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domingo, 27 de noviembre de 2016

Charlotte. Historia de una historia

Charlotte se desliza por la avenida, ha llovido y la noche ha caído más pronto de lo que está acostumbrada. Cosas del invierno. Tiene prisa y también tiene frío, no tiene tiempo para dejar un moneda a un vagabundo ni para firmar una ayuda a un tipo con un chaleco llamativo. ¿Qué te va a pasar Charlotte? Algo tiene que pasarte, si no no te escribiría. Charlotte entra por fin a un sitio calentito, es una cafetería acristalada del centro. Al entrar suena una campanilla, sabe que es cara pero también sabe que el café está bueno. Allí espera su amigo, no recuerdo su nombre. 
Se sienta, por fin, tras dos besos, y se pide un cortado. Su amigo estaba leyendo, llevaba un rato haciéndolo, Charlotte llegaba tarde, ¿qué iba a hacer él solo? Aunque dicen que con un libro uno nunca está solo, pero esto no tiene que ver, ¿de qué hablan Charlotte y su amigo? 
-¡Uf! ¡Cuánto tiempo! 
-Sí... ya son como cuatro o cinco meses sin vernos. 
-Y viviendo en la misma ciudad. 
-Pero estamos ocupados, tampoco es que pudiéramos hacer mucho al respecto. 
-Ya... 
-¿Y qué te cuentas? ¿Qué es de tu vida? 
Se ponen al día, no quiero aburrirme con los detalles concretos de sus vidas, sí, quizá les conoceríamos un poco mejor pero estas conversaciones las he tenido y las has tenido cientos de veces, así que vamos a saltárnosla para que esto avance un poco, ¿quieres? Si acaso escribo al final un anexo con la conversación por si te interesa. 
-Así que ahora estás saliendo con una chica, ¿eh? Qué callado te lo tenías. 
-Ya me conoces... Además, formalmente apenas llevamos una semana saliendo. 
-¿Y ya hacéis cosas de esas de novios? Ir al cine, pasear bajo la lluvia, besaros en un gran baile... 
-Qué boba que eres... 
-¡Es lo que hacía yo!
-¡Con quince años!
Se ríen. 
-Sí... más o menos. Creo que es la mujer de mi vida. 
-Eso ni lo digas, que da mala suerte. 
-Pero... siento... siento que nada puede arruinar esto. Siento que es la persona que me completa, que jamás me fallará. Y la conozco muy bien, es mi amiga desde que éramos pequeños. 
-Os deseo lo mejor, de verdad que sí. 
Qué aburrimiento. ¿De esto van las vidas humanas? Empiezo a perder todo el interés en escribir esta historia. ¿A ti te gusta? Ojalá a Charlotte le dé un impulso extraño, le clave un cuchillo en la garganta a su amigo y se la lleven detenida. Aunque... joder, luego vendría todo el proceso judicial que es otro aburrimiento... ¡pero luego vendría la cárcel! Y ahí pueden pasar cosas interesantes. En fin, Charlotte remueve las pocas gotas de cortado que se han negado a ser bebidas mientras mira, con un poco de lujuria, los fuertes labios de su amigo. Sabe que no debería pero le encantaría besárselos, se hicieron amigos después de liarse borrachos en una fiesta y cuánto se arrepentía de no haber llegado a más con él. Le hipnotizan sus ojos azules. 
-¿Charlotte...? Te has embobado por un instante. 
NO. ¡No, no, no y no! Me niego a que nadie diga la expresión "por un instante", no conozco a nadie, ni sé de nadie que conozca a nadie, que haya soñado con nadie que hable de esa forma. Repetimos. 
-¿Charlotte...? Te has embobado de pronto. 
-¿Eh? Ah. Sí, perdona, se me va la cabeza. 
-¿En qué pensabas? 
-En... En nada, en que no sé si me queda comida en la nevera. Así que no sé qué voy a cenar. 
