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lunes, 23 de mayo de 2016
Hazte una foto de madrugada
A veces escribo acerca de instantes. Instantes. Como fotografías, ¿conoces la fotografía de la que hablo? No, claro que no. Aún no te hablé de ella. Aún no la he tomado. Cualquier tipo de comunicado sea leído, escuchado o visto tiene en común que corta una parte de la realidad y uno se la da a otro. Decidir qué cortar es importante, es tan importante como decidir cuánto pastel vas a comerte de madrugada sin sentirte mal contigo mismo. ¿Por qué ibas a sentirte mal? ¡Come! Que está rico, joder. Pero luego desayuna, ¿vale?
En fin, el caso. Si escribo un instante recorto un pedacito minúsculo de realidad. Pero lo divertido de la escritura es que puedes alargarlo hasta el infinito. Sí, es probable que una imagen valga más que mil palabras pero mil palabras pueden ser mucho más entretenidas que una imagen. Y conoces el instante del que te hablo.
Es de madrugada, no sabes ni te importa mucho lo que ha pasado pero has llegado a casa, o al menos a un sitio con techo y supuestamente una cama en la que dormir. Y de pronto has tenido un momento de lucidez. Quizá no era de madrugada, sólo espero que sí porque es más divertido, la madrugada es especial... Todo está en silencio y prácticamente puedes sentir como, si no haces mucho ruido, el mundo es tuyo. Puedes incluso caminar en pijama por la calle que nadie te dirá nada. "Mira el raro ese, en pijama" como mucho, de madrugada todo el mundo que está en la calle es raro o está haciendo cosas raras. Divago.
Tienes ese momento de lucidez después de mucho ajetreo, has hecho muchas cosas hoy y sólo querías llegar a algún sitio a acostarte, ¡y mañana será otro día! Pues, adivina qué, estás vivo. Y tu cabeza te lo está diciendo. Has parado por un momento, has mirado por la ventana y has sentido que el mundo era precioso por un breve, muy breve instante. ¡Ese instante! Cógelo con pinzas, que no se rompa. Es probable que hayas visto tu reflejo en la ventana, las luces de la ciudad, un árbol, unos niños, un pajarillo, ¡algo! Qué más da. La cosa gorda es ese instante. ¿Lo conoces?
¿Has vivido esa fotografía?
La de embobarte una eternidad enfrascada en una milésima de segundo.
Quizá la hayas tenido, pero también puede que no. Puede que no te hayas dado cuenta de haber tenido ese instante.
¿Y si, por un instante, pensamos que ese instante tiene razón?
Si quieres hacerte esta foto es muy sencillo, no necesitas cámara. Ve a la cocina, coge tu bebida caliente favorita, viértela con sumo silencio en una taza, la más bonita que tengas y acércate a la ventana. ¡De madrugada, por favor! Y allí, en lo que te tomas la taza te habrás sacado la foto. Es un instante.
Ya sabes.
Esa una foto muy bonita.
viernes, 24 de julio de 2015
Anécdotas de bar
-La conocí en un viaje. Imagínatela, pelo largo y verde, ojos grandes como embalses, sonrisa pícara, era perfecta.
-Eso de cuando fuisteis a la montaña, ¿no?
-Sí. Nos conocimos en el autobús de ida, son muchas horas al lado de alguien que no conoces y a quien siempre acabas conociendo. La cosa es que me miraba siempre sonriente y vergonzosa, parecía una niña pequeña. Era verdaderamente adorable.
-¿Te la llegaste a tirar?
-Sí. Bueno, creo.
-¿Crees?
-Ya llegaré a esa parte. Una vez en la estación nos dimos el número de teléfono y nos prometimos un café o una cerveza juntos. Y pasaron los días, yo estaba viendo a mis primos, ya sabes, y ella... la verdad es que no sé a qué había ido ella. Bueno, pasaron los días y no me llamaba y no me llamaba. Yo tampoco lo hacía. Y una noche de borrachera se me ocurrió llamarla, estaba esperando mi llamada porque le daba vergüenza llamarme, me dijo que había pensado en mí cada día y tal.
-¿Y qué hiciste?
-Ir a su hotel de cabeza, medio ido y después de potar un par de veces y tomarme un paquete de chicles de menta.
-¿Qué hizo ella?
-Me vio apoyado en su puerta imagino que con la peor cara del mundo y me acogió. Me tumbó y no recuerdo mucho más. Por la mañana estábamos los dos desnudos en su cama y ella apoyada en mí, sonriente. Imagino que lo haríamos porque yo también estaba muy contento pero no recordaba absolutamente nada. La cosa es que me levanté con una resaca de caballo. Me vestí y me fui a comprar unas aspirinas. Y, aquí lo raro, cuando volví al hotel ella no estaba. No en la habitación, ella no estaba en el hotel. Ni registrada ni nada. Ni tenía un cuarto ni nada.
-No jodas.
-Te lo juro.
-¿Y no sería que te habías tirado a alguien que no era ella?
-¿Entonces por qué por la noche me dijo por el móvil unas direcciones que no eran las suyas?
-Ya, claro.
