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lunes, 8 de junio de 2015

Entrevista a Esteban.


-Em... buenos días, señor Ramírez, ¿cierto? ¿Esteban Ramírez?
-Sí, así es.
-Bien. Bueno, ¿sabe por qué está aquí?
-No estoy del todo seguro, si le soy sincero.
-No lo sabe... Hm... Vale, bien, bien. Hábleme un poco de usted.
-Soy... Esteban Ramírez, nací y crecí en un pequeño pueblo de Madrid y a los veintiocho me mudé a la capital para buscarme un poco la vida.
-¿Cuántos años tiene?
-Cuarenta y seis.
-Cuarenta y seis... bien. ¿Cómo se ganó la vida?
-Al principio fui recadero.
-¿Recadero?
-Sí, recadero. Mensajero. Me pagaban por entregar recados y mensajes.
-¿Entre quienes?
-Entre quien lo necesitase.
-Ahá, bien. Hábleme de sus jefes habituales.
-Querían que pasase droga. ¿Eso era lo que quería oír? Pasaba droga. Era recadero de coca y caballo mayormente. Y no le pienso decir ningún nombre.
-¿Por qué lo hacía?
-Pagaban bien y no hacía daño a nadie.
-¿No hacía daño a nadie?
-No directamente.
-¿Por qué le importaba no hacer daño a nadie?
-Porque no me gusta hacer daño a nadie.
-Ya... bueno, ¿hay alguna otra razón?
-No.
-Entonces déjame contarte una historia, Esteban. Un chico de veinti-pocos descubre una casa abandonada en mitad del campo y la ve como un lugar perfecto para estar alejado de su familia, del ruido, de la vida. Se siente incomprendido y siente que no puede cumplir sus sueños. ¿Tú con qué sueñas, Esteban?
-Con nada.
-¿Ni pesadillas?
-Ni pesadillas.
-¿No recuerdas sus caras? ¿Ni los gritos? Ah, no, se me olvidaba. Les tapaste la boca con cinta americana. No pudieron gritar.
-Cállese.
-No, Esteban. Esas niñas tenían toda la vida por delante.
-¿Era por eso? ¿Por eso estoy aquí? No joda, ¿quiere? Eso pasó hace más de veinte años.
-¿Por qué lo hizo?
-Usted ya lo ha dicho.
-Señor Ramírez...
-¡No me venga con gilipolleces! ¿Qué coño se cree?
-Y un monstruo es monstruo para siempre, ¿no?
-No tengo la culpa de ser quien soy.
-Pero sí de sus decisiones y acciones.
-¿Por qué culpa al viento de soplar?
-Hay una diferencia, señor Ramírez. El viento no le hace eso a dos niñas.
-¿Quiere que me enfade de verdad? ¿De verdad lo quiere?
-Quiero que sienta la culpa de sus acciones. Quiero que se mire al espejo y vea en qué se ha convertido.
-¡¿Te crees que no lo sé?! ¡¿Acaso crees que elegí ser lo que soy?! No, señor, no. Eres un gilipollas con miedo. Mucho miedo. ¡Apestas a miedo!
-...
-Tienes miedo a encontrar una verdad que no puedes comprender.
-Señor Ramírez, tranquilícese.
-Sí, señor, aquí todos nos vamos a tranquilizar, ya lo creo que sí.

...


lunes, 13 de enero de 2014

¿A qué sabe un yogur esta noche?

