió fugazmente hasta alcanzar la puerta, al borrarla, comenzó a borrar el suelo del horizonte rojo al llegar al infinito comenzó a devorar el cielo, y las nubes, todo. Pronto todo fue una puerta en la nada más absoluta. Allí espera vuestra condena. En el bosque que nadie debería entrar, una puerta, la puerta invisible, una simple puerta de piedra que guarda en su interior el cambio. Seres de la realidad y los sueños que vivís según vuestra esencia, esperad a que se abra... esperad el cambio, el cambio de todo, el cambio de nada, el cambio absoluto que no puede ser parado y no puede ser ignorado.

Todos llevamos dentro esa puerta, ninguno se atreve a abrirla... fingimos que no existe pero en el fondo, sabemos que está allí, aguardando... la puerta que guarda todos los secretos, la puerta que guarda todas las preguntas, la puerta que hará que seamos todo y nada... por siempre, en un enlace infinito y verdaderamente eterno, el cambio.

Anónimo
Desde mis sueños hasta tu pantalla
Historias Irrelevantes

lunes, 13 de agosto de 2012

Venció siempre

Cuentan las Historias Rara Vez Escritas que participó en cada guerra que la humanidad celebró casi desde su nacimiento. Hablan del soldado inmortal, el soldado sin patria.
Su mito comienza hace milenios, cuando los soles no acababan y la Luna nos miraba y hablaba. En una tierra del oeste oriental. Su historia dice comenzar cuando dos poblados entraron en guerra, uno de ellos, falto de hombres, pidió ayuda a un forastero, éste aceptó. Al acabar la guerra no lo encontraron ni vivo ni muerto. Eso cuentan las historias.

Las historias también nos cuentan que ese soldado, ese mercenario, participó en otras batallas de tierras orientales. No obstante, cuentan de un líder de la legión romana de aspecto oriental que tuvo una gran cantidad de victorias en su haber, pero también se escribió como un oriental ayudó a los cartagineses en su expansión por la zona mediterránea. También se menciona a un oriental en la gran guerra de independencia estadounidense que, liderando un puñado de hombres, tomó una gran responsabilidad en numerosas batallas. Y encontrarás un largo etcétera.
Pero siempre encontrarás lo mismo, un patrón. Los hombres siguen patrones, así su vida es más sencilla y quién mejor para seguir un patrón que alguien que ha vivido milenios. Si tu curiosidad es basta, siempre encontrarás a un hombre de aspecto oriental pero no te atreverías a afirmar su procedencia, un hombre que siempre está en el bando ganador, encontrarás un hombre cuyo pasado es borroso y su futuro después incierto, siempre sale victorioso pero nunca se le ve celebrarlo, siempre estará buscando.

Quizá ese hombre ya no exista, quizá nunca existió y son casualidades, quizá las historias se equivocan y quizá ninguna sea cierta. Pero las afirmaciones llegan hasta nuestros días. Imagina conocerlo. Imagina conocer a un hombre que ha defendido con su vida todas las banderas que existen y han existido. Imagina qué responde cuándo le preguntas "¿qué buscas?".

Larry
Desde la Casa de los Mitos olvidados
Historias Irrelevantes