Desde las cinco de la mañana está despierto. Desde las seis de la mañana está levantado y listo para el día que le toque. Es apenas una horita, pero le da la vida. Es la mejor hora del día. ¿Por qué no va a ser la primera hora la mejor? Quizá es que su vida no le gusta, pero esta hora le ayuda a seguir adelante. Quizá soñando con un mejor futuro. Quizá con la esperanza de que algo bueno le ocurra.
Tampoco piensa mucho en eso, a él le gusta su horita de por la mañana. Que no se la quiten.
A veces es jodida, claro. No todo lo bueno es siempre y para siempre, a veces cuesta. A veces incluso puede estropearle el día. Pero él se despierta para esa hora, sea tan buena como sea, sabe que será más interesante que el resto del día.
¿Que qué hace? Lo típico. Se levanta, va al baño, se mira en el espejo y, claro, a veces no le gusta lo que ve. Otras veces ha dormido bien y se sonríe a pesar de que no le guste que la edad le deje marcas en su cara. Tampoco puede hacer nada contra el tiempo, lo ha intentado. Trescientos años son muchos para cualquiera. No me rendiré, se dice para darse ánimos.
Se echa espuma de afeitar y se deja liso y suave. Poco sospechoso. Elegante y limpio. Pulcro. Se peina las canas y se acicala los pelos que aún tiene negros. Vuelve a sonreírse para lavarse los dientes. Es un ritual largo, pero le gusta. Le da una cierta tranquilidad tener esa hora para tomarse las cosas más tontas con calma.
Va hacia la cocina, el piso no es grande y llega enseguida. Está algo sucia, no suele tener tiempo para limpiar. Recoge los cacharros de la cena con total cuidado y mimo. Siempre se dice que esta noche los recogerá para no recogerlos mañana por la mañana. Pondera contratar a alguien para que limpie aunque sea el baño y la cocina que son los sitios más engorrosos de la casa. Pero tampoco quiere nadie entre en casa.
Se prepara un desayuno, suele ser ligero, tampoco quiere cargarse. Tampoco tiene tiempo para algo elaborado. No le importa. No es exigente.
Vuelve a su cuarto a vestirse. Tiene un buen armario aunque su casa sea humilde. Si te va la vida en ello, cuidas tu imagen, es natural. Camisa, chaleco apretado, americana y pantalones con raya. Tiene otro espejo en su cuarto, claro. Su sonrisa aquí se vuelve arrogante, ya sabes, la de alguien que cree saber muy bien lo que hace y que lo que hace es lo mejor que podría hacerse. Cuando se ajusta los gemelos lo hace con cuidado y delicadeza, quizá lo más delicado que haga durante todo el día. Cada cosa tiene su manera de hacerse, piensa para sí. No hay que tener prisa, no hay que correr con las cosas importantes. Y practica diferentes expresiones para parecer más vivo, quizá más humano.
Vuelve a sonar el despertador. Son las seis. Lo mira con despecho, el despecho de cada mañana. Es hora de irse, siempre tiene miedo a oxidarse un día, pero ese día nunca llega. Quizá nunca llegue. Se ajusta las pupilas, se afina las cuerdas vocales. Coge el abrigo, el sombrero y mira que el reloj de su muñeca esté en hora.
Es hora de irse.
Se despide de su hora.
Es hora de no mirar atrás.
Hasta mañana, claro.
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viernes, 17 de junio de 2016
Hay gente que lleva muchos años levantándose por la mañana
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domingo, 16 de agosto de 2015
Error del sistema
Las ciudades
son interesantes. Yo no viviría en una pero, oye, aquí estoy. En una azotea,
con el frío del invierno y la mañana, mirando a los tipos que se levantan
temprano para ir a trabajar. No son pocos, creía que serían pocos. Yo no me
acosté, ¿debería ahora? No sé si tengo sueño, tampoco sé cuántas horas llevo
despierto. Hmm… No me quedan cigarros.
-¡Eh! ¡Ted!
¿Tienes algún piti?
-¿Ah…? Yes…
I think a have a… haha, a piti… Here.
-Gracias,
tío.
Y ahí va
Ted. Directo al suelo. No ha aguantado. Pobre. Ya sólo quedamos Susana y yo…
Los extranjeros. Ya no sé cuánto aguantaré despierto, veo a Ted, Alex y Marian
y me dan algo de envidia. Para ellos esto ya ha acabado. No me jodas, no tengo
mechero. No creo que a Marian le importe. Los conozco desde hace nada y me da
pena que se hayan dormido, nunca te acostarás sin saber algo nuevo dicen. Tengo
debilidad por los ingleses raritos muertos. ¿Dónde estás, Susana? Sólo quedamos
tú y yo. Solos tú y yo. Podríamos bailar, me encantaría acostarme con ella. Es
preciosa, pero no como una rubia despampanante, no, no, tiene esa belleza real
y alcanzable, esa que se mide en la mirada y la sonrisa. Bajita, ojos azules,
pelo negro y poco más sé, llevó abrigo todo el tiempo.
No me quejo,
yo llevo un abrigo largo negro. Mi cuerpo es un misterio incluso para mí ahora
mismo. Susana…
Miro a la
gente. Encuentro un panadero abriendo su pequeño local, dos carteros que se
separan con un abrazo a hacer sus rondas. Un par de autobuses parados y los
autobuseros hablando de Dios sabe qué y unos cuantos camiones de mercancías
reponiendo a unas tres tiendas repartidas por la zona. Todo está nevado. Echaba
de menos la nieve, en mi casa nunca nieva, sólo nos llueve.
-¡Eh!
Un bolazo de
nieve.
-¿Susana?
-Te dije que
me llamases Su, idiota.
-Está bien.
Volveré a empezar. ¿Su?
-¡Hola!
-¿Qué haces
aquí? ¿No crees que es peligroso? Podría… dormirte.
-Si sigues
hablando lo lograrás. Dame un piti.
-Cógeselos a
Ted, lleva la cajetilla en la mano. Ten, fuego.
-Hmmm. Sabe
a gloria… ¿a qué te dedicas?
-Soy… Soy
violinista en una pequeña orquesta de mi país.
-No, idiota.
Aquí. ¿Qué haces?
-¡Ah! Uh. Eh…
miro… Miro a la gente pasar. No sé. Tengo algo de nostalgia. Estos tres ya han
caído.
-Sí… ya lo
veo. John, Teresa y Shiao también.
-¿Estabas
con ellos?
-No, con
Shiao. Me lo contó ella antes de recibir un balazo en la frente.
-Vaya…
pobre.
-Sí, claro.
¿Y qué les has hecho a esos?
-¿Yo? Nada.
-Venga.
-Se
durmieron entre ellos.
-¿De verdad?
-¡Vale!
Acabé con Ted, pero Ted con los otros dos.
-Ya decía
yo.
Hm. Siento
el cañón de su arma en mis costillas. Yo sólo no podía con ella, ¿para qué
resistirme? Me dormiría. Ella ganaría. Ella viviría. No me importaba, la miro a
los ojos y me alegra que viva. Sólo fumaba, sonreía y miraba la ciudad. Mi
última vista, no está mal, me gustaría ver las montañas pero no me quejo; esto
tampoco está tan mal. Lo único que me estaba matando era la incertidumbre.
¿Cuándo lo haría?
-Verás… ¿por…
por qué no podemos vivir los dos?
-¿Qué?
Eso sí que
me ha sorprendido.
-¿Por qué
sonríes? Te estoy apuntando con un arma, vas a dormirte. Para siempre. No
despertarás. ¿Lo entiendes? Nunca más. Dejarás de existir. ¿Por qué sonríes?
-Porque tú
seguirás viva.
-¿Eso es
todo?
-Eso es
todo.
-Estás muy,
muy cansado.
¿Yo,
cansado? Sí, podría decir que sí. Estoy realmente cansado. Me vendría bien el
descanso que había al otro lado de sus dedos. Frío metal pesado. ¿Cuándo
disparará? Lo estoy esperando.
-Sí. Estoy
cansado. Cansado de correr, cansado de este mundo. ¿Por qué no disparas de una
vez?
-¿Qué te
cansa del mundo?
-¿Eh?
-Dímelo.
-… por dónde
empezar. Que nadie entienda a nadie, mayormente. Creen que lo hacen pero tú les
has visto, vemos mejor que ellos. No se entienden, ni se escuchan, ni quieren
saber nada de los demás. Son egoístas. No soportan tener a nadie cerca, tienen
miedo, y no soportan su realidad. Luchan cada día contra el mundo. Un mundo que
creen controlar y comprender. Estoy harto. Si me duermes no volveré a ver al
mundo. El mundo me deprime.
-¡Pero, mira
a esos dos ancianos! Van cogidos de la mano. Se quieren. Hablas mucho, pero no
has visto casi nada. Te niegas a ver porque tienes miedo de que no te guste lo
que ves. Eres como ellos.
-No… yo…
-Cállate.
-Bueno.
-¿Qué crees
que me pasará? Ya sabes, cuando te… duerma.
-Ni lo sé ni
me importa.
-¡Oye!
-¿Qué? Vas a
acabar conmigo, no tengo por qué ser amable contigo.
-¿Y si
cuando acabe contigo acabo conmigo?
-Entonces
serás injusta con ellos.
Señalé a los
tres cadáveres que tenía tras de mí. Empezaba a cubrirlos la nieve.
-¿Y si estoy
cansada de este mundo?
-¿Entonces
por qué te metiste en esto?
-No… ¡No lo
sé! Quería estar viva. Quería… ya sabes.
-Sí… lo sé.
-¿Y si nos
lanzamos? Los dos. Ahora. Al vacío.
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viernes, 24 de julio de 2015
Otra puta noche de trabajo
Otra puta noche de trabajo. Los diurnos no lo saben, no saben la de mierda que ocurre por la noche donde nadie mira, donde nadie vigila, donde muchos hacen la vista gorda. Odio mi vida. Espero a un cliente habitual. Caballo le llamo y no por su polla. A algunos de estos bastardos les mola que hubiera sido una jodida yonqui y me hacen chutarme caballo. Les pone eso, tirarse a alguien hasta arriba de mierda supongo que porque así no piensan en la mierda que son ellos las veinticuatro horas del día.
Las noches aquí son largas, entre cliente y cliente pueden pasar horas y sin nada que hacer ni poder salir de la habitación una solo puede pensar, limpiarse y pensar. Otras se ponen guapas. Otras eligieron estar aquí. Yo no. No estoy lo suficientemente echa pedazos como para que me pueda gustar esto.
Aquí entra el capullo. Hola, zorrilla, ¿me echabas de menos? Dice. Qué original, no habré escuchado eso mil veces ya. Me quedo callada, tirada en la cama, no les gusta a mis jefes que seamos personas, prefieren que seamos "cosas listas para ser folladas", así tal cual lo dijo el negro una vez.
Se baja la cremallera, se quita los pantalones, tan desagradable como siempre. Señores de cincuenta y tantos, cuidaos un poco, ¿vale? Joder. Me mira y escupe: venga, lo de siempre. Gilipollas. Creo que hoy no, gordito. Creo que hoy no. Cojo la jeringa y hago como que me la inyecto mientras él se desnuda. He visto a tantos con heroína en las venas que sé imitarlos a la perfección, se lo traga, viene, se tumba encima. A veces chutarse no es malo, no te enteras de lo mal que puede oler alguien, ni de lo poco que se siente su ínfima colita de niño pequeño. Hm. Parece que está muy contento, adiós gordito, buen viaje. Se la clavo e inyecto antes de que pueda reaccionar. Me lo quito de encima. Me coloco la ropa bien y estoy lista. Empujo al gordito fuera de la habitación y comienzo a gritar ¡está loco! ¡Está loco! Enseguida vienen otras y algún que otro. Soy un bien valioso para ellos, la gente protege sus cosas. Cogen al grandullón cincuentón y él arma una de la hostia, perfecto.
Mientras están intentando ver qué pasa me deslizo por la ventana. Bajo ventana a ventana hasta la escalera de incendios. Tan cerca. Un mal paso y a la mierda todo. Escucho gritar mi nombre. Me deben estar buscando, mierda. Gordito, ¿ni eso sabes hacer? Joder. Estoy cerca. Me apoyo en la escalera, me cubro entre bolsas de basura. Cuando bajan la guardia bajo como una leona y piso la calle. Piso la calle en semanas. Piso la calle. Corre. No mires atrás. ¡Corre!
...
Las noches aquí son largas, entre cliente y cliente pueden pasar horas y sin nada que hacer ni poder salir de la habitación una solo puede pensar, limpiarse y pensar. Otras se ponen guapas. Otras eligieron estar aquí. Yo no. No estoy lo suficientemente echa pedazos como para que me pueda gustar esto.
Aquí entra el capullo. Hola, zorrilla, ¿me echabas de menos? Dice. Qué original, no habré escuchado eso mil veces ya. Me quedo callada, tirada en la cama, no les gusta a mis jefes que seamos personas, prefieren que seamos "cosas listas para ser folladas", así tal cual lo dijo el negro una vez.
