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martes, 22 de septiembre de 2015

Que vienen los lobos, y ya no me acuerdo de a por quién

Escribir a veces para nada más que escribir, para ver dónde acaba uno que quizá acabe lejos donde ya no da el sol de las luces perdidas. Las muletas se nos caen de los pies cuando queremos perder el miedo a volar y las plumas no sujetan los pesos de las cargas invisibles parte de nuestro estilo de vida, tóxico para los amantes del amanecer en las lunas hijas de los Saturnos varios y el cielo de las campanadas veraniegas donde los cañones y los orgasmos fríos. 

Esto quizá no tenga sentido para quien lo lea o quizá todo el del mundo y yo sólo puedo dar las palabras que llegan. No pido ni identificación ni les pregunto por la velocidad que tienen en la cartera, ¿quién se para a contar hoy día? Mejor contar nubes, de las que no quedan cuando hace sol en invierno. Y entonces las alas de las mariposas se transforman en los aperitivos de los que nacen siendo adultos de la vida que no ha vivido nadie porque no existe más allá de unas montañas olvidadas en canciones romanas y mitos hititas. 
Sigues caminando para no ver tus huellas pero te pierdes si no te pisas el cuello, mejor ahogarse que enfrentarse a la horca, quizá una patada de fuego en el corazón de las víctimas de la mentira despierte a los momentos olvidados en algún barco hundido en los mares de las lágrimas de los desamorados que lloran en sus ventanas, perdición y tempestad. La tormenta arrecia y borra tus huellas pero los lobos pueden encontrarte. Corre, quizá oso, porque la sangre es ígnea y no hay agua sólida en las llamas líquidas de las huellas de tus predadores. ¿Quién te preda? ¿Quién te depreda? ¿A quién te comes, hijo de puta? Salta, corre y vuela, porque las velas se apagan y no querrás que sea en tu turno, guardia, guardia de los tesoros que nadie quiere. Trabajo de los inútiles de oficio que se creen peores que la tierra y menos sabrosos que las lombrices pero todo se lo puede comer una cabra, ¿no? 

El camino se hace empinado, ¡no temas! La vida sigue, ¿no? Y qué. Quizá una cerveza en el culo de una prostituta te anime, porque quizá tu fuego no sea de verdad, quizá sea confeti de naranjas, amarillos y rojos, que de lejos todo se confunde y ves fantasmas que el pasado te ha enterrado y te empeñas en cavar con pala y pico, con montaña y bisturí. ¡Tiradores a sus puestos! No puedes comerte el corazón de los hombres, no lo intentes, está duro y a veces no está, otras es de cenizas, otras puede caminar. 
No hay consejos para los que caminan por los desiertos rosas, ¿y sabes por qué? Cuando la vida se precipita como un tifón sobre las casas de tus aldeanos en las historias de tus nietos que te contaron en el presente del baúl del sótano de arriba, es entonces cuando la vida toma colores que no habías visto, quizá haya sangre en tu cara y la gente grite "¡qué se muere!". No eres un tentetieso, no puedes ser de madera, lo siento. Quizá montando en los caballos del extremo límite del cosmos ontológico kantiano te anime, pero sólo con ese helado de teléfono que tanto te gusta. Frío como tus dientes al morder el deseo que puedes concebir. No temas, eres normal. Folla, quizá arranca, despedaza con tus garras los pocos sueños que a algún idiota le queden, si quieres. A mí no me buscas, yo ya acabé con ver los terremotos del final de este mundo que tú llamas cocina, que yo llamo "no me importa una mierda". Tomaré zumo, con dos cañitas y quizá una verdura en tempura. Pero no dos. Que te rajo las naranjas. 
Azul es otro color. 

A lo que iba. Los lobos están llegando pero la nieve tapa el camino, se oyen sirenas, las sirenas del mar y las de los coches de autoridades, que ellas han tomado el poder y se ocupan de apagar los fuegos de vientre, esas mariposas no vivieron mucho, ¿no crees? Menos contigo. Menos aún conmigo. Pero siempre está bien sentarse bajo un tren y verlas venir, verlas venir como si no vinieran nunca. Traételas, pero en paquetes de seis y luego ya si eso ponemos algo de música. 
Perdido y perdición. Olvidado y olvido. Pero qué tontos sois. 
Y al final no entendiste una mierda. Pero qué más da lo mejor es que algo pasó. Y ese algo nos ha llevado a la nieve. Una nieve que cala hasta los huesos y crea gangrenas en lo que ya no necesitas, rómpetelo que ya no sangra, idiota. Pero rápido antes de que me canse de sostenerte el café. 

Solo queda rodar ladera abajo y tendremos un trato. El de las nubes cotillas y las estrellas auditoras. Firma en mi piel y no te preocupes por arrancar de más o por usar la sangre para subrayar. 

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Historias Irrelevantes.

domingo, 16 de agosto de 2015

Error del sistema


Las ciudades son interesantes. Yo no viviría en una pero, oye, aquí estoy. En una azotea, con el frío del invierno y la mañana, mirando a los tipos que se levantan temprano para ir a trabajar. No son pocos, creía que serían pocos. Yo no me acosté, ¿debería ahora? No sé si tengo sueño, tampoco sé cuántas horas llevo despierto. Hmm… No me quedan cigarros.
-¡Eh! ¡Ted! ¿Tienes algún piti?
-¿Ah…? Yes… I think a have a… haha, a piti… Here.
-Gracias, tío.
Y ahí va Ted. Directo al suelo. No ha aguantado. Pobre. Ya sólo quedamos Susana y yo… Los extranjeros. Ya no sé cuánto aguantaré despierto, veo a Ted, Alex y Marian y me dan algo de envidia. Para ellos esto ya ha acabado. No me jodas, no tengo mechero. No creo que a Marian le importe. Los conozco desde hace nada y me da pena que se hayan dormido, nunca te acostarás sin saber algo nuevo dicen. Tengo debilidad por los ingleses raritos muertos. ¿Dónde estás, Susana? Sólo quedamos tú y yo. Solos tú y yo. Podríamos bailar, me encantaría acostarme con ella. Es preciosa, pero no como una rubia despampanante, no, no, tiene esa belleza real y alcanzable, esa que se mide en la mirada y la sonrisa. Bajita, ojos azules, pelo negro y poco más sé, llevó abrigo todo el tiempo.
No me quejo, yo llevo un abrigo largo negro. Mi cuerpo es un misterio incluso para mí ahora mismo. Susana…