"Noches que vuelan con las estrellas" pensó la joven Caroline mientras caminaba por la azotea de un edificio abandonado. Se apresuró a escribirlo en su desgastada libreta mágica. Era mágica para ella al menos. Un pájaro en plena noche se posó sobre una vieja antena parabólica:
-¿Qué haces aquí arriba, pequeña Caroline?
Caroline no conocía al viejo cuervo de voz ronca y graznidos siniestros pero sabe que no son de fiar. Saca un yogur y le chupa la tapa, ve como el impaciente cuervo se mueve nervioso de un lado a otro, aún viejo se mueve tanto como un recién salido del nido.
-No esperaba que alguien como usted se presentase ante mí, es un honor. Quizá.
-Oh, Caroline, cierto, no sabes quién soy. -dijo mientras de un salto se colocó encima del macizo de cemento que guarda los motores del ascensor- Pero ya nos hemos visto muchas veces. A mí y a mis compañeros.
Cuando pronunció "compañeros" Caroline sintió como si mil voces hubiesen salido de aquel anciano y tenebroso cuervo. Los cuervos no son de fiar. Los cuervos no son de fiar.
-Permíteme que me vuelva a presentar. Somos quienes somos, como todos, somos portadores, somos guardianes, somos aquellos que observan sin juzgar. Bienvenida a la noche aunque seamos quienes te susurran por el día. Sin amigos, sin hogar, sin objetivo, inexistentes, los cuervos de Ravennáh te han observado y has sentido el son de sus alas en cada escalofrío pequeña Caroline.
Caroline se mantuvo fuerte ante cada palabra del cuervo, aunque comenzaba a ponerse nerviosa por la fuerte presencia de aquella oscura ave siguió comiendo tranquilamente su yogur como si tal cosa. El cuervo pasó a otra estancia más confortable, el muro en el que se apoyaba Caroline. Una vez estuvo cómodo prosiguió con su discurso:
-Bienvenida una vez más a esta parafernalia. Tu memoria no está intacta, pequeña Caroline, pero te recuerdo una vez más que ya nos hemos visto. Y que me ha costado encontrarte, mas los cuervos tienen un ojo para ver y desde la Luna nueva te encontré. Te traigo un recuerdo pequeña Caroline, un regalo, un pasado ahora presente. -El cuervo levantó una ala y Caroline por un momento se entusiasmó por la envergadura y la belleza mineral que el plumaje del cuervo mostraba, metió su pico dentro de su ala y sacó un pequeño bombín con una flor violeta, lo depositó delante de ella- Perdónanos, oh, pequeña Caroline, por no traértelo antes. Diosa de la noche que perdió su corona, nosotros te la trajimos de vuelta como me pediste hace trescientos.
Caroline comenzó a recordar, a su cabeza llegaron cientos de imágenes como de otra vida, la vida comenzó a distorsionarse, el cuervo la miraba de frente muy tranquilo. Poco a poco Caroline caía al suelo, sentía sus rodillas rendirse, su cabeza irse y su mirada, perdida, buscaba un sitio sobre el que apoyarse. Apenas escuchó las últimas palabras del cuervo cuya voz valió por miles en un sólo instante.
-Y así el trato ha sido sellado entre los cuervos de Ravennáh y la diosa de esta noche.
Los ojos de Caroline se entrecerraban y mareada caía al suelo. Finalmente el viejo cuervo añadió, con su única voz ahogada y ronca:
-Sueña.
Los ojos de Caroline se cerraron inevitablemente y despertó en su cama una luminosa mañana de domingo, blanca y azul clarito, entre sábanas blancas y con un pijama a cuadros de chico que le encantaba. Caroline mira en el cajón de su mesilla, encuentra aquel bombín con la flor de plástico violeta y siente que está sonriendo.
"Mañanas que bailan en la noche" pensó la joven Caroline y sacó su vieja libreta negra del segundo cajón de la mesilla para apuntarlo apresuradamente.

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jueves, 26 de septiembre de 2013

Cada tres noches hay una más

Me he terminado el vodka y... no sé qué más hacer hoy antes de irme a casa. Tengo el vaso agarrado por la punta de los dedos y no hago más que darle vueltas y entretenerme viendo los hielos girar. No vendrá, estoy casi segura de ello. Estuve segura a partir del segundo vaso de vodka. En fin... No pasa nada, o eso creo, o eso me hago creer. Ya está bien, me piro de este tugurio. 

Es bastante tarde, la Luna apenas alumbra aquí pero se la ve, tan hermosa como siempre señora Luna, ojalá yo hubiese envejecido mejor que usted. Quizá la vida que llevaba no hubiese estado tan mal seguirla, así ya habría muerto y no estaría viviendo esto. Qué le vamos a hacer. ¡Rebeca! ¡Espera! Escucho a mi espalda, es el imbécil al que esperaba, sorpresa, sorpresa. No me acuerdo de su nombre. Tío, pírate, ¿quieres? Necesito algo y tú no me lo puedes dar, le digo. El hombre baja la cabeza avergonzado, qué mono, quedan pocos tíos así, pero él debería saber que no me van los callados y vergonzosos. Ya quedan menos tías a las que les vayan los hombres tímidos, se extinguirán juntos supongo. ¡Eh...! Adiós y cuídate, ¿quieres? Le oigo a mi espalda, tan sólo le levanto el brazo para decir "sí, macho, te he oído, pero no te pienso hacer ni santo caso". Harry tiene más de lo que me gusta, no sólo en un hombre, sino como camello. Más por lo segundo que por lo primero. 

Odio las noches aquí, todo se ve amarillo. 
-Oye guapa... ¿cuánto cuestas?
Joder... hay que ser gilipollas. Ahora me dolerán los nudillos un par de horas, ese tío tenía la nariz bastante dura. Que le jodan. ¡Que le jodan! ...Cálmate, Rebeca, calma. Suspiro. Camino más despacio, soy consciente de mi respiración unos momentos. Llego hasta la parada de autobús al fin. Una noche más, me digo en bajito. Una noche más, me repito para mis adentros. Me busco en el bolso por si tengo suerte y encuentro algún cigarro, no es el caso. Joder. No hay nadie a quien le pueda pedir. 
Me dijo Yina que cogiera el nocturno en la plaza de al lado de su casa, espero que tenga razón, no quiero deambular demasiado esta noche. 
¡Al fin viene! ¡Joder! ¡Ya era hora! 

