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domingo, 8 de diciembre de 2013

La noche de una escritora llamada Lavanda

Selecciono todo... Borrar. Qué jodido se me hace a veces escribir. Hay días que no sale nada, nada de nada, y llevo ya una semana así. Me dice mi pareja que qué tal voy, si acabaré a tiempo la novela. Joder, no, no creo. Respondo. Estas noches mi cenicero ha estado lleno de cigarrillos apagados, y un par de porros en el de al lado. Y nada, ni las tazas de café, ni las cervezas me han dado una buena historia. ¡Qué le vamos a hacer! Esta tarde me compré una extraña mano carmesí, creo que da buena suerte o algo de eso, parece hindú o de un buda o algo. Gilipolleces de esas, pero estaba muy barata... En qué pienso... Uno tras otro, pensamientos que no sirven de nada. Apago la tele, apago la luz, me quito el portátil de encima, me tumbo, me tapo, me duermo. Nunca logro hacer lo último cuando quiero. ¿Podrá alguien? 


. . .


"El vagón del metro se paró a los pies de Betty, su pelo del color del fuego lo llevaba escondido bajo un oscuro gorro de lana, debía pasar desapercibida. La noche no perdona a nadie porque la noche no juzga. Coge uno de los primeros asientos que ve, sabe que no ha de fiarse de ninguno de los seres que la acompañan en el viejo vagón. Son las tres de la mañana y espera que no haya imprevistos o su cita puede arruinarse en un chasquido de dedos. 
Los pálidos la miran sin disimulo alguno desde el otro extremo. Uno de ellos se levanta y el resto le siguen, llevan chupas de cuero con pinchos en las hombreras y andan con ese aire que tienen los matones de patio, Betty sabe que van a por ella, ¿demasiado colorete? Uno de ellos se apoya en la barra que tiene Betty encima de la cabeza y el resto la rodean. 
-Vaya, vaya. Un ratoncito perdido en nuestro territorio... 
-No me queréis hacer enfadar. 
-¿Habéis oído chicos? -el resto se ríe abiertamente, todo el vagón los mira- ¿Que no te enfademos? ¿Y qué harás?
Betty se levanta y lo coge del cuello, habla con su voz aunque son todas sus voces al mismo tiempo. 
-Hoy no tengo tiempo para juegos, pálido, vuelve con tu luna a cazar mortales, este no es tu lugar. 
Al soltar su cuello éste comienza a soltar vapor, arde, está quemado y el pálido cae al suelo al instante, es cierto que no sabe con quién se mete, esa noche no comerá. Todo el vagón está en tensión, ninguno espera ver a..."


. . .


Joder, ya he perdido el hilo. ¿Qué coño era Betty? ¿Una parca? ¿Una bruja? ¿Una vaca? Sí, Betty la vaca, muy original. Sí, señor, la vaca mística del fuego que anunciará el apocalipsis viaja en metro a las tres de la mañana. Me estoy luciendo. 


. . .


"Todo el vagón está en tensión, ninguno espera ver a una de las Responsables esta noche. Todos tuercen la cabeza a un lado y hacen como que no han visto nada, los pálidos se apresuran a irse en la siguiente parada y miran hacia atrás resignados y con su delicado orgullo hecho un amasijo de juguetes rotos. 
Diez minutos más tarde Betty llega a su parada. A la salida la espera un gran hombre negro muy bien trajeado, con guantes blancos y una gorra de chófer. 
-No esperaba que una entidad como usted cogiese el transporte público, pero aquí estoy tal y como acordamos, no es terreno de ninguno. Haga su oferta. 
Betty lo mira de arriba a abajo, algo nerviosa, pero recuerda que las ha pasado peores últimamente como para titubear ahora. Saca de su vieja bolsa algo envuelto siete veces. El chófer lo desenvuelve con cuidado, a pesar del olor a sangre reseca está contento. Pide a Betty que la acompañe para recoger lo que ha comprado. 
-Es viejo, lo sé, pero vale la pena. ¿Estás segura de que quieres hacerlo? ¿Sabes realmente con qué juegas?
-Hombre, no cuestione mis métodos. Y debería haberme preguntado un quién no un qué. Sé exactamente lo que hago. 
-Lo siento, es sólo que... -el hombre hizo una pausa para tragar- mi señora me advirtió de qué le estoy entregando y es sumamente perturbador...
El hombre le entregó a Betty una mano de color carmesí, sin uñas y sin una sola arruga. Betty estaba satisfecha, dejaría por fin de ser una de las Responsables y podría volver a probar la vida mortal por última vez. Después de todo, nadie la dio a elegir."