-¿Por qué no te vienes a mi casa a cenar? Iba a cenar solo porque mis compañeros de piso no están en toda la semana pero cenar con una amiga siempre es mejor, ¿no crees? 
El amigo de Charlotte es un puñetero robot. Nadie habla así, por amor del cielo. Charlotte aprieta un puño debajo de la mesa. En menos de un segundo han pasado demasiadas imágenes por su mente. ¿Cenar con él? Piensa. ¿Cenar con él a solas en su piso? 
-Sí, por qué no. Nos lo pasaremos bien. 
Charlotte... contrólate, no hagas tonterías. <- Es Charlotte, no yo. Espero que no haga nada demasiado provocador... porque me lo quiero cenar a él. 
-¿Qué te apetece? 
Tú. 
-No sé... Hmm... ¿Y si pedimos comida? ¡Ay! Hay un mexicano buenísimo en tu barrio, creo que hace pedidos a domicilio. 
-No lo conozco, ¿cómo se llama? 
-No me acuerdo pero creo que está según sales del metro. 
-Genial, si no podemos pillar allí la comida y la llevamos a casa. 
A ver, la historia se ha hecho algo más interesante pero no tanto como para que me intrigue lo más mínimo. Quiero decir, sí, igual Charlotte se tira al sosainas este o quizá no, esa es la única incertidumbre. Igual las consecuencias de ese acto son interesantes pero como no tenemos contexto de quién o cómo es la novia de este chico ni tampoco sabemos demasiado de Charlotte pues... no hay demasiado que nos pueda importar. Voy a seguir un rato más a ver a dónde va esto aunque no espero que se abra un portal interdimensional y Charlotte sea raptada a otro plano de existencia donde descubra los complejos mecanismos que gobiernan la realidad. Están en el ascensor, con la comida en bolsas, el ascensor es pequeño así que están apretados. A Charlotte no le importa y sonríe al notar que a él tampoco. 
-Hogar dulce hogar. Ponte cómoda y deja eso en la mesita del sofá. 
-¡¿Vemos una peli?! 
-Claro. Yo voy a desvestirme, deja tu abrigo donde puedas. No va a haber nadie a quien le vaya importar que esté tirado por ahí. 
Su amigo se mete en su cuarto y Charlotte se queda sola en salón. ¿Cómo le espero? Se pregunta. ¿Y si le espero desnuda? No, poco a poco Charlotte. ¿De verdad me lo quiero tirar? Su amigo aparece en el salón con un pijama holgado que le da un aspecto descuidado y atractivo. El flequillo hace que la claridad de su mirada destaque y Charlotte deja de existir un pequeño momento. 
-¿Quieres que te deje algo de ropa? No pareces muy cómoda con esa camisa. 
-Eh... 
¡¿Qué digo?! 
-Vale. 
Charlotte entra en el cuarto de su amigo y éste le deja una camiseta grande de pijama. 
-Voy a quitarme esto, no me importa si miras. 
-Descuida, voy a la cocina a por platos y tal. 
Este tío es tonto. Se dice Charlotte. 
¡Me aburro! ¡Que pase algo! ¡Bóh! 
Ya están viendo la película, han terminado de cenar y uno está apoyado en el otro. Charlotte de pronto se despierta de su ensueño para sugerir que podrían coger un par de cervezas. A su amigo le gusta la idea. Para cuando termina la película llevan encima tres botellines cada uno. Y Charlotte está encima mordiéndole un labio. 
Pues, hale, ya está todo el pescado vendido. 
-No, Charlotte, no deberíamos. 
Qué pesado. 
-¿Eh?
-Tengo novia ahora, no deberíamos hacer estas cosas. 
-Pero no se va a enterar. Y es sólo una vez. 
-No... Quiero decir... no quiero que sea sólo una vez. 
-¿Entonces? 
-Pero no quiero dejar a Mónica. Prefiero que sigamos siendo amigos. 
Charlotte se quita la camiseta, coge sus manos y las obliga a tocar todo su cuerpo blanco y desnudo. Él besa sus pechos. Ella se retuerce y la paso las manos por el pelo. 
-No... 
-Calla... 