Yina tenía razón. Ya he llegado, el 43 de la calle del mercado alemán. La puerta es verde y astillada, vieja sin duda. En fin, mejor entrar que quedarse fuera. Me encuentro ante un vestíbulo lóbrego y angosto y me dirijo a las escaleras, ni me atrevo a llamar al ascensor. Llego al cuarto piso, a donde me dijo Yina, un local abandonado y lleno de polvo. Un techo en el que vivir esta noche. 
Camino por el parqué y siento como cada paso crea una sinfonía terrorífica mientras comienzo a oler un hedor muy familiar. No es asqueroso pero si perturbador. Abro la puerta con la letra C, el local abandonado, allí los muebles están cubiertos por plásticos y todo está cubierto por una pátina de polvo y antigüedad. Una de las paredes es toda acristalada, la luz de la calle se cuela por ella creando sombras de ultratumba en cada rincón. Delante mío hay un sofá, a la izquierda la cocina y a la derecha un pasillo que imagino llevará a las habitaciones. Comienzo a caminar hasta la lámpara de pié que está tras el sofá. Joder, ya sé de dónde venía ese olor. Joder, no. ¿Por qué me tocan siempre estas cosas a mí? Delante del sofá hay tres velas consumidas, puestas en cada vértice de un triángulo dibujado con tiza y en el centro se encuentra un charco de sangre muy grande, exageradamente grande. Sangre seca. Sangre apestosa. En medio de todo el charco hay un pequeño feto. Quemado. J. O. D. E. R. Qué asco, macho. Me acerco a la cocina a ver si encuentro un paño o una escoba o algo, yo aquí no duermo con eso ahí. ¿Quién sube a un cuarto piso para hacer una especie de ritual satánico? ¡Siempre me pasa algo, coño! 
Bien, joder, hay una escoba y un recogedor. Ay. Dios. ¿Por qué siempre a mí? Yina me va a oír cuando la coja de las coletas. Hecho, espero poder dormir lo que queda de noche. Mejor esto a cuando lo que te encuentras es un pastillero demasiado puesto, pero... esto es más perturbador. ¡Me va a oír esa zorra! Joder. Calma. Mis pastillas, el bolso. Necesito un par. Necesito calmarme. Vale. Creo que ya, creo que ya. Uf. 

Llevo ya tres días viviendo en el local abandonado y no he vivido tan mal, aunque la sangre no ha salido del parqué. Yina no tenía ni puta idea acerca del feto, yo creo que lo sabe pero no me lo quiere decir. Si me entero de que es suyo no sé qué la haré. Otra noche más la de hoy. Otra noche más, salgo a la calle a fumarme un cigarro y a buscar dónde dormir hoy. 

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jueves, 29 de agosto de 2013

