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lunes, 13 de enero de 2014

¿A qué sabe un yogur esta noche?

"Noches que vuelan con las estrellas" pensó la joven Caroline mientras caminaba por la azotea de un edificio abandonado. Se apresuró a escribirlo en su desgastada libreta mágica. Era mágica para ella al menos. Un pájaro en plena noche se posó sobre una vieja antena parabólica:
-¿Qué haces aquí arriba, pequeña Caroline?
Caroline no conocía al viejo cuervo de voz ronca y graznidos siniestros pero sabe que no son de fiar. Saca un yogur y le chupa la tapa, ve como el impaciente cuervo se mueve nervioso de un lado a otro, aún viejo se mueve tanto como un recién salido del nido.
-No esperaba que alguien como usted se presentase ante mí, es un honor. Quizá.
-Oh, Caroline, cierto, no sabes quién soy. -dijo mientras de un salto se colocó encima del macizo de cemento que guarda los motores del ascensor- Pero ya nos hemos visto muchas veces. A mí y a mis compañeros.
Cuando pronunció "compañeros" Caroline sintió como si mil voces hubiesen salido de aquel anciano y tenebroso cuervo. Los cuervos no son de fiar. Los cuervos no son de fiar.
-Permíteme que me vuelva a presentar. Somos quienes somos, como todos, somos portadores, somos guardianes, somos aquellos que observan sin juzgar. Bienvenida a la noche aunque seamos quienes te susurran por el día. Sin amigos, sin hogar, sin objetivo, inexistentes, los cuervos de Ravennáh te han observado y has sentido el son de sus alas en cada escalofrío pequeña Caroline.
Caroline se mantuvo fuerte ante cada palabra del cuervo, aunque comenzaba a ponerse nerviosa por la fuerte presencia de aquella oscura ave siguió comiendo tranquilamente su yogur como si tal cosa. El cuervo pasó a otra estancia más confortable, el muro en el que se apoyaba Caroline. Una vez estuvo cómodo prosiguió con su discurso:
-Bienvenida una vez más a esta parafernalia. Tu memoria no está intacta, pequeña Caroline, pero te recuerdo una vez más que ya nos hemos visto. Y que me ha costado encontrarte, mas los cuervos tienen un ojo para ver y desde la Luna nueva te encontré. Te traigo un recuerdo pequeña Caroline, un regalo, un pasado ahora presente. -El cuervo levantó una ala y Caroline por un momento se entusiasmó por la envergadura y la belleza mineral que el plumaje del cuervo mostraba, metió su pico dentro de su ala y sacó un pequeño bombín con una flor violeta, lo depositó delante de ella- Perdónanos, oh, pequeña Caroline, por no traértelo antes. Diosa de la noche que perdió su corona, nosotros te la trajimos de vuelta como me pediste hace trescientos.
Caroline comenzó a recordar, a su cabeza llegaron cientos de imágenes como de otra vida, la vida comenzó a distorsionarse, el cuervo la miraba de frente muy tranquilo. Poco a poco Caroline caía al suelo, sentía sus rodillas rendirse, su cabeza irse y su mirada, perdida, buscaba un sitio sobre el que apoyarse. Apenas escuchó las últimas palabras del cuervo cuya voz valió por miles en un sólo instante.
-Y así el trato ha sido sellado entre los cuervos de Ravennáh y la diosa de esta noche.
Los ojos de Caroline se entrecerraban y mareada caía al suelo. Finalmente el viejo cuervo añadió, con su única voz ahogada y ronca:
-Sueña.
Los ojos de Caroline se cerraron inevitablemente y despertó en su cama una luminosa mañana de domingo, blanca y azul clarito, entre sábanas blancas y con un pijama a cuadros de chico que le encantaba. Caroline mira en el cajón de su mesilla, encuentra aquel bombín con la flor de plástico violeta y siente que está sonriendo.
"Mañanas que bailan en la noche" pensó la joven Caroline y sacó su vieja libreta negra del segundo cajón de la mesilla para apuntarlo apresuradamente.

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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Evelyn busca donde dormir