Bah. 

Pues tampoco ha pasado en realidad. Podría seguir pero no espero que pase nada de lo extraño aquí. Es una historia de esas que pasan a veces, que le pasan a uno o que le pasan a otros. Yo qué sé. A mí no me ha pasado. Conozco a otros que sí, pero siempre suelen acabar igual, siempre suelen desarrollarse igual y tener los mismos contratiempos resueltos de maneras distintamente complicadas. Pero da absolutamente igual. 
El amor se deshace por una cosa u otra y acabamos volviendo a sentir mariposas por otras cosas, seamos o no seamos capaces de ir a por ellas. 
En fin. 
No voy a escribir más sobre estos dos muermazos. 
Hasta otra.

martes, 11 de febrero de 2014

La última página de un libro


Sonrisas de cafetería, una camarera ve muchas y quizá de más. Siempre me encantaron las cafeterías de carretera, los hostales aquellos de bocatas. Siempre me pregunté lo interesante que debe ser la vida de alguien que se tenga que hospedar allí. Una vez tuve que detenerme en uno, demasiada lluvia para conducir solo por ahí, me senté en una mesa junto a la ventana y contemplé la lluvia. Caía fuerte contra los cristales, pero a la vez relajaba estar en el calor del interior.
Se me sentó una chica delante, me dijo que lamentaba interrumpirme pero que el local estaba lleno y necesitaba sentarse. Me dio exactamente igual, la gente a veces se disculpa demasiado y luego no lo hacen cuando deben, eso me lo enseñó el perro del vecino, era muy majo.
La chica sacó una libreta y se puso a retratar a la camarera, tenía un estilo peculiar, me gustaba.
-Tiene más barbilla y las orejas un poco más grandes, pero has clavado la mirada.
La chica dudó varios segundos de que la hablase a ella.
-Eh... gracias, es lo que hago cuando, ya sabe, tengo tiempo.
-Vaya, hacía mucho tiempo que a este canoso y aburrido hombre no le llamaban de usted, tutéame si quieres.
-Eso haré, tú. - Y me sonrió.

Cogí mi coche de nuevo, cuando amainó, me atusé el bigote y puse alguna radio movidita, eso creo recordar. Nunca supe qué es exactamente atusar o de dónde viene, pero es lo que se hace con los bigotes. Tarameo seguía en el asiento de atrás, dormido, jodido perro. Es difícil encontrar amigos a mi edad, pero Tarameo lo ha sido siempre. A veces es lo único que me queda, ni mis premios, ni mis vivencias, este es mi presente, todo mi pasado se ha perdido y mi futuro, bueno, no queda mucho de él. Vivimos nuestras vidas, eso es lo que hacemos.

Llegué al final. Al lugar donde las cosas comienzan, la infancia. Siempre los recuerdas mejores de lo que son, los lugares, quizá no es culpa de la memoria sino del lugar en sí. ¿Qué lugar preferiría albergar a un viejo que a un niño lleno de magia? Mi casa no ha cambiado mucho, está al final de un barrio de un pueblo de vacaciones el cual está en medio de una meseta tranquila, tiene algunos bosquecitos y una montaña. Siempre me lo pasaba bien. Hay muros de piedra, cocina de gas, camas tiesas y goteras. Me encanta. Los mejores finales no se escriben ni tampoco se leen. Los mejores finales se saben y se conocen porque son los auténticos finales, no son comienzos de nada, ¿verdad, Tarameo? Le doy unas zanahorias y aquí estoy, en mi final, terminando de leer un cuento creo que árabe sobre un siervo que espantado por su futuro huye, pero hacia su inevitable destino. Es un buen cuento. Ahora mismo todo me parece bien, creo.
Ya no sé ni qué pensar.