Miro a la gente. Encuentro un panadero abriendo su pequeño local, dos carteros que se separan con un abrazo a hacer sus rondas. Un par de autobuses parados y los autobuseros hablando de Dios sabe qué y unos cuantos camiones de mercancías reponiendo a unas tres tiendas repartidas por la zona. Todo está nevado. Echaba de menos la nieve, en mi casa nunca nieva, sólo nos llueve.
-¡Eh!
Un bolazo de nieve.
-¿Susana?
-Te dije que me llamases Su, idiota.
-Está bien. Volveré a empezar. ¿Su?
-¡Hola!
-¿Qué haces aquí? ¿No crees que es peligroso? Podría… dormirte.
-Si sigues hablando lo lograrás. Dame un piti.
-Cógeselos a Ted, lleva la cajetilla en la mano. Ten, fuego.
-Hmmm. Sabe a gloria… ¿a qué te dedicas?
-Soy… Soy violinista en una pequeña orquesta de mi país.
-No, idiota. Aquí. ¿Qué haces?
-¡Ah! Uh. Eh… miro… Miro a la gente pasar. No sé. Tengo algo de nostalgia. Estos tres ya han caído.
-Sí… ya lo veo. John, Teresa y Shiao también.
-¿Estabas con ellos?
-No, con Shiao. Me lo contó ella antes de recibir un balazo en la frente.
-Vaya… pobre.
-Sí, claro. ¿Y qué les has hecho a esos?
-¿Yo? Nada.
-Venga.
-Se durmieron entre ellos.
-¿De verdad?
-¡Vale! Acabé con Ted, pero Ted con los otros dos.
-Ya decía yo.
Hm. Siento el cañón de su arma en mis costillas. Yo sólo no podía con ella, ¿para qué resistirme? Me dormiría. Ella ganaría. Ella viviría. No me importaba, la miro a los ojos y me alegra que viva. Sólo fumaba, sonreía y miraba la ciudad. Mi última vista, no está mal, me gustaría ver las montañas pero no me quejo; esto tampoco está tan mal. Lo único que me estaba matando era la incertidumbre. ¿Cuándo lo haría?
-Verás… ¿por… por qué no podemos vivir los dos?
-¿Qué?
Eso sí que me ha sorprendido.
-¿Por qué sonríes? Te estoy apuntando con un arma, vas a dormirte. Para siempre. No despertarás. ¿Lo entiendes? Nunca más. Dejarás de existir. ¿Por qué sonríes?
-Porque tú seguirás viva.
-¿Eso es todo?
-Eso es todo.
-Estás muy, muy cansado.
¿Yo, cansado? Sí, podría decir que sí. Estoy realmente cansado. Me vendría bien el descanso que había al otro lado de sus dedos. Frío metal pesado. ¿Cuándo disparará? Lo estoy esperando.
-Sí. Estoy cansado. Cansado de correr, cansado de este mundo. ¿Por qué no disparas de una vez?
-¿Qué te cansa del mundo?
-¿Eh?
-Dímelo.
-… por dónde empezar. Que nadie entienda a nadie, mayormente. Creen que lo hacen pero tú les has visto, vemos mejor que ellos. No se entienden, ni se escuchan, ni quieren saber nada de los demás. Son egoístas. No soportan tener a nadie cerca, tienen miedo, y no soportan su realidad. Luchan cada día contra el mundo. Un mundo que creen controlar y comprender. Estoy harto. Si me duermes no volveré a ver al mundo. El mundo me deprime.
-¡Pero, mira a esos dos ancianos! Van cogidos de la mano. Se quieren. Hablas mucho, pero no has visto casi nada. Te niegas a ver porque tienes miedo de que no te guste lo que ves. Eres como ellos.
-No… yo…
-Cállate.
-Bueno.
-¿Qué crees que me pasará? Ya sabes, cuando te… duerma.
-Ni lo sé ni me importa.
-¡Oye!
-¿Qué? Vas a acabar conmigo, no tengo por qué ser amable contigo.
-¿Y si cuando acabe contigo acabo conmigo?
-Entonces serás injusta con ellos.
Señalé a los tres cadáveres que tenía tras de mí. Empezaba a cubrirlos la nieve.
-¿Y si estoy cansada de este mundo?
-¿Entonces por qué te metiste en esto?
-No… ¡No lo sé! Quería estar viva. Quería… ya sabes.
-Sí… lo sé.

-¿Y si nos lanzamos? Los dos. Ahora. Al vacío. 

viernes, 24 de julio de 2015

La impotencia de un espectador

Yo tengo uno de esos regalos que te gustaría no haber tenido la suerte de recibir. ¿Te gustaría saber el futuro? Te daría el poder de verlo cualquier día de la semana, cualquier semana del año a la hora que tú quisieses si pudiera. Si pudiera librarme de ello.

¿Nunca lo pensaste verdad? Ese poder haría que todos tus miedos desapareciesen, toda incertidumbre quedaría resuelta. ¿Seré feliz el resto de mi vida? ¿Dejaré de estar solo? ¿Dónde viviré? ¿Tendré hijos? ¿Cómo serán? ¿Viajaré mucho? ¿Cómo moriré? Imagina todas esas respuestas resueltas. Es un poder genial que te llena de tristeza y apatía. ¿Has pensado que quizá no te gusten las respuestas? ¿Has pensado que si sabes todo lo que va a pasar nada te va a sorprender? ¿Nada te va a alegrar?
No sólo eso. Yo he visto mi muerte, me quedan cinco años y unos meses. No he querido hacer la cuenta. ¿Para qué hacerla? He vivido una vida absurda, una vida que ya había sido vivida por mí un millón de veces. Una vida sin inocencia, sin risas. Cualquier chiste que me cuentes ya lo habré escuchado antes, muchas veces, las suficientes como para que pierda totalmente la gracia.

Y no, no es reversible. Ni lo de mi muerte. Ocurrirá así y no hay ninguna manera de evitarlo. Esto es algo que nadie logra entender. Todo futuro puede cambiar, ¿no? Todo puede decidirse, el destino no está escrito en las estrellas. Somos dueños de nuestros caminos y tenemos libre albedrío, ¿verdad? "Sigue luchando, alguna manera habrá para cambiar tu futuro". ¿Y si el futuro está escrito? ¿Y si no se puede cambiar? ¿Y si alguien pudiera leerlo? ¿Querrías leer el tuyo? ¿Y si no pudieses cambiar nada, aunque no te guste nada de lo que leas ahí? Sería vivir la condena antes de que dicten tu sentencia.
Moriré dentro de cinco años. Y eso es ineludible. No porque no pueda ser evitado. No voy a contarte cómo moriré, pero te pondré un ejemplo: si muriese atropellado por un camión, todo lo que tendría que hacer sería no salir a la calle ese día y problema resuelto, ¿no? No es tan fácil. El futuro está escrito y yo, que ya conozco mis acciones, no puedo hacer más que seguir cada línea y cada párrafo hasta que la historia termine. Y por mucho que tú me quieras salvar, que quieras cambiar mi futuro, lo único que puedes hacer es terminar de leer este párrafo, cruzar los dedos y soñar con que la historia acaba de otra forma.


Ronald Wish, el artista

Hay gente talentosa para cada actividad que se te ocurra, desde gente que domina el arte culinario con una naturalidad pasmosa hasta las personas con un gran talento financiero capaces de ver lo que la razón ni los datos estadísticos son capaces de ver. 
Pero también hay talentos que se olvidan, otros que no se descubren y otros que son negados y rechazados. 
Entra en escena Ronald Wish. Un adolescente irlandés cuya familia emigró a Minnesota cuando apenas tenía cuatro años. Ronald enseguida desarrolló una artesanía y pasión por los cuchillos, pero se le daba horriblemente cortar apios o cebollas para ayudar a su madre a hacer el estofado de los domingos. No, a él se le daba bien trinchar el pavo, cortar filetes y así poco a poco, despiezar cerdos y vacas. Pero Ronald, a pesar de sentirse fluido y natural realizando estas grotescas tareas sentía que algo faltaba. Que no era del todo feliz, que esa no era su pasión verdadera. 
Pronto alcanzó fama en su colegio por ser el hijo del carnicero. Muchos chavales se metían con él, por eso y por ser el niño irlandés del condado. Hasta que un día, Ronald, harto de las burlas, se llevó una pequeña navaja suiza que guardaba su padre en la caja de herramientas y el siguiente niño que le hizo burla sufrió una muerte tan horrible y tan sangrienta que nadie era capaz de señalar al pequeño Ronald por ello. Era demasiado violenta para que un niño pudiese haber hecho algo así. La víctima había sido reducida a sus extremidades y se había colgado cada una del extremo de las ramas de un árbol seco, mientras que los intestinos habían sido usados para rodear el árbol como una cinta de navidad. Y en lo alto del árbol se encontraba la cabeza del pobre niño que se había cruzado con el superdotado equivocado. Un superdotado del arte de matar. 
A partir de aquí Ronald entró en una espiral depresiva que le atormentaría por el resto de su vida. Le dieron varias crisis nerviosas y nadie en el pueblo sabía qué hacer con él. Seguía trinchando el pavo y seguía despiezando a los animales para su padre, pero ahora que había probado el placer del asesinato, la adrenalina de lo prohibido, la mirada de terror de su víctima, el sudor frío... Despiezar animales le sabía a tan poco. Debía volver a matar pero sin llamar ninguna clase de atención. Aprovechó una noche de fiestas en la que todo el pueblo estaba de fiestas para secuestrar y dormir a un pobre mendigo y llevarlo hasta una caseta abandonada a las afueras de uno de los campos de trigo del condado. Era invierno por lo que nadie siquiera pasaría a recoger los pequeños brotes de trigo nevado. Se aseguró de que el mendigo le durase no días, ¡semanas! ¡A saber cuándo sería la siguiente vez que podría asesinar tan libremente a alguien! Debía saborearlo. No era como pintar o esculpir, no, aquí sólo tenía una única oportunidad con su lienzo, era artista y trabajaba con la materia prima más cara del mundo: la vida. Decir que el pobre mendigo sufrió una muerte agónica es quedarse corto. 

Para suerte de la sociedad y desgracia de Ronald, fue atrapado una de las últimas noches que tenía pensado ir al cobertizo. El mendigo sobrevivía a base de drogas e inyecciones de adrenalina, por lo que falleció mucho antes de poder llegar a cualquier hospital. Ronald seguía siendo menor pero aún así le cayeron varias décadas de cárcel y desde entonces hasta hoy sigue allí. Un artista incomprendido, un monstruo para nosotros, ¿deberíamos castigar a aquellos que siguen su propia naturaleza si esta nos daña? Eso se lo dejo a ustedes. 
Tengan una buena noche. Y cuidado, nunca se sabe quién acecha en las sombras siguiendo algún oscuro deseo.