Se baja la cremallera, se quita los pantalones, tan desagradable como siempre. Señores de cincuenta y tantos, cuidaos un poco, ¿vale? Joder. Me mira y escupe: venga, lo de siempre. Gilipollas. Creo que hoy no, gordito. Creo que hoy no. Cojo la jeringa y hago como que me la inyecto mientras él se desnuda. He visto a tantos con heroína en las venas que sé imitarlos a la perfección, se lo traga, viene, se tumba encima. A veces chutarse no es malo, no te enteras de lo mal que puede oler alguien, ni de lo poco que se siente su ínfima colita de niño pequeño. Hm. Parece que está muy contento, adiós gordito, buen viaje. Se la clavo e inyecto antes de que pueda reaccionar. Me lo quito de encima. Me coloco la ropa bien y estoy lista. Empujo al gordito fuera de la habitación y comienzo a gritar ¡está loco! ¡Está loco! Enseguida vienen otras y algún que otro. Soy un bien valioso para ellos, la gente protege sus cosas. Cogen al grandullón cincuentón y él arma una de la hostia, perfecto.
Mientras están intentando ver qué pasa me deslizo por la ventana. Bajo ventana a ventana hasta la escalera de incendios. Tan cerca. Un mal paso y a la mierda todo. Escucho gritar mi nombre. Me deben estar buscando, mierda. Gordito, ¿ni eso sabes hacer? Joder. Estoy cerca. Me apoyo en la escalera, me cubro entre bolsas de basura. Cuando bajan la guardia bajo como una leona y piso la calle. Piso la calle en semanas. Piso la calle. Corre. No mires atrás. ¡Corre!
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miércoles, 1 de abril de 2015
Sir Lionel y su microcosmos
Nuestro mundo oculta muchísimas historias, algunos secretos e incontables relatos. En sótanos, estanterías, salones, debajo de los cojines del sofá, en el doble fondo del armario del abuelo…
Esta es una
de esas historias.
Comienza con
la historia del longevo sir Lionel. Sir Lionel tenía la friolera de mil
trescientos y muchos años, dejó de contarlos hace mucho tiempo porque no se
para a contar esas banalidades. Sir Lionel el eterno. Cualquiera que tenga más
de un siglo se hace sabio, pero quien tiene más de un milenio de antigüedad(ya
no podemos hablar de edad, claro) es alguien que, como mínimo, ha visto mucho.
Sir Lionel
vive en su retirada finca en los pastos del Reino Unido, a salvo del mundo y
del ruido. Lejos de censos, mortales e impuestos. En ella guarda tesoros de
muchas de sus aventuras como un pedazo de la famosa arca perdida, un ojo de
algo que no se atreve a decir su nombre, un libro firmado con una M. en letras
doradas, una pluma de hipogrifo… aunque la más extraña de sus piezas es, sin
duda, una extraña esfera de aspecto cristalino. Esta esfera es muy especial ya
que contiene todo un universo en su interior. Sir Lionel lo sabe y la protege
en el centro de su gran biblioteca donde se pasa los días leyendo y las tardes
rellenando crucigramas.
Pero un día
se le cayó el té encima del sobresalto que le causo escuchar hablar a aquella
esfera:
-¡¿Hola?!
¡¿Hay algo ahí dentro?!
Sir Lionel
se cogía el pecho con la mano mientras se recolocaba sus pequeñas y redondas
gafas. La voz era masculina y juvenil.
-Hmmm…. ¿Qué
será esta bola?
Se levantó y
comenzó, con cuidado, con cautela, a caminar hacia la esfera mágica.
-¿Y si la
agito?
Una gota de
sudor frío le recorrió la ceja y gritó:
-¡Detente!
-¿Eh? ¿Quién
anda ahí? ¡Salid de vuestro escondrijo!
-¿Qué…?
-¡Ah! ¡La
voz viene de la bola! ¿Qué eres, bola? ¿Un fantasma? ¿Un genio?
-¡No,
imbécil! ¿Acaso no sabes lo que tienes en la mano?
-¿Eh? No.
¿Qué es?
Sir Lionel
se atusó el bigote, recolocó el traje y con su voz sabia pero anciana comenzó a
contar.
-Lo que
tienes en tus manos es un microcosmos.
-¿Un... qué?
-Guarda
silencio, joven, escucha. Esa esfera es lo que llegamos a denominar un
microcosmos, es decir, todo un universo en miniatura. Esa esfera contiene todo
lo que fue, todo lo que es y todo lo que será mi universo. Cada estrella, cada
agujero negro, cada recuerdo, cada asteroide, beso, dragón y cuento. Todo está
dentro de esa bola.
-Entonces si
la destruyo destruiré un universo.
-Destruirás
dos universos. Piénsalo antes de intentar nada.
-¿Cómo…?
-Mi universo
contiene una esfera similar, joven…
-Thomas
Wallace, señor.
-Mi nombre
es Sir Lionel de Britania, encantado. Como iba diciendo, poseo en estos
instantes, en mi mano, una esfera similar a la suya que contiene su universo.
Todo lo que ve, escucha y siente lo mantengo yo en mi mano ahora mismo. De
destruir mi universo destruiría esta esfera y por tanto destruiría su propio
universo. Es algo que no le conviene, señor Wallace.
-Entiendo…
¿Y qué podemos hacer?
-Usted me ha
puesto en una encrucijada. Verá, cuando mis compañeros y yo encontramos esta
esfera se me invitó a mí a custodiarla pues yo soy eterno. Llevo más de mil
años guardándola y protegiéndola de múltiples peligros pero creo que usted,
señor Wallace, no corre la misma suerte que un servidor. ¿Me equivoco?
-Per…
perdone, esto es muy confuso. O sea. ¿Tienes más de mil años? ¿Cómo…? ¡No! Yo
soy… eh, normal, sí. Un arqueólogo. Nada más.
-Y cree que
aquellos a los que sirve harán buen uso de este microcosmos.
-Lo dudo.
-Entiendo…
¡Podríamos intentar tantas cosas! Y todas serían un fracaso estrepitoso. Desde
que su linaje se dedique a custodiarla como que la esconda por siempre en un
agujero.
-¿Y si la
lanzase al espacio?
-¿Está usted
loco?
-Es… el…
sh-shock. Perdone. Son muchas cosas juntas. Joder, un hombre milenario, una
esfera que habla, un universo en mi mano. ¡Son muchas cosas! ¡No puede esperar
que me lo tome con calma y frialdad!
-Cálmese.
Déjeme pensar. De momento no hable con nadie de este incidente y proteja la
esfera con secretismo y recelo. ¿Lo hará?
-Lo…
in-intentaré.
-Gracias.
Días más
tarde el plan de sir Lionel comenzó. El señor Thomas Wallace mostraría esa
esfera en la más importante organización internacional y en ella sir Lionel
expondría el problema. Al principio las naciones se mostraron, como era de
esperar, egoístas, y todas querían la preciada bola. Poseer un universo, ¿hay
algo más ambicioso? Pero sir Lionel ya lo tenía pensado, era un hombre que
había visto reinados nacer y morir, estaba harto de la política pero la
entendía. Sir Lionel, sin dar su identidad en ningún momento, claro, les
explicó que él era el poseedor del universo en el que vivían y que como tal
exigía la protección de todo aquello que poseía.
Los
mandatarios al principio no lo vieron claro pero aunaron fuerzas tras unas
escaramuzas y guerras menores. Todo estaba calculado.
El mundo del
señor Wallace prosperó pues todos tenían un objetivo común, simple, pero al fin
y al cabo común. Proteger el universo. Siglos más tardes ese mundo habría
desarrollado lo inimaginable y había alcanzado un estado de iluminación que
sólo los más atrevidos se atreven a soñar. Pero este gran avance tiene un
precio, que sir Lionel siga escondiendo la esfera por siempre. En otras
palabras, que el mundo de sir Lionel siga siendo el que es para que el mundo
del señor Wallace prospere.
Es un secreto.
Como tantas otras historias. Un sacrificio que nadie sabe que está cometiendo...
O no. Al fin y al cabo es una historia.
Y un secreto, así que…. Sssshhh.
miércoles, 12 de febrero de 2014
Me lo contaron en un aeropuerto
Hay lugares donde lo extraño puede suceder, son los lugares que no conocemos o que conocemos pocos. De esto me he dado cuenta con el tiempo. Mi primer experiencia con esto fue bastante... extraña, pero claro, es que pudo suceder lo extraño.
Tenía apenas unos pocos años más de diez, no lo recuerdo bien y vivía en un barrio de la periferia, ya sabes, un barrio de estos con casitas separadas con jardín delantero y trasero, donde viven familias pequeñas y modestas, un lugar tranquilo y verde. Me gustaba jugar a la pelota con Sarah mi pequeña perra salchicha, la mejor perra que he tenido y la única. Jugábamos en el patio trasero, me gustaba ponerle un montón de obstáculos y lanzar la pelota al otro lado de ellos para que los tuviera que pasar lo cual hacía con una gracilidad impresionante. La echo de menos.
En fin, resultó que un día jugaba sin menor preocupación y recuerdo que mi pelota acabó en el jardín del vecino. Se llamaba creo que Señor Riffa o quizá le puse yo ese nombre. Vivía solo o nunca lo he visto acompañado. Salté la verja de madera que nos separaba, sabiendo que él estaba trabajando, el hombre de silueta gris y cara amargada salía a las ocho y treinta y siete de la mañana con su destartalado coche para volver a las seis y treinta y cinco de la tarde a su casa.
El jardín de Señor estaba mal cuidado, había rastrojos y el césped amarilleaba en bastantes lugares. Crecía un gran árbol en forma de espiral hacia los cielos, lo recuerdo gigantesco y mágico, lo cual no me cuadraba siendo él tan... gris. Vi mi pelota junto a la ventana del sótano y me acerqué a recogerla y yo, curioso, con mi pelota en la mano, me asomé a su sótano. No vi nada. Todo negro. Entonces... esto, o sea, me vas a llamar loco o algo, pero te juro que vi o al menos recuerdo que vi un ojo gigantesco. O sea, no es que no hubiese luz ahí a abajo, la ventana daba directamente al ojo de algo, como si la ventana fuesen sus gafas. Era grande y rojo con una pupila muy oscura, tan negra que creía poder caer dentro de ella. Me asusté tanto que salí corriendo sin mirar atrás, mientras escalaba la valla sentía su mirada en mi cogote como una garra que me quisiera atrapar y devorar. No paraba de gritar y llorar y sabía que aquello me estaba mirando. Te lo juro. Es una de las memorias más turbias que tengo. Dejé de jugar en el jardín trasero y cada vez que algo se me caía en el jardín del don Señor Riffa lo daba por perdido porque yo jamás volvería a aquel infierno.
Pero soy demasiado curioso y te lo creas o no, volví, volví a aquel lugar cuando ya tenía diecisiete años, lleno de valor y con ansias de conocer qué carajo podría tener el tal Señor Riffa en su sótano, o peor aún, qué carajo era la casa de Señor.
Me puse una mochila, cogí una linterna, un cuchillo y una grabadora. En aquel entonces las cámaras de vídeo eran raras y quien tenía una debía sacrificar todo su esfuerzo para cargar con semejante aparato. ¡Oh! Y también cogí un paquete de galletas. Preparado para mi epopeya me acerqué una madrugada a aquella ventana, no fue un viaje difícil he de decir. Me asomé a la ventana y no vi nada peculiar, oscuridad, lo vi normal. Saqué mi linterna, si aquello sacaba su ojo al menos lo cegaría de buena manera. Alumbré dentro y vi un sótano normal. Sucio, con cajas, el contador del gas... Decepcionante a primera vista.
Seguí mirando un poco más, quizá pasase algo, probé a encender y apagar la linterna, a cambiar de ventana. Nada. Nada de nada. Luego, ya aburrido, me fui, según caminaba sentí una garra en mi cogote, recordé entonces perfectamente mi infancia y no pude volverme. No pude. Imposible. ¡Sí, sé que debería haberlo hecho! No me mires con esa cara. No pude, en serio. No era una opción física para mí en ese momento, era como si yo, como ser humano, no pudiera volverme como no puedo girar la cabeza 360º. Así que seguí caminando hasta que aquello dejó de agarrarme... y no volví. Mi miedo era más fuerte que la curiosidad.
Te lo creas o no, así me sucedió o al menos así recuerdo que me sucedió.
¿Qué?
Ah, no. Volví hace poco a casa de mis padres y allí ya no vivía Riffas, de hecho, no había ninguna casa, se había demolido junto con otras tres casas, imagino desocupadas, y se había construido una biblioteca.
No, no miré en la biblioteca, hubiese sido como... ilegal y tal. Además, de estar... ¿qué? ¿Lo capturo? ¿Lo mato? No sé. ¿Te imaginas que aquello sigue ahí? Asustando a niños incautos y demás. O quizá se los come. No pongas esa cara, por lo que a nosotros respecta esa cosa es... imposible que exista, ¿no?