-La cosa es que luego la vi en la terraza de una cafetería y ella no me reconocía de nada. Ni del autobús ni nada. Monté una...
-Tío, eso es muy raro.
-Ya. Y no sé qué coño será ella, ¿te imaginas que es una bruja?
-Sí, claro, para que digas por ahí "me he tirado una bruja".
-Venga, chin-chín. Por los buenos amigos.
-Por los buenos amigos.
-Eso de cuando fuisteis a la montaña, ¿no?
-Sí. Nos conocimos en el autobús de ida, son muchas horas al lado de alguien que no conoces y a quien siempre acabas conociendo. La cosa es que me miraba siempre sonriente y vergonzosa, parecía una niña pequeña. Era verdaderamente adorable.
-¿Te la llegaste a tirar?
-Sí. Bueno, creo.
-¿Crees?
-Ya llegaré a esa parte. Una vez en la estación nos dimos el número de teléfono y nos prometimos un café o una cerveza juntos. Y pasaron los días, yo estaba viendo a mis primos, ya sabes, y ella... la verdad es que no sé a qué había ido ella. Bueno, pasaron los días y no me llamaba y no me llamaba. Yo tampoco lo hacía. Y una noche de borrachera se me ocurrió llamarla, estaba esperando mi llamada porque le daba vergüenza llamarme, me dijo que había pensado en mí cada día y tal.
-¿Y qué hiciste?
-Ir a su hotel de cabeza, medio ido y después de potar un par de veces y tomarme un paquete de chicles de menta.
-¿Qué hizo ella?
-Me vio apoyado en su puerta imagino que con la peor cara del mundo y me acogió. Me tumbó y no recuerdo mucho más. Por la mañana estábamos los dos desnudos en su cama y ella apoyada en mí, sonriente. Imagino que lo haríamos porque yo también estaba muy contento pero no recordaba absolutamente nada. La cosa es que me levanté con una resaca de caballo. Me vestí y me fui a comprar unas aspirinas. Y, aquí lo raro, cuando volví al hotel ella no estaba. No en la habitación, ella no estaba en el hotel. Ni registrada ni nada. Ni tenía un cuarto ni nada.
-No jodas.
-Te lo juro.
-¿Y no sería que te habías tirado a alguien que no era ella?
-¿Entonces por qué por la noche me dijo por el móvil unas direcciones que no eran las suyas?
-Ya, claro.
-La cosa es que luego la vi en la terraza de una cafetería y ella no me reconocía de nada. Ni del autobús ni nada. Monté una...
-Tío, eso es muy raro.
-Ya. Y no sé qué coño será ella, ¿te imaginas que es una bruja?
-Sí, claro, para que digas por ahí "me he tirado una bruja".
-Venga, chin-chín. Por los buenos amigos.
-Por los buenos amigos.
martes, 29 de julio de 2014
Testimonio de Samanta
Ya hace dos semanas que vivo sola en casa de mis padres. Se fueron, no dijeron a dónde ni cuánto. Supongo que es mejor así. Me he teñido de moreno, antes tenía el pelo de colores y creo que esto me sienta mejor. No queda nadie por aquí y me paso la mayor parte del día en casa, leo, hablo por teléfono, veo la tele y hago las tareas de la casa. A veces cuando desayuno veo los dibujos animados pensando en lo bonito que sería tomar un café asomada a la ventana. Me encantan esas imágenes son como de peli, la realidad es algo menos glamurosa, supongo.
A veces cojo la espada de papá y me pongo a dibujarme historias de piratas en la cabeza. Otros días hago la “noche de terror” y me pongo a leer historietas de terror o me veo películas de miedo hasta que amanece. Me gusta hacer la compra también, creo que a todo el mundo le gusta decidir cosas ya sea la marca del zumo de naranja o qué camino tomar de vuelta a casa. Nunca repito. De ninguna de las dos cosas. Si buscas yo creo que verás que hay más marcas de zumos de naranja que religiones en el mundo.
Me he puesto a hablar hasta con las persianas, bueno, no, pero sí con un amigo imaginario que tuve de pequeña. Me imagino que existe o que… ¿nunca ha dejado de existir? No sé. El caso es que me gusta hablar con él, me despeja. Hoy me hice pollo. Con arroz. Y así me va. ¿No? A veces quiero que mis padres vuelvan porque la casa está silenciosa, a veces me siento como si estuviese en una casa que no es mía, allanamiento y esas cosas. Compré batidos.
A veces doy paseos por la noche, es entretenido. No hay nadie, hace fresquito y hay un supermercado que cierra a las tantas así que puedo comprar chuches. Creo que me quedaría bien el pelo corto. O sea, corto cortito. Que se me vea la nuca.
El otro día me bajé la silla de la playa al parque de aquí al lado y me puse a comer pipas escuchando la banda sonora de Little Miss Sunshine. ¡Se me pasó la mañana volando! Mañana haré lo de mirar por la ventana con una taza de café, aunque conociéndome será Cola Cao. A veces pienso en cómo sería ser una roca y rodar río abajo. También en qué se debe sentir al ser madre de alguien, o a dónde vamos la humanidad. ¿Las cosas se repiten una y otra vez? ¿Por qué? Luego me hago una ensalada con filetitos troceados. Dejé de fumar hace un par de años, no me sentaba bien, creo. Ahora me siento mejor desde luego. ¿Y si pudiese cambiar mis decisiones?