Hazte amigo del mar

Aquella noche una niña se sentaba a llorar en la orilla del mar. "Problemas en casa" se podría resumir su tristeza. Cada lágrima caía como rocío sobre la fría arena. El mar rugía con fuerza aquella noche, la suficiente para que pudiera llorar sin que nadie la escuchara. Sin que nadie la encontrase. Sin que nadie pudiese ir hasta allí y detenerla.
Pero, para su sorpresa, entre los rugidos del mar llegó algo o alguien. Parecía un montón de algas y cuando la niña se acercó... vio que eran un montón de algas, pero había algo más. Y ese algo más comenzó a levantarse.
-Ho... la...
Dijo un esqueleto al que apenas le quedaba piel pegada al cráneo y que vestía como un antiguo lobo de mar. Sólo tenía un ojo y apenas le quedaba nariz. La niña, como cabía esperar, salió corriendo aterrorizada.
-¡No! ¡Espera! ¡Sólo quiero hablar!
La niña no dejaba de correr.
Otra vez igual, pensó el viejo lobo de mar, si yo me encontrase a alguien como yo en la playa al menos tendría curiosidad. ¿Cuánto llevo haciendo esto ya? ¿Cinco siglos? Y apenas he tenido una conversación decente. Y otras veces incluso han querido hacer caldo conmigo. La inmortalidad apesta.
Se olió.
Apesta literalmente.

-¿S-Señor? ¿Va a sentarse a llorar?
-Iba a hacerlo, sí.
-Pues entonces yo también.
-¿No te doy miedo?
-Nada que llora da miedo, señor.
-Eres muy lista para ser una niña, ¿sabes?
-Y tú muy tonto para ser un esqueleto.
-Touché.

...

-¿Qué haces en la playa? ¿No tienes familia?
-Mis padres siempre discuten, por todo. Ni siquiera están juntos pero se ven para gritarse y echarme la culpa de cosas que no tengo ni idea de qué son. Me vengo aquí a llorar porque nunca me buscan demasiado y porque aquí no me escucha nadie llorar. El mar ruge mucho.
-Oh... imagino que debe ser duro.
-No sé qué es duro, tengo once años.
-¡Mi cráneo es duro! Y tiene ya quinientos años.
-¿Y cómo has llegado a vivir tanto?
-Jugando bien mis cartas, todo el mundo se muere de algo, si logras salvar ese algo no morirás nunca. La muerte siempre viene detrás de mí ¡pero yo corro más que ella! Vivir en el mar ayuda mucho, te puedes quedar inconsciente durante décadas enteras y no te encontrará.
-¿Y cómo respiras?
-Ya te he dicho que puedes no morir de lo que sea te vaya a matar, incluido ahogarse.
-Señor, eres muy raro.
-Y tú muy insolente. Me caes bien.
-Y tú a mí, señor esqueleto. ¿Volveré a verte mañana?
-¿Sabes? Pídeselo al mar. Y a ver qué opina él.
-Buenas noches, señor esqueleto.
-Buenas noches, niña insolente.

Aquella noche fue la primera noche en años que ninguno de los dos tuvo pesadillas.

La leyenda de los cinco samuráis

"Cuenta la leyenda que cinco samuráis se suicidaron en el mismo lugar, a la misma hora, del mismo día, del mismo mes de diferentes años. No fueron años seguidos ni tampoco años lo suficientemente juntos en el tiempo como para que estos cinco samuráis hubiese acordado algo.

El primero, Tsunemoto Morikatsu murió en el año 1073, según los escritos, en el patio de su jardín, clavándose su espada en el estómago, realizando el conocido hara-kiri. De él sabemos que fue un maestro espadachín pero muy poco más.
El segundo en fallecer fue Fukunaga Rinya, en el año 1204. Era un maestro de la espada y un exitoso guerrero que consiguió honor y prosperidad para los suyos, aunque su figura sigue envuelta entre mitos y leyendas. Realizó el hara-kiri con su katana atravesándole el estómago en el entonces parque más atrás fue el jardín de Tsunemoto.
En el año 1356 el formidable guerrero Makunochi Akihiro acaba con su vida tras haber derrotado a toda un clan que asolaba las tierras de los suyos. De él sabemos que fue casi un mercenario y que luchó al lado de un guerrero de la familia Fukunaga que poco y nada tenía que ver con Rinya.
Un siglo más tarde, en el 1470, Togari Takuji se quita la vida de manera homónima. Togari Takuji fue fundador de varias escuelas de guerra y un maestro estratega además de ser un maestro espadachín, pero no sabe, al igual que los otros, por qué se quitó la vida.
El quinto, y quizá más interesante caso, samurái que se quitó la vida fue Saotome Atsuo. Fue el único en dejar una nota junto a su cuerpo inerte. Saotome, al igual que el resto fue un gran maestro de la espada y aunque fue más una espada a sueldo se le considera entre clanes samuráis como uno de los grandes samuráis de la historia. Su nota decía "Para cuando el mundo nos necesite, aquí yacemos, los grandes guerreros de la historia, unidos en amistad, esperamos".

¿Qué podrá significar todo esto? Tenemos con nosotros al profesor de historia oriental de la Universidad de..."

Apagó el televisor, recogió su katana y se dirigió al descampado que hay detrás de la casa de sus vecinos, llevaba varios años esperando el momento adecuado en el que hacerlo. Y es que cuenta la leyenda que un grupo de guerreros inmortales vive tras el velo de los mortales, estos guerreros disfrutan de sus glorias y sus reencarnaciones, pero sobre todo disfrutan en el fragor de la batalla luchando como uno solo para luego retirarse una vez más, tras el velo, para volver cuando se requiera de su fuerza una vez más, para proteger lo que es justo y humano, por la gloria y el honor, por el deber que tiene todo guerrero para con el mundo.


Comida Rancia

Era la hora de comer, toda la familia se reunía alrededor del mismo tonel y prendían fuego a unas brasas en su interior. Con el se calentarían, secarían de las lluvias de la mañana y cocinarían la comida que hubieran podido capturar aquella mañana. En la familia había una pequeña niña de pelo largo y negro y piel pálida. El invierno nuclear no deja mucho espacio para divertirse pero esta niña se hacía amiga de todo lo que encontraba: ladrillos sueltos, piedras con alguna forma graciosa, las pocas plantas que encontraba e incluso siempre llevaba una pequeñita ratoncita encima a la que llamaba Elioth El Intrépido de las Montañas del Horizonte Avecrem III, o Eli para acortar.
Estaba preocupada, la familia no le dejaría tenerlo y sólo su madre sabía el secreto. En la familia toda comida es bienvenida y la comida animal es escasa, más escasa es la comida animal viva. No dudarían en repartírselo por poco que aquello fuera. Eli recordaba cuando se comieron a unos viajeros perdidos, sabía que la familia haría lo que fuera por comer comida viva.

Pasó un año y ella ya había cumplido los trece años, avanzada edad teniendo en cuenta que la esperanza de vida en el invierno nuclear era escasa. Una noche decidió huir de la familia mientras dormían y había cambio de guardia. No le fue difícil teniendo en cuenta que se conocía todo el territorio como se conocía cada palabra de su único libro: Alicia en el País de la Maravillas. Cuando cruzó el umbral del territorio de la familia se sintió como Alicia cayendo por el agujero. Era todo nuevo, veía un horizonte nuevo, veía casas al fondo y muchas ruinas. Paisajes totalmente desolados y nevados. Paisajes que nos darían pánico pero ella, que no conocía otra cosa que el yermo y la incivilización, se sentía feliz y curiosa.
Llevaba a Eli en su cinturón, en una jaula china para grillos que le regaló su madre. Era toda la compañía que necesitaba para comenzar su nueva vida, pero sabía que tendría que irse aún más lejos, sabía que la familia la buscaría y ya sabía lo que hacían con los traidores: comida.
Llegó al poblado desolado, las casas quemadas hacía años que no humeaban y las mayoría se habían caído o se habían convertido en pura ceniza. En mitad de una calle vio a una zorro luchando por librarse de un cepo. Lo único que se le ocurrió fue salvarlo al instante pero escuchó un ruido detrás suyo. Eran pisadas en la nieve. El zorro aullaba a la chica pero ella tenía la sangre helada y se había hecho un ovillo en una de las casas cercanas. Escuchó:

-¡Cariño! ¡Ya tenemos cena! Y juraría que esto son pisadas de persona.
-No hay personas por aquí.
-Lo sé, es lo que me extraña... Hm... ¡Eh! ¡Sean quien seas! ¡Sal! ¡No te haremos daño! ¿Quieres cenar con nosotros?