Hay destinos marcados de nacimiento. Momentos antes de que la vida comience uno ya tiene escrito en piedra cuál será su camino. Por dónde irá. Dónde acabará. Son vidas aburridas. Nunca me gustaron y nunca me gustó la vida que la abuela y madre habían elegido para mí. Era una vida igual que la que tuvieron ellas. No era una vida para mí, no. De eso hace mucho, ahora sobrevivo entre calles, en los balcones de las puertas de atrás, sentada bajo los pocos techos que encuentro, calentando mis manos en la lumbre de un pequeño fuego hecho dentro de una lata.
Miro mis guantes de fina lana y mis dedos asomando por ellos, mis manos están calientes. Meto mi cabeza entre mis rodillas y escucho la lluvia. La lluvia apenas está a unos centímetros de mi, cae rabiosa. El suelo está encharcado, suerte que estoy apoyada en un bordillo, mis pantalones están algo raídos pero son duros y tener tantos bolsillos es genial para la vida sin hogar. Lo quemé. Metafóricamente, madre y la abuela me habrían encontrado y arrancado la lengua de quemar su hogar. Y no sería una metáfora. Mis deportivas comienzan a empaparse... es hora de moverse un poco, me llevo la lata, está bien ser quien soy a veces, la lata no me quema y no se apagará mientras la toque. Camino iluminando mi cara bajo la lluvia, capucha puesta, busco mi camino en este mundo. ¿Lo tengo? ¿Qué hago? ¿A dónde voy? Esas preguntas siempre tienen eco en mi cabeza...
Me meto por varios callejones, nunca salgo a las calles, es muy arriesgado, con suerte llegaré a algún portal bien cubierto. Soñar, necesito soñar, necesito visitar a mis amigos en sueños.
Hay un hombre tirado en el suelo, mala noche, supongo, su cara está entumecida, cogerá frío... Madre siempre decía que las decisiones de cada uno eran problema de cada uno. Lo arrastro hasta un tejado donde al menos no le dé la lluvia directamente y le dejo mi lata, no se apagará en un rato largo, a madre no le gustaría pero no me importa, ya no.
Entre dos edificios, bajo los tendidos eléctricos sigo buscando dónde dormir. De pronto escucho un ruido de metales chocando, de gritos de ánima, escucho un ruido muy fuerte por encima mío y suena como óxido chirriante buscando qué tragar esta noche. Vampiros. No permiten la alteración. No me permitirán seguir esta vida, no quiero morir, no esta noche no. Uno se ha posado en un cable de tensión de la azotea, mira hacia arriba, a sus compañeros, no me ha visto. Odio a los vampiros, con sus alas enormes y negras, sus garras terribles y esos ojos vacíos... siempre sonriendo, como si supiesen más que el resto. Son criaturas terribles y detestables. Extiende las alas. Joder, mierda. Me acerco a una puerta cercana y la abro sin problema, me meto dentro y busco unas escaleras que bajen, unas escaleras que bajen. No hay, no hay problema, cierro los ojos, pienso en ellas, seguro que hay. Cuando los abro detrás mío hay unas escaleras que bajan, no sé a dónde pero los vampiros no saben bajar.

Debajo de todo aquello acabo en un complejo de enormes tuberías y colosales arcos, a lo lejos tras un lago verde veo chabolas, una Comunidad, su techo está a cientos de metros, no sé quién hizo esto pero alguien muy antiguo seguro. En mi lado del lago hay una serie de pasillos estrechos y un gran túnel semicircular que lleva agua al lago verde. Está iluminado por unas jaulas que cuelgan por el centro de dicho túnel, no sé qué hay dentro pero emite una maravillosa luz azul. Hoy mucha gente dormirá bien, lo presiento. 
Me quedaré aquí abajo un tiempo, hasta que se vayan los vampiros de la ciudad por lo menos. Dormiré, dormiré. Saco la manta de la mochila y sueño que soy corriente, sueño que soy como las personas que duermen en camas y desayunan. Sueño con una vida en la que no importe quién sea yo, Evelyn.

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lunes, 25 de noviembre de 2013

La pequeña historia de Tarta

Esta es la Luna con la que Serafín me dará su vida. Bajo esta Luna Serafín perderá su vida. Hay cosas de esta vida que no me parecen justas, pero no Serafín, él no, siempre cumplió, cumple y cumplirá lo que promete. 


Es de noche y estoy en mi cuarto, miro la lluvia por última vez antes de cambiarme. Hoy llevaré la ropa de interior de encaje, la que me regalaron cuando dejé de fumar cosas que no fueran tabaco, es preciosa y una a veces quiere sentirse preciosa como la Luna. Cuelgo el móvil, me echo perfume y perfilo de negro mis labios, sombra en los ojos, palidez fingida y que no falte mi bombín. Nunca supe muy bien qué fui ni qué soy pero consigo copas gratis. 
Salgo y ya no llueve, mejor para mis botas, el aire sigue húmedo, puedo notarlo en mis labios... el aire de ciudad casi nunca está así. Hay noches especiales. 
Después de coger dos autobuses y haber atraído suficientes miradas llego al club que me dijeron mis amigos, estaba un poco lejos pero me dijeron que merecía la pena. Media hora más tarde estoy dentro donde me parece haberme teletransportado a un planeta gótico o a una fiesta de Halloween muy cara, el ambiente es bueno, el local es agradable y no hay muchísima gente, mis amigos tenían razón. Ojalá estuviera aquí Serafín, no me hace falta mover la boca para hablar con él. Me han dado una bebida extraña, está muy rica pero se niegan a decirme qué es. 


