Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta muerte. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de julio de 2015

Las sombras son vengativas

En este mundo hay gente para todo. Hay a quien le gusta arrancarle las alas a las moscas para ver qué pasa, hay quien siente miedo al frío, otros al sol, otros a los payasos y otros a los patos. Hay quien haría lo que sea por conseguir su dosis de droga diaria y hay gente tan paranoica como para pensar que su sombra les está siguiendo.

Y hablaremos de este último caso. ¿Qué año sería? ¿El '82? Sí, era 1982, y aquel hombre caminaba por las calles de Chicago en plena noche. Lo cual no era normal ya que no se fiaba de nada, de día es todo mucho más seguro. "No debería estar aquí" se repetía una y otra y otra vez. De entre las sombras de un callejón vio a su peor pesadilla: un desconocido armado. Rápidamente apuntó con su propia pistola al oscuro criminal, el duelo estaba reñido, duelo de miradas y movimientos. Cuando uno iba a la derecha el otro lo seguía, cuando uno amenazaba el otro respondía de la misma manera, hasta que, harto, el hombre disparó.
Más pronto que tarde se dio cuenta de que había disparado a la pared. A su propia sombra. Se juró que nunca más se asustaría de sí mismo. Y así pasaron años hasta que dio con la forma hermética y oculta de separar a un individuo de su propia sombra. Llevaba semanas durmiendo apenas una hora y menos por miedo a que la sombra atacase de nuevo y acabase con su vida. Debía ser rápido. Debía actuar ya y deshacerse de ese asesino que siempre le pisaba los talones.
Una vez hechos los pertinentes rituales y las ofrendas requeridas logró separarse de su sombra la cual quedo proyectada en una pared aislada que él mismo había construido.
El hombre, satisfecho apagó las luces del sótano y rehizo su vida.

Al principio nadie se daba cuenta pero con el paso de los días sus vecinos comenzaron a mirarle de manera extraña y él, paranoico que era, pensó que los vecinos querían hacerle algún mal y que debía tomar precauciones para que esto no pasara. De modo que se recluyó en su pequeño apartamento de las afueras de Chicago, ya eran los noventa y con la venida de Internet pensó que no necesitaría salir de casa nunca más.

Y así pasaron los años hasta que su madre dio con él después de haber borrado rastro que pudiera llevar hasta a él. No tenía nada en contra de sus padres, lo tenía contra todo el mundo en general.
Su madre, preocupada y entre lágrimas lo abrazó, él apenas sintió algo.
Pero era un buen hijo y sabía que su madre estaría allí unos días por lo que bajó al sótano para preparar la sala de invitados.
Pero cometió el error fatal de abrir la puerta antes de dar al interruptor de la luz. Sin que pudiera hacer nada para evitarlo, la oscuridad lo agarró y arrastró. Tan sólo se escucharon unos gritos de desgarro y dolor animal unos segundos y todo el ruido cesó de golpe, un silencio sepulcral. La madre bajó corriendo y encendió la luz... encontró a su hijo desfigurado y retorcido, de pie, proyectando la sombra de un lobo aullando. 

Mi amigo mudo ya no está

¿Habéis conocido a alguien mudo? Yo sí. Era un gran amigo. Era... creo que era mi mejor amigo. Ha muerto esta noche. Y aquí estoy, en la azotea del hospital donde murió. Con una cerveza. No sé qué sentir. El pobre estaba aterrado, no quería dejarnos. No quería dejarnos solos. ¿Imaginas lo que debe ser eso? Saber que vas a dejar solos a todos tus amigos. Que vas a dejar sola a tu mejor amiga. 
Estúpido. 
El miedo que nos daba a nosotros dejarle solo... Isquemia intestinal tenía. Tuvo. Joder, esto es muy raro. No puedo aceptar que hace quince minutos estuviera aquí y ya... no. Como si se hubiera desvanecido. ¡Puf! ¡Y ya no está! Joder. No. No es justo. Pero también, ¿qué coño espero? ¿Trompetas y un coro? Se sentía cansado... se durmió y no... no despertó. No tuvo últimas palabras siquiera, era mudo. Nos dijo con las manos, "¿estaréis cuando despierte?". Claro, le dije. Claro que lo estaremos. ¿Por qué no despertaste, cabrón? Podrías haberlo hecho. Podrías no habernos hecho llorar. Nos dijo que gracias por haber venido. Que gracias por todo lo que hemos hecho por él. Idiota, como si eso importara. Al final no importa lo que haya hecho por ti... Importa cómo nos cambiaste, estúpido. Cómo me hiciste sentir querida y cómo lograste que no me sintiera sola nunca más. ¡¿Qué vas a hacer ahora, eh?! ¿Cómo vas a hacer que no me sienta sola? Cómo voy a hacer que no te sientas solo allí arriba... 