A la chica le parecían personas amables, dudaba si salir o no. Tenía mucho miedo y mucha hambre. ¿Y si la reconocían como parte de la familia y la mataban en venganza? ¿Y si comen personas? ¿Y si se comen a Eli? No podía arriesgarse.
Escuchó como unas botas entraban en la casa donde ella estaba. Se había encerrado en un armario, escuchaba la madera quejándose mientras la recorrían esas pesadas botas de montaña.

-¿Hola? De verdad. No te haremos nada. Buscamos gente para construir un pequeño poblado, uno libre de tanto loco y tanto caníval.

¿Qué haría Alicia? Se preguntaba la chica. Ojalá pudiera hacerse gigante y huir de allí corriendo, ojalá. Los pasos se acercaban.

-Hm... ¡Ven cariño!
¿Qué ocurre?
-Las huellas llevan hasta ese armario. Prepara las cosas.
-Sí, enseguida.

¿Qué cosas? ¿Qué iban a hacer? Nadie se arriesgaría a tener una boca más que alimentar, no. Iban a matarla, estaba segura. Quizá si dejara escapar a Eli podría huir mientras ellos tratan de atrapar a la ratita. O dejar a Eli para que solo tuviera que morir ella y la ratita podría vivir en paz. ¿Qué hacer? No pudo elegir, la puerta se abrió. Vio una mirada tuerta muy abierta, una barba gris y revuelta, un hedor avinagrado venía de aquel hombre.

-Así que tú eres la pequeña ratita. ¿Por qué no nos hiciste caso? Decíamos la verdad, sólo queríamos cuidar de ti.
-Me... ¿M-Me conocéis?
Él miró detrás suyo, por encima de su hombro, miró a una bella y anciana mujer que miraba con ternura a la niña.
-No, pero supimos que las pisadas eran de niño o... en este caso, niña. Me llamo Lunes y ella es Domingo. ¿Cómo te llamas tú?
-Me... Me llamo Trenza.
-Ven con nosotros, Trenza. Te trataremos bien, ¿vale? Tenemos otros niños en el poblado, niños como tú. ¿Hm? Esa marca en tu mano...
Ella se quiso apartar la mano para que no la viera pero Lunes le había agarrado el brazo.
-Es la marca de la familia, ¿verdad?
La mujer, Domingo, se llevo las manos a la boca, sorprendida y asustada.
-S-Sí. Me escapé de allí.
El hombre torció su mueca, no sabía cómo se sentía, ¿enfado, rabia, tristeza, miedo?
-¡VETE! ¡VETE DE AQUÍ! ¡CORRE TANTO COMO PUEDAS PERO VETE! Nunca nos has visto, ¿de acuerdo? ¡Corre!
Lunes y Domingo salieron corriendo. Trenza se quedó de piedra, sentada en el armario, durante un buen rato, sin pensar realmente en nada, tan sólo... quieta. Con la mirada perdida. Asimilando qué acababa de pasar.

Aquí comenzaría el viaje de Trenza y Eli

Brujos novatos

Era una noche como cualquier otra, en las afueras de una ciudad cualquiera, en el sótano de la tía de un adolescente cualquiera.

-¿Seguro que deberíamos estar haciendo esto?
-¿Tú quieres follar o no?
-Sí, claro. ¿Pero no hay otra manera?
-Supongo que sí, pero vamos a hacer esto, ¿vale?
-Bu-Bueno... vale.

Y así, con velas en la mano y delante de un círculo iluminado con aún más velas y pintado con la sangre de una morcilla que compraron esa misma tarde en un supermercado cercano comenzaron a realizar los cánticos de invocación. A jugar con fuerzas que están más allá de la comprensión humana.

-¡Estoy comenzando el Ritual del nuevo poder! Invoco a los niveles ocultos de testigo. Declaro así mi intención: ANKAR YOD HAY VAW HAY.
-No sé si esto va a...
-¡Chst! Empiezo a tomar impulso, a dejarme llevar y a liberarme de todas las tracciones de mi cuerpo. ¡Te invoco a Ti, poderoso Arzel, que estás en Oriente, para que me asistas en esta y todas mis arriesgadas empresas! ¡Conjuro este mandato así: HOR-TA-ELL-RACK-AH-MAY!

Al principio no pasó nada y los dos amigos se quedaron expectantes, nerviosos, esperando... no sabían muy bien qué. Esperando a que algo ocurriese. Lo que fuera. Cualquier señal les hubiese bastado. No esperaban que el círculo comenzase a iluminarse. El más inseguro agarró al otro del brazo mientras ambos veían atónitos como un ser emergía del círculo. El ser, que parecía un bebé gigante y dorado se dio contra el techo, ocupaba buena parte del sótano y tenía que agachar la cabeza para poder estar en espacio tan pequeño para él.

-¡Tío! ¡El techo de mi tía!
-¡Chst!
-QUIÉN ME LLAMA. QUIÉN REQUIERE DE MI PODER.

El bebé gigante y dorado llevaba un paño dorado cubriéndole la entrepierna y un collar con cuentas alrededor del cuello, tenía cuatro brazos e intentaba, como podía en un lugar tan angosto, de tener una pose más propia del budismo que de un demonio. Al hablar no movía ni un sólo músculo y no emitía sonido, hablaba directamente a sus cabezas con cientos de voces al unísono.

-¿SOIS VOSOTROS QUIÉNES ME HABÉIS CONVOCADO?
-S-Sí... Verá, aquí mi amigo quiere... eh...
-¿Copular?
-Sí, eso, sí. Eh. Mi amigo quiere... -tragó una tonelada de saliva antes de continuar- quiere copular, sí.

Los ojos del bebé se abrieron y los miró con ellos totalmente abiertos. Sus ojos eran negros y rojos, como solo un demonio puede tenerlos. Sonrió y vieron todos sus dientes afilados entre esos labios carnosos y gordos de bebé.

-QUERÉIS REALIZAR LA CÓPULA ENTRE VOSOTROS, ¿CUÁL ES EL PROBLEMA?
-¡¿Qué?! ¡No! No, no, no, no. Verá. Eh. Planeábamos convocar un... ¿cómo se llamaba?
-S-súcubo.
-Eso, un súcubo. Ya sabe, diablesas del amor y eso. ¿Entiende?
-¿QUERÉIS DECIR QUE ME HABÉIS CONVOCADO POR ERROR?
-E-Eso... eso creo, sí.
-JA JA JA JA JA.

La risa resonó por todo el interior de los chicos que de estremecerse tanto cayeron al suelo y perdieron durante un instante la conciencia. Era una risa aterradora, pero a la vez adorable.

-MORTALES, NUNCA DEJARÉIS DE SORPRENDERME. AHORA CUMPLIRÉ VUESTRO FAVOR, ES LA REGLA DE ORO, FAVOR POR SACRIFICIO.
-¿Sa-Sacrificio?
-HACEDME VUESTRA OFRENDA, MORTALES, Y YO CUMPLIRÉ VUESTROS DESEOS MÁS OCULTOS.
-T-Tío, n-no tenemos un... um... un sacrificio, ¿no?
-Cre-Creo que n-no, no. ¿Y qué hacemos? Me d-da mu-mu-mucho miedo.
-¡Y a mí!
-MORTALES, EL SACRIFICIO.
-Distráelo, yo voy a mirar qué tengo en la nevera, ¿vale?
-Hecho.
-¿A DÓNDE VAS, MORTAL?
-A-A p-p-p-por el sacri-cri-sacrificio, su grande-deza.
-ESPERARÉ ENTONCES.
-¡Eh! ¿Qué-Qué tal tiempo ha-hace en el... em... en el Inframundo? Debe, debe hacer calor allí, ¿n-no?
-UN POCO, SÍ.
-Y-Ya veo, ya veo. Y, eh... bu-bueno, ¿qué tal... todo? ¿La familia bien?
-PREFIERO NO HABLAR DE ESO.
-Oh... entiendo... creo. Y... ¿muchos sa-sacrificios últimamente?
-YA SABES, UN POCO DE ESTO, UN POCO DE AQUELLO, LO NORMAL, MORTAL. LA ÚLTIMA ERA FUIMOS LOS DEMONIOS QUIENES ENTRAMOS EN DECLIVE PERO AÚN HAY QUIEN SE ACUERDA DE NOSOTROS, ¡Y DE NUESTRO PODER!
-Cómo olvidaros, cla-claro. Sí... Por curiosidad... ¿qué se suele sacrificar?
-LO MÁS NORMAL ES QUE SE SACRIFIQUEN VÍRGENES O CABRONES, A SER POSIBLE NEGROS.
-Vir-Vírgenes, ¿eh?
-MUJERES U HOMBRES QUE NO HAYAN PROBADO EL AMOR, SÍ, MORTALES PUROS NO CORROMPIDOS POR LA LUJURIA Y EL DESEO.
-Oh...