...~


Qué dolor de cabeza... Ah... Y estás no son mis sábanas... Otra vez no... Otra vez no... Soy gilipollas. Ay... voy a levantarme sin hacer mucho ruido, con el tiempo me he convertido en una maestra del sigilo, o eso pienso siempre que ando de puntillas. Escucho la sábana moverse a mi espalda, no, no, no, no... No pasa nada, sigue dormido. Joder, qué feo es cabrón. ¿En serio, Tarta, en serio he acabado con este tío? Menos mal que no lo recuerdo pero noto que he vuelto a perder mi virginidad y ya van seis veces, joder, tengo que dejar de salir, este es el límite. A ver... mi falda, ¿dónde está mi falda? Aquí. Un momento, mierda, llueve. Que le jodan, a ver qué tiene en el armario... ¡Já! ¡Un chubasquero! Perfecto. Ahora con cuidado abro la puerta... 
-Vaya... ugh... nochecita... 
¡Mierda! Tarta tranquila, Tarta tranquila... sigue dormido el muy imbécil. Joder. ¡Qué susto! Merece un castigo. A ver qué tiene en los cajones. Tiene un poco de dinero por aquí... una bolsita de polvo y un tarro rojo. ¿Por qué no? Él se ha llevado mi virginidad. Cuidado al abrir la puerta, cuidado. Bingo. Libre. A ver, Tarta, ¿dónde estamos? Creo que esto me suena, voy a llamar a Susana, creo que vive por aquí. 
-¿Sí? Buenos días princesa, soy Tartita... sí, sí, mira, ha vuelto a pasar... Exacto, y estoy en un barrio que me recuerda mucho al tuyo... A ver, pues un banco naranja, un edificio de oficinas con los cristales destrozados y creo que abandonado... Sí, también está el graffiti de la flor y la chica de las rastas... ¿Sí? ¿De veras?... Joder tía, gracias, te quiero, gracias.
Susana es la mejor, ahora tan sólo tengo que esperar a su coche entre la lluvia.
-Oye tía...-escucho alguien a mi espalda- ¿Sabes dónde puedo encontrar a alguien que me dé lo que te han dado a ti?-¿De qué coño habla?
-Macho, yo no me meto nada.
-Y una mierda que no, tienes sangre en la nariz, los ojos azules y una marca en el cuello. Sé lo que has hecho, no quiero que me digas quién te lo ha dado, quiero que me digas dónde me pueden dar a mí. -¡¿Qué cojones?!
-Tío, de verdad, me acabo de despertar aquí, no sé qué he tomado o quién me lo ha dado o qué mierda me han metido dentro, sólo quiero volver a casa, ¿vale? 
-En serio. DÍMELO. Tienes que decírmelo.-Joder, esto no me gusta.
-¡Que no lo sé!
-¿Te crees que me voy a creer esa mierda?-Ya sé, no me andaré con rodeos, que sea lo que sea.
-Tercera planta, letra E, ahí está quién me lo ha dado.
-¿Sí? No me gusta que me engañen perra, vienes conmigo y si no es verdad... vas a sufrir un poquillo...-Acaba de sacar un cuchillito, no es muy grande pero si lo hunde en mi garganta dará igual.
-¡Eh! ¡Tú! ¡Pedazo de gilipollas! ¡Suéltala ahora mismo!-Gracias al cielo, es Susana.
-¡Vale, vale! Tercero E, ¿no? Suerte chiquilla, suerte.
El hombre se va por el callejón y yo me subo al coche de Susana comiéndomela a besos, ella sabe lo mal que me sientan estas situaciones. Antes de preguntarme sobre qué me ha pasado me dio su típico sermón, el de siempre, que si me excedo demasiado, que si debería controlarme porque tengo mis responsabilidades, lo de siempre. Luego ya fue al grano:
-¿Mereció la pena?
-No sé... casi no me acuerdo de nada y el tipo no era gran cosa o eso me pareció esta mañana...
-Joder Tarta... Ya sabes qué te toca. Ya sabes por qué aún vives, dale las gracias a Serafín por última vez, por favor. 
-Pero... ¡Susana! ¡Sólo han sido seis veces! 
-¿Y? ¿No crees que ya le has hecho sufrir bastante? Mierda de sol...-Noto como el brazo se le quema un poco- Odio los días tan soleados...-Sube la ventanilla tintada y guarda silencio, como si la luz la hubiese hecho olvidarlo todo, me da esa redención. Que piense lo que quiera, no me arrepiento de lo que hice, Serafín lo comprenderá, siempre lo ha hecho. Pero Susana tiene razón... ya van seis, si me volviese a pasar, ¿qué ocurriría? ¿De verdad me pasará lo mismo que a mamá? Yo sólo quise ser querida pero para un bicho raro como yo eso muy difícil. 


Invité a Susana a mi casa pero se negó a salir del coche, la entiendo, quizá su maldición sea peor que la mía. Suspiré mucho antes de entrar en casa, casi cada paso. Miraba a aquella fría fachada de hormigón y madera, de vidas tristes, de vidas recluidas a ser lo que son. Había llovido. Piso los charcos y antes de entrar... lloro... por penúltima vez. Esta es la noche en la que Serafín me dará su vida. Bajo esta noche Serafín perderá su vida. Mi casa está tan revuelta como siempre... mi pequeño piso. Lo recojo, lo limpio, nunca lo había hecho, o quizá sí, no me acuerdo y no me importa no recordarlo. Todo pasa como a cámara rápida mientras Serafín me mira, intrigado, desde la lámpara del techo. Sabe qué pasa pero no lo quiere admitir. Cuando acabo vuelvo a mi cuarto, me siento en mi mullida cama, me siento como en una nube, me agarro los calcetines y me hago una bola. Serafín se asoma por la puerta, sube a la cama y se me queda mirando. 
-Sí, estoy llorando. ¡Ya sabes qué pasa! 
Serafín se rasca una oreja y me sigue mirando. 
-¡Agh! ¡Es como hablarle a una pared!
Me doy la vuelta y deshago mi bola, quedo estirada boca abajo con mi cara hundida en la almohada. Serafín se me acerca.
-Mmmpfffhfhffmmmm fmfmmmmffhhmmm
No creo que entienda nada de lo que digo con una almohada por cara. 
-¡Serafín! 
Le abrazo, le abrazo hasta que no me queda más amor dentro. ¡Ya basta Serafín! ¡Ya basta! ¡No volverá a ocurrir! ¡Oh no! 
Dejo a Serafín en el suelo, confuso, se lame una pata y se peina. Me pongo en cuclillas delante de sus bigotes y le beso la nariz, me hecho el pelo detrás de la oreja, me levanto, sonrío. Creo que lo hago de verdad. 
-Serafín, por fin serás libre de esta pesada carga. ¡Alégrate! ¡Rápido! ¡Antes de que nos vea la Luna!
Serafín se acerca a mí, como las últimas cinco veces, esta es la sexta. Cojo la pequeña cuchilla de afeitar que llevo siempre encima, la vuelvo a sentir por sexta vez en mi brazo y dibujo un círculo de sangre a su alrededor, Serafín, perdóname, Serafín, te quiero, Serafín, nunca te olvidaré. Ahora decide pequeño Serafín. Sabía que te quedarías en el círculo, pero a mí no me vale, no señor, he sido la peor amiga del mundo Serafín, y ya estoy harta de todo esto. Lo agarro, me levanto, cojo unas galletas y un café, el abrigo, un gorro y subimos a la azotea, ¡que nos vea la Luna! 
La noche cae, la noche nos envuelve. La Luna sale y espera a estar en su punto más alto para verme, desnuda, mortal, humana. Le doy otra galleta a Serafín, quiero que sonría. Él está en el muro de la azotea y yo me dirijo al centro de ésta, entre media docena de antenas. Extiendo los brazos, respiro, miro al cielo...
-¡Luna! ¡Soy Tarta! ¡Y ya no soy lo que era! ¡¡Tómame o déjame ir pero no pienso cambiar!! ¡¿Me oyes?!
Lentamente... me deshago... noto como mis piernas desaparecen y como entre sueños e ilusiones miro por última vez a Serafín que se acerca andando lentamente a mí, se queda sentado, admirando como desaparezco entre luces que no estoy segura de que comprenda. Le acaricio y según lo hago mis dedos desaparecen, él sonríe, no sabe qué está pasando. Adiós Serafín. Esta pudo ser la noche en la que me dieras tu vida. Bajo esta Luna tú serías mi salvador. Hiciste más que suficiente Serafín, no me des más vidas, eres el mejor amigo que tuve. Adiós, soy Tarta y desde ahora y hasta siempre te veré desde el cielo porque siempre fui lo que soy, una estrella fugaz que pidió un deseo. 