Al final sólo nos queda que la vida nos arroye de una vez y miremos hacia donde queramos, esperando o sin esperar que algo nos abrace. Me gusta ese pensamiento. Escuché una vez uno muy bonito, “al final sólo puedes esperar que tu último pensamiento sea bueno”. Me gustan las frases que empiezan por “Al final”, después de ellas hay silencio ocupado por la banda sonora y un zoom hacia fuera mientras ves sonreír a la chica de la taza de café que se asomó una mañana por la ventana. ¿Qué hará después? Eso se lo pregunté una vez a un amigo, me dijo algo que me gustó. Aunque para que me gustase lo tuve que pensar dos veces.
-¿Qué hará después de eso?
-Oh, fácil. Vivir su vida, imagino.
Ahora me gusta más cada vez que lo recuerdo. Todas las cosas siguen, sólo hay que saber cómo escucharlas, supongo.
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viernes, 18 de julio de 2014
La casa del lago
Domingo 26 de febrero de 1989
Este es un sueño recurrente que tengo. Me despierto en mi antigua casa de vacaciones, bueno, mía no fue nunca, era de mis tío-abuelos y pasábamos allí el mes de abril, siempre, hasta que cumplí quince años. Me despierto en la que era la cama de mi padre y estoy tumbado junto a Julia, ya sabes cuál. Me levanto, hago el desayuno, es marzo, por cierto, como una tostada o dos, depende del día, zumo de naranja, vaso de leche, miro un periódico que no existe y del que no logro leer nada y salgo a dar una vuelta por la finca. Acabo siempre en el lago dándome un baño mientras Julia con una taza de chocolate y un albornoz me mira y sonríe. Tiene el pelo mojado y no se ha bañado ni duchado. Cuando me quiero dar cuenta soy viejo y estoy con dos antiguas maletas en la antigua carretera mirando hacia la espesura del bosque.
No creo que signifique nada en particular, te lo quería contar porque me parece curioso. Además, no sé, creo que quizá debería volver. Y te juro que hubiera ido ya si no hubiese sido justo Julia quien se ahogó en aquel lago. Es de esas cosas que no se cierran y soñar con su sonrisa cada día es... jodido. Si tan sólo pudiera cogerla de la mano una vez más. Divago. Lo siento.
Lo importante de todo esto es que cada vez que sueño con ello tengo unas ganas inmensas de encender la luz de mi cuarto y sea aquella casa apartada del mundo. La casa del lago.
¿Sabes? Voy a empezar a organizar un viaje, un viaje a ella, lleva abandonada quince años pero algo me dice que sigue ahí y que ahí están las respuestas que necesito. Sí. Iré. Definitivamente.
Siempre tuyo.
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Miércoles 1 de marzo de 1989
Quiero escribirte antes y después de ir a la casa del lago. No sé por qué creo que cambiaré si voy, es como una despedida, ¿sabes? Como un testimonio de lo que fue para que luego puedas ver lo que ha sido. Encontré una vieja foto de mi madre, esta es la entrada de la casa. Sólo de verla me entran escalofríos, quiero que te la quedes porque yo pienso traer nuevas.
Estoy nervioso y aún no he hecho el equipaje, ¿quién sabe qué puedo encontrar allí? ¿Antiguas cartas de mis padres? ¿Juguetes de cuando era pequeño? ¿El fantasma de Julia? Si fuera eso último no creo que vuelva porque lo agarraré con toda la fuerza que tengo hasta que la traiga de vuelta, eso te lo aseguro. Ya sé que tengo que dejar de culparme de su muerte, pero no puedo evitarlo. No he llorado en ningún otro funeral y tú lo sabes...
Planeo estar cerca de tres semanas, dieciocho días, quiero saber lo que es vivir allí. Hice todo el papeleo de billetes de tren y demás. Desde la estación cogeré un autobús para llegar al pueblo y a partir de ahí espero que mi memoria no me falle. Mi tío me dio las llaves de la casa así que no habrá ningún problema. Es un sitio muy apartado, no creo que haya ni vagabundos ni un solo graffitti, simplemente estará vieja y ruinosa.
Sabes que siempre hablo de aquella casa así que no te preocupes, me irá bien, estoy seguro. Espera una segunda carta en unos veinte días. Estoy adelantando acontecimientos pero creo que te encantará leerla.
Siempre tuyo.
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martes, 11 de febrero de 2014
La última página de un libro
Sonrisas de cafetería, una camarera ve muchas y quizá de más. Siempre me encantaron las cafeterías de carretera, los hostales aquellos de bocatas. Siempre me pregunté lo interesante que debe ser la vida de alguien que se tenga que hospedar allí. Una vez tuve que detenerme en uno, demasiada lluvia para conducir solo por ahí, me senté en una mesa junto a la ventana y contemplé la lluvia. Caía fuerte contra los cristales, pero a la vez relajaba estar en el calor del interior.