. . .


Y creo que por hoy basta. No está como quisiera y no sé si digo todo lo que debería decir, me pregunto a veces cómo es la cara de alguien que me lee. Debe ser extraño. En fin, suficiente Betty por hoy. En unos minutos vendrá Triana... dioses, adoro su sangre. 


Lavanda

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domingo, 5 de mayo de 2013

Varias entradas para una misma puerta

Es hora de un cuento, ¡claro! Cómo no. Es agradable saber que cuando escribes cada una de las palabras que tú mismo conjuras sabes que alguien, en algún lugar y en algún momento, las leerá y obtendrá los sentimientos que tú quisiste que tuviera.
Somos cajas de secretos los cuenta cuentos, no lo olvides. Sabemos más de lo que sabemos y creemos en más de lo que cualquier persona podría creer. ¡Claro! Si no... No seríamos más que meros destellos que dijeron ser aquello que nunca fue.

Pues bien, ¿quieres un secreto? Este es uno. Esta es la historia de un joven adolescente. El año es poco importante, pues esta historia ya la conoces y ya la has visto, escuchado, recordado y vivido.
Este chico descubrió algo, algo maravilloso, pero sólo maravilloso para él, como sólo son los mejores tesoros. Descubrió lo mucho que le encantaba, lo mucho que podría ser eso durante años y años sin cansarse. Pero, por una razón u otra tuvo que esconderlo, esconderlo como su más preciado afecto y recuerdo, no quería que nadie lo pudiese romper. Encerrarlo y cavarlo en lo más profundo que pudo encontrar. Ahora hay tres versiones:

En la primera, el chico de vez en cuando visita su tesoro, deja empaparse por su luz y sonríe de nuevo. Sonríe en ese mar gris en del que protege sus recuerdos. Él es el refugio de su tesoro. Él es el guardián de su tesoro.

La segunda versión es algo más trágica desde mi propio punto de vista: el chico entierra su tesoro tan profundo que no es capaz ni de sentirlo, lo pierde en el mar con el ancla que le puso y el ser humano necesita la constancia de la memoria para recordarlo. No lo recordará más, seguirá su rumbo sin la brújula que perdió, ¿a dónde irá? A donde le lleve el viento, por supuesto.



La tercera versión es especial. Ocurre pocas veces y es grandilocuente. En esta versión el chico deja a un lado todo lo que él cree y se guía por lo que sabe. Saca el tesoro de su desván, lo saca a la luz del sol y su sonrisa colorea la realidad que lo rodea. Su tesoro ahora está expuesto pero es un "loco" y lo arriesga todo a un último disparo. En esta historia a veces acierta y en otras no. El todo o nada que no le puede dejar mejor sabor de boca.

                             
                                   


Y el resto del cuento es Historia. Con mayúscula. ¿Existieron las palabras que la grabaron? Quizá sí, quizá no, pero la Historia es inherente al tiempo, sea grabada o no.

¿Cómo sé que ya conoces ese cuento? Bueno, simple y llanamente... porque puedes sentir la lluvia en tu piel.

Este Tipo
Desde tu cafetería más cercana, callado
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sábado, 9 de febrero de 2013

Plumas que no nos pertenecen


Los sueños son pocos los que son verdaderos. Algunos se escapan a nosotros, de otros nos escapamos. Muchos dejan de ser nuestros amigos y otros son nuestros por la eternidad. Los sueños son confusos. Tuve sueños en otro tiempo, es posible. No lo sé a ciencia cierta, ¿quién pondría la mano en el fuego por los recuerdos que no le pertenecen?

Un día fumaba un cigarro en la ventana o me tomaba un café o quizá sólo miraba a la calle. Sé que era de noche y que las estrellas apenas brillaban en un cielo morado contaminado. Es una vida sencilla, lo fue al menos. Vi en el edificio de enfrente un pájaro negro que se movía de un lado a otro, como si buscase algo. Echó a volar y no le vi hasta la noche siguiente. 
Comenzó a ser una costumbre. 
Cada noche se acercaba al mismo edificio, se movía de manera frenética y se iba. Y yo lo contemplaba cada noche con mi cigarro, mi café o mi mirada. 
Los días pasan y los cambios no se evitan así que el pájaro dejó de venir, para mí la vida siguió, seguí tomando un café, fumando un cigarro y mirando a la calle, tan sólo me faltaba un actor. Fue entonces cuando miré todo el escenario, vi montones de vecinos de ese edificio a través de sus siluetas en las ventanas, vi un perro callejero que parecía dormir siempre en el mismo rincón, vi una chimenea que echaba un danzante humo al invernal viento, vi unas estrellas que brillaban cuando las sonreías. Vi todo lo que podía ofrecerme mi ventana viendo cada parte, pero ahora me faltaba la que hizo que las demás tuvieran valor. 