El amigo bajó corriendo por las escaleras con el sacrificio en la mano.

-¡A-Aquí lo traigo, su grandísima!
-¿QUÉ ES ESTO MORTAL?
-Eh... bueno, dos paquetes de galletas María y un bol de leche, espero que... que le guste.
-NO BROMEES MORTAL, ¿Y MÍ SACRIFICIO?
-Es... Esto el sacrificio.
-JA JA JA JA JA JA JA JA JA JA JA JA.

La risa esta vez fue más tenebrosa y más larga, más sonora y los caló por enteros una segunda vez. Lo peor era escuchar la risa pero no ver nada en él, tan solo su cara de efigie y sus ojos vivos, llenos de fuego y oscuridad, estancado en el techo del sótano.

-¡MORTALES!
-¿S-sí?
-OS PERDONARÉ LA VIDA ESTA VEZ. PERO ME LLEVARÉ ALGO VUESTRO A CAMBIO.
-¿E-El qu-qu-qué...?
-EL CACTUS QUE TENÉIS EN ESA ESQUINA.
-¿Eh? ¡Ah! Todo tuyo.

Y sin que se dieran cuenta el cactus desapareció, como si nunca hubiera estado ahí. Y cuando volvieron la cabeza para ver al bebé gigante de oro ya había desaparecido. Los chicos respiraron aliviados, pensaron que habían tenido suerte, sin saber que realmente los cactus son la única defensa infalible contra un demonio.

jueves, 23 de julio de 2015

Traficante de baratijas

*Suspira*

Otro sábado más, ¿eh? Otro sábado más. Parece mentira que lleve aquí ya cuatro años, parece mentira que pueda seguir vivo después de cuatro años aquí. ¿Qué fue del hombre que fui? ¿Qué fue del dinero que gané? ¿A dónde se fue? Tantas preguntas y tan poco tiempo para responderlas. Demasiado café en mis venas, demasiado alcohol en mis riñones. ¡Y hace una mañana buenísima como para desperdiciarla en preguntas que no llevan a nada! Creo que si no viene el comprador me dará absolutamente igual. La verdad es que ni sé lo que es, lo que vendo, lo que me van a comprar, sea lo que sea está dentro de una cajita de madera preciosa. Llena de pequeños grabados y parece artesana, ¿qué te parece? ¿Qué habrá dentro? Si sigo vivo es porque no hice demasiadas preguntas, mejor paro de pensar en la cajita.

...

Llevo aquí ya dos horas y no aparece nadie. Genial, me han vuelto a dejar tirado. Fuese quien fuese se le acabó el plazo. Pues nada, cogeré la bici y me iré a casa. Probaré suerte mañana, qué remedio. Lo bueno de esta ciudad es que puedo ir tranquilamente en bici, y a estas horas de la mañana es una delicia. Pero no puedo disfrutar, solo pienso en la dichosa cajita de madera. ¿Qué habrá dentro?

Ya en casa me preparo unas fajitas congeladas, no están mal si se condimentan bien. Y todo servido delante de la ventana de un ático está rico. Qué le vamos a hacer. ¿Crees que ella me llamará esta noche? No sé si debería salir con gente normal, no me gustaría ser responsable de que les pasase algo. ¿Alguna te han mirado y has sentido como si te abrazasen el corazón? No quiero dejar de sentir eso, no sé si lo merezco pero es tan bonito... Ojalá me llame.

¿Es de noche ya? Cigarro en el balcón. Me llame o no, esta vida no está tan mal una vez te acostumbras a ver cosas raras. Como aquella vez que vendimos un saco de ojos de cabra a un tipo que sólo se le podía ver de noche o aquella otra donde conocimos a un señor con cuatro brazos y, según aseguraba, cuatro vejigas. Es una vida divertida, supongo, no sé. La vivo porque no sé vivir otra cosa.
*Ring, ring*
¡Es ella! ¿Qué hago? ¿Voy? Sí, iré.

...

-¡Hola!
-Buenas noches, ¿qué tal, cielo?
-Encantado de ver a una chica tan preciosa y de escuchar su voz llamando a este pobre hombre "cielo".
-No seas exagerado.
-Me encanta cuando sonríes así.
-Tonto.
-El más tonto de este mundo.
-Déjame sentirte.
-Todo tuyo.

-Algo va mal.
-¿Qué? ¿El qué?
-Cielo, ¿qué has hecho?
-Nada, ¿por?
-No logro ver nada dentro de ti. No... consigo sentir nada.
-¿Eh?
-Sí, o sea, nada palpita en ti, es como si estuvieras vacío. Me estoy sintiendo fatal. Me estoy asustando, cariño... ¿qué has hecho?
-Yo... ¡nada! No hice nada. No sé dé que hablas, de verdad.
-Es como si no estuvieras. Como si fueras una carcasa.
-No sé qué puede ser, cariño. Ven, se arreglará.
-¡No! Perdón... tan sólo... no quiero verte así esta noche. Ya... nos veremos mañana, ¿vale? Tranquilo.
-Pero si yo no...
-Tranquilo. Se acabará resolviendo, no eres un monstruo.
-Espero que no.
-Hasta mañana, cielo. Trata de traerte entero.
-¿Lo intentaré?

¿Qué ha sido eso? Hay demasiado silencio a estas horas de la noche. Me pone nervioso. Tengo que volver a casa, prepararme para mañana. Para el trabajo de mañana. Joder.
¡Joder! ¿Qué coño ha sido eso? Respira. No pasa nada. No pasa... nada.

-¿Es usted el Hombre Abrigo?
-¿Quién pregunta?
-Su comprador.
-Así que es usted. No le imaginaba negro ni de dos metros. Sí que imaginaba el traje.
-Muy gracioso, ¿tiene mi compra?
-¿La cajita?
-Y su contenido, claro.
-Sí, sí que la tengo. ¿Qué hay dentro?
-¿Por qué le importa?
-Porque la siento mía.
-Quizá sea suya.
-No entiendo.
-No, claro que no. Tenga, el pago está en este sobre. Dinero legal como acordamos.
-Está... bien. Tenga su cajita.
-Oh, tengo más que esta cajita, amigo.
-Claro, supongo que sí.
-Volveremos a vernos, buen señor.
-Mientras usted siga trayendo su dinero yo estaré encantando.
-No ha abierto la caja, ¿cierto?
-No, de hacerlo no le hubiera preguntado, ¿no cree?
-¿Ni ha sentido que palpita?
-No suelo tocar mi mercancía, deja huellas.
-Mejor, mejor. Es usted alguien astuto. Pase un buen día. Y espero que no eche de menos lo que me acaba de vender, señor.
-Hasta otra.

Qué hombre más raro... pero me siento más ligero, como si no cargase con nada, como si no sintiese nada. Otro día más en esta ciudad. ¿Cuántos me quedarán? 

jueves, 16 de julio de 2015

Un farolillo iluminaba el sótano


-Vaya, por fin te despiertas. Me ha costado más de lo que crees conservar tu vida, pero descuida… ya estás a salvo. De momento, al menos, no sé... No sé hasta cuando la verdad. Ay, no, no te molestes en hablar, te he… bueno, no te alarmes, ¿vale? Te he… uf, qué subidón. Ay. Te he cosido la boca. Sí, ya sé, “qué típico”, ¿no? Podría haber hecho mil cosas o cortarte la lengua o ponerte un calcetín o… ¡yo qué sé! Podría haberte arrancado las cuerdas vocales y ponérmelas en mi violín, ¡uf! ¡Qué loco! Esa me la apunto. ¿No? No, ¿verdad? Muy gore. Sssh. Sssssshhh. Tranquilo, todo va a ir bien. De verdad que sí. Pero es que no te puedo atar en el sótano y tenerte aquí gritando toda la noche, ¿sabes? Las cosas con calma, ¿vale? Bien. Espera un segundo, enseguida vengo.