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viernes, 20 de diciembre de 2013
El chico que hablaba de sí mismo
Tres de la mañana en una calle cualquiera bajo unas estrellas cualesquiera, camina con zapatos remendados un ser cualquiera. No levanta ni suscita ningún interés, no si ello no quiere. Camina con ojos vidriosos y reptiles bajo la atenta mirada de las farolas. Camina con las manos en los bolsillos, encapuchado con una sudadera, paso a paso por la avenida. En la entrada a algunos callejones hay pequeñas murallas de hormigón, "fuera de aquí" pintado con letras graffiti. Escucha los murmullos de algunos que aún siguen despiertos, escucha los gritos de otros que parecen dormidos... Nadie es igual pero ¿son todos diferentes? Ya es tarde para estar haciéndose esas preguntas y más para un monstruo, no es un monstruo de medianoche, hay otros que sí, pero ello no lo es. Va hablando de sí mismo como si fuera el narrador de su existencia, o quizá hablaba consigo mismo de su existencia, no sabría diferenciarlo bien. La noche no deja ver lo obvio a veces, sólo lo que no se ve por el día.
Ya no quiere más, no quiere más de su condición, de su realidad. Está harto de aceptarlo una y otra y otra vez. ¿Por qué habría de hacerlo? Claro, porque es un monstruo. Eso es lo que son. Los seres que no pertenecen a lo que les rodea, seres con ansias de soledad, de volver a un hogar que no tienen... Son ilusos e inconscientes y probablemente lo sepan. Ello está harto de todo lo que le pasa, harto de ver tanto a Soledad, Soledad no sabe dar abrazos, siempre te acaba cortando. No tiene a nadie con quien pasear o tomarse un café, tampoco sabe a ciencia cierta si lo quiere. Es un poco extraño. Son sentimientos pasajeros, ninguno es una idea real y sólida, pocas de esas hay como para tener más de una. Escucha una radio de un local sorprendentemente abierto, hay un grupo de skins escuchando a su líder que está subido en lo alto de la barra gritando por algunas cosas que ni entenderá el propio pregonero. Se le cruza en el camino una chica, la conoce, cree, no sabe ya ni quién es. Escuchó hace poco que cada cien años la Muerte misma es mortal por un día para experimentar qué sienten las almas que cosecha, piensa en si será cierto, cosas más increíbles ha visto; lobos capaces atravesar paredes, ritos que invocaban sombras capaces de rasgar la realidad, moradas llenas de sueños rotos que sollozaban y gritaban como bebés agónicos y la lista sigue...
Seguro que será una tontería. Seguro que se le pasará, pero no puede evitar pensar en que no hay nadie cerca, en que se acostará y despertará solo, en que no durará mucho más y en que aquello se irá por donde vino. Una vez más.
Él, ello, aquel chico, visitará a un viejo amigo esta noche, necesita descender, entra por el edificio de la luz verde sobre la puerta, se asoma al hueco de las escaleras, una llave y ya puede bajar. Baja y baja, peldaño tras peldaño. Siempre se pregunta cómo no pueden saber nada de esto las personas que viven en ese edificio. Baja mientras lo piensa. Baja hasta llegar al gran túnel con aquellas luces azules colgando del techo, licor de hada creo que lo llaman, no se apagará mientras no lo alumbre el Sol o la Luna. Perfecto para estas cloacas de ladrillo grande y de piedra, dos pasillos a cada lado y en el centro del túnel un río maloliente. Él se acaba de alegrar por primera vez de tener la nariz taponada porque el río apesta, él lo sabe de antes. Algo nuevo, quizás, era la chica que estaba al final del túnel tapada con la que presumo es su propia chaqueta. ¿Qué hace?
-Eh, eh, ¿qué haces aquí?
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Ya no quiere más, no quiere más de su condición, de su realidad. Está harto de aceptarlo una y otra y otra vez. ¿Por qué habría de hacerlo? Claro, porque es un monstruo. Eso es lo que son. Los seres que no pertenecen a lo que les rodea, seres con ansias de soledad, de volver a un hogar que no tienen... Son ilusos e inconscientes y probablemente lo sepan. Ello está harto de todo lo que le pasa, harto de ver tanto a Soledad, Soledad no sabe dar abrazos, siempre te acaba cortando. No tiene a nadie con quien pasear o tomarse un café, tampoco sabe a ciencia cierta si lo quiere. Es un poco extraño. Son sentimientos pasajeros, ninguno es una idea real y sólida, pocas de esas hay como para tener más de una. Escucha una radio de un local sorprendentemente abierto, hay un grupo de skins escuchando a su líder que está subido en lo alto de la barra gritando por algunas cosas que ni entenderá el propio pregonero. Se le cruza en el camino una chica, la conoce, cree, no sabe ya ni quién es. Escuchó hace poco que cada cien años la Muerte misma es mortal por un día para experimentar qué sienten las almas que cosecha, piensa en si será cierto, cosas más increíbles ha visto; lobos capaces atravesar paredes, ritos que invocaban sombras capaces de rasgar la realidad, moradas llenas de sueños rotos que sollozaban y gritaban como bebés agónicos y la lista sigue...
Seguro que será una tontería. Seguro que se le pasará, pero no puede evitar pensar en que no hay nadie cerca, en que se acostará y despertará solo, en que no durará mucho más y en que aquello se irá por donde vino. Una vez más.
Él, ello, aquel chico, visitará a un viejo amigo esta noche, necesita descender, entra por el edificio de la luz verde sobre la puerta, se asoma al hueco de las escaleras, una llave y ya puede bajar. Baja y baja, peldaño tras peldaño. Siempre se pregunta cómo no pueden saber nada de esto las personas que viven en ese edificio. Baja mientras lo piensa. Baja hasta llegar al gran túnel con aquellas luces azules colgando del techo, licor de hada creo que lo llaman, no se apagará mientras no lo alumbre el Sol o la Luna. Perfecto para estas cloacas de ladrillo grande y de piedra, dos pasillos a cada lado y en el centro del túnel un río maloliente. Él se acaba de alegrar por primera vez de tener la nariz taponada porque el río apesta, él lo sabe de antes. Algo nuevo, quizás, era la chica que estaba al final del túnel tapada con la que presumo es su propia chaqueta. ¿Qué hace?
-Eh, eh, ¿qué haces aquí?
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miércoles, 11 de diciembre de 2013
Evelyn busca donde dormir
Hay destinos marcados de nacimiento. Momentos antes de que la vida comience uno ya tiene escrito en piedra cuál será su camino. Por dónde irá. Dónde acabará. Son vidas aburridas. Nunca me gustaron y nunca me gustó la vida que la abuela y madre habían elegido para mí. Era una vida igual que la que tuvieron ellas. No era una vida para mí, no. De eso hace mucho, ahora sobrevivo entre calles, en los balcones de las puertas de atrás, sentada bajo los pocos techos que encuentro, calentando mis manos en la lumbre de un pequeño fuego hecho dentro de una lata.
Miro mis guantes de fina lana y mis dedos asomando por ellos, mis manos están calientes. Meto mi cabeza entre mis rodillas y escucho la lluvia. La lluvia apenas está a unos centímetros de mi, cae rabiosa. El suelo está encharcado, suerte que estoy apoyada en un bordillo, mis pantalones están algo raídos pero son duros y tener tantos bolsillos es genial para la vida sin hogar. Lo quemé. Metafóricamente, madre y la abuela me habrían encontrado y arrancado la lengua de quemar su hogar. Y no sería una metáfora. Mis deportivas comienzan a empaparse... es hora de moverse un poco, me llevo la lata, está bien ser quien soy a veces, la lata no me quema y no se apagará mientras la toque. Camino iluminando mi cara bajo la lluvia, capucha puesta, busco mi camino en este mundo. ¿Lo tengo? ¿Qué hago? ¿A dónde voy? Esas preguntas siempre tienen eco en mi cabeza...
Me meto por varios callejones, nunca salgo a las calles, es muy arriesgado, con suerte llegaré a algún portal bien cubierto. Soñar, necesito soñar, necesito visitar a mis amigos en sueños.
Hay un hombre tirado en el suelo, mala noche, supongo, su cara está entumecida, cogerá frío... Madre siempre decía que las decisiones de cada uno eran problema de cada uno. Lo arrastro hasta un tejado donde al menos no le dé la lluvia directamente y le dejo mi lata, no se apagará en un rato largo, a madre no le gustaría pero no me importa, ya no.
Entre dos edificios, bajo los tendidos eléctricos sigo buscando dónde dormir. De pronto escucho un ruido de metales chocando, de gritos de ánima, escucho un ruido muy fuerte por encima mío y suena como óxido chirriante buscando qué tragar esta noche. Vampiros. No permiten la alteración. No me permitirán seguir esta vida, no quiero morir, no esta noche no. Uno se ha posado en un cable de tensión de la azotea, mira hacia arriba, a sus compañeros, no me ha visto. Odio a los vampiros, con sus alas enormes y negras, sus garras terribles y esos ojos vacíos... siempre sonriendo, como si supiesen más que el resto. Son criaturas terribles y detestables. Extiende las alas. Joder, mierda. Me acerco a una puerta cercana y la abro sin problema, me meto dentro y busco unas escaleras que bajen, unas escaleras que bajen. No hay, no hay problema, cierro los ojos, pienso en ellas, seguro que hay. Cuando los abro detrás mío hay unas escaleras que bajan, no sé a dónde pero los vampiros no saben bajar.
Debajo de todo aquello acabo en un complejo de enormes tuberías y colosales arcos, a lo lejos tras un lago verde veo chabolas, una Comunidad, su techo está a cientos de metros, no sé quién hizo esto pero alguien muy antiguo seguro. En mi lado del lago hay una serie de pasillos estrechos y un gran túnel semicircular que lleva agua al lago verde. Está iluminado por unas jaulas que cuelgan por el centro de dicho túnel, no sé qué hay dentro pero emite una maravillosa luz azul. Hoy mucha gente dormirá bien, lo presiento.
Me quedaré aquí abajo un tiempo, hasta que se vayan los vampiros de la ciudad por lo menos. Dormiré, dormiré. Saco la manta de la mochila y sueño que soy corriente, sueño que soy como las personas que duermen en camas y desayunan. Sueño con una vida en la que no importe quién sea yo, Evelyn.
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Miro mis guantes de fina lana y mis dedos asomando por ellos, mis manos están calientes. Meto mi cabeza entre mis rodillas y escucho la lluvia. La lluvia apenas está a unos centímetros de mi, cae rabiosa. El suelo está encharcado, suerte que estoy apoyada en un bordillo, mis pantalones están algo raídos pero son duros y tener tantos bolsillos es genial para la vida sin hogar. Lo quemé. Metafóricamente, madre y la abuela me habrían encontrado y arrancado la lengua de quemar su hogar. Y no sería una metáfora. Mis deportivas comienzan a empaparse... es hora de moverse un poco, me llevo la lata, está bien ser quien soy a veces, la lata no me quema y no se apagará mientras la toque. Camino iluminando mi cara bajo la lluvia, capucha puesta, busco mi camino en este mundo. ¿Lo tengo? ¿Qué hago? ¿A dónde voy? Esas preguntas siempre tienen eco en mi cabeza...
Me meto por varios callejones, nunca salgo a las calles, es muy arriesgado, con suerte llegaré a algún portal bien cubierto. Soñar, necesito soñar, necesito visitar a mis amigos en sueños.
Hay un hombre tirado en el suelo, mala noche, supongo, su cara está entumecida, cogerá frío... Madre siempre decía que las decisiones de cada uno eran problema de cada uno. Lo arrastro hasta un tejado donde al menos no le dé la lluvia directamente y le dejo mi lata, no se apagará en un rato largo, a madre no le gustaría pero no me importa, ya no.
Entre dos edificios, bajo los tendidos eléctricos sigo buscando dónde dormir. De pronto escucho un ruido de metales chocando, de gritos de ánima, escucho un ruido muy fuerte por encima mío y suena como óxido chirriante buscando qué tragar esta noche. Vampiros. No permiten la alteración. No me permitirán seguir esta vida, no quiero morir, no esta noche no. Uno se ha posado en un cable de tensión de la azotea, mira hacia arriba, a sus compañeros, no me ha visto. Odio a los vampiros, con sus alas enormes y negras, sus garras terribles y esos ojos vacíos... siempre sonriendo, como si supiesen más que el resto. Son criaturas terribles y detestables. Extiende las alas. Joder, mierda. Me acerco a una puerta cercana y la abro sin problema, me meto dentro y busco unas escaleras que bajen, unas escaleras que bajen. No hay, no hay problema, cierro los ojos, pienso en ellas, seguro que hay. Cuando los abro detrás mío hay unas escaleras que bajan, no sé a dónde pero los vampiros no saben bajar.
Debajo de todo aquello acabo en un complejo de enormes tuberías y colosales arcos, a lo lejos tras un lago verde veo chabolas, una Comunidad, su techo está a cientos de metros, no sé quién hizo esto pero alguien muy antiguo seguro. En mi lado del lago hay una serie de pasillos estrechos y un gran túnel semicircular que lleva agua al lago verde. Está iluminado por unas jaulas que cuelgan por el centro de dicho túnel, no sé qué hay dentro pero emite una maravillosa luz azul. Hoy mucha gente dormirá bien, lo presiento.
Me quedaré aquí abajo un tiempo, hasta que se vayan los vampiros de la ciudad por lo menos. Dormiré, dormiré. Saco la manta de la mochila y sueño que soy corriente, sueño que soy como las personas que duermen en camas y desayunan. Sueño con una vida en la que no importe quién sea yo, Evelyn.