-Hola.
-¿Qué tal?
-Sabes por qué vengo, ¿cierto?
-Te vi en la cafetería y no me pudiste dar más igual.
-Siempre pasa, siempre pasa. ¿Tan extraño es que sea así?
-Pues la verdad es que sí, siempre eres lo que vemos en la carroña, los cuerpos, los exhumados, las guerras y las catástrofes, nunca vemos lo invisible, no en momentos de crisis. Eso deberías saberlo.
-Y lo sé, pero sigo aquí. Somos lo que somos.
-De principio a final.
-Y de vuelta a la estantería.
-¿Arreglaste el retrato?
-Sí, creo que me quedó bien, pero no logré captar la forma de la cabeza.
-Poco a poco, déjame la libreta un momento. A ver... sí... ya está... así mejor, ¿no crees?
-¡Oh! ¿Cómo lo hizo?
-Son muchos años, querida. Soy lo que soy.
-Sí, cierto. ¿Quiere algo más?
-No, para nada.
-Pocos son como usted, siempre piden más.
-Ya no necesito más, tuve más que suficiente, siempre lo tuve, desde mis sueños hasta mis pesadillas. He vivido mi vida, con sus consecuencias buenas y malas, las he aceptado todas, me he despedido de quien debía y lo he dispuesto todo. No me queda nada que resolver.
-¿Y algo qué hacer?
-No nacemos con propósitos, los proponemos nosotros porque son nuestros pies quienes los construyen.
-Bien dicho. Levante... a ver... eso es.
-La ciática, ya sabes...
-Sí, lo sé. ¿Un último baile, tú?
-Un último baile.

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sábado, 21 de septiembre de 2013

Conversaciones de cafetería

Aquel día había ido a ver el amanecer. A veces lo hacía, sobre todo en fin de semana. Me llevaba un termo lleno de café y unos auriculares, me sentaba y podía estar allí una hora sentado sin pensar en nada, tan sólo viendo al sol nacer. Aquel día no llevé el termo y cuando terminé de disfrutar con aquella maravillosa vista caminé hasta una cafetería cercana. Vivo en una zona tranquila de la ciudad, un extrarradio, con parquecitos, mercados y gente sin demasiada prisa. 
Menos prisa aún un sábado tan de mañana. Entré en la cafetería y pedí un café con leche. Era invierno y me sentaría de miedo. La cafetería apenas había abierto y sólo había un señor mayor en una silla al fondo. Me senté cerca de la ventana que hacía de escaparate y me puse a leer un pequeño librito de cuentos que siempre llevo encima. Llegado el final de mi café esperaba a finalizar el cuento para irme a hacer mis cosas cuando un hombre un poco destartalado entró en la cafetería. 

Llevaba un día de mierda. La noche la pasé en vela buscando un porqué a todo esto. Joder. Antes de salir a que me diese un poco el aire me miré en el espejo, tres días sin dormir, mi cara era un desastre. No me preocupó, me preocupaba más si me seguía sangrando la encía, pareció ser que no. Cogí el abrigo del cesto de la ropa sucia, les dejé una nota en el frigorífico y me fui a caminar hasta algún sitio. Tan de mañana y con el sueño que tenía... mejor un café que una cerveza. Dos calles más allá de mi casa hay una cafetería barata y amo a su dependienta. Un amor platónico. Uno de tantos, claro. Ya se sabe. 
Cuando entré en aquel lugar vaya puta sorpresa, vi a un tipo, un tipo aparentemente normal pero que tenía un algo en la mirada. Ese algo que a veces busco. Esa... ¡chispa! Eso, esa chispa de vida, ¿sabes a lo que me refiero?

Al principio estaba asustado. Era un hombre muy extraño, muy inquietante, aparentemente cansado pero lleno de vida, una persona que "ha vivido mucho", esa clase de gente que es de verdad "auténtica". Se sentó sin mediar palabra delante de mí con un café. Mientras bebía el cortado a sorbos muy pequeños él me miraba. Muy fijamente, como queriendo encontrar algo en mí. No nada trivial, algo muy serio. Algo vital. Yo no sabía si me quería robar, si me quería secuestrar o si me quería asesinar; de hecho me puse a pensar quién pudo haber contratado un sicario para matarme. De pronto me dijo:

Conozco a esa clase de hombre. Son muy especiales pero más imbéciles que una mula retrasada. El tío no hacía más que mirarme a los ojos como intentando encontrar un porqué o quizá saber si iba a morir ese día o no. Desde luego tenía miedo. Le dije:

-Tío, ¿qué coño haces aquí?