-¡Hola! Me he traído la cámara. Es la primera vez que hago esto sola y quería tenerlo. Como recuerdo, ¿sabes? Esto es… ¡ay! Esto es genial. ¡Oh! ¡Venga! ¿A qué viene esa cara? No soy mala gente, no te voy a hacer nada malo, de verdad. Mira, me voy a sentar encima de ti, cada una de mis piernas se va a ir para un lado… sí, mira, así… y me voy a acercar a susurrarte algo al oído, ¿te gusta que te susurre así? ¿Eh? ¿Te encanta? A mí me encantas tú, chico… ¡¿Ves?! Te has animado. ¡Los hombres sois mucho más entretenidos que nosotras! La última vez mi antiguo señor y yo lo hicimos con una punky que vivía tres calles más allá y joder, chico, llorar y llorar y llorar. Qué coñazo de tía, ¿no te parece? Pero tú eres tan… servicial, ¿mm? Sí. Me encantas. ¡Te has vuelto a asustar! ¡Si sólo es un cuchillo! Si lo que buscas es que te haga una mamada vas listo. Ay. En fin… Vamos a empezar, ¿vale? ¡Deja de dar esos botes! ¡Ay! ¡Espera! ¡Eso es que te has animado, ¿no?! ¿No? No… Eso es que estás cagado. Espera… no te habrás cagado de verdad, a que no… ¿no? No me gusta cuando os cagáis, es un verdadero coñazo. Lo digo en serio, todo se vuelve mucho más… tedioso, ¡y cochino! ¡Bueno! Vamos a empezar, primero un pinchacito de nada, déjame el resto a mí, ¿vale?


-¡Pues ya está! Ahora me ves al revés, ¿no es divertido? ¡Te he colgado de los pies! ¡Eh! ¡Manos quietas o te las corto! Y yo que te las dejo sin atar como gesto de buena voluntad. No me decepciones que te mato. ¡Es una broma, tonto! ¡Cómo te voy a matar si te necesito vivo! Vale, ¿ves este cuchillo? ¿Sí? ¡Ay! ¡Para de agitarte por todo! ¿Lo ves? Vale, pues deja de mirarlo, ¿quieres? Te pondrás más nervioso. Primero un cortecito aquí…
-MMMMMMMMM.
-Que te calles, chico. Te lo has ganado. Te ataré las manos. Casi me llenas el pelo de sangre y no veas lo difícil que es que eso salga. A ver, así, ¡hmpf! Ya está. ¿Mejor? No, ¿verdad? Te lo has buscado tú solito, señorito. ¡Yo que intentaba hacer esto de la manera más agradable! Verás, mira, me voy a sentar. Yo tengo cierta… necesidad, dejémoslo ahí, y lo que necesito lo tienes tú dentro, sí, tú. Seleccionamos a alguien que tenga eso que tú tienes dentro y lo traemos aquí para sacárselo, y siempre escogemos a los más… como tú, ¿entiendes? ¿No? Me he explicado horriblemente mal. ¡No me juzgues! Es difícil, estas cosas son esa clase de cosas que no se comparten con desconocidos, ¿sabes?
-MMMMMMM.
-Ya, ya, que tú no eres un desconocido, que hemos compartido mucho tú y yo y todo eso, pero… no es lo mismo. No estoy cómoda contigo. Imagino que tú menos, claro, pero, ¡¿de qué te quejas?! Si te hemos escogido a ti es porque te ibas a suicidar igual. Chico, todo el mundo te odiaba y no querías seguir viviendo. Que si estabas solo, que si no te comprendían, que si muerto todo el mundo apreciaría lo que se pierde y bla-bla-blá. Mira… ¿hm? No te gusta que te hable de estas cosas con el cuchillo en la mano, ¿no? Era de suponer. A ver, chico, nosotros necesitamos tu vida y tú no la quieres más, ¿cierto? Pues así estás ayudando, ¿no lo ves?
-MMMMMM.
-No, claro, sólo te sentías fatal pero esta “experiencia cercana a la muerte” te ha abierto los ojos y ahora aprecias la vida y harás todo diferente. Ahora que sabes el valor de la vida, recuerdas cada cielo de la mañana como un regalo, las depresiones como sorprendentes tormentas llenas de vida que grita, ves… cada canto de pájaro como un milagro, cada desayuno era un banquete y cada abrazo un momento mágico lleno de amor y alegría, ¿no?
-¡MMMM!
-Sí. ¡Qué bonita es la vida! ¿A que sí?




-Pues es tarde, chico. Es muy tarde. 

lunes, 14 de abril de 2014

Recuerdos del niño vestido de caqui

-Muchos son los caminos que un hombre recorre, pero nunca sabe con exactitud a dónde irá a parar. Eso es algo que sólo el tiempo sabe... Quizá algún día nos volvamos a encontrar y esta vez yo sea el chico y tú la anciana. ¿Qué te parece la idea?
-Que espero que usted me lleve las bolsas de la compra entonces.
-Bien dicho. Toma, venga, coge las galletas, te las puedes quedar.
-¡Gracias!
-Vuelve con cuidado, y abrígate no vayas a coger un resfriado.
-¡Eso haré! ¡Gracias señora Rice!
Lo que más me gusta de los pueblos es que son pequeños, íntimos, todos nos conocemos, si no hemos hablado con alguien al menos lo reconocemos por su cara. No somos un pueblo, somos más bien un barrio pero apartados de la gran ciudad. Sólo tenemos casas y una tienda de ultramarinos por lo que no viene nadie que no sea de aquí de visita. Una pena, la verdad, me gusta la gente nueva.
Un día encontré a alguien muy extraño, aunque creo que no fue aquí. Estaba de vacaciones, lejos, sé que era lejos porque había arena y también mar. Ella estaba sentada en un murillo, miraba hacia el mar, quieta, tranquila. Sonreía. Era bonito de ver. Me dijo que si quería hablar con ella y contesté que por qué no.
Me contó que su padre había sido soldado, de los más altos rangos, y que había estado en muchísimas batallas pero que había muerto, su madre aún no lo había superado y ella había empezado a fumar. Vestía como una chica mayor, yo no sabía muy bien qué pensar ni qué decir. Me siguió contando que nunca me fiara de los chicos, que sólo buscan lo que quieren y que cuando lo consiguen se les olvida que lo han conseguido y buscan otra cosa que buscar. También que no me fiara del tiempo, a veces pasa rápido y hace que no te enteres de las cosas que pasan y que otras va despacio, tan despacio que da para fumarse dos cigarros. Me contó que quería morir de mayor, eso es lo que quería, ni bombera ni veterinaria, quería morir. Ese era su destino. "Y el de todos" dijo. De eso me acuerdo perfectamente.
La chica entonces se bajó y me preguntó que si quería caminar un rato por la arena, la dije que vale. Fuimos en silencio mucho tiempo hasta que me preguntó que si yo sabía algo. De qué. Del mundo, de la playa. La playa tiene olas. ¿De qué playa hablas? De esta. ¿Y el resto? No lo sé, no he ido. Entonces no sabes nada. Pues a lo mejor, pero no me importa. ¿Por qué no? Porque estoy en la playa. Oh, ya veo, me gustas pequeñín. Gracias, tú también me gustas.
Luego me contó que envidiaba a los niños como yo, no teníamos tantas preocupaciones estúpidas y sabíamos a dónde íbamos. Yo creo que nunca lo he sabido pero ella cree que sí. Cuando anochecía me revolvió el pelo y se fue a su casa, no la volví a ver. Espero que haya muerto como ella quería.

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martes, 11 de febrero de 2014

La última página de un libro


Sonrisas de cafetería, una camarera ve muchas y quizá de más. Siempre me encantaron las cafeterías de carretera, los hostales aquellos de bocatas. Siempre me pregunté lo interesante que debe ser la vida de alguien que se tenga que hospedar allí. Una vez tuve que detenerme en uno, demasiada lluvia para conducir solo por ahí, me senté en una mesa junto a la ventana y contemplé la lluvia. Caía fuerte contra los cristales, pero a la vez relajaba estar en el calor del interior.
Se me sentó una chica delante, me dijo que lamentaba interrumpirme pero que el local estaba lleno y necesitaba sentarse. Me dio exactamente igual, la gente a veces se disculpa demasiado y luego no lo hacen cuando deben, eso me lo enseñó el perro del vecino, era muy majo.
La chica sacó una libreta y se puso a retratar a la camarera, tenía un estilo peculiar, me gustaba.
-Tiene más barbilla y las orejas un poco más grandes, pero has clavado la mirada.
La chica dudó varios segundos de que la hablase a ella.
-Eh... gracias, es lo que hago cuando, ya sabe, tengo tiempo.
-Vaya, hacía mucho tiempo que a este canoso y aburrido hombre no le llamaban de usted, tutéame si quieres.
-Eso haré, tú. - Y me sonrió.