La noche siguiente me acerqué al edificio de enfrente y me colé hasta el tejado. Vi entonces una caja de madera volteada en la que debajo había una pluma negra, la cogí con la punta de los dedos, era una pluma muy especial, negra como el carbón y brillaba como la Luna. Entonces una ráfaga de viento hizo que me apretara mi abrigo largo soltando la pluma sin querer, la cual voló y voló hasta mi edificio cayendo en la cornisa que estaba al lado de la mía. Casualidad, ¿verdad? La ventana de aquella cornisa se abrió en ese momento y una estilizada mano cogió la pluma, la examinó desde la oscuridad de una lámpara de mesa y cerró la ventana. ¡Era mi pluma! ¿Cómo pude ser tan descuidado? Era lo único que me quedaba del pájaro que me dio una lección. 
Me acerqué a mi puerta vecina, tenía que recuperarla. Muy educadamente exhalé "perdone, ¿tiene una pluma negra?", ella confundida miró hacia mis ojos y dijo como para sí "Supongo que la pluma tenía razón de ser al fin y al cabo..." añadió "Sí, sí que la tengo. Espere un segundo", volvió para dentro y salió con ella en la mano. 
"Estos pájaros vienen y van, es difícil mantener uno a tu lado. Esperaba que teniendo algo suyo vendría a mí" me dijo y añadió una mueca de falsa sonrisa. "Este pájaro..." dije "es una pájaro singular. Vino cada noche a la azotea de enfrente buscando algo hasta que dejó de buscar, es viajero, no se le puede atrapar. Gracias a él aprendí el valor de cada cosa, quería la pluma para recordármelo cada día". La chica sonrío, esta vez de verdad y me invitó a pasar a tomar un café, ella también había aprendido de nuestro amigo el pájaro. 

A veces creo verlo o quizá no es él, es difícil de afirmarlo. Las cosas vienen y van, no se paran a veces ni para preguntar. Pero si aprendemos a valorar cada cosa en su momento quizá no nos importe que se vayan, siempre que dejen una pluma y un sentimiento.

Anónimo
Desde mis sueños hasta tu pantalla
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lunes, 24 de septiembre de 2012

Recuerdos y Olvidos

Recuerdos... los recuerdos se pueden crear, ¿sabías? Si te repites algo durante años que supuestamente te pasó acabarás creyéndotelo. 
No me gusta hacer eso, sería como hacer trampas en la vida, ¿no? Pero sí que me gusta imaginarme en situaciones. Recuerdo una preciosa y trágica y reveladora...

Todo comienza con una niña, muy pequeña, vivía en la calle. Después de correr por tenderos con una barra de pan metida debajo de su cazadora volvió a su escondrijo, como cada día, para resguardarse de la noche con una manta raída que la protegía de dormir encima de la nieve... estaba siendo un invierno duro, mucho para una niña. Recuerda dormirse en su lugar y despertarse en otro distinto. Se levantó confusa, sólo distinguió la silueta de un hombre sentado en un escalón echando humo desde su pipa, apenas veía sus ojos. Ella comenzó a asustarse, no sabía ni quién era ni qué podía hacer, hizo lo único que creyó que podía hacer: correr. El hombre no la dejó, la agarró fuertemente del brazo y le chitó con el dedo. El hombre se agachó para hablarle directamente a la cara... "Buenas noches" dijo. Sonrío, de una manera amigable. La niña aún estaba en shock y el hombre se volvió a sentar en el escalón, recaído. Suspiro y comenzó a hablar con una voz ronca y apagada, "mira, sé que debes tener miedo pero no tienes por qué tenerlo, no te quiero hacer daño. Tan sólo... hmpf... no sé cómo explicarte esto sin que suene... egoísta. Mira, soy un hombre que tiene una cama caliente, tres comidas diarias, un techo, ahorros, ropa limpia y algunos caprichos. Soy un hombre que tiene salud, que tiene sueños, que tiene ilusiones, que tiene vacíos...", suspiró de nuevo, "sólo quiero hablar contigo un momento y proponerte algo... Tengo todo eso pero no tengo a nadie...". La niña, que ya había salido de su estupor se sentó en la nieve y dijo "claro que no tienes a nadie, nadie puede tener a alguien", el hombre comenzó a reírse a carcajadas desde su escalón, tanto que se le cayó la pipa. "Mira, pequeña, te propongo esto: yo te ofrezco comida, un techo, una cama, ropa, estudios y algunos caprichos y a cambio tú vivirás conmigo, nada más", la niña estaba estupefacta, "¿nada más? ¿Ni trabajar para ti, ni hacer tareas cansadas, ni estar encerrada en un cuarto?", el hombre sonrío con una sonrisa franca, "nada más". 