Imaginaos cómo me quedé cuando un extraño me dijo eso. ¿Quizá fuese un policía en cubierto? ¿Quizá me ha confundido con alguien peligroso? ¿Quizá hice algo y no me acuerdo? No sabía qué contestar. 

-No vas a contestar, ¿eh? Joder, tío, vaya susto me has dado. Conozco a los hombres como tú, miserables y mediocres. ¿Me he equivocado?

El tipo me estaba poniendo muy nervioso. ¡¿Qué podría querer alguien así de un tipo como yo?! No llegaba a ninguna respuesta. Le negué tímidamente con la cabeza, quería darle la razón en todo para que se fuera. Quería que saliese de allí y me pudiese olvidar de él. 

-Eres el tipo especial aquel, el que es muy amable y tiene ideas bizarras. El tipo aquel cuyas amistades son escasas porque dice que no puede aguantar más. El hombrecillo que saldría corriendo cuando algo serio pasase. ¡Vamos! ¡Reacciona!

Había tenido unos tres días horribles, me descargaba con aquel tonto. Me asentía a todo como un loro empanado que no sabe qué coño hacer para coger su galleta. 

-Por favor, señor, yo a usted no le he hecho nada. Déjeme en paz, se lo ruego. No quiero tener nada que ver con usted.

-Porque de mí no puedes sacar nada, ¿eh, santito? Yo no te intereso. Vamos, ¡haz algo en mí! ¡Cúrame de mí mismo, don filósofo de papel! 

-No sé de qué me está hablando. Por favor, márchese.

-No chaval, no me voy a marchar, no hasta que tenga unas respuestas. No hasta que te levantes y hagas algo. Tío, esto es la vida no tu puto juego, no es tu puta pompa mágica en la que todos sienten cosas mágicas y ven cosas mágicas y son todo arco iris y pollas de purpurina, no. No. Macho, esto es la vida real, aprende a vivir de una puñetera vez que ya eres mayorcito. 

-¿De qué coño está hablando? ¿Ni siquiera sabe quién diablos soy y me está dando consejos de cómo vivir? Váyase antes de que llame a la policía. 

-¡Uh! ¡Qué puto miedo! ¡Los maderos! ¡Corred! Anda a cagar. Mírame a mis mugrientos ojos de alcohólico y dime que todo lo que he dicho es falso. Que tus amistades son de verdad y no son un trámite para sacar tú algo de ellas. Que tus miradas no ven nada. Que apenas te puedes mantener en quien de verdad eres. Que vives en una puta mentira autocompasiva y melancólica propia de un emo adolescente. ¡Mírame a la puta cara! ¡Mírame y dime que es mentira! 

-...

-Vete a cagar, colega. 

Se sacó un cigarro y se puso a fumar. A nadie pareció importarle que lo hiciera como a nadie le habían importado los gritos que estaba pegando en el local. Aquel hombre de alguna manera me había calado, no entero, creo que eso no se puede, pero me había pillado. Sí, es cierto, de cada amistad que tengo siempre tengo la esperanza puesta en algo que sacaré de ellos... no sé, verdades, sexo, alguien en quien desahogarme, siempre fui así de cabrón pero lo hago sin querer. No me justifica pero, oye, al menos no lo hago con mala intención, lo hago sin querer. Se recostó sobre la silla y continuó:

-Mira, llevo tres días sin dormir. Me he estado metiendo mucha mierda en el cuerpo, no me juzgues por un puto cigarro. Y te voy a decir algo, tronco, te lo creas o no tú y yo estamos a un pelo de ser la misma persona, ¿sabes lo que te quiero decir?

-No sé quién es usted pero debería meterse en sus asuntos. Yo no le he molestado. 