Cogí mi coche de nuevo, cuando amainó, me atusé el bigote y puse alguna radio movidita, eso creo recordar. Nunca supe qué es exactamente atusar o de dónde viene, pero es lo que se hace con los bigotes. Tarameo seguía en el asiento de atrás, dormido, jodido perro. Es difícil encontrar amigos a mi edad, pero Tarameo lo ha sido siempre. A veces es lo único que me queda, ni mis premios, ni mis vivencias, este es mi presente, todo mi pasado se ha perdido y mi futuro, bueno, no queda mucho de él. Vivimos nuestras vidas, eso es lo que hacemos.

Llegué al final. Al lugar donde las cosas comienzan, la infancia. Siempre los recuerdas mejores de lo que son, los lugares, quizá no es culpa de la memoria sino del lugar en sí. ¿Qué lugar preferiría albergar a un viejo que a un niño lleno de magia? Mi casa no ha cambiado mucho, está al final de un barrio de un pueblo de vacaciones el cual está en medio de una meseta tranquila, tiene algunos bosquecitos y una montaña. Siempre me lo pasaba bien. Hay muros de piedra, cocina de gas, camas tiesas y goteras. Me encanta. Los mejores finales no se escriben ni tampoco se leen. Los mejores finales se saben y se conocen porque son los auténticos finales, no son comienzos de nada, ¿verdad, Tarameo? Le doy unas zanahorias y aquí estoy, en mi final, terminando de leer un cuento creo que árabe sobre un siervo que espantado por su futuro huye, pero hacia su inevitable destino. Es un buen cuento. Ahora mismo todo me parece bien, creo.
Ya no sé ni qué pensar.

-Hola.
-¿Qué tal?
-Sabes por qué vengo, ¿cierto?
-Te vi en la cafetería y no me pudiste dar más igual.
-Siempre pasa, siempre pasa. ¿Tan extraño es que sea así?
-Pues la verdad es que sí, siempre eres lo que vemos en la carroña, los cuerpos, los exhumados, las guerras y las catástrofes, nunca vemos lo invisible, no en momentos de crisis. Eso deberías saberlo.
-Y lo sé, pero sigo aquí. Somos lo que somos.
-De principio a final.
-Y de vuelta a la estantería.
-¿Arreglaste el retrato?
-Sí, creo que me quedó bien, pero no logré captar la forma de la cabeza.
-Poco a poco, déjame la libreta un momento. A ver... sí... ya está... así mejor, ¿no crees?
-¡Oh! ¿Cómo lo hizo?
-Son muchos años, querida. Soy lo que soy.
-Sí, cierto. ¿Quiere algo más?
-No, para nada.
-Pocos son como usted, siempre piden más.
-Ya no necesito más, tuve más que suficiente, siempre lo tuve, desde mis sueños hasta mis pesadillas. He vivido mi vida, con sus consecuencias buenas y malas, las he aceptado todas, me he despedido de quien debía y lo he dispuesto todo. No me queda nada que resolver.
-¿Y algo qué hacer?
-No nacemos con propósitos, los proponemos nosotros porque son nuestros pies quienes los construyen.
-Bien dicho. Levante... a ver... eso es.
-La ciática, ya sabes...
-Sí, lo sé. ¿Un último baile, tú?
-Un último baile.

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sábado, 21 de septiembre de 2013

Conversaciones de cafetería

Aquel día había ido a ver el amanecer. A veces lo hacía, sobre todo en fin de semana. Me llevaba un termo lleno de café y unos auriculares, me sentaba y podía estar allí una hora sentado sin pensar en nada, tan sólo viendo al sol nacer. Aquel día no llevé el termo y cuando terminé de disfrutar con aquella maravillosa vista caminé hasta una cafetería cercana. Vivo en una zona tranquila de la ciudad, un extrarradio, con parquecitos, mercados y gente sin demasiada prisa. 
Menos prisa aún un sábado tan de mañana. Entré en la cafetería y pedí un café con leche. Era invierno y me sentaría de miedo. La cafetería apenas había abierto y sólo había un señor mayor en una silla al fondo. Me senté cerca de la ventana que hacía de escaparate y me puse a leer un pequeño librito de cuentos que siempre llevo encima. Llegado el final de mi café esperaba a finalizar el cuento para irme a hacer mis cosas cuando un hombre un poco destartalado entró en la cafetería. 

Llevaba un día de mierda. La noche la pasé en vela buscando un porqué a todo esto. Joder. Antes de salir a que me diese un poco el aire me miré en el espejo, tres días sin dormir, mi cara era un desastre. No me preocupó, me preocupaba más si me seguía sangrando la encía, pareció ser que no. Cogí el abrigo del cesto de la ropa sucia, les dejé una nota en el frigorífico y me fui a caminar hasta algún sitio. Tan de mañana y con el sueño que tenía... mejor un café que una cerveza. Dos calles más allá de mi casa hay una cafetería barata y amo a su dependienta. Un amor platónico. Uno de tantos, claro. Ya se sabe. 
Cuando entré en aquel lugar vaya puta sorpresa, vi a un tipo, un tipo aparentemente normal pero que tenía un algo en la mirada. Ese algo que a veces busco. Esa... ¡chispa! Eso, esa chispa de vida, ¿sabes a lo que me refiero?

Al principio estaba asustado. Era un hombre muy extraño, muy inquietante, aparentemente cansado pero lleno de vida, una persona que "ha vivido mucho", esa clase de gente que es de verdad "auténtica". Se sentó sin mediar palabra delante de mí con un café. Mientras bebía el cortado a sorbos muy pequeños él me miraba. Muy fijamente, como queriendo encontrar algo en mí. No nada trivial, algo muy serio. Algo vital. Yo no sabía si me quería robar, si me quería secuestrar o si me quería asesinar; de hecho me puse a pensar quién pudo haber contratado un sicario para matarme. De pronto me dijo:

Conozco a esa clase de hombre. Son muy especiales pero más imbéciles que una mula retrasada. El tío no hacía más que mirarme a los ojos como intentando encontrar un porqué o quizá saber si iba a morir ese día o no. Desde luego tenía miedo. Le dije:

-Tío, ¿qué coño haces aquí?

Imaginaos cómo me quedé cuando un extraño me dijo eso. ¿Quizá fuese un policía en cubierto? ¿Quizá me ha confundido con alguien peligroso? ¿Quizá hice algo y no me acuerdo? No sabía qué contestar. 

-No vas a contestar, ¿eh? Joder, tío, vaya susto me has dado. Conozco a los hombres como tú, miserables y mediocres. ¿Me he equivocado?

El tipo me estaba poniendo muy nervioso. ¡¿Qué podría querer alguien así de un tipo como yo?! No llegaba a ninguna respuesta. Le negué tímidamente con la cabeza, quería darle la razón en todo para que se fuera. Quería que saliese de allí y me pudiese olvidar de él. 

-Eres el tipo especial aquel, el que es muy amable y tiene ideas bizarras. El tipo aquel cuyas amistades son escasas porque dice que no puede aguantar más. El hombrecillo que saldría corriendo cuando algo serio pasase. ¡Vamos! ¡Reacciona!

Había tenido unos tres días horribles, me descargaba con aquel tonto. Me asentía a todo como un loro empanado que no sabe qué coño hacer para coger su galleta. 

-Por favor, señor, yo a usted no le he hecho nada. Déjeme en paz, se lo ruego. No quiero tener nada que ver con usted.

-Porque de mí no puedes sacar nada, ¿eh, santito? Yo no te intereso. Vamos, ¡haz algo en mí! ¡Cúrame de mí mismo, don filósofo de papel! 

-No sé de qué me está hablando. Por favor, márchese.