Se me sentó una chica delante, me dijo que lamentaba interrumpirme pero que el local estaba lleno y necesitaba sentarse. Me dio exactamente igual, la gente a veces se disculpa demasiado y luego no lo hacen cuando deben, eso me lo enseñó el perro del vecino, era muy majo.
La chica sacó una libreta y se puso a retratar a la camarera, tenía un estilo peculiar, me gustaba.
-Tiene más barbilla y las orejas un poco más grandes, pero has clavado la mirada.
La chica dudó varios segundos de que la hablase a ella.
-Eh... gracias, es lo que hago cuando, ya sabe, tengo tiempo.
-Vaya, hacía mucho tiempo que a este canoso y aburrido hombre no le llamaban de usted, tutéame si quieres.
-Eso haré, tú. - Y me sonrió.
Cogí mi coche de nuevo, cuando amainó, me atusé el bigote y puse alguna radio movidita, eso creo recordar. Nunca supe qué es exactamente atusar o de dónde viene, pero es lo que se hace con los bigotes. Tarameo seguía en el asiento de atrás, dormido, jodido perro. Es difícil encontrar amigos a mi edad, pero Tarameo lo ha sido siempre. A veces es lo único que me queda, ni mis premios, ni mis vivencias, este es mi presente, todo mi pasado se ha perdido y mi futuro, bueno, no queda mucho de él. Vivimos nuestras vidas, eso es lo que hacemos.
Llegué al final. Al lugar donde las cosas comienzan, la infancia. Siempre los recuerdas mejores de lo que son, los lugares, quizá no es culpa de la memoria sino del lugar en sí. ¿Qué lugar preferiría albergar a un viejo que a un niño lleno de magia? Mi casa no ha cambiado mucho, está al final de un barrio de un pueblo de vacaciones el cual está en medio de una meseta tranquila, tiene algunos bosquecitos y una montaña. Siempre me lo pasaba bien. Hay muros de piedra, cocina de gas, camas tiesas y goteras. Me encanta. Los mejores finales no se escriben ni tampoco se leen. Los mejores finales se saben y se conocen porque son los auténticos finales, no son comienzos de nada, ¿verdad, Tarameo? Le doy unas zanahorias y aquí estoy, en mi final, terminando de leer un cuento creo que árabe sobre un siervo que espantado por su futuro huye, pero hacia su inevitable destino. Es un buen cuento. Ahora mismo todo me parece bien, creo.
Ya no sé ni qué pensar.
-Hola.
-¿Qué tal?
-Sabes por qué vengo, ¿cierto?
-Te vi en la cafetería y no me pudiste dar más igual.
-Siempre pasa, siempre pasa. ¿Tan extraño es que sea así?
-Pues la verdad es que sí, siempre eres lo que vemos en la carroña, los cuerpos, los exhumados, las guerras y las catástrofes, nunca vemos lo invisible, no en momentos de crisis. Eso deberías saberlo.
-Y lo sé, pero sigo aquí. Somos lo que somos.
-De principio a final.
-Y de vuelta a la estantería.
-¿Arreglaste el retrato?
-Sí, creo que me quedó bien, pero no logré captar la forma de la cabeza.
-Poco a poco, déjame la libreta un momento. A ver... sí... ya está... así mejor, ¿no crees?
-¡Oh! ¿Cómo lo hizo?
-Son muchos años, querida. Soy lo que soy.
-Sí, cierto. ¿Quiere algo más?
-No, para nada.
-Pocos son como usted, siempre piden más.
-Ya no necesito más, tuve más que suficiente, siempre lo tuve, desde mis sueños hasta mis pesadillas. He vivido mi vida, con sus consecuencias buenas y malas, las he aceptado todas, me he despedido de quien debía y lo he dispuesto todo. No me queda nada que resolver.
-¿Y algo qué hacer?
-No nacemos con propósitos, los proponemos nosotros porque son nuestros pies quienes los construyen.
-Bien dicho. Levante... a ver... eso es.
-La ciática, ya sabes...
-Sí, lo sé. ¿Un último baile, tú?
-Un último baile.
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lunes, 23 de diciembre de 2013
Noches lluviosas
Las historias de fantasía son a veces preciosas, nos hacen recordar qué es la realidad, nos hacen soñar, nos hacen imaginar otros mundos, nos hacen creer. Creer es importante a veces, o eso me decía mi madre. La echo de menos, murió hace cinco años y aún escucho su voz por casa. Mi hermana dice que estoy loca, creo nunca se llevaron bien. Hoy ya he hecho la compra y ahora me toca ir a trabajar, alguien ha de hacerse cargo de la casa. Y de la pequeñaja. Y de la abuela.
Justo cuando salgo se pone a llover, no importa, llevo paraguas aunque adiós a mis deportivas, al menos la parada del autobús está techada. Oh, un chico está leyendo "La guía del autoestopista galáctico", por cómo va le pega leerla. Sonrío. No me ve. Subo despreocupada y pongo rumbo al restaurante de la esquina. Mi abuela sabe cocinar, ojalá la contratasen, todo sería mucho más divertido con ella aquí dentro. Cuando salgo sigue lloviendo, extraño, pero así son las tormentas de verano, nunca sabes cuándo vendrán ni cuándo se irán. Entro a trabajar...