Le encantaban las estrellas, ¿sabéis? Bueno, le gustaba todo aquello que no hiciese falta hablar para disfrutarlo, Era un vago también. Miro a las pocas estrellas que me deja ver esta ciudad, me pregunto... me pregunto si estarás entre ellas. Si me verás desde ahí arriba. Si me juzgas. Si crees que podría haber hecho algo. Si hice bien. Si pude haberlo hecho mejor. Si estuviste contento conmigo. Si esperabas algo más. Si fui suficiente. ¿Por qué te has tenido que ir? 
¿Te acuerdas de aquella vez que nos pusimos a lanzarnos tartas? Fue la primera vez que te escuché reír. Era una risa ahogada, al principio pensé que te había asfixiado con la nata, pero vi tu cara y supe que reías y la risa de un mudo es un regalo. Idiota... Llevo su abrigo, quiero llevarlo siempre. Era mi amigo. Era Mi amigo. Fue... mi amigo. 
No esperéis que esto sea una historia con final feliz, no. Él no está y yo estoy... no sé cómo estoy. ¿Triste, enfadada, aliviada, ida? ¿Qué espero? ¿Una señal? ¿De qué? ¿De que acuerda de mí? Yo me acuerdo de él. No me voy a olvidar. Ni de coña. No. No me voy a olvidar. 

Era mi amigo y ya no está. Y estoy como en un mal sueño. Y hace frío, las luces de la ciudad me atontan y el ruido del tráfico me acompaña. Su abrigo me da calor y su recuerdo... Su mirada... 
Me alegro de... al menos, haberme podido despedir de él. 
¿Qué me cabe esperar?

viernes, 18 de julio de 2014

La casa del lago

       
Domingo 26 de febrero de 1989
             
        Este es un sueño recurrente que tengo. Me despierto en mi antigua casa de vacaciones, bueno, mía no fue nunca, era de mis tío-abuelos y pasábamos allí el mes de abril, siempre, hasta que cumplí quince años. Me despierto en la que era la cama de mi padre y estoy tumbado junto a Julia, ya sabes cuál. Me levanto, hago el desayuno, es marzo, por cierto, como una tostada o dos, depende del día, zumo de naranja, vaso de leche, miro un periódico que no existe y del que no logro leer nada y salgo a dar una vuelta por la finca. Acabo siempre en el lago dándome un baño mientras Julia con una taza de chocolate y un albornoz me mira y sonríe. Tiene el pelo mojado y no se ha bañado ni duchado. Cuando me quiero dar cuenta soy viejo y estoy con dos antiguas maletas en la antigua carretera mirando hacia la espesura del bosque. 

No creo que signifique nada en particular, te lo quería contar porque me parece curioso. Además, no sé, creo que quizá debería volver. Y te juro que hubiera ido ya si no hubiese sido justo Julia quien se ahogó en aquel lago. Es de esas cosas que no se cierran y soñar con su sonrisa cada día es... jodido. Si tan sólo pudiera cogerla de la mano una vez más. Divago. Lo siento. 
Lo importante de todo esto es que cada vez que sueño con ello tengo unas ganas inmensas de encender la luz de mi cuarto y sea aquella casa apartada del mundo. La casa del lago. 

¿Sabes? Voy a empezar a organizar un viaje, un viaje a ella, lleva abandonada quince años pero algo me dice que sigue ahí y que ahí están las respuestas que necesito. Sí. Iré. Definitivamente. 

Siempre tuyo.