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lunes, 9 de diciembre de 2013
Lira vuelve a recordar
Refuerzo la mirada en los recuerdos que asoman en mi reflejo. La noche me hace reflejarme en la ventana... la Ciudad está llorando, chaparrea y no encuentro el por qué. Quizá haya mucha gente triste o quizá haya una sola persona muy importante que esté triste.
Me calzo mis botas de agua y me pongo el chubasquero, es carmesí pero se ha quedado oscuro, su capucha es tan amplia que no se me reconoce, voy a bajar a algunos barrios cubiertos. Quiero un colgante nuevo, uno que haga que no recuerde. Quizá es un atajo hacia lo que quiero...
La lluvia siempre me ha dado melancolía. Salgo por el primer callejón, paso tres verjas agujereadas, llevo mi bolso y a mi muñeca, pasó por una puerta con marco verde, entro en el edificio de la luz sobre la entrada, subo un piso y salgo a la calle, bajo tres escaleras y cruzo un parque, llego a otra calle, cruzo dos callejuelas y vuelvo al portal de mi casa. Salgo por el primer callejón que acaba en unas escaleras que bajan bajo el suelo, tienen una luz cálida salpicando en cada escalón, viene de abajo. La luz viene de abajo. Miro hacia los lados y evito a la Luna, camino hacia abajo.
Llego a una gran galería, es de ladrillo antiguo y con arcos enormes en las paredes, una verja impide que me caiga desde mi balcón, escaleras abajo llego al antiguo bazar que siempre ha existido bajo esta ciudad, bajo todo esto. Gente extraña, ninguna nativa o quizá no nativa de ahora, quizá fueron los auténticos nativos. Todos quieren preservar su identidad salvo algunos orgullosos, poderosos o quizá incautos... algunos que no saben por dónde caminan. Aquí hay normas, ciertas reglas y responsabilidades que salvo ningún concepto han de romperse. Eso se aprende rápido, hasta dónde llegan éstas ya es más difícil. El antiguo bazar encierra misterios, secretos y objetos, auténticos objetos, no los querrás soltar jamás o quizá es lo único que quieras. Un mercadillo de artefactos viejos, eso es lo que es. Cosas más viejas que los vendedores, casi siempre, claro. Gente con túnicas raídas hasta la boca, gente con gafas más oscuras que la misma oscuridad, sombreros enormes y capuchas agobiantes, eso se viste entre estas galerías húmedas de fachada vieja, de ladrillo rojizo y deformado. Entre grandes antorchas y extrañas lámparas se ven las sombras de los vendedores, algunas no corresponden a sus dueños, era de esperar. No es la primera vez que vengo, sé a por lo que vengo y me odio por ello. Giro dos veces a la derecha y una a la izquierda. Subo una escalera y camino hasta la bifurcación, vuelvo por donde vine y entro en el local de mi derecha. El hombre que allí vive me recibe con saludos cordiales, como siempre. Me debe muchas. No soy su amiga, no creo que tenga, son negocios al fin y al cabo. Se quita la cabeza de cabra y me recibe con sus ojos de sapo, amarillos de pupila horizontal, siempre consigue ponerme nerviosa. Le entrego mi frasco que siempre cuelga de mi cuello y él lo rellena como de costumbre. La arena en él resplandece, veo desiertos enteros en ese frasquito minúsculo, esperanzas perdidas y sueños alcanzados, amo mi frasquito. Él hombre se restriega las manos mientras me asombro una vez más con la profundidad de esa maravillosa arena. Arena de sueños.
Vuelvo por donde vine, ese hombre cabra ya no está en deuda conmigo, supongo que es una lástima. Quizá encuentre más huesecillos de hada pienso mientras veo un par de gemelas enjauladas en una jaula dorada. Un ser de largo hocico y vendado sujeta y zarandea la jaula, grita su precio y las deja por ahí. "Son recientes dice".
Es hora de salir, camino un poco acelerada, se me hace tarde. Salgo y la lluvia cae llorosa y brusca, una cascada perpetua, miro un poco hacia arriba moviendo mi capucha y veo a la Luna, la saludo y me voy corriendo a casa. Hasta el mes que viene supongo o hasta que supere mi pasado, mi pasado me persigue, yo lo hice así... supongo.
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Me calzo mis botas de agua y me pongo el chubasquero, es carmesí pero se ha quedado oscuro, su capucha es tan amplia que no se me reconoce, voy a bajar a algunos barrios cubiertos. Quiero un colgante nuevo, uno que haga que no recuerde. Quizá es un atajo hacia lo que quiero...
La lluvia siempre me ha dado melancolía. Salgo por el primer callejón, paso tres verjas agujereadas, llevo mi bolso y a mi muñeca, pasó por una puerta con marco verde, entro en el edificio de la luz sobre la entrada, subo un piso y salgo a la calle, bajo tres escaleras y cruzo un parque, llego a otra calle, cruzo dos callejuelas y vuelvo al portal de mi casa. Salgo por el primer callejón que acaba en unas escaleras que bajan bajo el suelo, tienen una luz cálida salpicando en cada escalón, viene de abajo. La luz viene de abajo. Miro hacia los lados y evito a la Luna, camino hacia abajo.
Llego a una gran galería, es de ladrillo antiguo y con arcos enormes en las paredes, una verja impide que me caiga desde mi balcón, escaleras abajo llego al antiguo bazar que siempre ha existido bajo esta ciudad, bajo todo esto. Gente extraña, ninguna nativa o quizá no nativa de ahora, quizá fueron los auténticos nativos. Todos quieren preservar su identidad salvo algunos orgullosos, poderosos o quizá incautos... algunos que no saben por dónde caminan. Aquí hay normas, ciertas reglas y responsabilidades que salvo ningún concepto han de romperse. Eso se aprende rápido, hasta dónde llegan éstas ya es más difícil. El antiguo bazar encierra misterios, secretos y objetos, auténticos objetos, no los querrás soltar jamás o quizá es lo único que quieras. Un mercadillo de artefactos viejos, eso es lo que es. Cosas más viejas que los vendedores, casi siempre, claro. Gente con túnicas raídas hasta la boca, gente con gafas más oscuras que la misma oscuridad, sombreros enormes y capuchas agobiantes, eso se viste entre estas galerías húmedas de fachada vieja, de ladrillo rojizo y deformado. Entre grandes antorchas y extrañas lámparas se ven las sombras de los vendedores, algunas no corresponden a sus dueños, era de esperar. No es la primera vez que vengo, sé a por lo que vengo y me odio por ello. Giro dos veces a la derecha y una a la izquierda. Subo una escalera y camino hasta la bifurcación, vuelvo por donde vine y entro en el local de mi derecha. El hombre que allí vive me recibe con saludos cordiales, como siempre. Me debe muchas. No soy su amiga, no creo que tenga, son negocios al fin y al cabo. Se quita la cabeza de cabra y me recibe con sus ojos de sapo, amarillos de pupila horizontal, siempre consigue ponerme nerviosa. Le entrego mi frasco que siempre cuelga de mi cuello y él lo rellena como de costumbre. La arena en él resplandece, veo desiertos enteros en ese frasquito minúsculo, esperanzas perdidas y sueños alcanzados, amo mi frasquito. Él hombre se restriega las manos mientras me asombro una vez más con la profundidad de esa maravillosa arena. Arena de sueños.
Vuelvo por donde vine, ese hombre cabra ya no está en deuda conmigo, supongo que es una lástima. Quizá encuentre más huesecillos de hada pienso mientras veo un par de gemelas enjauladas en una jaula dorada. Un ser de largo hocico y vendado sujeta y zarandea la jaula, grita su precio y las deja por ahí. "Son recientes dice".
Es hora de salir, camino un poco acelerada, se me hace tarde. Salgo y la lluvia cae llorosa y brusca, una cascada perpetua, miro un poco hacia arriba moviendo mi capucha y veo a la Luna, la saludo y me voy corriendo a casa. Hasta el mes que viene supongo o hasta que supere mi pasado, mi pasado me persigue, yo lo hice así... supongo.
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domingo, 8 de diciembre de 2013
La noche de una escritora llamada Lavanda
Selecciono todo... Borrar. Qué jodido se me hace a veces escribir. Hay días que no sale nada, nada de nada, y llevo ya una semana así. Me dice mi pareja que qué tal voy, si acabaré a tiempo la novela. Joder, no, no creo. Respondo. Estas noches mi cenicero ha estado lleno de cigarrillos apagados, y un par de porros en el de al lado. Y nada, ni las tazas de café, ni las cervezas me han dado una buena historia. ¡Qué le vamos a hacer! Esta tarde me compré una extraña mano carmesí, creo que da buena suerte o algo de eso, parece hindú o de un buda o algo. Gilipolleces de esas, pero estaba muy barata... En qué pienso... Uno tras otro, pensamientos que no sirven de nada. Apago la tele, apago la luz, me quito el portátil de encima, me tumbo, me tapo, me duermo. Nunca logro hacer lo último cuando quiero. ¿Podrá alguien?
. . .
"El vagón del metro se paró a los pies de Betty, su pelo del color del fuego lo llevaba escondido bajo un oscuro gorro de lana, debía pasar desapercibida. La noche no perdona a nadie porque la noche no juzga. Coge uno de los primeros asientos que ve, sabe que no ha de fiarse de ninguno de los seres que la acompañan en el viejo vagón. Son las tres de la mañana y espera que no haya imprevistos o su cita puede arruinarse en un chasquido de dedos.
Los pálidos la miran sin disimulo alguno desde el otro extremo. Uno de ellos se levanta y el resto le siguen, llevan chupas de cuero con pinchos en las hombreras y andan con ese aire que tienen los matones de patio, Betty sabe que van a por ella, ¿demasiado colorete? Uno de ellos se apoya en la barra que tiene Betty encima de la cabeza y el resto la rodean.
-Vaya, vaya. Un ratoncito perdido en nuestro territorio...
-No me queréis hacer enfadar.
-¿Habéis oído chicos? -el resto se ríe abiertamente, todo el vagón los mira- ¿Que no te enfademos? ¿Y qué harás?
Betty se levanta y lo coge del cuello, habla con su voz aunque son todas sus voces al mismo tiempo.
-Hoy no tengo tiempo para juegos, pálido, vuelve con tu luna a cazar mortales, este no es tu lugar.
Al soltar su cuello éste comienza a soltar vapor, arde, está quemado y el pálido cae al suelo al instante, es cierto que no sabe con quién se mete, esa noche no comerá. Todo el vagón está en tensión, ninguno espera ver a..."
. . .
Joder, ya he perdido el hilo. ¿Qué coño era Betty? ¿Una parca? ¿Una bruja? ¿Una vaca? Sí, Betty la vaca, muy original. Sí, señor, la vaca mística del fuego que anunciará el apocalipsis viaja en metro a las tres de la mañana. Me estoy luciendo.
. . .
"Todo el vagón está en tensión, ninguno espera ver a una de las Responsables esta noche. Todos tuercen la cabeza a un lado y hacen como que no han visto nada, los pálidos se apresuran a irse en la siguiente parada y miran hacia atrás resignados y con su delicado orgullo hecho un amasijo de juguetes rotos.
Diez minutos más tarde Betty llega a su parada. A la salida la espera un gran hombre negro muy bien trajeado, con guantes blancos y una gorra de chófer.
-No esperaba que una entidad como usted cogiese el transporte público, pero aquí estoy tal y como acordamos, no es terreno de ninguno. Haga su oferta.
Betty lo mira de arriba a abajo, algo nerviosa, pero recuerda que las ha pasado peores últimamente como para titubear ahora. Saca de su vieja bolsa algo envuelto siete veces. El chófer lo desenvuelve con cuidado, a pesar del olor a sangre reseca está contento. Pide a Betty que la acompañe para recoger lo que ha comprado.
-Es viejo, lo sé, pero vale la pena. ¿Estás segura de que quieres hacerlo? ¿Sabes realmente con qué juegas?
-Hombre, no cuestione mis métodos. Y debería haberme preguntado un quién no un qué. Sé exactamente lo que hago.
-Lo siento, es sólo que... -el hombre hizo una pausa para tragar- mi señora me advirtió de qué le estoy entregando y es sumamente perturbador...
El hombre le entregó a Betty una mano de color carmesí, sin uñas y sin una sola arruga. Betty estaba satisfecha, dejaría por fin de ser una de las Responsables y podría volver a probar la vida mortal por última vez. Después de todo, nadie la dio a elegir."
. . .
Y creo que por hoy basta. No está como quisiera y no sé si digo todo lo que debería decir, me pregunto a veces cómo es la cara de alguien que me lee. Debe ser extraño. En fin, suficiente Betty por hoy. En unos minutos vendrá Triana... dioses, adoro su sangre.
Lavanda
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"El vagón del metro se paró a los pies de Betty, su pelo del color del fuego lo llevaba escondido bajo un oscuro gorro de lana, debía pasar desapercibida. La noche no perdona a nadie porque la noche no juzga. Coge uno de los primeros asientos que ve, sabe que no ha de fiarse de ninguno de los seres que la acompañan en el viejo vagón. Son las tres de la mañana y espera que no haya imprevistos o su cita puede arruinarse en un chasquido de dedos.