-No chaval, no me voy a marchar, no hasta que tenga unas respuestas. No hasta que te levantes y hagas algo. Tío, esto es la vida no tu puto juego, no es tu puta pompa mágica en la que todos sienten cosas mágicas y ven cosas mágicas y son todo arco iris y pollas de purpurina, no. No. Macho, esto es la vida real, aprende a vivir de una puñetera vez que ya eres mayorcito. 

-¿De qué coño está hablando? ¿Ni siquiera sabe quién diablos soy y me está dando consejos de cómo vivir? Váyase antes de que llame a la policía. 

-¡Uh! ¡Qué puto miedo! ¡Los maderos! ¡Corred! Anda a cagar. Mírame a mis mugrientos ojos de alcohólico y dime que todo lo que he dicho es falso. Que tus amistades son de verdad y no son un trámite para sacar tú algo de ellas. Que tus miradas no ven nada. Que apenas te puedes mantener en quien de verdad eres. Que vives en una puta mentira autocompasiva y melancólica propia de un emo adolescente. ¡Mírame a la puta cara! ¡Mírame y dime que es mentira! 

-...

-Vete a cagar, colega. 

Se sacó un cigarro y se puso a fumar. A nadie pareció importarle que lo hiciera como a nadie le habían importado los gritos que estaba pegando en el local. Aquel hombre de alguna manera me había calado, no entero, creo que eso no se puede, pero me había pillado. Sí, es cierto, de cada amistad que tengo siempre tengo la esperanza puesta en algo que sacaré de ellos... no sé, verdades, sexo, alguien en quien desahogarme, siempre fui así de cabrón pero lo hago sin querer. No me justifica pero, oye, al menos no lo hago con mala intención, lo hago sin querer. Se recostó sobre la silla y continuó:

-Mira, llevo tres días sin dormir. Me he estado metiendo mucha mierda en el cuerpo, no me juzgues por un puto cigarro. Y te voy a decir algo, tronco, te lo creas o no tú y yo estamos a un pelo de ser la misma persona, ¿sabes lo que te quiero decir?

-No sé quién es usted pero debería meterse en sus asuntos. Yo no le he molestado. 

-¡Sí, joder! ¡Sí que lo has hecho! Tienes un potencial gigante y te estás tirando por ahí como una puta alma en pena que no sabe hacer una mierda. ¡Joder! -echó el humo que tenía guardado de un par de caladas- Mira... no nos volveremos a ver nunca, pero tío, cambia. Cambia de una puta vez. Deja de ser un sociópata enfermizo y se tú mismo, coño. 

-Fácil es decirlo, ¿no? Te voy a decir algo, no soy la mejor persona del mundo, de hecho yo mismo te confirmo que soy un hijo de puta, pero sé distinguir muy bien según qué cosas. Según qué realidades. Según qué respuestas. Cosa que tú no. Cosa que tú nunca has podido hacer. Gracias por tus consejos o lo que sea, pero llegas tarde, llegas muy tarde, porque esos consejos me los dije a mí mismo cuando apenas cumplí la mayoría de edad. Y aquí estoy ahora, solo, en una cafetería con un tarado y un trabajo mediocre. No destaco. No llamo la atención y apenas me queda gente en la que confiar pero, ¿sabes? Ha sido mi culpa. Lo ha sido siempre. Si construyes un edificio enorme y precioso sobre estiércol se acabará cayendo en su propia mierda. Así que llegas tarde amigo. Ahora vete de nuevo a tu casa y déjame en paz, puedo pudrirme solo. 

-¿A dónde coño quieres que vaya si yo soy tú?

Entonces miré mi café y estaba vacío, delante mío no había nadie. La camarera me miraba muy extrañada y el anciano había puesto su sonotone a punto como si hubiese estado viendo una película entretenida. Recogí mis cosas y me fui a mi casa a pasos acelerados. Llamaré a una amiga para contarle esto y, no sé, me haré macarrones de comer.

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domingo, 2 de junio de 2013

Sorpresas por la mañana

Una vez vi a un hombre sin cara. Ni cabeza. 

Este hombre lo encontré por pura casualidad una mañana de hace años, una mañana de domingo, de cigarros apagados y resacas. Me tomaba un café, no era un buen tiempo para nadie. Sentada, en una cafetería, me preguntaba por qué la lluvia nos inspira tanto... siempre la quise muchísimo, a la lluvia digo; entonces vino él, se sentó delante mío preguntando por mi historia, por lo que había pasado. No sé aún hoy por qué me preguntó algo así, no es algo usual que digamos ni tampoco es una información útil... Yo no la veo útil desde luego. 
Este hombre me sorprendió mucho, su cara era muy natural, y eran casi imperceptible las imperfecciones de su disfraz, no tenía siquiera ojos reales. Llevaba una máscara perfecta, una que le decía "sal a la calle, vive tu día, sé amable, ayuda a quien lo necesite, descubre el mundo" y eso hacía él. Disfrutaba con ello, aún con una máscara.

Después de contarle mi historia estuvimos charlando un buen rato. Empezamos prontísimo, apenas había amanecido y ya era mediodía. Me gustaba que, mientras contaba sus pensamientos y delirios, dibujaba en una servilleta de papel seres fantásticos que nunca había visto. Estos son algunos de ellos:




Le dije que los conservase y me dijo que no, que ahora deberían vivir por su cuenta, eché una carcajada y se los quité. Nos hicimos muy amigos en apenas una mañana, no tenía aspecto de tener muchos amigos y que los dioses me destruyan si miento cuando digo que yo no tenía ninguno... Fue la mejor mañana que hasta entonces había vivido y todo gracias a que un niño curioso me preguntó cuál era mi historia. ¿Cuál es mi historia? A veces me gustaría escribir que no me mordí el labio y que no miré hacia otro lado... pero esa es mi historia. ¿Cuál es mi historia? Ahora sonrío, mi corazón se llena de nostalgia y mis pasos, diarios, recuerdos, amistades y actos me sacan lágrimas a abrazos, los más sinceros abrazos del mundo mundial. 


Cuál es mi historia... Al final no importa cuál es, no importa si es alegre, triste, sádica, trepidante, variada o monótona... Creo que lo que importa al final no es cuál es esa historia si no lo que hagas hoy con ella. 

Suerte
Remuevo un café cada mañana
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jueves, 9 de mayo de 2013

Las memorias de un momento

Durante mis viajes he encontrado a tipos interesantes, por supuesto. Algunos más que otros, eso es evidente. Pocos como el señor Bramsüflher. Esta es su historia, y por su bien, atento amigo, le llamaré Bramie(así le llamaba yo), porque sé que Bramsüflher es el nombre más olvidable que probablemente lea hoy.

Sitúese en Norcorea... perdón, esta información no le sirve. Sitúese en el año 1215 después de Metatron... Esto tampoco le sirve demasiado, ¿verdad?
Está bien, probemos con: sitúese en un bosque donde la magia que usted conoce de los cuentos es cierta, donde las hadas se han encarnado en sirenas hambrientas por la animal carne, donde los centauros, ya no tan extremistas, residen en ciudadelas de jade, en armonía con el resto de especies, donde los hombres se han dedicado a controlar la realidad del planeta tierra desde sus portentosas naves y sus estaciones espacio-temporales, donde los duendes conceden deseos, donde los genios o djinns fueron traídos a este plano de la realidad y donde los trasgos son los principales dueños de una gran corporación de comercio a nivel interprovincial.
Oh, se me olvidó mencionar que el planeta tiene menos del cincuenta por ciento de la tierra que tiene en el año en el que es escrito esto.

Bramie es uno de los naturalistas. Ellos son un grupo reducido de personas que decidieron no evolucionar, querían seguir sintiendo los cuentos, las estrellas, las grandes preguntas, el afecto y el amor. El señor Bramie era un hombre bastante mayor para cuando lo conocí, era un gran abuelo y como tal, le encantaba charlar bajo las estrellas sobre los tiempos que él tuvo que pasar, bien porque todos los señores mayores lo hacen bien porque a un niño le encanta escuchar lo que pasó y pasará, lo que pasa es tarea del propio niño descubrirlo.

Bramie me contó montones de historias. Muchas de su lucha contra leyendas como la de la sirena que se alimentaba de la imaginación de los niños, como la leyenda del cruce continental cuando lucharon contra la vieja ballena de los mares del oeste o como el descubrimiento de la antigua pirámide de obsidiana. 



Yo no os puedo contar estas historias, son suyas, lo siento. Sólo os diré que a veces escuchar es mejor que contar, que apreciar a veces es mejor que crear y que... No buscar es, casi siempre, mucho mejor querer encontrar. 


κοράκι
Aún no he vuelto
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