Llevan cuatro días lloviendo sin parar. Mi hermana dice que ha leído en Internet que "estamos asolados por una nube gigante que no hay viento que la mueva". Mientras no lleve encima todo el Océano Pacífico a mí me da igual. Por suerte los sábados no trabajo. La abuela piensa que es un castigo de algún dios vengativo. Yo prefiero no pensar, le contesto tirada en el sofá. Miro el móvil. No, nadie me ha hablado.
Y después de una semana lloviendo aquí seguimos, ahora encerradas, no se puede salir, el agua nos cubre medio metro en la calle. Se comienza a barajar los servicios de rescate, pero claro, rescatar toda una ciudad... es complicado. O eso me creo. Lo supongo, al menos. De vez en cuando escucho helicópteros, son del canal nacional casi todos, nadie quiere perderse "La ciudad inundada", así nos llama mi hermana.
La abuela sigue creyendo que esto no es natural y que dentro de poco tomará cartas en el asunto, me da miedo cuando dice esas cosas, mamá la entendía pero yo no. Aunque siempre me lo tomo en broma esta vez está muy seria y no sé muy bien cómo reaccionar.
A la semana y media vinieron en lanchas y helicópteros miembros de los servicios de emergencias y voluntarios a evacuar la ciudad. Mi hermana y yo quisimos coger lo imprescindible y meterlo todo en una maleta, dejamos la habitación vacía, ninguna quería ceder. Ese día mi abuela no estaba en casa, no sabía a dónde se podría haber ido, tampoco a dónde podría físicamente haber ido pues el agua casi llegaba a nuestro rellano. Los servicios de emergencias se impacientaban y tuvimos que irnos, yo no miré atrás, mi hermana no hacía más que gritar "¡abuelita!, ¡abuelita!, ¡¿dónde estás abuelita?!". Yo no podía para de llorar. Primero mamá, ahora la abuela.
Nos llevaron a un campamento de refugiados a unos kilómetros de la ciudad. Los acababan de montar pero debido a que no hubo demasiados heridos no hubo muchos problemas. Nuestra catástrofe fue por una lluvia que caía casi verticalmente por lo que no hubo casi riadas ni mareas y todos permanecimos en nuestras casas.
Un mes más tarde nos conseguimos instalar en un pequeño barrio del suburbio, estábamos casi en la periferia, los servicios sociales me encontraron un trabajo de camarera, el mismo que ya tenía, mi nuevo jefe cobraba por tenerme allí debido a una subvención así que no puso ninguna objeción. Mi hermana tuvo algunos problemas para adaptarse al nuevo colegio pero se acostumbró, es una chica fuerte.
Ya han pasado cuatro años, sigo echando de menos a mamá con sus manías y a la abuela con sus delirios. La peque ya no es tan pequeña y ahora le molesta que la llame así delante de sus amigos, yo por mi parte conseguí un ascenso a jefa de camareros y encontré un novio maravilloso. Creo que por fin mi vida se asienta, creo que ya era hora, no he tenido una vida tranquila. Muchos la han tenido peor que yo, seguro, pero, tan sólo, quisiera tener a quien abrazar por las noches sin sentir que mi mundo se vaya a desvanecer al día siguiente...
Han pasado treinta años desde lo del diluvio. No me quejo de la vida que escogí. Me gustó aunque fue solitaria. Mi peque ahora se casó con un tipo un tanto extraño y se fue a vivir al norte, de vez en cuando me llama aunque casi no nos podemos ver. Mi trabajo de administrativa me tiene ocupada casi siempre, pero ayer lo dejé, no podía soportarlo más. Llevo en la inconsciencia toda mi vida y ya es hora de que tome cartas en el asunto. Me dirigí a mi ciudad, a La Ciudad Inundada, ahora parque natural. Hablé con los guardas de allí, resultó que uno de los biólogos que trabajaban allí era un viejo amigo mío de la infancia por lo que no me resultó difícil convencerlo de que quería llegar hasta mi antigua casa. Me dejó a la altura de mi ventana, me dijo que me recogería en unos veinte minutos que tenía que hacer unos análisis de no sé qué zona. Vivo en un tercero.
Dentro escucho gente, me parece imposible, no puede ser. ¿Me volví loca de verdad? Me estaban esperando. Son mi madre y mi abuela. No puede ser. ¿Qué? Fuera llueve. Que no. Esto no es real. Nada de esto lo es. ¿Dónde estoy? ¿Mamá?
-¡Mamá! Me he echo pis en la cama, ¿puedo dormir esta noche contigo?
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Justo cuando salgo se pone a llover, no importa, llevo paraguas aunque adiós a mis deportivas, al menos la parada del autobús está techada. Oh, un chico está leyendo "La guía del autoestopista galáctico", por cómo va le pega leerla. Sonrío. No me ve. Subo despreocupada y pongo rumbo al restaurante de la esquina. Mi abuela sabe cocinar, ojalá la contratasen, todo sería mucho más divertido con ella aquí dentro. Cuando salgo sigue lloviendo, extraño, pero así son las tormentas de verano, nunca sabes cuándo vendrán ni cuándo se irán. Entro a trabajar...