Los pálidos la miran sin disimulo alguno desde el otro extremo. Uno de ellos se levanta y el resto le siguen, llevan chupas de cuero con pinchos en las hombreras y andan con ese aire que tienen los matones de patio, Betty sabe que van a por ella, ¿demasiado colorete? Uno de ellos se apoya en la barra que tiene Betty encima de la cabeza y el resto la rodean.
-Vaya, vaya. Un ratoncito perdido en nuestro territorio...
-No me queréis hacer enfadar.
-¿Habéis oído chicos? -el resto se ríe abiertamente, todo el vagón los mira- ¿Que no te enfademos? ¿Y qué harás?
Betty se levanta y lo coge del cuello, habla con su voz aunque son todas sus voces al mismo tiempo.
-Hoy no tengo tiempo para juegos, pálido, vuelve con tu luna a cazar mortales, este no es tu lugar.
Al soltar su cuello éste comienza a soltar vapor, arde, está quemado y el pálido cae al suelo al instante, es cierto que no sabe con quién se mete, esa noche no comerá. Todo el vagón está en tensión, ninguno espera ver a..."
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Joder, ya he perdido el hilo. ¿Qué coño era Betty? ¿Una parca? ¿Una bruja? ¿Una vaca? Sí, Betty la vaca, muy original. Sí, señor, la vaca mística del fuego que anunciará el apocalipsis viaja en metro a las tres de la mañana. Me estoy luciendo.
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"Todo el vagón está en tensión, ninguno espera ver a una de las Responsables esta noche. Todos tuercen la cabeza a un lado y hacen como que no han visto nada, los pálidos se apresuran a irse en la siguiente parada y miran hacia atrás resignados y con su delicado orgullo hecho un amasijo de juguetes rotos.
Diez minutos más tarde Betty llega a su parada. A la salida la espera un gran hombre negro muy bien trajeado, con guantes blancos y una gorra de chófer.
-No esperaba que una entidad como usted cogiese el transporte público, pero aquí estoy tal y como acordamos, no es terreno de ninguno. Haga su oferta.
Betty lo mira de arriba a abajo, algo nerviosa, pero recuerda que las ha pasado peores últimamente como para titubear ahora. Saca de su vieja bolsa algo envuelto siete veces. El chófer lo desenvuelve con cuidado, a pesar del olor a sangre reseca está contento. Pide a Betty que la acompañe para recoger lo que ha comprado.
-Es viejo, lo sé, pero vale la pena. ¿Estás segura de que quieres hacerlo? ¿Sabes realmente con qué juegas?
-Hombre, no cuestione mis métodos. Y debería haberme preguntado un quién no un qué. Sé exactamente lo que hago.
-Lo siento, es sólo que... -el hombre hizo una pausa para tragar- mi señora me advirtió de qué le estoy entregando y es sumamente perturbador...
El hombre le entregó a Betty una mano de color carmesí, sin uñas y sin una sola arruga. Betty estaba satisfecha, dejaría por fin de ser una de las Responsables y podría volver a probar la vida mortal por última vez. Después de todo, nadie la dio a elegir."
. . .
Y creo que por hoy basta. No está como quisiera y no sé si digo todo lo que debería decir, me pregunto a veces cómo es la cara de alguien que me lee. Debe ser extraño. En fin, suficiente Betty por hoy. En unos minutos vendrá Triana... dioses, adoro su sangre.
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jueves, 7 de noviembre de 2013
Revelaciones de un pasado que nunca fue vivido
Mismo edificio. Las paredes a medio pintar, los ladrillos olvidados. La misma puerta verde de madera carcomida. La abro y encuentro la oscuridad que esperaba, los adoquines medio rotos del suelo me dicen que estoy en el lugar correcto... me acerco a los buzones y leo el nombre que figura en el cuarto piso. Allí voy. Allí es donde empezó todo, he de arrancarlo de raíz.
28 de junio de 1983
Hoy ha sido un día tremendo. Comencé mis investigaciones sobre la magia y el esoterismo. Soy el único loco de esta ciudad interesado en estas cosas, o lo que es en otras palabras, tengo todo el conocimiento de La Ciudad a mi alcance. Estos monos ignorantes que luchan por llegar a la siguiente noche no saben sobre qué tesoro viven, qué oro respiran ni qué poder aguarda en aquellos que han nacido aquí.
Subo varios de los escalones... resuenan, no me gusta que resuenen, no los recordaba así. La barandilla está astillada y en algunos cachos está arrancada de cuajo. Uno de los escalones está hundido y hay marcas de enormes garras en la pared. No es un panorama agradable, sé que hice mal y qué he causado muchos problemas pero no por ello voy a echarme atrás ahora. Cuando no puedes hacer lo correcto al menos has de hacer lo menos incorrecto.
5 de noviembre de 1987
En los últimos días he avanzado mucho en mis investigaciones. He conseguido muestras frescas, el señor "Freeze", como se hace llamar, me debía unos cuantos favores y es él quien controla el banco de sangre y de donativos de órganos. En los hospitales hay más corrupción de la que imaginaba, en cuanto tienen la oportunidad de conseguir órganos frescos sus ojos se iluminan y sus siniestras garras son capaces de todo por obtenerlos.
En fin, gracias a esa corrupción interna mis experimentos son mucho más precisos y poco a poco me voy acercando a la Verdad de todo esto. Quiénes somos, qué somos y a dónde vamos. Las preguntas más importantes de la humanidad por fin serán respondidas.
Ah... el segundo piso... lo echaba de menos, aquí pasé varias de mis noches con aquella chica del pelo rosa. Una buena mujer, me gustaría haber sido capaz de cuidar de nuestra hija pero no, mi trabajo era más importante. Mi... hija... ¿Qué habrá sido de ella? ¿Me atrevo a entrar? Toco el picaporte poco a poco pero algo me impide abrir esa puerta. No tengo derecho, no. No tengo derecho a la redención.
Sigo mi camino hacia el cuarto piso.
13 de enero de 1989
He conseguido varios éxitos. Éxitos relativos, prueban que mi teoría es posible pero no que sea cierta y mucho menos que sea la Verdad. El piso comienza a oler mal y he decidido pasar las noches en el segundo, una chica de pelo rosa me deja quedarme siempre que le traiga algo de droga o medicinas, según la noche. Nada difícil de crear para mí. He forrado todas las ventanas de mi piso para que nadie pueda ver lo que se esconde ahí dentro, no hay que llamar la atención con estas cosas.
Escalón a escalón llego. Me apoyo en la pared para no caerme entre tanta penumbra y noto la pared húmeda. Llueve fuera y el edificio es antiguo, es normal que esté así. Veo como la luz de la calle se cuela por algunas de las grietas y las ventanas de los rellanos. Asciendo.
Responsabilidades y deberes, siempre han sido mi punto flaco, no me gustan, no puedo con ellos, son superiores a mí. Supongo que siempre fui el mismo tipo débil que quiso ser algo en este mundo. No lo sé.
16 de agosto de 1991
He logrado mi primer milagro, todo el piso comenzó a tambalearse y la misma realidad se dobló sobre sí misma. Y de entre todo un ser de aspecto oscuro me saludó y me advirtió de lo que estaba haciendo. Le grité que lo que hago es ciencia. Parecía saber más que yo de la manera que un padre sabe más que su hijo de tres años.
Ha sido una experiencia un tanto extraña. Aún me tiembla el pulso y de vez en cuando me dan flashes, todo se ilumina y me pitan los oídos mientras me entra un dolor de cabeza muy punzante y muy agudo. A veces pienso que es por haber logrado ver algo que mi cerebro no lo puede concebir como real, se atasca y duele. Otras pienso que esto es una tontería, y que todo saldrá bien, que sólo ha sido mi imaginación y que el experimento me ha producido alguna clase de migraña.
En otro orden de cosas, Susana comienza a tener dolores, espero que nuestro hijo no sea prematuro y tenga alguna complicación extraña.
Llegué al cuarto piso. Voy por el hueco de la derecha y me encuentro con mi puerta y con la de mis dos vecinos. ¿Tengo el valor de acabar con esto? No. Pero he de hacerlo. Piso fuerte, las tablas chirrían y toco el picaporte. Saco la llave del bolsillo de mi chaqueta y la introduzco... siento como la realidad se tambalea, como el tejido del mundo chirría y me asusta.
18 de mayo de 1994
Hoy es la noche en la que lo lograré. El Barquero me lo ha advertido innumerables veces, "la Verdad duele", "la Verdad no es para ti". No me importa el dolor... sin Susana ya no tengo nada que perder. Sólo espero que mi hija no me llegue a conocer nunca.
Hoy es el día, hoy por fin lograré lo imposible. Hoy conoceré la vida, la libertad, la realidad y qué es este mundo; todas las dimensiones, universos y demás forman parte de un todo colosal, "algo que una mente humana no puede asimilar" pero hoy yo lo conseguiré, hoy yo lograré llegar a un estado pandimensional y perinteligente.
Es el momento exacto, noche sin estrellas ni Luna, es el lugar exacto, la coordenada justa del punto donde todo comenzó.
Entro en el piso. Sí... este vacío lo recuerdo. El piso se ve igual que siempre pero más abandonado, hay sangre por el suelo, las paredes están corroídas, hay telarañas por todas partes y los muebles están recubiertos del mismo plástico de siempre. Sólo al pisarlo siento todo el vacío que esta ciudad lleva consigo, en el centro del piso está, cómo no... El Barquero. Sólo escucho sus alas. Me está mirando con sus ojos oscuros ojos, no necesita hablarme, después de tanto tiempo ha esperado mi regreso y por fin estoy aquí. Sólo lo veo levantarse. Sé qué dirá, sé qué piensa. Me lo ahorro. Grito que estoy aquí. Grito que vengo a resolver esto. El Barquero de pronto está por todas partes y en ninguna a la vez, siento su aliento en mi boca, también está en mí. Sé qué he de hacer, grito. Vengo a ofrecerme como sacrificio. Vengo a salvar a esta ciudad del vacío. Vengo a ofrecerme como sacrificio para conservarla para siempre. Te ofrezco esta pesadilla de la que soy responsable. Tómala y haz que sirva de lección a toda la necia humanidad... Toma mi vida y bórrala, suprímela, elimínala. Haz lo que debas hacer. Cumplí mi parte del trato, he vuelto, ahora cumple la tuya, resuelve esto.
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jueves, 26 de septiembre de 2013
Cada tres noches hay una más
Me he terminado el vodka y... no sé qué más hacer hoy antes de irme a casa. Tengo el vaso agarrado por la punta de los dedos y no hago más que darle vueltas y entretenerme viendo los hielos girar. No vendrá, estoy casi segura de ello. Estuve segura a partir del segundo vaso de vodka. En fin... No pasa nada, o eso creo, o eso me hago creer. Ya está bien, me piro de este tugurio.
Es bastante tarde, la Luna apenas alumbra aquí pero se la ve, tan hermosa como siempre señora Luna, ojalá yo hubiese envejecido mejor que usted. Quizá la vida que llevaba no hubiese estado tan mal seguirla, así ya habría muerto y no estaría viviendo esto. Qué le vamos a hacer. ¡Rebeca! ¡Espera! Escucho a mi espalda, es el imbécil al que esperaba, sorpresa, sorpresa. No me acuerdo de su nombre. Tío, pírate, ¿quieres? Necesito algo y tú no me lo puedes dar, le digo. El hombre baja la cabeza avergonzado, qué mono, quedan pocos tíos así, pero él debería saber que no me van los callados y vergonzosos. Ya quedan menos tías a las que les vayan los hombres tímidos, se extinguirán juntos supongo. ¡Eh...! Adiós y cuídate, ¿quieres? Le oigo a mi espalda, tan sólo le levanto el brazo para decir "sí, macho, te he oído, pero no te pienso hacer ni santo caso". Harry tiene más de lo que me gusta, no sólo en un hombre, sino como camello. Más por lo segundo que por lo primero.
Odio las noches aquí, todo se ve amarillo.
-Oye guapa... ¿cuánto cuestas?
Joder... hay que ser gilipollas. Ahora me dolerán los nudillos un par de horas, ese tío tenía la nariz bastante dura. Que le jodan. ¡Que le jodan! ...Cálmate, Rebeca, calma. Suspiro. Camino más despacio, soy consciente de mi respiración unos momentos. Llego hasta la parada de autobús al fin. Una noche más, me digo en bajito. Una noche más, me repito para mis adentros. Me busco en el bolso por si tengo suerte y encuentro algún cigarro, no es el caso. Joder. No hay nadie a quien le pueda pedir.
Me dijo Yina que cogiera el nocturno en la plaza de al lado de su casa, espero que tenga razón, no quiero deambular demasiado esta noche.
¡Al fin viene! ¡Joder! ¡Ya era hora!
Yina tenía razón. Ya he llegado, el 43 de la calle del mercado alemán. La puerta es verde y astillada, vieja sin duda. En fin, mejor entrar que quedarse fuera. Me encuentro ante un vestíbulo lóbrego y angosto y me dirijo a las escaleras, ni me atrevo a llamar al ascensor. Llego al cuarto piso, a donde me dijo Yina, un local abandonado y lleno de polvo. Un techo en el que vivir esta noche.