-----------------------------------------------------------------------------


Miércoles 1 de marzo de 1989

        Quiero escribirte antes y después de ir a la casa del lago. No sé por qué creo que cambiaré si voy, es como una despedida, ¿sabes? Como un testimonio de lo que fue para que luego puedas ver lo que ha sido. Encontré una vieja foto de mi madre, esta es la entrada de la casa. Sólo de verla me entran escalofríos, quiero que te la quedes porque yo pienso traer nuevas. 

Estoy nervioso y aún no he hecho el equipaje, ¿quién sabe qué puedo encontrar allí? ¿Antiguas cartas de mis padres? ¿Juguetes de cuando era pequeño? ¿El fantasma de Julia? Si fuera eso último no creo que vuelva porque lo agarraré con toda la fuerza que tengo hasta que la traiga de vuelta, eso te lo aseguro. Ya sé que tengo que dejar de culparme de su muerte, pero no puedo evitarlo. No he llorado en ningún otro funeral y tú lo sabes... 

Planeo estar cerca de tres semanas, dieciocho días, quiero saber lo que es vivir allí. Hice todo el papeleo de billetes de tren y demás. Desde la estación cogeré un autobús para llegar al pueblo y a partir de ahí espero que mi memoria no me falle. Mi tío me dio las llaves de la casa así que no habrá ningún problema. Es un sitio muy apartado, no creo que haya ni vagabundos ni un solo graffitti, simplemente estará vieja y ruinosa.
Sabes que siempre hablo de aquella casa así que no te preocupes, me irá bien, estoy seguro. Espera una segunda carta en unos veinte días. Estoy adelantando acontecimientos pero creo que te encantará leerla. 

Siempre tuyo.















Historias Irrelevantes en Lugares Anónimos

Lugar Anónimo: 
https://www.google.es/maps/@53.029025,16.360484,3a,75y,128.26h,100.07t/data=!3m4!1e1!3m2!1s-HWCVkR1kto8ljBy6_d6_w!2e0?hl=es

sábado, 7 de junio de 2014

La historia de Jackeline


Había sido un día extraño, Juan me lleva del brazo, no quiero caerme, creo que he potado hace poco. Ugh... me duele mucho la cabeza. ¿A dónde vamos? Estamos en un callejón, es de noche, hay contenedores y huele a rancio. ¿Qué? ¿Qué pasa Juan? ¿Por qué nos paramos? Nos damos la vuelta y corremos. Me dejo llevar, la ciudad se tambalea y ennublece... Ah, su puerta, la recuerdo, blanca, con un tres dorado encima. Sí, casa, sí. Juan me trajo a casa.
Sí. Oigo susurros, ¿quién? Creo que sólo yo los escucho. ¿Juan? Ya no está, estoy en el sofá. La luz está encendida, el salón tiene un ventanal, estamos en un primero, ¿no?
-¡Juan! ¡Dónde vives!
Juan, Juan no responde. Ay, tengo que buscarlo. ¿Y si le ha pasado algo? ¿Juan?
-¿Juan?
Sigue sin responder. Me levanto, las piernas tambalean, me agarro a donde puedo. El suelo. Su moqueta es marrón y áspera. Me levanto, cuidado, cuidado, ¿qué decís susurros? Dejadme. No. No. Ando, ¿a dónde? A por Juan, sí. Llegó a la cocina, me agarro al marco de la puerta.
-¿Juan...? No... no tiene gracia.
Camino hasta la habitación, ¿puedo? Estoy llegando. Cada vez escucho más susurros. Es en mi cabeza. Están en mi cabeza. Terminan mis frases, comienzan mis palabras, dicen cosas, dicen muchas cosas, dicen demasiadas cosas, ¡parad! ¡No! ¡Parad ya! ¡No puedo! ¡Dejad de gritar!
-¡¡AAAAHHH!!
Parad... Parad... por favor...