Llevan cuatro días lloviendo sin parar. Mi hermana dice que ha leído en Internet que "estamos asolados por una nube gigante que no hay viento que la mueva". Mientras no lleve encima todo el Océano Pacífico a mí me da igual. Por suerte los sábados no trabajo. La abuela piensa que es un castigo de algún dios vengativo. Yo prefiero no pensar, le contesto tirada en el sofá. Miro el móvil. No, nadie me ha hablado.
Y después de una semana lloviendo aquí seguimos, ahora encerradas, no se puede salir, el agua nos cubre medio metro en la calle. Se comienza a barajar los servicios de rescate, pero claro, rescatar toda una ciudad... es complicado. O eso me creo. Lo supongo, al menos. De vez en cuando escucho helicópteros, son del canal nacional casi todos, nadie quiere perderse "La ciudad inundada", así nos llama mi hermana.
La abuela sigue creyendo que esto no es natural y que dentro de poco tomará cartas en el asunto, me da miedo cuando dice esas cosas, mamá la entendía pero yo no. Aunque siempre me lo tomo en broma esta vez está muy seria y no sé muy bien cómo reaccionar.
A la semana y media vinieron en lanchas y helicópteros miembros de los servicios de emergencias y voluntarios a evacuar la ciudad. Mi hermana y yo quisimos coger lo imprescindible y meterlo todo en una maleta, dejamos la habitación vacía, ninguna quería ceder. Ese día mi abuela no estaba en casa, no sabía a dónde se podría haber ido, tampoco a dónde podría físicamente haber ido pues el agua casi llegaba a nuestro rellano. Los servicios de emergencias se impacientaban y tuvimos que irnos, yo no miré atrás, mi hermana no hacía más que gritar "¡abuelita!, ¡abuelita!, ¡¿dónde estás abuelita?!". Yo no podía para de llorar. Primero mamá, ahora la abuela.
Nos llevaron a un campamento de refugiados a unos kilómetros de la ciudad. Los acababan de montar pero debido a que no hubo demasiados heridos no hubo muchos problemas. Nuestra catástrofe fue por una lluvia que caía casi verticalmente por lo que no hubo casi riadas ni mareas y todos permanecimos en nuestras casas.
Un mes más tarde nos conseguimos instalar en un pequeño barrio del suburbio, estábamos casi en la periferia, los servicios sociales me encontraron un trabajo de camarera, el mismo que ya tenía, mi nuevo jefe cobraba por tenerme allí debido a una subvención así que no puso ninguna objeción. Mi hermana tuvo algunos problemas para adaptarse al nuevo colegio pero se acostumbró, es una chica fuerte.
Ya han pasado cuatro años, sigo echando de menos a mamá con sus manías y a la abuela con sus delirios. La peque ya no es tan pequeña y ahora le molesta que la llame así delante de sus amigos, yo por mi parte conseguí un ascenso a jefa de camareros y encontré un novio maravilloso. Creo que por fin mi vida se asienta, creo que ya era hora, no he tenido una vida tranquila. Muchos la han tenido peor que yo, seguro, pero, tan sólo, quisiera tener a quien abrazar por las noches sin sentir que mi mundo se vaya a desvanecer al día siguiente...
Han pasado treinta años desde lo del diluvio. No me quejo de la vida que escogí. Me gustó aunque fue solitaria. Mi peque ahora se casó con un tipo un tanto extraño y se fue a vivir al norte, de vez en cuando me llama aunque casi no nos podemos ver. Mi trabajo de administrativa me tiene ocupada casi siempre, pero ayer lo dejé, no podía soportarlo más. Llevo en la inconsciencia toda mi vida y ya es hora de que tome cartas en el asunto. Me dirigí a mi ciudad, a La Ciudad Inundada, ahora parque natural. Hablé con los guardas de allí, resultó que uno de los biólogos que trabajaban allí era un viejo amigo mío de la infancia por lo que no me resultó difícil convencerlo de que quería llegar hasta mi antigua casa. Me dejó a la altura de mi ventana, me dijo que me recogería en unos veinte minutos que tenía que hacer unos análisis de no sé qué zona. Vivo en un tercero.
Dentro escucho gente, me parece imposible, no puede ser. ¿Me volví loca de verdad? Me estaban esperando. Son mi madre y mi abuela. No puede ser. ¿Qué? Fuera llueve. Que no. Esto no es real. Nada de esto lo es. ¿Dónde estoy? ¿Mamá?
-¡Mamá! Me he echo pis en la cama, ¿puedo dormir esta noche contigo?
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domingo, 30 de junio de 2013
Momentos en un avión
En ocasiones vuelvo de mis viajes a visitar a un terrible y viejo amigo. Le encanta escuchar mis aventuras, si es que son aventuras.
Prepara dos cafés, nos sentamos en su jardín y mientras riega las plantas o vemos el mar podemos pasar horas y horas hablando. Hay noches que acabaron en mañanas. Creo que todo el mundo debería tener un amigo así.