Sinceridad

-Te seré sincero: soy un fraude. Nada de lo que digo se parece mínimamente a la realidad, pero eso es lo que soy, ¿no? Un ilusionista. un muro de humo, un hombre capaz de lo más insólito y extraordinario para agradar a su público. Un tipo que comprendió la realidad y decidió hacer trampas pues ésta era muy complicada. Pero estás conmigo, no obstante, con la esperanza de que algo de lo que diga cambie tu vida, te sorprenda, te llegue, te sobrecoja o te alegre la mala tarde. O esa impresión te he dado siempre, ¿cierto? Por eso te atraía tanto... No puedo hacer nada de lo que me pides, cielo, soy un sucedáneo. Nunca fui nadie en ningún sitio, nunca fui nadie para ninguna persona. Nunca he sido importante realmente. Muchos han creído que yo les importaba, a ellos le importaba alguien que no era yo, ni por asomo.
>Nunca me ha conocido nadie. Ni siquiera aquella chica del pelo rojo que sonreía tanto... ella nunca me quiso de verdad aunque yo a ella sí y nunca lo supo. Una vida falsa, con caretas, máscaras, disfraces, espejos y retorcidos guiones ensayados y meticulosamente meditados. He dado alegrías para que me sonrían, pena para que me acojan, ira para importarles. He contado proezas, historias, cuentos y maravillas que jamás ocurrieron. Nunca he sido sincero, por eso quise serlo contigo, para que sepas que, en el fondo, me importas tanto como para desmontar cada treta que tengo preparada para ti, cada engaño que utilizo para llegar a mi objetivo.
>Toda mi vida ha sido falsa, nunca me ha pasado nada sobrenatural ni he conocido a ningún dios ni espíritu, como mucho ha sido una demencia propia de mi enfermiza esquizofrenia que a duras penas controlo con alguna que otra droga. No son baratas, ¿sabes? Todo ha sido como una bola de nieve. Dicen que las mentiras te persiguen, dicen que se pilla antes a un mentiroso que a un cojo. Son chorradas. Si no existe la verdad, ¿existe la mentira? Tergiverso la realidad para no enfrentarme a mis miedos. Me pongo una cara que no es la mía para afrontar las peores situaciones que vivo. Digo palabras que nunca saldrían de mi boca para poder escapar de la tensión y el nerviosismo. Comprenderás ahora que nunca me he podido permitir querer a nadie demasiado, a nadie que se empeñe en continuar en mi vida. Las pocas personas que han sabido un ápice de la mentira que soy se han ido pronto de mi vida; lo sabía con antelación y a modo de expiación hice que ellos lo supieran. Maquinador, sí. Bochornoso, también. Pero nunca lo supo nadie realmente. Los sentimientos que estás generando hacia mí en este momento son de odio imagino, ¿cómo no te lo conté antes? ¿Cómo he podido ser así tanto tiempo? Porque soy un hijo de puta muy listo. Por eso.
>Supongo que ya me odiabas un poco antes. Conozco bien la naturaleza humana, mi compañía hace que en el fondo sepas que soy alguien con quien no te conviene compartir tu tiempo pero está tan al fondo que no lo escuchas, sólo escuchas mi lengua venenosa. Pero no soy tan malo. Es un mecanismo de defensa, debería darte lástima y no rabia. Si no tuviera tanto miedo de ser quien de verdad soy no sería el fraude que soy, si la gente fuese más comprensiva y tolerante no haría lo que hago. Por eso nunca llegué demasiado lejos en mis mentiras, por eso nunca me acosté con nadie que no quiso hacerlo de verdad, por eso siempre que alguien quiere que forme parte de su vida íntima me aseguro de sus razones y compruebo que ninguna sea una burda ilusión de la que no ha logrado darse cuenta. No soy tan terrible, ¿no crees? Así somos los humanos, unos imbéciles que tienen miedo de que su reflejo sea ellos mismos y no la fachada que tanto les ha costado construirse. Somos socialmente ineptos.
>Pero tú me importas. Aunque ahora te preguntas si esto es cierto. ¿Me equivoco? Me pregunto cuántas veces me habrás escuchado decir esto, a cuántas personas. Y ahora sabes que ninguna era verdad, por eso te preguntas si es cierto que me importas. Quizá toda esta sinceridad sea una enrevesada mentira cuyo fin es que parezca que me abro a ti y sólo a ti y así hacer que tú pienses que eres única en mi vida, que esta vez, esta única e insólita vez, voy en serio. ¿Quién sabe? Quizá no sea tan tóxico como parezco. Quizá por una vez sea la pura verdad. Quizá por una vez este dulce flautista deje de tocar y comience a hablar. Pero, quién sabe... Cuando arrastras tanto una mentira acabas creyéndotela, acabas dudando si de verdad hiciste aquello o si de verdad sentiste eso otro. Tu mundo acaba siendo una constante duda, una constante lucha entre qué es verdad y qué es falso. ¿Te has abierto de verdad alguna vez a alguien? ¿Hasta que punto llega tu control sobre qué es real y qué no? Te estoy siendo sincero o, al menos, eso aparento, por eso te diré que no tengo la más remota idea de la respuesta a esas preguntas. Esto lo he llevado demasiado lejos y no sé dónde estoy yo, dónde el personaje y dónde la máscara. Todo es una amalgama que ha formado un espectro que ha vivido más pasados de los que permite una vida y ha visto más de lo que ha podido ver un hombre. Todo por no salir corriendo. Todo por querer que alguien te abrace a ti por una vez. Así que te seré sincero, no sé quién soy, qué he hecho y qué no, qué he sentido ni qué siento. Todo forma parte de un plan del que ni yo tengo información. Pero no soy tan malo, ¿no crees?
>Es una lástima que sea tan precavido, tan maquinador y tan repugnante todo metido dentro un cuerpo repleto de miedo al mundo y a sí mismo disfrazado de alguien seguro, tenaz y de éxito. Es una lástima para ti, claro. No viniste en el mejor momento, sabes que si fueras cualquier otra persona me hubiese aprovechado de ti y te hubiese dejado ir pero me importas demasiado y por tanto eres peligrosa para mí, para mi estructura. No puedo dejar que te vayas... ¿Ves? ¡Esa es la mirada que nunca puse yo! ¡Esa! Esa mirada que se asoma entre lágrimas que no se atreven a caer. Es una mirada demasiado pura, demasiado sincera, demasiado real, ningún disfraz puede crear algo así, es arte, puro arte.

-¡Hijo de puta! ¡Socorro! ¡Suéltame!

-Cariño... por favor, no hagas esto más difícil. Te lo dije antes y te lo digo ahora, nadie puede oírte. Odio cuando se despega la cinta americana, deberían inventar algo mejor. Ya te he dicho que me importas mucho, más que ninguna otra persona en el mundo y no puedo dejar que eso ocurra. Hasta siempre cielo... te recordaré siempre.


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sábado, 24 de agosto de 2013

Tomás

Detrás de muchas miradas se esconden secretos que nadie quiere creer, que de saberse todo el mundo olvidaría conscientemente, hechos ocultos por un bien común, misterios que no deben ver la luz. Son sombras que todos conocemos pero todos olvidamos. Hay quienes conocen estos susurros y los ocultan con todo lo que les queda de humanidad.