¿Eh? ¿Qué ha pasado? Mi cabeza... duele como si tuviera un arpón atravesándola... ¿He... he llorado? Mis piernas me fallan. Estoy en la cocina de Juan, ¡buscaba a Juan! Derecha... derecha... escucho derecha en mi cabeza. El baño, a la derecha está el baño. Entra. Entra. Entra. El pomo está frío y resbala. Entro. ¡Juan! ¡¡Juan!!
-¡JUAN! ¡DIOS! ¿¡QUÉ!? ¿¡JUAN!? Joder, joder. ¡Aaahh!
Me ahogo, me ahogo, necesito aire, me ahogo. Corre. Corre. La ventana...
-Ugh...
Juan... Juan está muerto, pero, ¿qué? Tengo que llamar a la policía. Vete. Vete. Vete. No me voy, tengo que llamar a alguien, joder, esto es... Joder... Vete. VETE.
-¡Aaah!
Mi cabeza, ah, mi cabeza. VETE. ¡¿Qué queréis?! VETE. Voy a coger el móvil, lo tenía en el bolsillo, sí, está, malditos vaqueros. Me tiemblan las manos, no acierto. Mierda, tengo que llamar a alguien.
-Joder.
Recojo el móvil del suelo, maldita sea, deja de temblar, tengo que llamar a la policía. Juan, joder. VETE. VETE. VETE. Mis piernas, no se mueven, están paradas, miedo, tengo mucho miedo, ¿qué pasa? Mi cabeza, no siento nada, no me puedo mover, me caigo, me caigo. No...

Ugh... ¿dónde...? El salón de Juan... ah, sí... ¿van tres veces ya? ¿Quién está ahí? ¿Qué está...? Te llevan. Te llevan. Te llevan. ¿A dónde? Con ellos. Con aquel. Contigo. Ah... No te resistas. No lo hago. ¿Qué será de mí? Lo sabes. Está en ti. Pregunta equivocada. Oh, mi cabeza, no la siento. Negro, ¿sigue siendo de noche? La calle está bonita. Me llevan. Un callejón. Creo que he estado aquí antes, todo es tan... borroso. Son varios, son cuatro, ¿cuatro? Noches que no acaban...

Historias Irrelevantes

martes, 11 de febrero de 2014

La última página de un libro


Sonrisas de cafetería, una camarera ve muchas y quizá de más. Siempre me encantaron las cafeterías de carretera, los hostales aquellos de bocatas. Siempre me pregunté lo interesante que debe ser la vida de alguien que se tenga que hospedar allí. Una vez tuve que detenerme en uno, demasiada lluvia para conducir solo por ahí, me senté en una mesa junto a la ventana y contemplé la lluvia. Caía fuerte contra los cristales, pero a la vez relajaba estar en el calor del interior.
Se me sentó una chica delante, me dijo que lamentaba interrumpirme pero que el local estaba lleno y necesitaba sentarse. Me dio exactamente igual, la gente a veces se disculpa demasiado y luego no lo hacen cuando deben, eso me lo enseñó el perro del vecino, era muy majo.
La chica sacó una libreta y se puso a retratar a la camarera, tenía un estilo peculiar, me gustaba.
-Tiene más barbilla y las orejas un poco más grandes, pero has clavado la mirada.
La chica dudó varios segundos de que la hablase a ella.
-Eh... gracias, es lo que hago cuando, ya sabe, tengo tiempo.
-Vaya, hacía mucho tiempo que a este canoso y aburrido hombre no le llamaban de usted, tutéame si quieres.
-Eso haré, tú. - Y me sonrió.

Cogí mi coche de nuevo, cuando amainó, me atusé el bigote y puse alguna radio movidita, eso creo recordar. Nunca supe qué es exactamente atusar o de dónde viene, pero es lo que se hace con los bigotes. Tarameo seguía en el asiento de atrás, dormido, jodido perro. Es difícil encontrar amigos a mi edad, pero Tarameo lo ha sido siempre. A veces es lo único que me queda, ni mis premios, ni mis vivencias, este es mi presente, todo mi pasado se ha perdido y mi futuro, bueno, no queda mucho de él. Vivimos nuestras vidas, eso es lo que hacemos.