-¡Sí, joder! ¡Sí que lo has hecho! Tienes un potencial gigante y te estás tirando por ahí como una puta alma en pena que no sabe hacer una mierda. ¡Joder! -echó el humo que tenía guardado de un par de caladas- Mira... no nos volveremos a ver nunca, pero tío, cambia. Cambia de una puta vez. Deja de ser un sociópata enfermizo y se tú mismo, coño. 

-Fácil es decirlo, ¿no? Te voy a decir algo, no soy la mejor persona del mundo, de hecho yo mismo te confirmo que soy un hijo de puta, pero sé distinguir muy bien según qué cosas. Según qué realidades. Según qué respuestas. Cosa que tú no. Cosa que tú nunca has podido hacer. Gracias por tus consejos o lo que sea, pero llegas tarde, llegas muy tarde, porque esos consejos me los dije a mí mismo cuando apenas cumplí la mayoría de edad. Y aquí estoy ahora, solo, en una cafetería con un tarado y un trabajo mediocre. No destaco. No llamo la atención y apenas me queda gente en la que confiar pero, ¿sabes? Ha sido mi culpa. Lo ha sido siempre. Si construyes un edificio enorme y precioso sobre estiércol se acabará cayendo en su propia mierda. Así que llegas tarde amigo. Ahora vete de nuevo a tu casa y déjame en paz, puedo pudrirme solo. 

-¿A dónde coño quieres que vaya si yo soy tú?

Entonces miré mi café y estaba vacío, delante mío no había nadie. La camarera me miraba muy extrañada y el anciano había puesto su sonotone a punto como si hubiese estado viendo una película entretenida. Recogí mis cosas y me fui a mi casa a pasos acelerados. Llamaré a una amiga para contarle esto y, no sé, me haré macarrones de comer.

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domingo, 2 de junio de 2013

Sorpresas por la mañana

Una vez vi a un hombre sin cara. Ni cabeza. 

Este hombre lo encontré por pura casualidad una mañana de hace años, una mañana de domingo, de cigarros apagados y resacas. Me tomaba un café, no era un buen tiempo para nadie. Sentada, en una cafetería, me preguntaba por qué la lluvia nos inspira tanto... siempre la quise muchísimo, a la lluvia digo; entonces vino él, se sentó delante mío preguntando por mi historia, por lo que había pasado. No sé aún hoy por qué me preguntó algo así, no es algo usual que digamos ni tampoco es una información útil... Yo no la veo útil desde luego. 
Este hombre me sorprendió mucho, su cara era muy natural, y eran casi imperceptible las imperfecciones de su disfraz, no tenía siquiera ojos reales. Llevaba una máscara perfecta, una que le decía "sal a la calle, vive tu día, sé amable, ayuda a quien lo necesite, descubre el mundo" y eso hacía él. Disfrutaba con ello, aún con una máscara.

Después de contarle mi historia estuvimos charlando un buen rato. Empezamos prontísimo, apenas había amanecido y ya era mediodía. Me gustaba que, mientras contaba sus pensamientos y delirios, dibujaba en una servilleta de papel seres fantásticos que nunca había visto. Estos son algunos de ellos:




Le dije que los conservase y me dijo que no, que ahora deberían vivir por su cuenta, eché una carcajada y se los quité. Nos hicimos muy amigos en apenas una mañana, no tenía aspecto de tener muchos amigos y que los dioses me destruyan si miento cuando digo que yo no tenía ninguno... Fue la mejor mañana que hasta entonces había vivido y todo gracias a que un niño curioso me preguntó cuál era mi historia. ¿Cuál es mi historia? A veces me gustaría escribir que no me mordí el labio y que no miré hacia otro lado... pero esa es mi historia. ¿Cuál es mi historia? Ahora sonrío, mi corazón se llena de nostalgia y mis pasos, diarios, recuerdos, amistades y actos me sacan lágrimas a abrazos, los más sinceros abrazos del mundo mundial. 


