Mostrando entradas con la etiqueta horror. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta horror. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de julio de 2015

Las sombras son vengativas

En este mundo hay gente para todo. Hay a quien le gusta arrancarle las alas a las moscas para ver qué pasa, hay quien siente miedo al frío, otros al sol, otros a los payasos y otros a los patos. Hay quien haría lo que sea por conseguir su dosis de droga diaria y hay gente tan paranoica como para pensar que su sombra les está siguiendo.

Y hablaremos de este último caso. ¿Qué año sería? ¿El '82? Sí, era 1982, y aquel hombre caminaba por las calles de Chicago en plena noche. Lo cual no era normal ya que no se fiaba de nada, de día es todo mucho más seguro. "No debería estar aquí" se repetía una y otra y otra vez. De entre las sombras de un callejón vio a su peor pesadilla: un desconocido armado. Rápidamente apuntó con su propia pistola al oscuro criminal, el duelo estaba reñido, duelo de miradas y movimientos. Cuando uno iba a la derecha el otro lo seguía, cuando uno amenazaba el otro respondía de la misma manera, hasta que, harto, el hombre disparó.
Más pronto que tarde se dio cuenta de que había disparado a la pared. A su propia sombra. Se juró que nunca más se asustaría de sí mismo. Y así pasaron años hasta que dio con la forma hermética y oculta de separar a un individuo de su propia sombra. Llevaba semanas durmiendo apenas una hora y menos por miedo a que la sombra atacase de nuevo y acabase con su vida. Debía ser rápido. Debía actuar ya y deshacerse de ese asesino que siempre le pisaba los talones.
Una vez hechos los pertinentes rituales y las ofrendas requeridas logró separarse de su sombra la cual quedo proyectada en una pared aislada que él mismo había construido.
El hombre, satisfecho apagó las luces del sótano y rehizo su vida.

Al principio nadie se daba cuenta pero con el paso de los días sus vecinos comenzaron a mirarle de manera extraña y él, paranoico que era, pensó que los vecinos querían hacerle algún mal y que debía tomar precauciones para que esto no pasara. De modo que se recluyó en su pequeño apartamento de las afueras de Chicago, ya eran los noventa y con la venida de Internet pensó que no necesitaría salir de casa nunca más.

Y así pasaron los años hasta que su madre dio con él después de haber borrado rastro que pudiera llevar hasta a él. No tenía nada en contra de sus padres, lo tenía contra todo el mundo en general.
Su madre, preocupada y entre lágrimas lo abrazó, él apenas sintió algo.
Pero era un buen hijo y sabía que su madre estaría allí unos días por lo que bajó al sótano para preparar la sala de invitados.
Pero cometió el error fatal de abrir la puerta antes de dar al interruptor de la luz. Sin que pudiera hacer nada para evitarlo, la oscuridad lo agarró y arrastró. Tan sólo se escucharon unos gritos de desgarro y dolor animal unos segundos y todo el ruido cesó de golpe, un silencio sepulcral. La madre bajó corriendo y encendió la luz... encontró a su hijo desfigurado y retorcido, de pie, proyectando la sombra de un lobo aullando. 

sábado, 7 de junio de 2014

La historia de Jackeline


Había sido un día extraño, Juan me lleva del brazo, no quiero caerme, creo que he potado hace poco. Ugh... me duele mucho la cabeza. ¿A dónde vamos? Estamos en un callejón, es de noche, hay contenedores y huele a rancio. ¿Qué? ¿Qué pasa Juan? ¿Por qué nos paramos? Nos damos la vuelta y corremos. Me dejo llevar, la ciudad se tambalea y ennublece... Ah, su puerta, la recuerdo, blanca, con un tres dorado encima. Sí, casa, sí. Juan me trajo a casa.
Sí. Oigo susurros, ¿quién? Creo que sólo yo los escucho. ¿Juan? Ya no está, estoy en el sofá. La luz está encendida, el salón tiene un ventanal, estamos en un primero, ¿no?
-¡Juan! ¡Dónde vives!
Juan, Juan no responde. Ay, tengo que buscarlo. ¿Y si le ha pasado algo? ¿Juan?
-¿Juan?
Sigue sin responder. Me levanto, las piernas tambalean, me agarro a donde puedo. El suelo. Su moqueta es marrón y áspera. Me levanto, cuidado, cuidado, ¿qué decís susurros? Dejadme. No. No. Ando, ¿a dónde? A por Juan, sí. Llegó a la cocina, me agarro al marco de la puerta.
-¿Juan...? No... no tiene gracia.
Camino hasta la habitación, ¿puedo? Estoy llegando. Cada vez escucho más susurros. Es en mi cabeza. Están en mi cabeza. Terminan mis frases, comienzan mis palabras, dicen cosas, dicen muchas cosas, dicen demasiadas cosas, ¡parad! ¡No! ¡Parad ya! ¡No puedo! ¡Dejad de gritar!
-¡¡AAAAHHH!!
Parad... Parad... por favor...