Llegué al final. Al lugar donde las cosas comienzan, la infancia. Siempre los recuerdas mejores de lo que son, los lugares, quizá no es culpa de la memoria sino del lugar en sí. ¿Qué lugar preferiría albergar a un viejo que a un niño lleno de magia? Mi casa no ha cambiado mucho, está al final de un barrio de un pueblo de vacaciones el cual está en medio de una meseta tranquila, tiene algunos bosquecitos y una montaña. Siempre me lo pasaba bien. Hay muros de piedra, cocina de gas, camas tiesas y goteras. Me encanta. Los mejores finales no se escriben ni tampoco se leen. Los mejores finales se saben y se conocen porque son los auténticos finales, no son comienzos de nada, ¿verdad, Tarameo? Le doy unas zanahorias y aquí estoy, en mi final, terminando de leer un cuento creo que árabe sobre un siervo que espantado por su futuro huye, pero hacia su inevitable destino. Es un buen cuento. Ahora mismo todo me parece bien, creo.
Ya no sé ni qué pensar.

-Hola.
-¿Qué tal?
-Sabes por qué vengo, ¿cierto?
-Te vi en la cafetería y no me pudiste dar más igual.
-Siempre pasa, siempre pasa. ¿Tan extraño es que sea así?
-Pues la verdad es que sí, siempre eres lo que vemos en la carroña, los cuerpos, los exhumados, las guerras y las catástrofes, nunca vemos lo invisible, no en momentos de crisis. Eso deberías saberlo.
-Y lo sé, pero sigo aquí. Somos lo que somos.
-De principio a final.
-Y de vuelta a la estantería.
-¿Arreglaste el retrato?
-Sí, creo que me quedó bien, pero no logré captar la forma de la cabeza.
-Poco a poco, déjame la libreta un momento. A ver... sí... ya está... así mejor, ¿no crees?
-¡Oh! ¿Cómo lo hizo?
-Son muchos años, querida. Soy lo que soy.
-Sí, cierto. ¿Quiere algo más?
-No, para nada.
-Pocos son como usted, siempre piden más.
-Ya no necesito más, tuve más que suficiente, siempre lo tuve, desde mis sueños hasta mis pesadillas. He vivido mi vida, con sus consecuencias buenas y malas, las he aceptado todas, me he despedido de quien debía y lo he dispuesto todo. No me queda nada que resolver.
-¿Y algo qué hacer?
-No nacemos con propósitos, los proponemos nosotros porque son nuestros pies quienes los construyen.
-Bien dicho. Levante... a ver... eso es.
-La ciática, ya sabes...
-Sí, lo sé. ¿Un último baile, tú?
-Un último baile.

Historias Irrelevantes




viernes, 9 de agosto de 2013

Siempre hay tiempo para el café

Hay salones oscuros. Salones de negro y rojo, formas en espiral, ruinas góticas intactas, lugares tenebrosos, lugares de pesadilla. Se escuchan las últimas suplicas de alguien que alentado por el miedo maldice por su vida. ¿Qué será de él ahora que su vida no pende de los hilos de sus manos? Él conocía el final, no a sus verdugos, pero sí que de aquella noche no pasaría. No se puede huir de algo así, no de gente como ellos. ¿Gente? No sé si es la palabra más adecuada para describir a dos monstruos como ellos. Asesinos, macabros, lúgubres, mercenarios de sí mismos. Cargan con sus responsabilidades. Las cumplen. Y se van. 