Camino por el parqué y siento como cada paso crea una sinfonía terrorífica mientras comienzo a oler un hedor muy familiar. No es asqueroso pero si perturbador. Abro la puerta con la letra C, el local abandonado, allí los muebles están cubiertos por plásticos y todo está cubierto por una pátina de polvo y antigüedad. Una de las paredes es toda acristalada, la luz de la calle se cuela por ella creando sombras de ultratumba en cada rincón. Delante mío hay un sofá, a la izquierda la cocina y a la derecha un pasillo que imagino llevará a las habitaciones. Comienzo a caminar hasta la lámpara de pié que está tras el sofá. Joder, ya sé de dónde venía ese olor. Joder, no. ¿Por qué me tocan siempre estas cosas a mí? Delante del sofá hay tres velas consumidas, puestas en cada vértice de un triángulo dibujado con tiza y en el centro se encuentra un charco de sangre muy grande, exageradamente grande. Sangre seca. Sangre apestosa. En medio de todo el charco hay un pequeño feto. Quemado. J. O. D. E. R. Qué asco, macho. Me acerco a la cocina a ver si encuentro un paño o una escoba o algo, yo aquí no duermo con eso ahí. ¿Quién sube a un cuarto piso para hacer una especie de ritual satánico? ¡Siempre me pasa algo, coño!
Bien, joder, hay una escoba y un recogedor. Ay. Dios. ¿Por qué siempre a mí? Yina me va a oír cuando la coja de las coletas. Hecho, espero poder dormir lo que queda de noche. Mejor esto a cuando lo que te encuentras es un pastillero demasiado puesto, pero... esto es más perturbador. ¡Me va a oír esa zorra! Joder. Calma. Mis pastillas, el bolso. Necesito un par. Necesito calmarme. Vale. Creo que ya, creo que ya. Uf.
Llevo ya tres días viviendo en el local abandonado y no he vivido tan mal, aunque la sangre no ha salido del parqué. Yina no tenía ni puta idea acerca del feto, yo creo que lo sabe pero no me lo quiere decir. Si me entero de que es suyo no sé qué la haré. Otra noche más la de hoy. Otra noche más, salgo a la calle a fumarme un cigarro y a buscar dónde dormir hoy.
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Es bastante tarde, la Luna apenas alumbra aquí pero se la ve, tan hermosa como siempre señora Luna, ojalá yo hubiese envejecido mejor que usted. Quizá la vida que llevaba no hubiese estado tan mal seguirla, así ya habría muerto y no estaría viviendo esto. Qué le vamos a hacer. ¡Rebeca! ¡Espera! Escucho a mi espalda, es el imbécil al que esperaba, sorpresa, sorpresa. No me acuerdo de su nombre. Tío, pírate, ¿quieres? Necesito algo y tú no me lo puedes dar, le digo. El hombre baja la cabeza avergonzado, qué mono, quedan pocos tíos así, pero él debería saber que no me van los callados y vergonzosos. Ya quedan menos tías a las que les vayan los hombres tímidos, se extinguirán juntos supongo. ¡Eh...! Adiós y cuídate, ¿quieres? Le oigo a mi espalda, tan sólo le levanto el brazo para decir "sí, macho, te he oído, pero no te pienso hacer ni santo caso". Harry tiene más de lo que me gusta, no sólo en un hombre, sino como camello. Más por lo segundo que por lo primero.
Odio las noches aquí, todo se ve amarillo.
-Oye guapa... ¿cuánto cuestas?
Joder... hay que ser gilipollas. Ahora me dolerán los nudillos un par de horas, ese tío tenía la nariz bastante dura. Que le jodan. ¡Que le jodan! ...Cálmate, Rebeca, calma. Suspiro. Camino más despacio, soy consciente de mi respiración unos momentos. Llego hasta la parada de autobús al fin. Una noche más, me digo en bajito. Una noche más, me repito para mis adentros. Me busco en el bolso por si tengo suerte y encuentro algún cigarro, no es el caso. Joder. No hay nadie a quien le pueda pedir.
Me dijo Yina que cogiera el nocturno en la plaza de al lado de su casa, espero que tenga razón, no quiero deambular demasiado esta noche.
¡Al fin viene! ¡Joder! ¡Ya era hora!
Yina tenía razón. Ya he llegado, el 43 de la calle del mercado alemán. La puerta es verde y astillada, vieja sin duda. En fin, mejor entrar que quedarse fuera. Me encuentro ante un vestíbulo lóbrego y angosto y me dirijo a las escaleras, ni me atrevo a llamar al ascensor. Llego al cuarto piso, a donde me dijo Yina, un local abandonado y lleno de polvo. Un techo en el que vivir esta noche.
Camino por el parqué y siento como cada paso crea una sinfonía terrorífica mientras comienzo a oler un hedor muy familiar. No es asqueroso pero si perturbador. Abro la puerta con la letra C, el local abandonado, allí los muebles están cubiertos por plásticos y todo está cubierto por una pátina de polvo y antigüedad. Una de las paredes es toda acristalada, la luz de la calle se cuela por ella creando sombras de ultratumba en cada rincón. Delante mío hay un sofá, a la izquierda la cocina y a la derecha un pasillo que imagino llevará a las habitaciones. Comienzo a caminar hasta la lámpara de pié que está tras el sofá. Joder, ya sé de dónde venía ese olor. Joder, no. ¿Por qué me tocan siempre estas cosas a mí? Delante del sofá hay tres velas consumidas, puestas en cada vértice de un triángulo dibujado con tiza y en el centro se encuentra un charco de sangre muy grande, exageradamente grande. Sangre seca. Sangre apestosa. En medio de todo el charco hay un pequeño feto. Quemado. J. O. D. E. R. Qué asco, macho. Me acerco a la cocina a ver si encuentro un paño o una escoba o algo, yo aquí no duermo con eso ahí. ¿Quién sube a un cuarto piso para hacer una especie de ritual satánico? ¡Siempre me pasa algo, coño!
Bien, joder, hay una escoba y un recogedor. Ay. Dios. ¿Por qué siempre a mí? Yina me va a oír cuando la coja de las coletas. Hecho, espero poder dormir lo que queda de noche. Mejor esto a cuando lo que te encuentras es un pastillero demasiado puesto, pero... esto es más perturbador. ¡Me va a oír esa zorra! Joder. Calma. Mis pastillas, el bolso. Necesito un par. Necesito calmarme. Vale. Creo que ya, creo que ya. Uf.
Llevo ya tres días viviendo en el local abandonado y no he vivido tan mal, aunque la sangre no ha salido del parqué. Yina no tenía ni puta idea acerca del feto, yo creo que lo sabe pero no me lo quiere decir. Si me entero de que es suyo no sé qué la haré. Otra noche más la de hoy. Otra noche más, salgo a la calle a fumarme un cigarro y a buscar dónde dormir hoy.
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jueves, 29 de agosto de 2013
Sinceridad
-Te seré sincero: soy un fraude. Nada de lo que digo se parece
mínimamente a la realidad, pero eso es lo que soy, ¿no? Un ilusionista. un muro
de humo, un hombre capaz de lo más insólito y extraordinario para agradar a su
público. Un tipo que comprendió la realidad y decidió hacer trampas pues ésta
era muy complicada. Pero estás conmigo, no obstante, con la esperanza de que
algo de lo que diga cambie tu vida, te sorprenda, te llegue, te sobrecoja o te
alegre la mala tarde. O esa impresión te he dado siempre, ¿cierto? Por eso te
atraía tanto... No puedo hacer nada de lo que me pides, cielo, soy un
sucedáneo. Nunca fui nadie en ningún sitio, nunca fui nadie para ninguna
persona. Nunca he sido importante realmente. Muchos han creído que yo les
importaba, a ellos le importaba alguien que no era yo, ni por asomo.
>Nunca me ha conocido nadie. Ni siquiera aquella chica del pelo rojo
que sonreía tanto... ella nunca me quiso de verdad aunque yo a ella sí y nunca
lo supo. Una vida falsa, con caretas, máscaras, disfraces, espejos y retorcidos
guiones ensayados y meticulosamente meditados. He dado alegrías para que me
sonrían, pena para que me acojan, ira para importarles. He contado proezas,
historias, cuentos y maravillas que jamás ocurrieron. Nunca he sido sincero,
por eso quise serlo contigo, para que sepas que, en el fondo, me importas tanto
como para desmontar cada treta que tengo preparada para ti, cada engaño que
utilizo para llegar a mi objetivo.
>Toda mi vida ha sido falsa, nunca me ha pasado nada sobrenatural ni
he conocido a ningún dios ni espíritu, como mucho ha sido una demencia propia
de mi enfermiza esquizofrenia que a duras penas controlo con alguna que otra
droga. No son baratas, ¿sabes? Todo ha sido como una bola de nieve. Dicen que
las mentiras te persiguen, dicen que se pilla antes a un mentiroso que a un
cojo. Son chorradas. Si no existe la verdad, ¿existe la mentira? Tergiverso la
realidad para no enfrentarme a mis miedos. Me pongo una cara que no es la mía
para afrontar las peores situaciones que vivo. Digo palabras que nunca saldrían
de mi boca para poder escapar de la tensión y el nerviosismo. Comprenderás
ahora que nunca me he podido permitir querer a nadie demasiado, a nadie que se
empeñe en continuar en mi vida. Las pocas personas que han sabido un ápice de
la mentira que soy se han ido pronto de mi vida; lo sabía con antelación y a
modo de expiación hice que ellos lo supieran. Maquinador, sí. Bochornoso,
también. Pero nunca lo supo nadie realmente. Los sentimientos que estás
generando hacia mí en este momento son de odio imagino, ¿cómo no te lo conté
antes? ¿Cómo he podido ser así tanto tiempo? Porque soy un hijo de puta muy
listo. Por eso.
>Supongo que ya me odiabas un poco antes. Conozco bien la naturaleza
humana, mi compañía hace que en el fondo sepas que soy alguien con quien no te
conviene compartir tu tiempo pero está tan al fondo que no lo escuchas, sólo
escuchas mi lengua venenosa. Pero no soy tan malo. Es un mecanismo de defensa,
debería darte lástima y no rabia. Si no tuviera tanto miedo de ser quien de
verdad soy no sería el fraude que soy, si la gente fuese más comprensiva y
tolerante no haría lo que hago. Por eso nunca llegué demasiado lejos en mis
mentiras, por eso nunca me acosté con nadie que no quiso hacerlo de verdad, por
eso siempre que alguien quiere que forme parte de su vida íntima me aseguro de
sus razones y compruebo que ninguna sea una burda ilusión de la que no ha
logrado darse cuenta. No soy tan terrible, ¿no crees? Así somos los humanos,
unos imbéciles que tienen miedo de que su reflejo sea ellos mismos y no la
fachada que tanto les ha costado construirse. Somos socialmente ineptos.
>Pero tú me importas. Aunque ahora te preguntas si esto es cierto.
¿Me equivoco? Me pregunto cuántas veces me habrás escuchado decir esto, a
cuántas personas. Y ahora sabes que ninguna era verdad, por eso te preguntas si
es cierto que me importas. Quizá toda esta sinceridad sea una enrevesada
mentira cuyo fin es que parezca que me abro a ti y sólo a ti y así hacer que tú
pienses que eres única en mi vida, que esta vez, esta única e insólita vez, voy
en serio. ¿Quién sabe? Quizá no sea tan tóxico como parezco. Quizá por una vez
sea la pura verdad. Quizá por una vez este dulce flautista deje de tocar y
comience a hablar. Pero, quién sabe... Cuando arrastras tanto una mentira
acabas creyéndotela, acabas dudando si de verdad hiciste aquello o si de verdad
sentiste eso otro. Tu mundo acaba siendo una constante duda, una constante
lucha entre qué es verdad y qué es falso. ¿Te has abierto de verdad alguna vez
a alguien? ¿Hasta que punto llega tu control sobre qué es real y qué no? Te
estoy siendo sincero o, al menos, eso aparento, por eso te diré que no tengo la
más remota idea de la respuesta a esas preguntas. Esto lo he llevado demasiado
lejos y no sé dónde estoy yo, dónde el personaje y dónde la máscara. Todo es
una amalgama que ha formado un espectro que ha vivido más pasados de los que
permite una vida y ha visto más de lo que ha podido ver un hombre. Todo por no
salir corriendo. Todo por querer que alguien te abrace a ti por una vez. Así
que te seré sincero, no sé quién soy, qué he hecho y qué no, qué he sentido ni
qué siento. Todo forma parte de un plan del que ni yo tengo información. Pero
no soy tan malo, ¿no crees?
>Es una lástima que sea tan precavido, tan maquinador y tan
repugnante todo metido dentro un cuerpo repleto de miedo al mundo y a sí mismo
disfrazado de alguien seguro, tenaz y de éxito. Es una lástima para ti, claro.
No viniste en el mejor momento, sabes que si fueras cualquier otra persona me
hubiese aprovechado de ti y te hubiese dejado ir pero me importas demasiado y
por tanto eres peligrosa para mí, para mi estructura. No puedo dejar que te
vayas... ¿Ves? ¡Esa es la mirada que nunca puse yo! ¡Esa! Esa mirada que se
asoma entre lágrimas que no se atreven a caer. Es una mirada demasiado pura,
demasiado sincera, demasiado real, ningún disfraz puede crear algo así, es
arte, puro arte.