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jueves, 17 de octubre de 2013

Lectura y comida china

Trata de evadirse de la realidad en los viejos libros de la casa que ocupa desde hace años. Son los libros que sus anteriores dueños abandonaron antes de partir y no volver jamás a aquella ciudad de la noche. Aún hay maletas con el cierre roto en el suelo asomando la manga de alguna camisa, aún la pintura de la pared está o bien quemada o bien caída por la humedad, aún entra frío por la noche a través de los agujeros en los cristales, pero Tristán lee.
Su historia no sé muy bien en qué momento comienza o si, de hecho, comienza en algún momento, pero sé lo que le pasó. Toda la casa estaba vacía excepto un cuartito cercano a la entrada del piso, todos lo sabían, tendrías que ser nuevo en la ciudad para no saber algo así. Tristán dejaba los libros leídos a un lado y los que aún no había leído en otro lado, no se percataba que el cuarto era tan pequeño que esos dos lados eran el mismo pero no le importaba, así podría releer lo que quisiera. Había un colchón sobre un parqué rancio, una ventana arreglada con cinta aislante y una pequeña estufa de las antiguas, de las que dan dolor de cabeza.
Pocos hacían caso a Tristán, la mayoría lo tomaban por un loco del que uno no se podía aprovechar lo más mínimo en ningún ámbito por lo que, agradecido, me relató lo precioso que es que a uno le dejen en paz. A veces había gente que iba a su piso a pasar una temporada, total, él ni se enteraba y ellos mucho menos. Me contó que cuando bajaba a comprar comida o salía a abrir a alguien la puerta investigaba su casa y había encontrado de todo, incluso una vez me contaba entusiasmado que vio por la cerradura de una puerta el exorcismo de una mujer negra, un exorcismo poco ortodoxo según él aunque no me quiso dar detalles.
Tristán era un hombre muy curioso y entusiasta, era un pequeño bohemio del estudio. Cuando le llevaba comida sobrante del restaurante nos pasábamos la noche imaginando mundos e historias. No escribió mucho, decía que no merecía la pena, que le gustaba viajar no pilotar el avión. En mi opinión una pena, jamás olvidaré esas noches de fantasía desbordante, las prefería a lo que me traía mi hermano. Esto era mucho más real y lo sentía de verdad.
Recuerdo como poco a poco la noche desaparecía y la ciudad quedaba en ese gris que tienen las mañanas y la luz del sol nos asustaba como si fuésemos vampiros de novela. Abría el local para los pocos locos que se dedicaban a buscar un sitio donde poder continuar su noche lejos de lo diurno. Es lo que tienen los restaurantes asiáticos, son oscuros siempre.