Cuál es mi historia... Al final no importa cuál es, no importa si es alegre, triste, sádica, trepidante, variada o monótona... Creo que lo que importa al final no es cuál es esa historia si no lo que hagas hoy con ella. 

Suerte
Remuevo un café cada mañana
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sábado, 9 de febrero de 2013

Plumas que no nos pertenecen


Los sueños son pocos los que son verdaderos. Algunos se escapan a nosotros, de otros nos escapamos. Muchos dejan de ser nuestros amigos y otros son nuestros por la eternidad. Los sueños son confusos. Tuve sueños en otro tiempo, es posible. No lo sé a ciencia cierta, ¿quién pondría la mano en el fuego por los recuerdos que no le pertenecen?

Un día fumaba un cigarro en la ventana o me tomaba un café o quizá sólo miraba a la calle. Sé que era de noche y que las estrellas apenas brillaban en un cielo morado contaminado. Es una vida sencilla, lo fue al menos. Vi en el edificio de enfrente un pájaro negro que se movía de un lado a otro, como si buscase algo. Echó a volar y no le vi hasta la noche siguiente. 
Comenzó a ser una costumbre. 
Cada noche se acercaba al mismo edificio, se movía de manera frenética y se iba. Y yo lo contemplaba cada noche con mi cigarro, mi café o mi mirada. 
Los días pasan y los cambios no se evitan así que el pájaro dejó de venir, para mí la vida siguió, seguí tomando un café, fumando un cigarro y mirando a la calle, tan sólo me faltaba un actor. Fue entonces cuando miré todo el escenario, vi montones de vecinos de ese edificio a través de sus siluetas en las ventanas, vi un perro callejero que parecía dormir siempre en el mismo rincón, vi una chimenea que echaba un danzante humo al invernal viento, vi unas estrellas que brillaban cuando las sonreías. Vi todo lo que podía ofrecerme mi ventana viendo cada parte, pero ahora me faltaba la que hizo que las demás tuvieran valor. 

La noche siguiente me acerqué al edificio de enfrente y me colé hasta el tejado. Vi entonces una caja de madera volteada en la que debajo había una pluma negra, la cogí con la punta de los dedos, era una pluma muy especial, negra como el carbón y brillaba como la Luna. Entonces una ráfaga de viento hizo que me apretara mi abrigo largo soltando la pluma sin querer, la cual voló y voló hasta mi edificio cayendo en la cornisa que estaba al lado de la mía. Casualidad, ¿verdad? La ventana de aquella cornisa se abrió en ese momento y una estilizada mano cogió la pluma, la examinó desde la oscuridad de una lámpara de mesa y cerró la ventana. ¡Era mi pluma! ¿Cómo pude ser tan descuidado? Era lo único que me quedaba del pájaro que me dio una lección. 
Me acerqué a mi puerta vecina, tenía que recuperarla. Muy educadamente exhalé "perdone, ¿tiene una pluma negra?", ella confundida miró hacia mis ojos y dijo como para sí "Supongo que la pluma tenía razón de ser al fin y al cabo..." añadió "Sí, sí que la tengo. Espere un segundo", volvió para dentro y salió con ella en la mano. 
"Estos pájaros vienen y van, es difícil mantener uno a tu lado. Esperaba que teniendo algo suyo vendría a mí" me dijo y añadió una mueca de falsa sonrisa. "Este pájaro..." dije "es una pájaro singular. Vino cada noche a la azotea de enfrente buscando algo hasta que dejó de buscar, es viajero, no se le puede atrapar. Gracias a él aprendí el valor de cada cosa, quería la pluma para recordármelo cada día". La chica sonrío, esta vez de verdad y me invitó a pasar a tomar un café, ella también había aprendido de nuestro amigo el pájaro. 

A veces creo verlo o quizá no es él, es difícil de afirmarlo. Las cosas vienen y van, no se paran a veces ni para preguntar. Pero si aprendemos a valorar cada cosa en su momento quizá no nos importe que se vayan, siempre que dejen una pluma y un sentimiento.

Anónimo
Desde mis sueños hasta tu pantalla
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