Hicieron muy buenas migas sorprendentemente, pasaron los años y él cada día se levantaba con una sonrisa por ver a su pequeña. Él la enseñaba a leer y a escribir, las matemáticas, cultura y a cambio ella le enseñaba a divertirse. Iban al teatro, ella se quedaba estupefacta con la magia y él pensaba en escribir una crítica para un periódico. Hacían la comida juntos e incluso subían a la terraza a ver las estrellas. Una vez fueron a un monte cercano a la ciudad, cuando llegaron estaba atardeciendo y vieron el magnífico paisaje, ella se abrazó a él y lloraron juntos de la belleza que contemplaban.

Recuerda que una mañana se levantó y le sorprendió no ver signos de que su padre se hubiera ido a trabajar, fue corriendo a su habitación pensando en lo peor... la abrió de un empujón y lo encontró pálido, con los ojos rojos y sudando. Ella palideció al verlo, se quedó sin hablar y sin poder parpadear. Él al verla tan sólo le dio tiempo a decir "No..." y la chica salió corriendo a la calle. Estuvo dos horas corriendo buscando a un médico hasta que logró traer uno a casa, entonces no había teléfonos y menos un servicio de urgencias. Cuando llegó a la casa temió que fuera demasiado tarde, sentía cada latido en su sien, cuando subió las escaleras las subió casi a cámara lenta, notando cada escalón, cada relinche de la madera, cada suspiro... corrió por el pasillo hasta la habitación de su padre, sentía cada vez que sus manos tocaban la pared, sintió el manillar deslizarse entre sus manos, frío, metálico, sintió la sacudida que le dio el brazo al abrirlo y recuerda más que nada lo que encontró al abrir la puerta. Encontró un charco de sangre en el suelo, las cortinas ondeando al viento, la luz abrazando las motas de polvo y la cama desecha y vacía. 

No volvió a ver a aquel hombre, el único al que llamó "papá". Aquel día volvió a aquella montaña, de pie, delante del atardecer, gritó, gritó y lloró, gritó y lloró hasta que no pudo más, hasta que cada lágrima se secara, hasta que cada grito se apagara, hasta que vaciase toda la tristeza y rabia que guardaba. 
No hubo funeral, no quería ir al funeral de alguien a quien sólo ella quería, tan sólo lo recuerda en el viento... 
Desde aquel día sonríe, sonríe muchísimo, aprendió que todo viene y va y que la libertad no siempre está de nuestra mano, ni siquiera del destino mismo, pero la libertad para sonreír no se desvaneció nunca y una sonrisa sincera revive un corazón marchito. 

¿Que si era yo esa niña? No, no lo fui. Ella fue mi novia, una persona extraordinaria. Esta era su historia la cual no olvidaré mientras recuerde su sonrisa.

Suerte
Remuevo un café cada mañana
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miércoles, 5 de septiembre de 2012

La mirada musical


Andar por la calle y no pasar desadvertido ni cuando de verdad lo necesitas. Hay gente que por suerte o desgracia vive con esa etiqueta. Conocí una persona así una vez, ella era muy joven, con el aspecto de casi una niña, rubia... Recuerdo verla por primera vez cuando se cayó al suelo cuando se tropezó con un bordillo, intenté ayudarla a levantarse pero no quiso mi ayuda, quería ser capaz de hacerlo sola. Insistí en acompañarla hasta su casa, en una gran ciudad era difícil perderse. 

Su vida, me contó, empezó con mal pie. Al nacer su madre murió durante el parto y desde entonces vivió con sus abuelos pues su padre biológico al morir su mujer no quiso saber nada de su nueva hija. En un accidente que no me quiso detallar perdió la vista, con tan sólo un año de vida. Desde entonces no veía nada y ya habían pasado diecinueve años. Sus abuelos acabaron muriendo de una causa u otra y llevaba dos años valiéndose por sí misma, estudiando muy duro y viviendo de la herencia que le dejaron sus abuelos. 
Cuando me lo contaba, noté una voz gris y apagada desde su garganta, pero a la vez cálida. 