Cuando pasé tres otoños con él me di cuenta de que algo no iba a bien, cada vez comía menos y su ánimo había decaído, no me quiso decir por qué, es como si hubiera descubierto algo inevitable, algo que, de contármelo, no serviría de nada. Un jueves volví a su casa por la tarde, llovía aciagamente, de manera exagerada. Protegí la comida para que no se mojase y corrí hacia su casa, cuando llegué al tercer piso de aquel roñoso edificio su puerta estaba cerrada y nadie respondía al otro lado, por suerte tenía una copia de las llaves. El pulso, tanto por miedo como por frío, me bailaba y mis ojos se desorbitaban por el miedo que tenía. Miedo a algo que ya sabía que iba a ocurrir, nunca lo quise admitir pero supe que pasaría lo que pasó. La cerradura cedió y dejé que la puerta se abriese sola. La puerta de Tristán estaba cerrada, como siempre, sólo escuché el ruido de mi bolsa de plástico y mis zapatos dando pasos inquietos por un chirriante suelo de madera, entré en su cuarto lentamente. No estaba. Lo sabía.
Me pasé aquella noche comiendo en su antigua habitación, ojeando algunos de los libros de los que Tristán siempre hablaba. Encontré uno muy viejo, prácticamente destrozado y, por tanto, el que más llamaba la atención, cómo no, siempre fui muy simple. Aquel libro estaba lleno de anotaciones de Tristán, muy nerviosas y había muchas notas intercaladas entre páginas, muchas de estas notas estaban dibujadas en vez de escritas, encontré círculos llenos de líneas, palabras que no comprendía y MAZAPÁN escrito por todas partes. No niego que Tristán estuviese un poco loco, pero esto era demasiado extraño incluso para él.
No volví a tener noticias de él y por lo que supe más tarde su casa fue reducida a cenizas por unos okupas que no supieron manejar el gas de su cocina. Aquel libro lo guardé, no quería que algo tan extraño se perdiese. Ahora me queda buscar quién le puede dar un uso o... si Tristán sigue vivo o siquiera sigue siendo humano.

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viernes, 16 de agosto de 2013

¿Y si no recordases qué has hecho la noche más importante de tu vida?

La oscura lluvia arrecia contra las desoladas calles de una ciudad en la madrugada de noviembre. Llevas un abrigo largo, un paraguas clásico y te estás fumando el tercero de la noche, te da una sensación de satisfacción sin saber por qué, por lo que lo sigues fumando. Estás bajo una farola y no hay nadie más en la calle. No sabes cuánto lleva siendo de noche, no sabes si lo preguntas por ti o por la ciudad. No sabes de dónde has venido o dónde estabas cuando comenzó a llover. Rebuscas en tus bolsillos y encuentras un librito negro, sus tapas son de cuero y parece muy trabajado, ¿la cinta que lleva como separador marcará algo particular o estará puesta al azar? No quieres que se moje, sigues buscando en tus bolsillos.
Encuentras una billetera, no es la tuya, esta es de líneas azules y blancas con tus iniciales bordadas. Parece hecha a mano. La entreabres con la misma mano con que la sujetas, en un primer y obtuso vistazo te asombras al encontrar que lo que lleva dentro es tuyo. Ahora te das cuenta de que el abrigo que llevas no es de tu género, ni tuyo, y por eso te sentías raro con él puesto, sin embargo sientes algo en el pecho, el abrigo tiene un bolsillo interior, no pesa mucho. Guardas la billetera y sacas aquel objeto del bolsillo interior. Es un teléfono móvil pero no es el tuyo, es negro y de alta tecnología, comienza a vibrar y respondes:

-¿Lo hiciste ya? Queda poca noche.

No reconoces la voz, preguntas por su nombre instintivamente y cuelga. La voz no era familiar, con extrañeza guardas el móvil donde lo encontraste. Vuelves a sacar la billetera, necesitas beber algo. Sonríes porque tienes dinero más que suficiente. Entras en el primer bar abierto y pides mientras te diriges a una mesa en una esquina del mismo. Te echas las manos a la cara como queriendo despertar. Te restriegas los ojos y suspiras. Por fin llega lo que pediste, te ha parecido una eternidad aunque hayan sido apenas unos segundos. Sacas el pequeño librito negro y lo abres por la página en la que está el señalador. Son dos caras en blanco, el papel es beige y tiene un tacto áspero pero cómodo, pasas a la anterior hoja y ves escrito abajo a la derecha “¡Hoy por fin llegó el día!”. Pasas unas cuantas páginas atrás y comienzas a leer…:

Necesito recordar esto. Lo anoto para que no se me olvide, siempre es bueno tener anécdotas. No olvides esto tampoco. Se me ha dado permiso para hacerlo, después de todos estos años es un alivio que se me dé esta libertad, pero me pregunto con quién hacerlo.
Te comienza a sudar la frente, bebes un poco más y te miras las manos. No ves nada anormal, tan sólo están un poco blancas, algo casi inapreciable. Suspiras una segunda vez y pasas unas cuantas páginas más.

Creo haber encontrado a quién. Aún no me conoce pero me gusta mucho y es raro que alguien me guste a mí. Sé dónde vive y estoy vigilando su vida cotidiana, pronto sabré dónde puedo encontrar a esta persona en cada momento del día. Aún no sé sus datos personales, pero sí su nombre y sólo escucharlo me hace sonreír.
Miras con nervios el libro que tienes frente a ti, tus ojos no dejan de parpadear y tus cejas comienzan a temblar. Las siguientes páginas son cuadros, horarios en esquemas y reconoces todas las actividades. Son tu rutina, la que sigues cada día. Tus manos tiemblan por lo que se hace difícil leer aún más, tus ojos no quieren seguir haciéndolo pero necesitas saber más. ¿Quién podría resistirse a esto?