¿Eh? ¿Qué ha pasado? Mi cabeza... duele como si tuviera un arpón atravesándola... ¿He... he llorado? Mis piernas me fallan. Estoy en la cocina de Juan, ¡buscaba a Juan! Derecha... derecha... escucho derecha en mi cabeza. El baño, a la derecha está el baño. Entra. Entra. Entra. El pomo está frío y resbala. Entro. ¡Juan! ¡¡Juan!!
-¡JUAN! ¡DIOS! ¿¡QUÉ!? ¿¡JUAN!? Joder, joder. ¡Aaahh!
Me ahogo, me ahogo, necesito aire, me ahogo. Corre. Corre. La ventana...
-Ugh...
Juan... Juan está muerto, pero, ¿qué? Tengo que llamar a la policía. Vete. Vete. Vete. No me voy, tengo que llamar a alguien, joder, esto es... Joder... Vete. VETE.
-¡Aaah!
Mi cabeza, ah, mi cabeza. VETE. ¡¿Qué queréis?! VETE. Voy a coger el móvil, lo tenía en el bolsillo, sí, está, malditos vaqueros. Me tiemblan las manos, no acierto. Mierda, tengo que llamar a alguien.
-Joder.
Recojo el móvil del suelo, maldita sea, deja de temblar, tengo que llamar a la policía. Juan, joder. VETE. VETE. VETE. Mis piernas, no se mueven, están paradas, miedo, tengo mucho miedo, ¿qué pasa? Mi cabeza, no siento nada, no me puedo mover, me caigo, me caigo. No...

Ugh... ¿dónde...? El salón de Juan... ah, sí... ¿van tres veces ya? ¿Quién está ahí? ¿Qué está...? Te llevan. Te llevan. Te llevan. ¿A dónde? Con ellos. Con aquel. Contigo. Ah... No te resistas. No lo hago. ¿Qué será de mí? Lo sabes. Está en ti. Pregunta equivocada. Oh, mi cabeza, no la siento. Negro, ¿sigue siendo de noche? La calle está bonita. Me llevan. Un callejón. Creo que he estado aquí antes, todo es tan... borroso. Son varios, son cuatro, ¿cuatro? Noches que no acaban...

Historias Irrelevantes

miércoles, 12 de febrero de 2014

Me lo contaron en un aeropuerto


Hay lugares donde lo extraño puede suceder, son los lugares que no conocemos o que conocemos pocos. De esto me he dado cuenta con el tiempo. Mi primer experiencia con esto fue bastante... extraña, pero claro, es que pudo suceder lo extraño.

Tenía apenas unos pocos años más de diez, no lo recuerdo bien y vivía en un barrio de la periferia, ya sabes, un barrio de estos con casitas separadas con jardín delantero y trasero, donde viven familias pequeñas y modestas, un lugar tranquilo y verde. Me gustaba jugar a la pelota con Sarah mi pequeña perra salchicha, la mejor perra que he tenido y la única. Jugábamos en el patio trasero, me gustaba ponerle un montón de obstáculos y lanzar la pelota al otro lado de ellos para que los tuviera que pasar lo cual hacía con una gracilidad impresionante. La echo de menos.
En fin, resultó que un día jugaba sin menor preocupación y recuerdo que mi pelota acabó en el jardín del vecino. Se llamaba creo que Señor Riffa o quizá le puse yo ese nombre. Vivía solo o nunca lo he visto acompañado. Salté la verja de madera que nos separaba, sabiendo que él estaba trabajando, el hombre de silueta gris y cara amargada salía a las ocho y treinta y siete de la mañana con su destartalado coche para volver a las seis y treinta y cinco de la tarde a su casa.
El jardín de Señor estaba mal cuidado, había rastrojos y el césped amarilleaba en bastantes lugares. Crecía un gran árbol en forma de espiral hacia los cielos, lo recuerdo gigantesco y mágico, lo cual no me cuadraba siendo él tan... gris. Vi mi pelota junto a la ventana del sótano y me acerqué a recogerla y yo, curioso, con mi pelota en la mano, me asomé a su sótano. No vi nada. Todo negro. Entonces... esto, o sea, me vas a llamar loco o algo, pero te juro que vi o al menos recuerdo que vi un ojo gigantesco. O sea, no es que no hubiese luz ahí a abajo, la ventana daba directamente al ojo de algo, como si la ventana fuesen sus gafas. Era grande y rojo con una pupila muy oscura, tan negra que creía poder caer dentro de ella. Me asusté tanto que salí corriendo sin mirar atrás, mientras escalaba la valla sentía su mirada en mi cogote como una garra que me quisiera atrapar y devorar. No paraba de gritar y llorar y sabía que aquello me estaba mirando. Te lo juro. Es una de las memorias más turbias que tengo. Dejé de jugar en el jardín trasero y cada vez que algo se me caía en el jardín del don Señor Riffa lo daba por perdido porque yo jamás volvería a aquel infierno.