-¡Hijo de puta! ¡Socorro! ¡Suéltame!
-Cariño... por favor, no hagas esto más difícil. Te lo dije antes y te lo digo ahora, nadie puede oírte. Odio cuando se despega
la cinta americana, deberían inventar algo mejor. Ya te he dicho que me
importas mucho, más que ninguna otra persona en el mundo y no puedo dejar que
eso ocurra. Hasta siempre cielo... te recordaré siempre.
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lunes, 26 de agosto de 2013
Privado
Privado.
Acabo de leer esa palabra entre los archivos del portátil, qué atrayente es.
Apago el cigarro y lo dejo junto a sus ocho hermanos en aquel cenicero que robé
del último motel en el que acabé anoche. Noto una leve sonrisa en mi cara,
resulta que este portátil está hasta arriba de porno si sabes buscar bien. Saco
otro cigarro. Miranda me despierta de mi ensueño. Qué haces cariño, me dice.
Nada, ver unas cosas de Roberto. Ella me toca un pecho con un dedo mientras
hace un *pup* con la boca. No te acuestes demasiado tarde, mañana hay negocio,
me dice con esa voz tan dulce que me enamoró la primera vez. Sigo investigando
y encuentro lo que buscaba: lugares de recogida de Roberto. Esta vez le voy a
joder pero bien.
Suena
el despertador y retumba en mi cabeza como si fuera un taladro industrial
martilleando mis sesos con odio, suelto un leve bramido con la boca, desde lo
más profundo de mi garganta. Miranda me mira desde el baño con un cepillo de
dientes metido en la boca. Me encanta verla desmelenada, con esa sombra de ojos
corrida y su cara de por las mañanas; su ropa interior de encaje hace que mis
ojos se despierten aunque mi cuerpo siga sin responder. Vamos, vístete, la
escucho decir. Es preciosa, no la merezco. Voy, digo malhumorada y alargándolo
todo lo que puedo. Me despierto y me pongo mi ropa interior, piso un par de
colillas de camino a la ducha. Oh, sí, hoy tenemos agua caliente. Me encantaría
ducharme con ella pero nos retrasaríamos mucho. Me ducho rápido, cojo mi ropa y
bajamos por las escaleras de madera rancia de un viejo edificio del centro.
Deberían derribarlos y hacer nuevos, esto da miedo. Llegamos a la calle, al
sol. La mañana hace que nuestra piel pálida acostumbrada a la noche resalte
entre el gentío, da igual, somos escurridizas y pronto acabamos por nuestros
callejones. Es el momento de joder a Roberto como nunca. Vamos a cada lugar
donde coge su mercancía y con sus claves la recibimos nosotras. Es un plan
astuto, sencillo, pero astuto. Pronto hemos cubierto prácticamente todos los
lugares antes de que Roberto siquiera haya despertado a la puta con la que
durmió ayer.
Acabamos
en un lugar de nuestro pasado, un lugar medio en ruinas, medio habitado. Un
lugar donde reina la ley del asfalto. Nos acercamos a la casa de una madame.
Esto sí que no se lo esperaría nadie, dos lesbianas repletas de mierda limpia
en un burdel a las doce de la mañana. Nos quitamos las pelucas antes de entrar,
ahora sí queremos que nos reconozcan. Miranda y yo decidimos anoche que
salvaríamos a una de estas condenadas de las garras de algún ejecutivo
grasiento demasiado verde como para que su mujer le permita hacerla lo que él
hace aquí. La madame nos recibe maliciosamente, aquí la droga es igual a
dinero, esta hija de perra se gastaría el dinero en heroína, sólo nos cargamos intermediarios.
Pasen, pasen, les presentaré a algunas de mis mejores, nos dice con una sonrisa
encantadora y encantadoramente perversa por sus arrugas y maquillaje seco.
Sabemos que es mentira, sabemos que nos enseñará a sus chicas más drogadas y
destrozadas, las muertas vivientes, aquellas cuya vida dejó de importarles hace
mucho, no podemos hacer nada por ellas, ya no. Educadamente Miranda le dice a
la madame que no se moleste, que buscaremos nosotras y que ya la informaremos.
A pesar de la hora que es aún hay hombres en la parte del bar del local, la
mayoría de empalme, otros acaban de llegar. Muchos que llevan despiertos más de
un día y están más puestos que yo me silban, Miranda, celosa como siempre, me
agarra del codo y tira de mí sin que pueda siquiera mirarles. La amo. Pronto
llegamos a una zona donde descansan unas chicas, al ver la edad de algunas me
acuerdo de cuando me metieron a mí en esto, también sin edad necesaria. Me da
una arcada que intento aguantar como buenamente puedo. Noto que Miranda me hace
una señal para que me acerque a las chicas, la mesa está llena de cigarros
apagados y una se está poniendo hasta arriba de coca. Todas me miran,
desconfiadas y medio cabreadas. Las comprendo. ¿Qué quiere un culito de ángel
de nosotras?, me dice la más alta de todas mientras apenas la distingo entre
las sombras de esta esquina. Redención. Sólo digo eso, cae como un peso muerto
en la mesa. Una se espanta, otra está tan sorprendida que se le cae el cigarro,
las demás me miran con desprecio. Vete a la mierda, ¿te crees que nos creemos
esa mierda? Aquí estamos bien, no nos jodas. Me dice la alta de nuevo, ahora ha
salido de las sombras. La miro a los ojos. Tenéis una oportunidad y no voy de
coña. Una se empieza a inquietar, la mujer alta acaricia su cabellera y se
calma enseguida. No, vete, nosotras ya estamos condenadas y no necesitamos
redención, sé muy bien qué eres, así que largo. Muy bien, contesto, pues me
voy. Suspiro, me doy la vuelta y comienzo a caminar. Una actuación digna de una
profesional, me digo. Según nos alejamos del grupo nos disponemos a caminar
hacia la salida, allí hay una chica menuda, con una bata negra y mirada de
ternura. Lo hace bien, la jodida. ¿Qué quieres?, digo. Redención. Lo ha dicho
exactamente igual que yo pero con un acento que no logro identificar. ¿Segura?,
mis ojos son severos y mi gesto serio. Sí, lo estoy. Parece limpia, es una
buena compra y traemos suficiente priva como para comprar a cualquiera de
estas. La madame acepta maldiciendo entre dientes.
Estamos
de vuelta en nuestro apartamento, le hemos dado algo de dinero a la pequeña. Se
quedará con nosotras un tiempo para que se adapte a su nueva vida. No habla del
todo nuestro idioma pero lo entiende perfectamente. Estudió interpretación en
su país y por eso le fue tan bien como prostituta aquí. Duerme en el suelo pero
no la importa, sabe que es libre ahora de hacer lo que quiera. Es muy mona, la
típica cara de niña pequeña que no se va con la edad, su cuerpo es apenas de
metro y medio, blanco y lleno de lunares, verla en ropa interior me alegra por
las mañanas. Lástima que Miranda no quiere ni que lo piense. Mañana es otro día
de otra vida, me gusta acostarme con esa sensación, mi vida casi no me había
dado tiempo para parar... y pensar. Amaré siempre a Miranda, ¿ya lo he dicho?
Es
de madrugada y estamos viendo una peli porno que ponían en la tele de pago, se
la pinchamos al vecino el año pasado y aún no se ha enterado. Que se joda el
pajero. Mientras estoy con mi portátil. Tengo un e-mail de Roberto.
Hijas de puta. Os mataré si os
encuentro.
Estáis avisadas
Me
entra una risa tonta, apago el ordenador, termina la peli y nos vamos a dormir
pensando que aún no hemos olvidado nuestras viejas pieles, que aún no nos hemos
despojado de nuestro pasado y que nunca podremos. Miro a Miranda con la luz que
entra de la ciudad por la vieja ventana, sonríe en sueños. Amo a Miranda.
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sábado, 24 de agosto de 2013
Tomás
Detrás
de muchas miradas se esconden secretos que nadie quiere creer, que de saberse
todo el mundo olvidaría conscientemente, hechos ocultos por un bien común,
misterios que no deben ver la luz. Son sombras que todos conocemos pero todos
olvidamos. Hay quienes conocen estos susurros y los ocultan con todo lo que les
queda de humanidad.
Tomás
es un hombre moreno, vive cerca de la ciudad en un pequeño apartamento de un
barrio callado y alejado, no suelen pasar muchas cosas por allí. Su apartamento
es un bajo. Es un hombre amable de unos cuarenta años aunque ya tiene canas y
un poco de alopecia. Participa en todas las obras benéficas de su iglesia, da
golosinas a los niños y es amigo de la gran mayoría de dueños de perros del
barrio pues siempre que tiene tiempo saca a pasear a su beagle por los pocos
parques y avenidas que aún quedan en aquel pequeño barrio. Es un gran tipo,
trabaja en una empresa de ventas que no le quita demasiado tiempo. Tomás es un
tipo normal.
Debajo
de su cama tiene una trampilla fabricada por él. Su bloque de apartamentos no
tiene sótano, tan sólo una sala de calderas por lo que imaginamos que Tomás ha
cavado ese sótano que se encuentra bajo su cama. Cada noche de domingo corre su
cama, abre la trampilla, mete unas escaleras y baja lentamente. Parece
profundo, debe serlo para evitar todas las tuberías y alcantarillas del barrio,
hasta que pisa madera con sus viejos mocasines. Camina lentamente hasta una
portezuela de hierro con extraños relieves que forman encinares, parece una
puerta muy antigua. La abre con una llave que sólo él posee y que guarda
convenientemente en el mismo llavero que la llave de la trampilla. Arrastra las
pesadas puertas y llega a un pasillo iluminado con luz eléctrica aunque el
pasillo es de ladrillos muy viejos, algunos enmohecidos. Camina y camina, sus
mocasines hacen un eco aterrador pero él lo conoce muy bien, camina seguro y
decidido, su cara mantiene un semblante muy serio, inédito para sus conocidos.
Llega
por fin, pasa por un arco y llega a una sala redonda en la que dispuestos según
coordenadas cartesianas se encuentran cuatro pasillos, de cada uno aparece un
hombre. En el centro hay una estatua de oro, la estatua representa a un ser de
cuatro cuerpos, esto es, cuatro caras, ocho brazos, ocho piernas y cuatro
torsos, cada uno mirando a uno de los pasillos, el ser no tiene espalda ni
gónadas. Cada uno se acerca a un pequeño altar situado frente a la figura y
sacan un libro. Cada libro es diferente, parecen viejos diarios personales,
carcomidos y muy leídos. Los abren, alzan las manos, hacen una reverencia y
realizan cánticos en lenguas fósiles. Entonces la cabeza dorada de cuatro caras
gira en el sentido de las agujas del reloj una posición, se abren las bocas y
los ojos y de ellos mana sangre, sangre demasiado densa para ser humana, la
cual se desliza sin dejar rastro alguno en una fuente que se encuentra frente a
cada faz de la estatua. Los cuatro sacan unas copas muy alargadas y
ornamentadas, recogen la sangre y con sus lenguas recogen ese líquido casi
carmesí, casi negro, con unas lenguas exageradamente grandes para la humanidad,
son finas y muy largas, capaces de absorber gran cantidad de vitae, sangre. Los
cuatro se limpian la boca, cierran los ojos, hacen una reverencia y se van por
donde vinieron.
Esto
es un hecho insólito de por sí, ¿cierto? Tomás es un hombre que esconde muchos
secretos aunque, ¿qué es más inverosímil, este extraño ritual o el hecho de que
lleve siglos haciéndolo junto a los mismos cuatro hombres? Eso es un juicio que
dejo a quien escuche estos testimonios.
Al
día siguiente Tomás se levantará de la cama, se preparará un café, pondrá agua
en el café de Puch, su perro, cogerá su viejo coche y se irá a trabajar
escuchando un programa mañanero de radio.
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domingo, 4 de agosto de 2013
No pararon en la cuneta
Sorbió un poco más de café, sus marcadas ojeras gritaban por un poco de cafeína. Se sentó, tiró las cenizas en el platito de la taza y suspiró. Hacía semanas que no veía a nadie, tan sólo miraba el periódico, veía lo que fuera que echaran en la tele y bajaba al sótano para sentir nostalgia. Tenía un aspecto horrible, aunque nada exagerado con el aspecto que solía tener. Se acarició el piercing de la nariz, pensó un poco en qué hacer ese día, bajó los ojos al café. Tomó otro sorbo. Miró hacia el techo, exhaló. Se dio cuenta que no llevaba sujetador. Le dio igual al segundo después de saberlo. Se levantó, lavó la taza y salió a fuera a fumarse el tercero de la mañana. Aquel día se presentaba como todos pero vio su viejo coche acercarse por la calle. Él la saludó, ella, tirando el cigarro y todo lo que llevaba encima, fue corriendo a abrazarle y sonriendo se quejó de cuánto hacía que no le veía.
A los pocos días salieron de casa en aquel coche esperando no volver en mucho tiempo. Ella reclinó el asiento, se puso sus gafas de la suerte, comprobó la guantera y se guardó a una vieja amiga en la bota. Encendió un cigarro y después de chincharle a él con el humo se echó a reír como hacía semanas que no hacía. Él miró el móvil en un semáforo, a algún sitio irían.