Una vez le conté el encuentro que tuve con una niña pequeña. Estaba en una ciudad cuyo nombre no recuerdo, prefiero viajar así, sé que era asiática, por la gente de ojos rasgados más que nada, y allí, caminando entre calles tranquilas de comercios, artesanos y normalidad, encontré una niña que lloraba y lloraba pero nadie la quiso hacer caso. Traté de hablar con ella pero la lengua siempre fue una barrera para mí, se calmó y me señaló al cielo, allí arriba vi un globo enganchado en un tejado, era verde con una carita sonriente. La cuerda estaba enganchada en un árbol bastante alto y el globo, la mismo tiempo, se daba con un tejado. Avisé al tendero, intenté convencerlo de que me dejara entrar para subirme al tejado, el hombre, terco y estresado, me gritó y gritó, no le culpo ya que no entendía una palabra de lo que yo decía. Le cogí de la mano y lo saqué fuera para enseñarle el globo, se cruzó de brazos, miro hacia abajo con los ojos cerrados y con una mueca de "vale, pero date prisa" me dijo que entrara.
Con cuidado me subí a aquel tejado anciano de tejas rojas y alguna que otra telaraña. Me deslicé hasta la parte delantera y me colgué del árbol para deshacer primero el nudo de la rama, según lo hacía escuché un "crack" y mi cara pasó de ser la de alguien en tensión por resolver un problema a la de alguien en tensión por ver su vida pasar ante sus ojos. Como con un instinto felino salté de nuevo al tejado del que me empecé a resbalar, me dejó la camiseta echa jirones pero me logré agarrar a la parte más alta. Tomé aire y fui a coger el globo. Tumbada y paso a paso como un agente secreto por un conducto de ventilación me arrastré hasta el final del tejado. Poco a poco, no quería volver a zarandearme. Llegué, agarré al borde, me asomé y ¡sorpresa! ¡El globo no estaba! Me empecé a poner muy nerviosa hasta que la realidad me dio un golpe y fui consciente de todo lo que pasaba.
Resulta que la rama que yo había partido tenía enganchada la cuerda del globo y por el peso de ésta el globo había bajado suavemente hasta las manos de aquella niña. Todo el mundo me vitoreaba y yo sin embargo seguía buscando dónde podría estar el globo. En fin, me elogiaron y esas cosas, son gente muy agradecida la verdad, hasta me dieron unas verduras. La niña por su parte me cogió de la mano y se puso a correr con el globo, arrastrándome, imaginé que me quería llevar a algún sitio.
Acabamos en una zona residencial, ya atardecía y el cielo se había puesto de un naranja precioso. Llegamos a un descampado, supongo que sería un terreno sin edificar, había un paquete de ladrillos, un par de árboles pequeños y hierba verde así como alguna que otra roca. Se paró delante de una de las rocas, se puso el dedo en la boca y soltó un "chst", creo que eso es universal, ¿no? Dio dos golpes a la roca con la mano y luego le pegó una patada. De pronto, sin yo esperarme nada, la roca se levantó, ¡tenía patas a cada lado! Se giró hacia nosotros y le salió una cabeza como de reptil pero muy consciente, es extraño de explicar, era como una tortuga con caparazón de piedra. Se puso a dos patas o pies, la verdad no sé qué decir, y la niña le dio el globo, le dijo algo y el creo que dijo "comprendo". Me miró con unos ojos empáticos y dijo "así que tú también eres una forastera extraña, ¿eh?". Como es normal, me quedé completamente perpleja. "Deja que te enseñe algo", su cuerpo comenzó a cambiar hasta que apareció un ser peludo con cara de señor mayor amable y unas ropas muy anchas, se sentó con las piernas cruzadas e hizo un gesto para que me sentara.
"Llegué aquí hace trescientos cuarenta y algo años, quizá más, perdí la cuenta. Muchos amigos míos también llegaron aquí, es un buen lugar para los de mi clase. Eres alguien especial", me dijo, "sólo nos pueden ver los niños, el resto de personas olvidan que los seres fantásticos existimos. Pero aún queda gente como tú, soñadores dementes que no perdieron su inocencia." Soltó una carcajada, cogió un puñado de tierra y lo transformó en un vaso de barro, luego arrancó unos hierbajos, se los puso en el puño y de su mano chorreó té. Me miró a los ojos, "Conozco a ese amigo tuyo. Le conocemos casi todos, aunque él no nos recuerde, dale mis saludos". No podía creerme nada de lo que estaba pasando. Antes de siquiera poder abrir la boca me dijo "Muchas gracias por ayudar a mi pequeña amiga y recuerda que nunca hay que perder la magia que todos llevamos dentro, pero sé que tú no lo harás".
No sé qué quiso decir exactamente pero al parpadear me encontraba a bordo de un avión rumbo a otro lugar y lo recordaba todo borroso, como un sueño.
Puede que no pasase nunca y todo fuese un sueño que tuve subida a un avión pero... fuese real o no, ese té estaba muy dulce.