Esta noche será la noche, me siento con una energía que creía olvidada. Sé a dónde irá y cómo irnos a mi casa juntos. Coser y cantar, espero que se lo tome bien… he escuchado a muchos que han dejado un desastre tremendo después del acto y no me apetece recoger nada. No tengo nervios, creo que los perdí o los olvidé, pero esto es una oportunidad única en muchas lunas. Por fin.
No comprendes nada, sabes que te ha hecho algo, sabes que algo pasó y que luego lo olvidaste. ¿Tan terrible fue que lo tuviste que remover completamente de tu memoria? ¿Tan horripilante fue que tuviste que escapar con tanta prisa que cogiste su abrigo? ¿Qué? ¿Qué pudo pasar? Es en lo único que piensas. ¿Qué?
Te das cuenta de que apenas llueve ya y de que alguien ha abierto la puerta del bar. Apenas sois tres en aquel lugar contando al tabernero que según ve al nuevo visitante decide meterse en la cocina. Los otros dos se esconden bajo su abrigo. Esa figura se acerca a ti y te dice con una voz muy familiar y muy dulce:

-¿Por fin paraste con tu locura? Dios, de haberlo sabido te hubiera atado, me has hecho correr como nadie lo ha hecho hasta ahora. Mira, ya está hecho, además estabas a punto de suicidarte, ¿por qué no paramos con esta locura, eh? Ya estás muerto de todas formas. ¿Qué diferencia hay?

Tu susto es mayúsculo, apenas puedes articular una palabra sólo alcanzas a preguntar quién es y por qué te dice esas cosas. Tus pensamientos de verse escritos tendrían signos de exclamación y estarían escritos con mayúsculas.

-¿No me digas que lo has olvidado todo?suspira- Ven, dame la mano.

Das tu mano y cuando notas las suya notas una mano extremadamente fría. Te coge el brazo y te remanga, miras tu brazo, hay dos marcas cicatrizadas, como si las hubieran hecho hace mucho, notas que tu piel es pálida, más que nunca. Tus labios comienzan a temblar y miras a esta extraña persona los ojos.


-¿Ya te acuerdas? Bien. Comienza tu condena, este es un mundo frío y oscuro y sé que a ti te encantará. Ven, ven conmigo, pues mi voz será la única que oigas durante mucho tiempo. 


Anónimo
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jueves, 8 de agosto de 2013

Noches de descanso

Corría la aguja pequeña del reloj, en la esfera del mismo se reflejaban cristales rotos y unas pupilas sin vida, muertas; su propietario yacía con todo el torso mojado por las bebidas de aquella noche encima de la barra. Había sido asesinado por ellos. Era otoño, no es la estación favorita de casi nadie, y era miércoles. El ventilador seguía girando, la gente aún paralizada miraban a la mujer con temor. Alicia guardó su revólver en la parte trasera del cinturón, recogió del suelo las gafas de sol e hizo como si nada hubiera sucedido, se dedicó a caminar hacia la salida lentamente, pisando cerveza y cristales con sus botas de suela ancha. Miraba hacia delante, decidida. Pasó por tres taburetes, la máquina de dardos, y una mesa con una pareja enamorada. Agarró el picaporte y se fue. A los pocos minutos la policía estaba allí con sirenas y esa luz roja y azul que se refleja en cada esquina. 
Alicia estaba lejos ya. Muy lejos. En un coche medio oxidado con un conductor que conocía muy bien. 
-¡No puedes matar a un tipo en mitad de un bar y pirarte así como así!
-¡¿Y qué quieres?!¿Qué los mate a todos? 
-¡No, mujer! Nosotros... nosotros no trabajamos así. Sabes que tenemos que pasar desapercibidos. Lo sabes mejor que yo. 
-Sí, ¡vale! Tienes razón en eso... pero... -hizo una mueca de desagrado- ese tío me sacaba de quicio y yo... no... no pude...
-¿Otra vez no pudiste controlarte? 
-¿Cómo que otra vez?
-¿Ya no recuerdas a aquel tipo que tiroteaste en medio de una plaza a las siete de la tarde?
-¡Eso fue diferente!
-No es verdad
-¡Sí lo es!
Él suspiró lentamente y a pesar de ir al volante cerró los ojos un segundo. 
-Mira, Alice, tienes que calmarte con este trabajo, ¿vale? Te dejaré en casa para que pases un tiempo sola, desaparecida. Considera que son unas vacaciones. Te calmarás y volverás al negocio, ¿de acuerdo? 
-¿Cómo quieres que me tome un descanso con todo lo que hay ahí fuera?
-Ya sé que hay mucho trabajo pero no estamos solos en esto, ¿recuerdas? No estamos solos. Ya no estás sola. Nunca más dejaré que lo estés. Hazlo aunque sea por mí.
Ella miró hacia un lado, sabía que él tenía razón pero no quería admitirlo, subió la radio, sonaba Smaller God, casi se le cae una lágrima, no podía creer la coincidencia. Él bajó el volumen como si sólo lo fuera a bajar un segundo.
-Alice, sabes tan bien como yo que lo necesitas. 
-Sí... sí, lo sé. Pero hay mucho trabajo que hacer y tú...
-Yo me encargo, no te preocupes, ¿vale? Ya trabajaba por mí cuenta antes de que te conociera. 
-Supongo... supongo que será lo mejor, perdona. 
-Mira, ya casi hemos llegado, ¿necesitas algo del super?
Ella se río un poco, le miró por encima de las gafas sonriendo y le dio un beso tierno en la mejilla. 
-Gracias, Morfy, eres un cielo.
-No tienes porqué dármelas, ya sabes que somos amigos -según lo dijo la agarró por encima del hombro y la estrujó contra él, le dio un besito en la cabeza y la soltó. 