Era una chica fascinante, tocaba el piano, la viola y el violín y poseía, por lo que supe luego, una imaginación prodigiosa. 

Quizá fuese un paranoico o un obseso pero quería saber más de ella. Los días siguientes los pasé por su barrio esperando verla por algún lugar, hasta que un día la vi y no pude contener mi saludo, ella me contestó con una sonrisa.
Con el tiempo nos fuimos haciendo amigos, ella apenas tenía gente a su alrededor y la encantaba conversar. Un día me invitó a su casa. Era curioso pues era una casa sorprendentemente limpia. Tenía una sala grande según pasabas la entrada de la casa, en ella había un piano de cola, unos sofás blancos y una alfombra azul sobre un suelo de caoba. A cada lado de la habitación había dos pasillos a los que no entré, y en la pared que se encontraba enfrentada a la entrada había dos ventanas de estilo victoriano, de madera blanca. 

Me dijo que me sentara y que enseguida volvía.

Mientras esperaba me fijé que la casa estaba orientada hacia el oeste... era ya pasado medio día y por las ventanas entraba una luz cálida que acariciaba el polvo que suspendía en el aire. 

Llegó vestida con un vestido blanco con detalles de encaje, una sonrisa y un violín en la mano. Se sentó encima de mis piernas lo que me puso nervioso, empecé a sentirme incómodo, sin embargo, era tan delicada y frágil que a la vez me sentía querido y maravillado... Comenzó a lanzar notas con su violín, suaves y lentas... como acariciando el viento con la punta de los dedos. Comenzó a susurrarme. 
Me dijo que siempre quiso ver, que no tiene recuerdos de las cosas en sí mismas, sólo de los colores... cada noche, soñaba con el tacto y la forma de las cosas que ella sentía, pero no sólo eso, sino que las pintaba. Llevaba haciendo eso años, cuando caminaba por la ciudad o por su casa veía, a su manera, todo colorido y onírico. Amaba la vida y amaba todo lo que ella significaba. 

Me contó de lugares increíbles, lugares que sólo ella podía ver, llanuras de cristalino espejo que reflejaban las blancas nubes y el profundo azul cielo; montañas añiles redondeadas que atravesaban las nubes; pantanos de ríos rosas, rocas naranjas y cielos violeta... Eran lugares especiales, lugares que ella sentía cuando soñaba y por cómo hablaba de ellos, los sentía fervientemente, casi tanto como la propia realidad. 
Cuando dejó de tocar me dijo que no le contó a nadie lo de sus sueños porque tenía miedo de lo que la gente pensase, pero que en mí veía algo especial, no juzgaba, sólo admiraba y eso la encantaba. 

Fue y es alguien especial en mi vida, no sé dónde o qué estará haciendo ahora... de alguna forma sé que será algo precioso. Lo que es capaz de hacer ver el sueño de poder ver es algo que aún no me explico pero es ciertamente precioso. 

Escribo esto por el simple motivo de hacerme dar cuenta de que cuando estoy en lugares que odio o sitios que no me gustan, con gente que odio o personas que no me gustan... el simple sueño de poder ver lo que los ojos no quisieron ver me saca una sonrisa.


Anónimo
Desde mis sueños azules hasta tu pantalla cristalina
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martes, 7 de agosto de 2012

El Silencio en Sueños

Hubo una época, antes de que el hombre conquistase el mundo, una época en la que los dioses caminaban por la arena de la sabana. Vivían en santuarios y sus sacerdotes adoraban a un ídolo caminante. 
La diosa de la fertilidad era una diosa caprichosa, exigía sacrificios, cultivos, oráculos y vírgenes para sus rituales, sin embargo, era la primera diosa que la humanidad soñó. Los hombres la adoraban por el poder que ella les cedía, gracias a ella eran ricos en vida, el bien que más apreciaban.
Esta diosa no quería pretendiente alguno, se decía que el hombre que se enamorase de ella debía morir, por eso ningún hombre podía verla, sólo las mujeres. Al paso de las generaciones, la diosa se aburría, llevaba trescientos años siendo adorada por la joven humanidad, era la diosa primera y no conocía las aventuras del tiempo ni qué podía ser la eternidad. Abandonó su templo y migró a las montañas en busca de otra vida, no dejaría de existir mientras su imagen siguiese en las mentes de los hombres. Un dios es tan inmortal como mortales son sus creyentes.