La mañana de esa misma noche están desayunando en una cafetería del centro, corre la brisa, acaban de abrir, ellos no han dormido y necesitan un café. Apenas se ve el sol en el horizonte y en plena ciudad mucho menos, los bosques de edificios lo nublan todo pero una luz tímida se adentra suavemente sobre todos los distritos. La cafetería, modesta y coqueta, sirve un café que sienta de maravilla; calentito, amargo y terriblemente adictivo si se sirve en una bonita taza. Ella además pidió algo de bollería para llenar el estómago. 
-No puedo creer que no comas nada, ha sido una nochecita larga, ¿no crees?
-Peores he tenido. 
Él miró hacia un lado como buscando algo, o a alguien. Le gustaba hacerlo, miraba a todo el mundo, a todos los rincones, parecía como si llevase buscando algo desde siempre. 
-¿Peores, eh? Sí, claro, yo también. En una fiesta de la facultad acabé despertándome en una habitación con tres hombres desnudos y demasiado dolor de cabeza como para asustarme demasiado. No te lo recomiendo.
-¿Acostarme con tres hombres?
-¡No, idiota! Despertarte en una habitación con resaca y tres hombres. Los ronquidos eran como patadas en el cerebro y olía a infierno. 
-¿A incienso?
-¿Empalmar te pone gracioso?
Él no respondió y siguió mirando al resto de la calle. Era verano, estaban en la calle, terraza de la cafetería, pero ese frío mañanero seguía siendo capaz de helar los huesos. Se acarició un poco la perilla.
-¿Qué piensas, tío?
-En nada particular.
-En serio, siempre que miras así estás maquinando algo.
-¿Alguna vez te has preguntado por qué hacemos esto?
-"Porque alguien lo tiene que hacer y todos están demasiado dormidos como para hacerlo", ¿no? Eso me contestaste tú la primera vez.
-Ya...
Ella no comprendía qué le pasaba, resulta ser de esas personas que nunca acabas de conocer, quizá por eso le atrajera tanto. No le gustaba la última página de los libros. 
Pagaron su cuenta y se fueron caminando hasta donde tenían el coche, estaba a unos cuantos minutos pero no les importó demasiado. Las mañanas tempranas de verano son preciosas. Cuando llegaron no les apetecía irse, aún era pronto, podían estar un rato más allí. Parecía magia. Ella se sentó en el capó a ver las nubes y él entró dentro y se puso a escribir en su cuaderno de notas. A veces en un silencio se disfruta más que en una conversación aunque cueste creerlo. 
Cuando partieron eran casi las diez de la mañana y necesitaban dormir profundamente. El hombre del vestíbulo de aquel hotel de tres estrellas les indicó su habitación y le dijeron que no les despertase para comer. 
-Por las pintas y por dormir a estas horas no sé si son fiesteros o vampiros -le dijo el hombre a su compañero. Era un hotel normalillo, pero tenía un pequeño bar al lado bastante concurrido y más de una noche tenían parejas demasiado borrachas como para esperar a llegar a casa.
Cuando ella se despertó vio que él estaba encima de su cama escribiendo y con sus gafas de leer. Se incorporó lentamente arañándose los ojos. Bostezó como creyó nunca hacerlo, aunque no estaba segura, nadie se acuerda de sus bostezos. 
-No sabía que alguien como tú usaba gafas.
-¿Y por qué alguien como yo no usa gafas?
-Déjalo. ¿Qué escribes?
-Notas de nuestro último encuentro.
-Ajá... ¿qué coño te pasa?
-No sé a qué te refieres.
-¡Sí que lo sabes! Actúas raro, miras raro, hablas raro. Más raro de lo habitual, te pasa algo, cabrón. 
-Te juro que no sé a qué te refieres y por cierto se te ha corrido el maquillaje. 
Ella refunfuñó, se levantó en ropa interior y se deslizó hacia el baño. Se miró los ojos, rojos de sangre palpitante y mal descanso, ojeras largas y expresión de ruina. Asomó su cabeza por el baño:
-¿Te apetece hacerlo?
-Hoy no.
Se dio un baño. 

Anónimo
Desde mis sueños hasta tu pantalla
Historias Irrelevantes

domingo, 7 de julio de 2013

Primera parte de La trágica historia de Robert Philips

El pequeño Robert miraba por la ventana de su cuarto, miraba los frondosos árboles del bosque contiguo. Miraba las nubes que sobrevolaban entre magia y viento, disfrutaba del sonido de la brisa entre la fresca hierba. Pocos días estaba el cielo así de despejado, estaba acostumbrado a que todo el cielo fuese una gran nube gris. 
Pronto entraron Thomas y Marshall, sus compañeros de cuarto, ellos acababan de terminar sus clases y todos los alumnos estaban en sus cuartos esperando la hora de cenar. Marshall les recordó a ambos que sus padres le habían enviado un juego de mesa y que podrían pasar la tarde jugando, Thomas le miró un poco intrigado mientras que Robert seguía mirando por la ventana. 
-Me pregunto... cómo será correr por estos prados... -dijo Robert.
-Pues como en cualquier otro prado, supongo. No veo ninguna diversión en hacer algo así, además, sentiría que estoy malgastando mi tiempo -replicó Marshall, al cual se le veía muy entusiasmado con su juego de mesa.