Habían pasado tres noches sin ella. El trabajo sin ella era más aburrido pero alguien debía hacerlo. "Además, nunca está mal poder elegir la emisora de radio" pensó. "Este es fácil, es un ser uraño y recluido, no hará falta planificar demasiado, buscaré algo de información y estaremos listos". 
Efectivamente habló con un par de tipos y llegó a la conclusión de que, fuere lo que fuere aquello, su encargo sólo podría hacerlo con la luna llena de su parte, no iba a ser tan sencillo como previó. Se quedó en la ciudad un par de semanas más intentando pasar desapercibido hasta que por fin la luz lunar bañó la ciudad. 
"Este es mi momento". Se acercó a la casa donde aquel ser residía. Lo más sensato era probar primero la puerta de atrás y eso hizo. No estaba abierta pero con la seguridad de que el ser no estaba en el edificio se coló por una de las ventanas del piso de arriba. Ahora llegaba lo complicado. La oscuridad se cernía sobre aquella casa, entró en un dormitorio, cada paso hacía rechinar las maderas del suelo. Registró los armarios, los cajones, y se deslizó hasta el primer piso por las escaleras. Poco a poco sin deformar la alfombra se escondió en el armario de la entrada a la espera de su presa, la cual tenía muy mala suerte por tenerle a él de cazador, pensó.

Se montó en el coche y aprovechó algo de Rock n' Roll en la emisora local. Era un trabajo divertido después de todas las complicaciones que traía. Pisó el embrague, luego el acelerador y tomó la primera autopista rumbo norte. En breves momentos estaría con su amiga de nuevo. Él deseaba que este descanso la hubiese ayudado, no era muy dado a desear por lo que lo tomó como un pensamiento excepcional.
"Lo mejor de todas estas historias es que nunca sabes a dónde te conducirán... supongo que es lo bonito del futuro, que es impredecible, aunque sólo quien lo teme lo llega a imaginar".
Y así, en algún lugar, en algún momento, lo que siempre se hizo se hace y lo que ocurrió nunca habrá ocurrido, una vez más, de cientos de veces. Los cuentos a veces no son lo que parecen. 

Anónimo
Desde mis sueños hasta tu pantalla
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jueves, 1 de agosto de 2013

Asuntos pendientes

Esta era una chica tranquila, mona, de costumbres sencillas y pobres, la típica niñita que no podía destacar ni queriendo. Ya ni ella se acuerda de ese tiempo. 
Se dirigía con su amigo especial en un coche un tanto destartalado por una autopista en la que nunca había estado. Se escuchaba en la vieja radio de casetes un grupo de rock que ella no conocía. Tenía el pelo caído y oscuro, de tonos rojizos, mientras que los laterales de su cabeza estaban rapados. Tenía cara de pocos amigos, le acababa de pasar una desgracia y lo pagaba fumando cigarrillos de los baratos cuya ceniza terminaba en el asfalto. Su amigo iba tarareando al unísono con la radio mientras que con el dedo en el volante marcaba el ritmo de la canción. Iban en silencio desde hacía algunos minutos. Tomaron la primera desviación que encontraron, él se estaba meando. Buscaban a alguien aquel día. 

El motel era rústico y estaba hecho una ruina, a ella no le importó y a él menos. A sus clientes habituales aún menos. Era barato, no querían más. Esa noche la pasaron allí con media botella de whisky escocés y un par de preservativos. Ambos querían descargar adrenalina, cada uno tiene sus razones. Ella no le miró a los ojos esa noche. Continuaron su viaje por la mañana después de tomarse un par de huevos y un poco de bacon frito. Pusieron el casete que a él le mantenía despierto y siguieron su camino. Hacía días que no encontraban la pista de su amiga. Ella cada día estaba más angustiada y él cada día sabía menos qué hacer para calmarla. Era un viaje duro, de pocas palabras. 
Pronto llegaron a un poco de esperanza. Un hombre contactó con ella por teléfono y les dijo que se encontrarían en una cafetería que hacía esquina en un pueblo metido a ciudad el cual se encontraba cerca de donde estaban. No tenían nada mejor así que fueron, aunque sabían que podía pasar cualquier cosa. Allí ella pidió un café solo y él con leche y dos sobres de azúcar. El hombre que les contactó allí les esperaba, era un hombre corpulento, sucio y no parecía de fiar, como ellos. La información no era gratis y ella se sacó uno de cien de dentro de su abrigo largo y marrón y se lo pasó al hombre por debajo de la mesa. El hombre, ahora contentado, soltó lo que sabía, que su amiga había estado allí, que le acompañaba un tipo que iba de negro y era pálido y que les vio entrar en casa de un amigo suyo. Ella pensó que podía fiarse pues este hombre sabía moverse y sabía dar la información exacta a quien exactamente la necesita, era un hombre de negocios después de todo. 
Llamaron a la puerta del amigo del hombre y al cabo de unos segundos escucharon la puerta entreabrirse, ella no se anduvo con gilipolleces y abrió la puerta con mal humor y gritos. Era una casa vieja y detrás de la puerta se encontraba aquello, el amigo del hombre, con ojos de confianza en sí mismo y cara de estar esperando compañía. Él le pidió a ella que se calmara y aquello les invitó a entrar, pronto estaban en el salón. Aquello sabía qué buscaban y que sabían qué era aquello mas no le importaba y les ofreció un té inglés. Aquello era muy caballeroso y educado. No es de fiar, pensó él que se lo comunicó con un gesto a ella, la cual concordaba con él. Dónde está preguntó ella a aquello el cual, perplejo, no sabía de qué hablaban. Ella, enfurecida, le advirtió que no se andara con jueguecitos, que aquella noche tenía poca paciencia. Aquello la advirtió a ella que no sabía con qué trataban. Ella afirmó saberlo y mostró indiferencia. Sacó una mágnum que guardaba en la parte trasera del cinturón y, mirando por encima de las gafas de sol le apuntó al corazón. Aquello pidió calma. Se sentó, se puso la mano en la cabeza en posición de cansancio y afirmó estar anciano para jugar al ratón y al gato. Aquello les contó que su amiga estaba probablemente en el dormitorio de una casa al oeste del pueblo, yaciendo muerta... y viva. Ella apretó los dientes y le cogió del cuello de la camisa. Él la cogió del hombro y ella soltó a aquello, el cual se disculpó. 
Salieron de allí y buscaron la casa con las direcciones que aquello les dio. Cuando lo hicieron ella abrió la puerta de una patada. 