Tomás es un hombre moreno, vive cerca de la ciudad en un pequeño apartamento de un barrio callado y alejado, no suelen pasar muchas cosas por allí. Su apartamento es un bajo. Es un hombre amable de unos cuarenta años aunque ya tiene canas y un poco de alopecia. Participa en todas las obras benéficas de su iglesia, da golosinas a los niños y es amigo de la gran mayoría de dueños de perros del barrio pues siempre que tiene tiempo saca a pasear a su beagle por los pocos parques y avenidas que aún quedan en aquel pequeño barrio. Es un gran tipo, trabaja en una empresa de ventas que no le quita demasiado tiempo. Tomás es un tipo normal.
Debajo de su cama tiene una trampilla fabricada por él. Su bloque de apartamentos no tiene sótano, tan sólo una sala de calderas por lo que imaginamos que Tomás ha cavado ese sótano que se encuentra bajo su cama. Cada noche de domingo corre su cama, abre la trampilla, mete unas escaleras y baja lentamente. Parece profundo, debe serlo para evitar todas las tuberías y alcantarillas del barrio, hasta que pisa madera con sus viejos mocasines. Camina lentamente hasta una portezuela de hierro con extraños relieves que forman encinares, parece una puerta muy antigua. La abre con una llave que sólo él posee y que guarda convenientemente en el mismo llavero que la llave de la trampilla. Arrastra las pesadas puertas y llega a un pasillo iluminado con luz eléctrica aunque el pasillo es de ladrillos muy viejos, algunos enmohecidos. Camina y camina, sus mocasines hacen un eco aterrador pero él lo conoce muy bien, camina seguro y decidido, su cara mantiene un semblante muy serio, inédito para sus conocidos.
Llega por fin, pasa por un arco y llega a una sala redonda en la que dispuestos según coordenadas cartesianas se encuentran cuatro pasillos, de cada uno aparece un hombre. En el centro hay una estatua de oro, la estatua representa a un ser de cuatro cuerpos, esto es, cuatro caras, ocho brazos, ocho piernas y cuatro torsos, cada uno mirando a uno de los pasillos, el ser no tiene espalda ni gónadas. Cada uno se acerca a un pequeño altar situado frente a la figura y sacan un libro. Cada libro es diferente, parecen viejos diarios personales, carcomidos y muy leídos. Los abren, alzan las manos, hacen una reverencia y realizan cánticos en lenguas fósiles. Entonces la cabeza dorada de cuatro caras gira en el sentido de las agujas del reloj una posición, se abren las bocas y los ojos y de ellos mana sangre, sangre demasiado densa para ser humana, la cual se desliza sin dejar rastro alguno en una fuente que se encuentra frente a cada faz de la estatua. Los cuatro sacan unas copas muy alargadas y ornamentadas, recogen la sangre y con sus lenguas recogen ese líquido casi carmesí, casi negro, con unas lenguas exageradamente grandes para la humanidad, son finas y muy largas, capaces de absorber gran cantidad de vitae, sangre. Los cuatro se limpian la boca, cierran los ojos, hacen una reverencia y se van por donde vinieron.

Esto es un hecho insólito de por sí, ¿cierto? Tomás es un hombre que esconde muchos secretos aunque, ¿qué es más inverosímil, este extraño ritual o el hecho de que lleve siglos haciéndolo junto a los mismos cuatro hombres? Eso es un juicio que dejo a quien escuche estos testimonios.


Al día siguiente Tomás se levantará de la cama, se preparará un café, pondrá agua en el café de Puch, su perro, cogerá su viejo coche y se irá a trabajar escuchando un programa mañanero de radio.

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jueves, 8 de agosto de 2013

Noches de descanso

Corría la aguja pequeña del reloj, en la esfera del mismo se reflejaban cristales rotos y unas pupilas sin vida, muertas; su propietario yacía con todo el torso mojado por las bebidas de aquella noche encima de la barra. Había sido asesinado por ellos. Era otoño, no es la estación favorita de casi nadie, y era miércoles. El ventilador seguía girando, la gente aún paralizada miraban a la mujer con temor. Alicia guardó su revólver en la parte trasera del cinturón, recogió del suelo las gafas de sol e hizo como si nada hubiera sucedido, se dedicó a caminar hacia la salida lentamente, pisando cerveza y cristales con sus botas de suela ancha. Miraba hacia delante, decidida. Pasó por tres taburetes, la máquina de dardos, y una mesa con una pareja enamorada. Agarró el picaporte y se fue. A los pocos minutos la policía estaba allí con sirenas y esa luz roja y azul que se refleja en cada esquina. 
Alicia estaba lejos ya. Muy lejos. En un coche medio oxidado con un conductor que conocía muy bien. 
-¡No puedes matar a un tipo en mitad de un bar y pirarte así como así!
-¡¿Y qué quieres?!¿Qué los mate a todos? 
-¡No, mujer! Nosotros... nosotros no trabajamos así. Sabes que tenemos que pasar desapercibidos. Lo sabes mejor que yo. 
-Sí, ¡vale! Tienes razón en eso... pero... -hizo una mueca de desagrado- ese tío me sacaba de quicio y yo... no... no pude...
-¿Otra vez no pudiste controlarte? 
-¿Cómo que otra vez?
-¿Ya no recuerdas a aquel tipo que tiroteaste en medio de una plaza a las siete de la tarde?
-¡Eso fue diferente!
-No es verdad
-¡Sí lo es!
Él suspiró lentamente y a pesar de ir al volante cerró los ojos un segundo. 
-Mira, Alice, tienes que calmarte con este trabajo, ¿vale? Te dejaré en casa para que pases un tiempo sola, desaparecida. Considera que son unas vacaciones. Te calmarás y volverás al negocio, ¿de acuerdo? 
-¿Cómo quieres que me tome un descanso con todo lo que hay ahí fuera?
-Ya sé que hay mucho trabajo pero no estamos solos en esto, ¿recuerdas? No estamos solos. Ya no estás sola. Nunca más dejaré que lo estés. Hazlo aunque sea por mí.
Ella miró hacia un lado, sabía que él tenía razón pero no quería admitirlo, subió la radio, sonaba Smaller God, casi se le cae una lágrima, no podía creer la coincidencia. Él bajó el volumen como si sólo lo fuera a bajar un segundo.
-Alice, sabes tan bien como yo que lo necesitas. 
-Sí... sí, lo sé. Pero hay mucho trabajo que hacer y tú...
-Yo me encargo, no te preocupes, ¿vale? Ya trabajaba por mí cuenta antes de que te conociera. 
-Supongo... supongo que será lo mejor, perdona. 
-Mira, ya casi hemos llegado, ¿necesitas algo del super?
Ella se río un poco, le miró por encima de las gafas sonriendo y le dio un beso tierno en la mejilla. 
-Gracias, Morfy, eres un cielo.
-No tienes porqué dármelas, ya sabes que somos amigos -según lo dijo la agarró por encima del hombro y la estrujó contra él, le dio un besito en la cabeza y la soltó. 