Acabaron en un lugar costero con casuchas de madera seca, encontraron su casa, sujetada por unos postes por si subía la marea. No había timbre, dieron golpes a la puerta. Vieron la cara de una señora muy mayor y muy malhumorada, casi los echa en el acto. Él la explicó la situación y ella sonrío. Les dijo que allí ya no pasaban esas cosas, pero sabía dónde podría pasar algo parecido. Los envío a dos pueblos más al norte. Por el camino pararon un par de veces, eran dos pueblos pero muy lejanos entre sí. Después de dos días de viaje llegaron. Lo primero que les sorprendió fue tantísima niebla.
Ella se abrochó el abrigo y él se subió la cremallera de la sudadera. Ambos se pusieron una braga. Caminaron a paso firme por la nieve hasta que llegaron a la casa que se les había descrito. Era de día y el sol estaba en el punto más alto. Decidieron llamar a la puerta de atrás. Les abrió un tipo negro ancho, les dijo que no quería comprar nada y ellos con el mal humor en sus caras le dieron una patada en sus debilidades. Entraron en la casa mientras el pobre hombre sollozaba en el suelo, lo primero fue bajar al sótano. Sacaron los bates de béisbol. Lo siguiente era el desván, hicieron lo propio. El hombre recibió un parte médico días más tardes por contusión en el cráneo. Al salir del pueblo ambos dos recibieron una extraña visita en el coche. Era una chiquita joven, más joven que ella, rubia y de una belleza sureña, con ojazos incluidos. Les pidió si podía ser como ellos, de momento ninguno objetó. Momentos más tarde el silencio se rompió y la chica tenía un balazo en la pierna. Después de limpiar la herida los tres volvieron a casa. Hay días raros.
Bebieron del café que él preparó, ella sacó tres cigarros de liar, tabaco rubio. Dejó una caja vacía para las cenizas encima de la mesa. Era de noche cuando llegaron, el ventilador giraba lentamente, el viento lo hacía. Ella decidió esa noche, dormían juntas. Buenas noches.
Anónimo
Desde mis sueños hasta tu pantalla
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A los pocos días salieron de casa en aquel coche esperando no volver en mucho tiempo. Ella reclinó el asiento, se puso sus gafas de la suerte, comprobó la guantera y se guardó a una vieja amiga en la bota. Encendió un cigarro y después de chincharle a él con el humo se echó a reír como hacía semanas que no hacía. Él miró el móvil en un semáforo, a algún sitio irían.
Acabaron en un lugar costero con casuchas de madera seca, encontraron su casa, sujetada por unos postes por si subía la marea. No había timbre, dieron golpes a la puerta. Vieron la cara de una señora muy mayor y muy malhumorada, casi los echa en el acto. Él la explicó la situación y ella sonrío. Les dijo que allí ya no pasaban esas cosas, pero sabía dónde podría pasar algo parecido. Los envío a dos pueblos más al norte. Por el camino pararon un par de veces, eran dos pueblos pero muy lejanos entre sí. Después de dos días de viaje llegaron. Lo primero que les sorprendió fue tantísima niebla.
Ella se abrochó el abrigo y él se subió la cremallera de la sudadera. Ambos se pusieron una braga. Caminaron a paso firme por la nieve hasta que llegaron a la casa que se les había descrito. Era de día y el sol estaba en el punto más alto. Decidieron llamar a la puerta de atrás. Les abrió un tipo negro ancho, les dijo que no quería comprar nada y ellos con el mal humor en sus caras le dieron una patada en sus debilidades. Entraron en la casa mientras el pobre hombre sollozaba en el suelo, lo primero fue bajar al sótano. Sacaron los bates de béisbol. Lo siguiente era el desván, hicieron lo propio. El hombre recibió un parte médico días más tardes por contusión en el cráneo. Al salir del pueblo ambos dos recibieron una extraña visita en el coche. Era una chiquita joven, más joven que ella, rubia y de una belleza sureña, con ojazos incluidos. Les pidió si podía ser como ellos, de momento ninguno objetó. Momentos más tarde el silencio se rompió y la chica tenía un balazo en la pierna. Después de limpiar la herida los tres volvieron a casa. Hay días raros.
Bebieron del café que él preparó, ella sacó tres cigarros de liar, tabaco rubio. Dejó una caja vacía para las cenizas encima de la mesa. Era de noche cuando llegaron, el ventilador giraba lentamente, el viento lo hacía. Ella decidió esa noche, dormían juntas. Buenas noches.
Anónimo
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jueves, 1 de agosto de 2013
Asuntos pendientes
Esta era una chica tranquila, mona, de costumbres sencillas y pobres, la típica niñita que no podía destacar ni queriendo. Ya ni ella se acuerda de ese tiempo.
Se dirigía con su amigo especial en un coche un tanto destartalado por una autopista en la que nunca había estado. Se escuchaba en la vieja radio de casetes un grupo de rock que ella no conocía. Tenía el pelo caído y oscuro, de tonos rojizos, mientras que los laterales de su cabeza estaban rapados. Tenía cara de pocos amigos, le acababa de pasar una desgracia y lo pagaba fumando cigarrillos de los baratos cuya ceniza terminaba en el asfalto. Su amigo iba tarareando al unísono con la radio mientras que con el dedo en el volante marcaba el ritmo de la canción. Iban en silencio desde hacía algunos minutos. Tomaron la primera desviación que encontraron, él se estaba meando. Buscaban a alguien aquel día.
El motel era rústico y estaba hecho una ruina, a ella no le importó y a él menos. A sus clientes habituales aún menos. Era barato, no querían más. Esa noche la pasaron allí con media botella de whisky escocés y un par de preservativos. Ambos querían descargar adrenalina, cada uno tiene sus razones. Ella no le miró a los ojos esa noche. Continuaron su viaje por la mañana después de tomarse un par de huevos y un poco de bacon frito. Pusieron el casete que a él le mantenía despierto y siguieron su camino. Hacía días que no encontraban la pista de su amiga. Ella cada día estaba más angustiada y él cada día sabía menos qué hacer para calmarla. Era un viaje duro, de pocas palabras.
Pronto llegaron a un poco de esperanza. Un hombre contactó con ella por teléfono y les dijo que se encontrarían en una cafetería que hacía esquina en un pueblo metido a ciudad el cual se encontraba cerca de donde estaban. No tenían nada mejor así que fueron, aunque sabían que podía pasar cualquier cosa. Allí ella pidió un café solo y él con leche y dos sobres de azúcar. El hombre que les contactó allí les esperaba, era un hombre corpulento, sucio y no parecía de fiar, como ellos. La información no era gratis y ella se sacó uno de cien de dentro de su abrigo largo y marrón y se lo pasó al hombre por debajo de la mesa. El hombre, ahora contentado, soltó lo que sabía, que su amiga había estado allí, que le acompañaba un tipo que iba de negro y era pálido y que les vio entrar en casa de un amigo suyo. Ella pensó que podía fiarse pues este hombre sabía moverse y sabía dar la información exacta a quien exactamente la necesita, era un hombre de negocios después de todo.
Llamaron a la puerta del amigo del hombre y al cabo de unos segundos escucharon la puerta entreabrirse, ella no se anduvo con gilipolleces y abrió la puerta con mal humor y gritos. Era una casa vieja y detrás de la puerta se encontraba aquello, el amigo del hombre, con ojos de confianza en sí mismo y cara de estar esperando compañía. Él le pidió a ella que se calmara y aquello les invitó a entrar, pronto estaban en el salón. Aquello sabía qué buscaban y que sabían qué era aquello mas no le importaba y les ofreció un té inglés. Aquello era muy caballeroso y educado. No es de fiar, pensó él que se lo comunicó con un gesto a ella, la cual concordaba con él. Dónde está preguntó ella a aquello el cual, perplejo, no sabía de qué hablaban. Ella, enfurecida, le advirtió que no se andara con jueguecitos, que aquella noche tenía poca paciencia. Aquello la advirtió a ella que no sabía con qué trataban. Ella afirmó saberlo y mostró indiferencia. Sacó una mágnum que guardaba en la parte trasera del cinturón y, mirando por encima de las gafas de sol le apuntó al corazón. Aquello pidió calma. Se sentó, se puso la mano en la cabeza en posición de cansancio y afirmó estar anciano para jugar al ratón y al gato. Aquello les contó que su amiga estaba probablemente en el dormitorio de una casa al oeste del pueblo, yaciendo muerta... y viva. Ella apretó los dientes y le cogió del cuello de la camisa. Él la cogió del hombro y ella soltó a aquello, el cual se disculpó.
Salieron de allí y buscaron la casa con las direcciones que aquello les dio. Cuando lo hicieron ella abrió la puerta de una patada.
Era por la tarde, ponían rumbo norte por una autopista ya conocida por los dos. Sonaba un grupo que le gustaba a ella. Ella le dio un beso en la mejilla a él que sonrío torpemente mientras conducía. Esta vez buscaban un hogar.
Anónimo
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Se dirigía con su amigo especial en un coche un tanto destartalado por una autopista en la que nunca había estado. Se escuchaba en la vieja radio de casetes un grupo de rock que ella no conocía. Tenía el pelo caído y oscuro, de tonos rojizos, mientras que los laterales de su cabeza estaban rapados. Tenía cara de pocos amigos, le acababa de pasar una desgracia y lo pagaba fumando cigarrillos de los baratos cuya ceniza terminaba en el asfalto. Su amigo iba tarareando al unísono con la radio mientras que con el dedo en el volante marcaba el ritmo de la canción. Iban en silencio desde hacía algunos minutos. Tomaron la primera desviación que encontraron, él se estaba meando. Buscaban a alguien aquel día.
El motel era rústico y estaba hecho una ruina, a ella no le importó y a él menos. A sus clientes habituales aún menos. Era barato, no querían más. Esa noche la pasaron allí con media botella de whisky escocés y un par de preservativos. Ambos querían descargar adrenalina, cada uno tiene sus razones. Ella no le miró a los ojos esa noche. Continuaron su viaje por la mañana después de tomarse un par de huevos y un poco de bacon frito. Pusieron el casete que a él le mantenía despierto y siguieron su camino. Hacía días que no encontraban la pista de su amiga. Ella cada día estaba más angustiada y él cada día sabía menos qué hacer para calmarla. Era un viaje duro, de pocas palabras.
Pronto llegaron a un poco de esperanza. Un hombre contactó con ella por teléfono y les dijo que se encontrarían en una cafetería que hacía esquina en un pueblo metido a ciudad el cual se encontraba cerca de donde estaban. No tenían nada mejor así que fueron, aunque sabían que podía pasar cualquier cosa. Allí ella pidió un café solo y él con leche y dos sobres de azúcar. El hombre que les contactó allí les esperaba, era un hombre corpulento, sucio y no parecía de fiar, como ellos. La información no era gratis y ella se sacó uno de cien de dentro de su abrigo largo y marrón y se lo pasó al hombre por debajo de la mesa. El hombre, ahora contentado, soltó lo que sabía, que su amiga había estado allí, que le acompañaba un tipo que iba de negro y era pálido y que les vio entrar en casa de un amigo suyo. Ella pensó que podía fiarse pues este hombre sabía moverse y sabía dar la información exacta a quien exactamente la necesita, era un hombre de negocios después de todo.
Llamaron a la puerta del amigo del hombre y al cabo de unos segundos escucharon la puerta entreabrirse, ella no se anduvo con gilipolleces y abrió la puerta con mal humor y gritos. Era una casa vieja y detrás de la puerta se encontraba aquello, el amigo del hombre, con ojos de confianza en sí mismo y cara de estar esperando compañía. Él le pidió a ella que se calmara y aquello les invitó a entrar, pronto estaban en el salón. Aquello sabía qué buscaban y que sabían qué era aquello mas no le importaba y les ofreció un té inglés. Aquello era muy caballeroso y educado. No es de fiar, pensó él que se lo comunicó con un gesto a ella, la cual concordaba con él. Dónde está preguntó ella a aquello el cual, perplejo, no sabía de qué hablaban. Ella, enfurecida, le advirtió que no se andara con jueguecitos, que aquella noche tenía poca paciencia. Aquello la advirtió a ella que no sabía con qué trataban. Ella afirmó saberlo y mostró indiferencia. Sacó una mágnum que guardaba en la parte trasera del cinturón y, mirando por encima de las gafas de sol le apuntó al corazón. Aquello pidió calma. Se sentó, se puso la mano en la cabeza en posición de cansancio y afirmó estar anciano para jugar al ratón y al gato. Aquello les contó que su amiga estaba probablemente en el dormitorio de una casa al oeste del pueblo, yaciendo muerta... y viva. Ella apretó los dientes y le cogió del cuello de la camisa. Él la cogió del hombro y ella soltó a aquello, el cual se disculpó.
Salieron de allí y buscaron la casa con las direcciones que aquello les dio. Cuando lo hicieron ella abrió la puerta de una patada.
Era por la tarde, ponían rumbo norte por una autopista ya conocida por los dos. Sonaba un grupo que le gustaba a ella. Ella le dio un beso en la mejilla a él que sonrío torpemente mientras conducía. Esta vez buscaban un hogar.
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