Era por la tarde, ponían rumbo norte por una autopista ya conocida por los dos. Sonaba un grupo que le gustaba a ella. Ella le dio un beso en la mejilla a él que sonrío torpemente mientras conducía. Esta vez buscaban un hogar. 

Anónimo
Desde mis sueños a tu pantalla
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domingo, 16 de junio de 2013

Una noche más

Ella iba caminando por la acera que no debía, en la noche inadecuada, con sus vaqueros oscuros y su peinado punk. La noche era densa y larga, de otoño o primavera. Maquillaje negro en los ojos y luz de farola en su piel. Paso a paso, entre charcos y colillas de una calle vacía y silenciosa. 

Un ruido. 

Un teléfono suena desde el otro lado de la calle, el de una cabina. "No contestes, no contestes". Ella no me escucha. Lo coge, la dan una ubicación, la dicen que tienen exactamente lo que necesita, la dicen que es legal. Va calle abajo, como si no tuviera nada que hacer, escupe en un callejón, la sigo de cerca. Lo último que quiero es perderla. Hemos llegado hasta un rincón apartado, hay algo de rocío en el aire y un olor que no me gusta, pero a ella no le importa, apenas puede detectarlo. Llama a la puerta como la han dicho, la puerta metálica se abre, tiene un cadena que impide abrirla del todo, se ve un ojo vago y una barba raspada por el hueco, mueve los labios, no sé qué dice, ella se ríe, entra despreocupada, cierran, quitan la cadena, abren, pasa y yo me quedo fuera. 
Estaba preocupado, no tuve más remedio que seguirla. 

Entré en el edificio por el tejado, nunca cierran esas puertas adecuadamente, nunca esperan que nadie entre por allí. Un edificio viejo, mal cuidado, me recordaba a los suburbios de Chicago a finales del siglo xx. Huele a orines en algunos rincones. Bajo a oscuras por las escaleras de madera que chirrían a cada paso, todas las puertas están vacías, no hay luz al otro lado, parece un edificio convenientemente abandonado. En la portería hay luz, desde aquí veo al hombre de los ojos vagos y mis dientes se aprietan, "cómo la hayan hecho algo" pienso. 
En el segundo piso, la letra es la C, debajo de la puerta hay un hilo de luz. Está cerrada. Estupideces, su cerradura se deshace con la más torpe de las horquillas. Es un salón cocina con un solo pasillo y dos puertas. No hay nadie, no aparentemente, camino con cautela, no quiero ser visto, no quiero que me vea ella. Doy apenas unos pasos y una puerta se abre, alguien sale del baño y yo me lanzo silenciosamente detrás de las encimeras de la cocina, el tipo, alguien mohicano, se tira en el sofá y enciende la televisión, a estas horas poco hay relevante, él lo sabe, parece que quiere hacer tiempo. 
Me deslizo como una sombra por el pasillo y su cabeza enlatada apenas siente nada más allá de la imagen distorsionada de una televisión vieja. 

Estoy delante de la puerta que imagino es el dormitorio. Hay una separación entre la puerta y la pared, justo para que un buen ojo puede inmiscuirse en lo que allí dentro pase...
Ella está en la cama, de rodillas, mirando hacia arriba, riendo, como embriagada con el más fino de los perfumes. Un hombre la tumba y la ata con correas a cada extremo de la cama. Gruño sin quererlo. Él hace un amago hacia la puerta, luego sigue a lo suyo, el otro tipo apenas detecto que haya movido un músculo. Mi aliento se contiene, mi garganta contrae y una gota de sudor cae por mi frente. Vuelvo a mirar, aprieto los dientes. Él la susurra palabras de seguro consuelo al oído, ella ríe de nuevo, apenas se da cuenta de qué hace o qué está haciendo. Él saca una daga, y, aunque parece ceremonial, no conozco ese diseño. Se desliza por su cuello. "No, no, no, no, no". Pronuncia unas palabras de una lengua vieja y el cuchillo corta su carne sin dificultad ninguna, muevo el picaporte nervioso, está cerrado, de un puñetazo tiro la puerta abajo. 
Del resto me ahorraré los detalles... 


Me deshice de las sábanas ensangrentadas y de los dos cadáveres. El portero no se enteró de nada. 

La llevé a ella a una zona lejana corriendo con todo lo que queda de mi alma. Allí, en un tejado, probé su sangre y me di cuenta de que tenía toxinas, me bebí toda aquella sangre que estuviera contaminada y le di parte de mi sangre para que pudiese vivir, cerré su herida con mi saliva y realicé un ritual que me enseñaron cuando desperté por segunda vez para que ella olvidase todo lo sucedido esta noche. La llevé a su casa, la dejé en sus sábanas, salí de allí, miré a la Luna y me pregunté... ¿por qué es tan difícil ser un vampiro?

Anónimo
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