Habían pasado tres noches sin ella. El trabajo sin ella era más aburrido pero alguien debía hacerlo. "Además, nunca está mal poder elegir la emisora de radio" pensó. "Este es fácil, es un ser uraño y recluido, no hará falta planificar demasiado, buscaré algo de información y estaremos listos". 
Efectivamente habló con un par de tipos y llegó a la conclusión de que, fuere lo que fuere aquello, su encargo sólo podría hacerlo con la luna llena de su parte, no iba a ser tan sencillo como previó. Se quedó en la ciudad un par de semanas más intentando pasar desapercibido hasta que por fin la luz lunar bañó la ciudad. 
"Este es mi momento". Se acercó a la casa donde aquel ser residía. Lo más sensato era probar primero la puerta de atrás y eso hizo. No estaba abierta pero con la seguridad de que el ser no estaba en el edificio se coló por una de las ventanas del piso de arriba. Ahora llegaba lo complicado. La oscuridad se cernía sobre aquella casa, entró en un dormitorio, cada paso hacía rechinar las maderas del suelo. Registró los armarios, los cajones, y se deslizó hasta el primer piso por las escaleras. Poco a poco sin deformar la alfombra se escondió en el armario de la entrada a la espera de su presa, la cual tenía muy mala suerte por tenerle a él de cazador, pensó.

Se montó en el coche y aprovechó algo de Rock n' Roll en la emisora local. Era un trabajo divertido después de todas las complicaciones que traía. Pisó el embrague, luego el acelerador y tomó la primera autopista rumbo norte. En breves momentos estaría con su amiga de nuevo. Él deseaba que este descanso la hubiese ayudado, no era muy dado a desear por lo que lo tomó como un pensamiento excepcional.
"Lo mejor de todas estas historias es que nunca sabes a dónde te conducirán... supongo que es lo bonito del futuro, que es impredecible, aunque sólo quien lo teme lo llega a imaginar".
Y así, en algún lugar, en algún momento, lo que siempre se hizo se hace y lo que ocurrió nunca habrá ocurrido, una vez más, de cientos de veces. Los cuentos a veces no son lo que parecen. 

Anónimo
Desde mis sueños hasta tu pantalla
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jueves, 1 de agosto de 2013

Asuntos pendientes

Esta era una chica tranquila, mona, de costumbres sencillas y pobres, la típica niñita que no podía destacar ni queriendo. Ya ni ella se acuerda de ese tiempo. 
Se dirigía con su amigo especial en un coche un tanto destartalado por una autopista en la que nunca había estado. Se escuchaba en la vieja radio de casetes un grupo de rock que ella no conocía. Tenía el pelo caído y oscuro, de tonos rojizos, mientras que los laterales de su cabeza estaban rapados. Tenía cara de pocos amigos, le acababa de pasar una desgracia y lo pagaba fumando cigarrillos de los baratos cuya ceniza terminaba en el asfalto. Su amigo iba tarareando al unísono con la radio mientras que con el dedo en el volante marcaba el ritmo de la canción. Iban en silencio desde hacía algunos minutos. Tomaron la primera desviación que encontraron, él se estaba meando. Buscaban a alguien aquel día. 