Pasaron horas y apenas Robert se había movido. Apenas había hecho un gesto. Los tres se hospedaban en uno de los colegios más prestigiosos de Inglaterra, un colegio muy conservador, de gran status, de grandes apariencias, de gran educación y muy, muy caro. Robert no entendía el dinero, ni las matemáticas, ni la sintaxis, ni entendía por qué debía aprenderse qué ocurrió hace tres cientos en el Reino Unido. Sin embargo le encantaban las historias del Rey Arturo. Soñaba con montar a caballo por enormes tierras, salvando riscos y acantilados, luchando contra lo imposible. Marshall le tenía un poco de tirria por su actitud, por un lado odiaba que siempre estuviese ensimismado, mirando al cielo, imaginando historias, preguntando obviedades y renunciando a sus deberes; pero por el otro lado le envidiaba. Thomas por su lado estaba allí porque sus padres le dijeron que debía estar allí, pocas veces tenía la iniciativa, él tan sólo quería que la gente que le rodeara se sintiera a gusto con su presencia. 

Este era el tercer día del último trimestre del tercer año. Robert sentía que nada había cambiado en esos tres años aunque también sentía que de haberlo hecho tampoco se podría dar cuenta. Nunca tuvo la iniciativa para escapar por la ventana con una cuerda de sábanas y correr entre los árboles, la lluvia y las flores. Había soñado con ese momento durante los últimos dos años, tenía más de una veintena de planes escritos y dibujados para hacerlo pero nunca tuvo las agallas o quizá las ganas para escapar. Estaba contento con soñar que podía que salir corriendo, no le hacía falta realizar ese sueño, o eso pensaba él. 
Dieron las nueve de la noche y los tres bajaron a cenar. El menú era algo previsible, era miércoles, tocaría pescado. Se sentaron en la misma mesa de siempre junto con sus otros doce compañeros de clase. Marshall era el líder del grupo y todos le reían las gracias, todos menos Robert que estaba más ocupado pensando cómo sería la cara del hombre que pescó su cena. Acabaron de cenar y volvieron a sus cuartos, pero Marshall se paró unos momentos para hablar con unos compañeros suyos.

-Id yendo, luego subo yo -dijo.

Thomas y Robert subieron a su habitación, Thomas estaba de pie doblando la ropa encima de su colcha y Robert permanecía cabizbajo sentado en la su cama. Dijo entre susurros y suspiros: 
-Thomas... ¿amas a esta gente?
Thomas se quedó perplejo y se incomodó un poco, pero sacó una leve sonrisa y respondió -¿a qué te refieres, Robert?
-A si de verdad amas a tus semejantes como decimos todos en las misas. Si de verdad han ocupado una parte de ti, si son como tu familia, tus hermanos. 
-Pues claro, Robert, tú incluido, ¿cómo me preguntas algo tan tonto?
-Porque para mí no es tan tonto.
-Perdona, no sabía que... bueno, no sabía que le dabas tanta importancia a esto.
-No te preocupes.

Marshall entró a los pocos minutos en el cuarto. Extrañamente se aseguró de que no había nadie en el pasillo y se acercó a sus compañeros, les hizo una señal de que guardasen silencio y de que mantuvieran lo que iban a ver en secreto. Se acercó a su cama y de debajo sacó una revista picante. Thomas se empezó a poner nervioso y se puso a advertir a Marshall de las terribles consecuencias que podía tener ese revista en el colegio, Marshall por su lado estaba emocionado de tener algo así y lo exhibía con orgullo a sus dos compañeros. Robert lo vio, miró hacia abajo y se tumbó en su cama. 
-¿Qué te pasa Robert? ¿Acaso eres gay? Debe ser eso -dijo Marshall con un tono de bruto de primaria.
-Déjale, creo que no ha tenido un buen día -le contestó Thomas, no quería que se peleasen. 
Marshall se hizo a una lado y amenazó personalmente a Robert:
-No te preocupes, chico mudo, pronto se habrá acabado todo. 
Robert se sorprendió de esas palabras, eran muy concretas y a la vez muy inexactas. Por un lado estuvo preocupándose de la importancia que pueden tener unas palabras y por otro pensaba en a qué podría referirse... 


-La cara del hombre que pescó mi cena-


Este tipo
Desde tu cafetería más cercana, callado
Historias Irrelevantes