Suerte
Remuevo un café cada mañana
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Prepara dos cafés, nos sentamos en su jardín y mientras riega las plantas o vemos el mar podemos pasar horas y horas hablando. Hay noches que acabaron en mañanas. Creo que todo el mundo debería tener un amigo así.
Una vez le conté el encuentro que tuve con una niña pequeña. Estaba en una ciudad cuyo nombre no recuerdo, prefiero viajar así, sé que era asiática, por la gente de ojos rasgados más que nada, y allí, caminando entre calles tranquilas de comercios, artesanos y normalidad, encontré una niña que lloraba y lloraba pero nadie la quiso hacer caso. Traté de hablar con ella pero la lengua siempre fue una barrera para mí, se calmó y me señaló al cielo, allí arriba vi un globo enganchado en un tejado, era verde con una carita sonriente. La cuerda estaba enganchada en un árbol bastante alto y el globo, la mismo tiempo, se daba con un tejado. Avisé al tendero, intenté convencerlo de que me dejara entrar para subirme al tejado, el hombre, terco y estresado, me gritó y gritó, no le culpo ya que no entendía una palabra de lo que yo decía. Le cogí de la mano y lo saqué fuera para enseñarle el globo, se cruzó de brazos, miro hacia abajo con los ojos cerrados y con una mueca de "vale, pero date prisa" me dijo que entrara.
Con cuidado me subí a aquel tejado anciano de tejas rojas y alguna que otra telaraña. Me deslicé hasta la parte delantera y me colgué del árbol para deshacer primero el nudo de la rama, según lo hacía escuché un "crack" y mi cara pasó de ser la de alguien en tensión por resolver un problema a la de alguien en tensión por ver su vida pasar ante sus ojos. Como con un instinto felino salté de nuevo al tejado del que me empecé a resbalar, me dejó la camiseta echa jirones pero me logré agarrar a la parte más alta. Tomé aire y fui a coger el globo. Tumbada y paso a paso como un agente secreto por un conducto de ventilación me arrastré hasta el final del tejado. Poco a poco, no quería volver a zarandearme. Llegué, agarré al borde, me asomé y ¡sorpresa! ¡El globo no estaba! Me empecé a poner muy nerviosa hasta que la realidad me dio un golpe y fui consciente de todo lo que pasaba.
Resulta que la rama que yo había partido tenía enganchada la cuerda del globo y por el peso de ésta el globo había bajado suavemente hasta las manos de aquella niña. Todo el mundo me vitoreaba y yo sin embargo seguía buscando dónde podría estar el globo. En fin, me elogiaron y esas cosas, son gente muy agradecida la verdad, hasta me dieron unas verduras. La niña por su parte me cogió de la mano y se puso a correr con el globo, arrastrándome, imaginé que me quería llevar a algún sitio.
Acabamos en una zona residencial, ya atardecía y el cielo se había puesto de un naranja precioso. Llegamos a un descampado, supongo que sería un terreno sin edificar, había un paquete de ladrillos, un par de árboles pequeños y hierba verde así como alguna que otra roca. Se paró delante de una de las rocas, se puso el dedo en la boca y soltó un "chst", creo que eso es universal, ¿no? Dio dos golpes a la roca con la mano y luego le pegó una patada. De pronto, sin yo esperarme nada, la roca se levantó, ¡tenía patas a cada lado! Se giró hacia nosotros y le salió una cabeza como de reptil pero muy consciente, es extraño de explicar, era como una tortuga con caparazón de piedra. Se puso a dos patas o pies, la verdad no sé qué decir, y la niña le dio el globo, le dijo algo y el creo que dijo "comprendo". Me miró con unos ojos empáticos y dijo "así que tú también eres una forastera extraña, ¿eh?". Como es normal, me quedé completamente perpleja. "Deja que te enseñe algo", su cuerpo comenzó a cambiar hasta que apareció un ser peludo con cara de señor mayor amable y unas ropas muy anchas, se sentó con las piernas cruzadas e hizo un gesto para que me sentara.
"Llegué aquí hace trescientos cuarenta y algo años, quizá más, perdí la cuenta. Muchos amigos míos también llegaron aquí, es un buen lugar para los de mi clase. Eres alguien especial", me dijo, "sólo nos pueden ver los niños, el resto de personas olvidan que los seres fantásticos existimos. Pero aún queda gente como tú, soñadores dementes que no perdieron su inocencia." Soltó una carcajada, cogió un puñado de tierra y lo transformó en un vaso de barro, luego arrancó unos hierbajos, se los puso en el puño y de su mano chorreó té. Me miró a los ojos, "Conozco a ese amigo tuyo. Le conocemos casi todos, aunque él no nos recuerde, dale mis saludos". No podía creerme nada de lo que estaba pasando. Antes de siquiera poder abrir la boca me dijo "Muchas gracias por ayudar a mi pequeña amiga y recuerda que nunca hay que perder la magia que todos llevamos dentro, pero sé que tú no lo harás".
No sé qué quiso decir exactamente pero al parpadear me encontraba a bordo de un avión rumbo a otro lugar y lo recordaba todo borroso, como un sueño.
Puede que no pasase nunca y todo fuese un sueño que tuve subida a un avión pero... fuese real o no, ese té estaba muy dulce.
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