El motel era rústico y estaba hecho una ruina, a ella no le importó y a él menos. A sus clientes habituales aún menos. Era barato, no querían más. Esa noche la pasaron allí con media botella de whisky escocés y un par de preservativos. Ambos querían descargar adrenalina, cada uno tiene sus razones. Ella no le miró a los ojos esa noche. Continuaron su viaje por la mañana después de tomarse un par de huevos y un poco de bacon frito. Pusieron el casete que a él le mantenía despierto y siguieron su camino. Hacía días que no encontraban la pista de su amiga. Ella cada día estaba más angustiada y él cada día sabía menos qué hacer para calmarla. Era un viaje duro, de pocas palabras. 
Pronto llegaron a un poco de esperanza. Un hombre contactó con ella por teléfono y les dijo que se encontrarían en una cafetería que hacía esquina en un pueblo metido a ciudad el cual se encontraba cerca de donde estaban. No tenían nada mejor así que fueron, aunque sabían que podía pasar cualquier cosa. Allí ella pidió un café solo y él con leche y dos sobres de azúcar. El hombre que les contactó allí les esperaba, era un hombre corpulento, sucio y no parecía de fiar, como ellos. La información no era gratis y ella se sacó uno de cien de dentro de su abrigo largo y marrón y se lo pasó al hombre por debajo de la mesa. El hombre, ahora contentado, soltó lo que sabía, que su amiga había estado allí, que le acompañaba un tipo que iba de negro y era pálido y que les vio entrar en casa de un amigo suyo. Ella pensó que podía fiarse pues este hombre sabía moverse y sabía dar la información exacta a quien exactamente la necesita, era un hombre de negocios después de todo. 
Llamaron a la puerta del amigo del hombre y al cabo de unos segundos escucharon la puerta entreabrirse, ella no se anduvo con gilipolleces y abrió la puerta con mal humor y gritos. Era una casa vieja y detrás de la puerta se encontraba aquello, el amigo del hombre, con ojos de confianza en sí mismo y cara de estar esperando compañía. Él le pidió a ella que se calmara y aquello les invitó a entrar, pronto estaban en el salón. Aquello sabía qué buscaban y que sabían qué era aquello mas no le importaba y les ofreció un té inglés. Aquello era muy caballeroso y educado. No es de fiar, pensó él que se lo comunicó con un gesto a ella, la cual concordaba con él. Dónde está preguntó ella a aquello el cual, perplejo, no sabía de qué hablaban. Ella, enfurecida, le advirtió que no se andara con jueguecitos, que aquella noche tenía poca paciencia. Aquello la advirtió a ella que no sabía con qué trataban. Ella afirmó saberlo y mostró indiferencia. Sacó una mágnum que guardaba en la parte trasera del cinturón y, mirando por encima de las gafas de sol le apuntó al corazón. Aquello pidió calma. Se sentó, se puso la mano en la cabeza en posición de cansancio y afirmó estar anciano para jugar al ratón y al gato. Aquello les contó que su amiga estaba probablemente en el dormitorio de una casa al oeste del pueblo, yaciendo muerta... y viva. Ella apretó los dientes y le cogió del cuello de la camisa. Él la cogió del hombro y ella soltó a aquello, el cual se disculpó. 
Salieron de allí y buscaron la casa con las direcciones que aquello les dio. Cuando lo hicieron ella abrió la puerta de una patada. 

Era por la tarde, ponían rumbo norte por una autopista ya conocida por los dos. Sonaba un grupo que le gustaba a ella. Ella le dio un beso en la mejilla a él que sonrío torpemente mientras conducía. Esta vez buscaban un hogar. 

Anónimo
Desde mis sueños a tu pantalla
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domingo, 30 de junio de 2013

Momentos en un avión

En ocasiones vuelvo de mis viajes a visitar a un terrible y viejo amigo. Le encanta escuchar mis aventuras, si es que son aventuras. 
Prepara dos cafés, nos sentamos en su jardín y mientras riega las plantas o vemos el mar podemos pasar horas y horas hablando. Hay noches que acabaron en mañanas. Creo que todo el mundo debería tener un amigo así. 

Una vez le conté el encuentro que tuve con una niña pequeña. Estaba en una ciudad cuyo nombre no recuerdo, prefiero viajar así, sé que era asiática, por la gente de ojos rasgados más que nada, y allí, caminando entre calles tranquilas de comercios, artesanos y normalidad, encontré una niña que lloraba y lloraba pero nadie la quiso hacer caso. Traté de hablar con ella pero la lengua siempre fue una barrera para mí, se calmó y me señaló al cielo, allí arriba vi un globo enganchado en un tejado, era verde con una carita sonriente. La cuerda estaba enganchada en un árbol bastante alto y el globo, la mismo tiempo, se daba con un tejado. Avisé al tendero, intenté convencerlo de que me dejara entrar para subirme al tejado, el hombre, terco y estresado, me gritó y gritó, no le culpo ya que no entendía una palabra de lo que yo decía. Le cogí de la mano y lo saqué fuera para enseñarle el globo, se cruzó de brazos, miro hacia abajo con los ojos cerrados y con una mueca de "vale, pero date prisa" me dijo que entrara. 
Con cuidado me subí a aquel tejado anciano de tejas rojas y alguna que otra telaraña. Me deslicé hasta la parte delantera y me colgué del árbol para deshacer primero el nudo de la rama, según lo hacía escuché un "crack" y mi cara pasó de ser la de alguien en tensión por resolver un problema a la de alguien en tensión por ver su vida pasar ante sus ojos. Como con un instinto felino salté de nuevo al tejado del que me empecé a resbalar, me dejó la camiseta echa jirones pero me logré agarrar a la parte más alta. Tomé aire y fui a coger el globo. Tumbada y paso a paso como un agente secreto por un conducto de ventilación me arrastré hasta el final del tejado. Poco a poco, no quería volver a zarandearme. Llegué, agarré al borde, me asomé y ¡sorpresa! ¡El globo no estaba! Me empecé a poner muy nerviosa hasta que la realidad me dio un golpe y fui consciente de todo lo que pasaba. 