Cuentan que esta diosa, la dadora de vida, encontró al otro lado de las montañas al llamado Señor del Silencio. Se cuenta también que este Señor vivía en mitad del desierto en quietud absoluta, no abría los ojos, nunca. La diosa de la fertilidad se enamoró de él nada más verlo, pero él no la quiso, arruinaba su obra. La diosa, enfurecida, volvió al hogar de sus hijos y lo cambió todo. Ella se obsesionó con su amor imposible y decidió seguir su ejemplo, en quietud obró para siempre como la diosa de la fertilidad. El Señor del Silencio se dio cuenta de esto, y pensó que alguien que hubiese alcanzado esa quietud era digno de verle y se lo hizo saber a esta diosa.

Juntos se unieron en uno, al otro lado de las montañas... los hombres nacieron en silencio y vivieron en silencio, por el resto de una era.
Nacieron con el tiempo otros dioses y estos quedaron olvidados, cubiertos por la arena del desierto, pero aún hoy tenemos su regalo... vivimos con ello y su lenguaje lo conocemos. No son palabras, son ideas en su estado más puro y su llamada aún la podemos hacer saber.

¿Nunca probasteis a chasquear la lengua para que alguien dormido deje de hacer ruido y os regale el silencio?


Larry

Desde la Casa de los Mitos olvidados
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lunes, 30 de julio de 2012

Ese extraño vecino mío



A veces suelo verlos. Esos personajes de cuento ficticio que viven en la realidad. A veces son tan palpables como tú y como yo. Otras... no tanto. En casi cualquier barrio hay un par de tipos solitarios que siempre ves andando, montados en algo, en su mundo. Siempre en su mundo. Como si vivieran dentro del cuento del que salieron. 

En el mío hay uno. Es extraño, nadie se acerca a él y parece que a veces sólo yo soy capaz de verlo... es como una sombra, o algo parecido. Se esconde entre las personas, como cuando preguntas a alguien que dónde escondería un árbol y te dice que en un bosque. Algo parecido. Es especial. 


A veces incluso salgo sólo para ver si le veo. Es curioso. Su cara siempre es de indiferencia, aunque mira con la mirada de alguien que busca algo, algo que no se ve a simple vista. A veces lleva libros y se sienta a leerlos a la vista de todos, pero nadie lo ve, salvo a veces... yo. Escucha música mientras lee y pone caras. Es extraño. Es como si la gente que no le ve no la viese él. Cuando cierra el libro, mira al cielo... casi siempre a las estrellas, suspira, sonríe y se va como vino. De la nada a la nada. ¿Vivirá en algún sitio? Me pregunto siempre eso, eso y ¿existirá realmente o es un espejismo? Siempre que le veo quiero hablar con él, pero no me atrevo y si me armo de valor se va. A lo mejor es cosa del destino, "el chico que nunca pudo ser conocido", o algo así. No sé, el mundo hace que a veces no crea en la casualidad. Después de todo, debe ser de carne y hueso, ¿no? 


Quizá es sólo alguien que no tiene amigos más que sus libros y quiere respirar el aire de la calle. Quizá es un chico normal que le gusta mirar a la estrellas. Quizá quiera llamar la atención de gente especial... gente como él. Creo que se deberían reunir todos estos tipos, se alegrarían bastante ver que hay más como ellos, al final, el ser humano creo que es sociable... que le gusta la familia, una de verdad, ¿sabes? No una de esas que te encuentras en la televisión. Quizá sólo quiera un abrazo, pero es muy tímido con, ya sabes, la gente que le vemos. Un día le vi los ojos y él me observó los míos, sentí como si alguien me desnudase, ¿entiendes? Pero no el cuerpo, o sea, no con deseo, sino que me desnudase el alma, como si me conociera de toda la vida, como un padre o un... ¿hermano? Nadie me miró así nunca más, no sé si eso es bueno o malo o si siquiera me importa que lo sea. 


Un día dejas de verle, se evapora, quizá nunca existió. Tú vida sigue, y un día del año siguiente en una fecha parecida le ves pasear y la apatía se va. No sé, él encierra algo que los demás no hacemos o no creemos hacerlo. Quizá algún día me acerque y le salude... algún día... y tú, ¿viste alguna vez alguien así?


Suerte

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