Resulta que la rama que yo había partido tenía enganchada la cuerda del globo y por el peso de ésta el globo había bajado suavemente hasta las manos de aquella niña. Todo el mundo me vitoreaba y yo sin embargo seguía buscando dónde podría estar el globo. En fin, me elogiaron y esas cosas, son gente muy agradecida la verdad, hasta me dieron unas verduras. La niña por su parte me cogió de la mano y se puso a correr con el globo, arrastrándome, imaginé que me quería llevar a algún sitio. 
Acabamos en una zona residencial, ya atardecía y el cielo se había puesto de un naranja precioso. Llegamos a un descampado, supongo que sería un terreno sin edificar, había un paquete de ladrillos, un par de árboles pequeños y hierba verde así como alguna que otra roca. Se paró delante de una de las rocas, se puso el dedo en la boca y soltó un "chst", creo que eso es universal, ¿no? Dio dos golpes a la roca con la mano y luego le pegó una patada. De pronto, sin yo esperarme nada, la roca se levantó, ¡tenía patas a cada lado! Se giró hacia nosotros y le salió una cabeza como de reptil pero muy consciente, es extraño de explicar, era como una tortuga con caparazón de piedra. Se puso a dos patas o pies, la verdad no sé qué decir, y la niña le dio el globo, le dijo algo y el creo que dijo "comprendo". Me miró con unos ojos empáticos y dijo "así que tú también eres una forastera extraña, ¿eh?". Como es normal, me quedé completamente perpleja. "Deja que te enseñe algo", su cuerpo comenzó a cambiar hasta que apareció un ser peludo con cara de señor mayor amable y unas ropas muy anchas, se sentó con las piernas cruzadas e hizo un gesto para que me sentara. 

"Llegué aquí hace trescientos cuarenta y algo años, quizá más, perdí la cuenta. Muchos amigos míos también llegaron aquí, es un buen lugar para los de mi clase. Eres alguien especial", me dijo, "sólo nos pueden ver los niños, el resto de personas olvidan que los seres fantásticos existimos. Pero aún queda gente como tú, soñadores dementes que no perdieron su inocencia." Soltó una carcajada, cogió un puñado de tierra y lo transformó en un vaso de barro, luego arrancó unos hierbajos, se los puso en el puño y de su mano chorreó té. Me miró a los ojos, "Conozco a ese amigo tuyo. Le conocemos casi todos, aunque él no nos recuerde, dale mis saludos". No podía creerme nada de lo que estaba pasando. Antes de siquiera poder abrir la boca me dijo "Muchas gracias por ayudar a mi pequeña amiga y recuerda que nunca hay que perder la magia que todos llevamos dentro, pero sé que tú no lo harás". 
No sé qué quiso decir exactamente pero al parpadear me encontraba a bordo de un avión rumbo a otro lugar y lo recordaba todo borroso, como un sueño. 
Puede que no pasase nunca y todo fuese un sueño que tuve subida a un avión pero... fuese real o no, ese té estaba muy dulce.




Suerte
Remuevo un café cada mañana
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domingo, 5 de mayo de 2013

Varias entradas para una misma puerta

Es hora de un cuento, ¡claro! Cómo no. Es agradable saber que cuando escribes cada una de las palabras que tú mismo conjuras sabes que alguien, en algún lugar y en algún momento, las leerá y obtendrá los sentimientos que tú quisiste que tuviera.
Somos cajas de secretos los cuenta cuentos, no lo olvides. Sabemos más de lo que sabemos y creemos en más de lo que cualquier persona podría creer. ¡Claro! Si no... No seríamos más que meros destellos que dijeron ser aquello que nunca fue.

Pues bien, ¿quieres un secreto? Este es uno. Esta es la historia de un joven adolescente. El año es poco importante, pues esta historia ya la conoces y ya la has visto, escuchado, recordado y vivido.
Este chico descubrió algo, algo maravilloso, pero sólo maravilloso para él, como sólo son los mejores tesoros. Descubrió lo mucho que le encantaba, lo mucho que podría ser eso durante años y años sin cansarse. Pero, por una razón u otra tuvo que esconderlo, esconderlo como su más preciado afecto y recuerdo, no quería que nadie lo pudiese romper. Encerrarlo y cavarlo en lo más profundo que pudo encontrar. Ahora hay tres versiones:

En la primera, el chico de vez en cuando visita su tesoro, deja empaparse por su luz y sonríe de nuevo. Sonríe en ese mar gris en del que protege sus recuerdos. Él es el refugio de su tesoro. Él es el guardián de su tesoro.

La segunda versión es algo más trágica desde mi propio punto de vista: el chico entierra su tesoro tan profundo que no es capaz ni de sentirlo, lo pierde en el mar con el ancla que le puso y el ser humano necesita la constancia de la memoria para recordarlo. No lo recordará más, seguirá su rumbo sin la brújula que perdió, ¿a dónde irá? A donde le lleve el viento, por supuesto.



La tercera versión es especial. Ocurre pocas veces y es grandilocuente. En esta versión el chico deja a un lado todo lo que él cree y se guía por lo que sabe. Saca el tesoro de su desván, lo saca a la luz del sol y su sonrisa colorea la realidad que lo rodea. Su tesoro ahora está expuesto pero es un "loco" y lo arriesga todo a un último disparo. En esta historia a veces acierta y en otras no. El todo o nada que no le puede dejar mejor sabor de boca.

                             
                                   


Y el resto del cuento es Historia. Con mayúscula. ¿Existieron las palabras que la grabaron? Quizá sí, quizá no, pero la Historia es inherente al tiempo, sea grabada o no.

¿Cómo sé que ya conoces ese cuento? Bueno, simple y llanamente... porque puedes sentir la lluvia en tu piel.

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