Pero soy demasiado curioso y te lo creas o no, volví, volví a aquel lugar cuando ya tenía diecisiete años, lleno de valor y con ansias de conocer qué carajo podría tener el tal Señor Riffa en su sótano, o peor aún, qué carajo era la casa de Señor.
Me puse una mochila, cogí una linterna, un cuchillo y una grabadora. En aquel entonces las cámaras de vídeo eran raras y quien tenía una debía sacrificar todo su esfuerzo para cargar con semejante aparato. ¡Oh! Y también cogí un paquete de galletas. Preparado para mi epopeya me acerqué una madrugada a aquella ventana, no fue un viaje difícil he de decir. Me asomé a la ventana y no vi nada peculiar, oscuridad, lo vi normal. Saqué mi linterna, si aquello sacaba su ojo al menos lo cegaría de buena manera. Alumbré dentro y vi un sótano normal. Sucio, con cajas, el contador del gas... Decepcionante a primera vista.
Seguí mirando un poco más, quizá pasase algo, probé a encender y apagar la linterna, a cambiar de ventana. Nada. Nada de nada. Luego, ya aburrido, me fui, según caminaba sentí una garra en mi cogote, recordé entonces perfectamente mi infancia y no pude volverme. No pude. Imposible. ¡Sí, sé que debería haberlo hecho! No me mires con esa cara. No pude, en serio. No era una opción física para mí en ese momento, era como si yo, como ser humano, no pudiera volverme como no puedo girar la cabeza 360º. Así que seguí caminando hasta que aquello dejó de agarrarme... y no volví. Mi miedo era más fuerte que la curiosidad.

Te lo creas o no, así me sucedió o al menos así recuerdo que me sucedió.
¿Qué?
Ah, no. Volví hace poco a casa de mis padres y allí ya no vivía Riffas, de hecho, no había ninguna casa, se había demolido junto con otras tres casas, imagino desocupadas, y se había construido una biblioteca.
No, no miré en la biblioteca, hubiese sido como... ilegal y tal. Además, de estar... ¿qué? ¿Lo capturo? ¿Lo mato? No sé. ¿Te imaginas que aquello sigue ahí? Asustando a niños incautos y demás. O quizá se los come. No pongas esa cara, por lo que a nosotros respecta esa cosa es... imposible que exista, ¿no?

Historias Irrelevantes


martes, 26 de noviembre de 2013

Entre las luces de la Ciudad


Se escuchan pasos morados por las calles más insospechadas, los carteles luminosos brillan en sus pupilas y los charcos vibran cuando las botas de agua saltan sobre ellos. Es otoño, la Ciudad está preciosa y a través de sus lentes vive una fantasía. No es chica de ciudad, no, esto la sobrepasa, esto es tan bonito que la sobrepasa. Camina de arriba a abajo, se pierde, corre, sonríe y le coge del brazo con una sonrisa en los labios y dos estrellas en los ojos. Se ha hecho de noche y las luces ahora resplandecen en su rostro, vibran y bailan y ella siente música en sus escalofríos. Él no hace más que mirarla anonadado, es feliz cuando ella lo es. Siempre fue así. 
No entraron en las tiendas, a ella le bastaba parar delante de los escaparates y hacer fotos, muchas fotos, ¡muchísimas fotos! Él quiso entrar en un par pero se dijo a sí mismo que ya iría un día por su cuenta, siempre le da por cargarse la magia pero no la de ella. No la de ella. 

Son estos días de noche y amigos los que ellos dos viven con más intensidad, se recuerdan el uno al otro que viven, que de verdad caminan, que de verdad... existen. Es tan difícil saberlo a veces... 

Arual, dice él, no te alejes demasiado, podrías perderte. Nunca me perderás, tonto. Dijo ella. Nunca me verás desaparecer de tus narices porque eres mi amigo, ¿recuerdas? Sí, claro que sí... es sólo que a veces no sé muy bien quién es el amigo de quién. Se quedaron en silencio, mirándose, un tren de cercanías a toda velocidad les hizo despertar con su silbato. Se cogieron de la mano y siguieron caminando. Ud, prométeme algo, le susurró ella. Dispara. Prométeme que pase lo que nos pase tú serás feliz, prométemelo. Él se echó a reír, ¡no tiene gracia! ¡Lo digo en serio! Él se detuvo y la miró a los ojos, Arual, sólo hay una manera de que no me veas. ¿Y cuál es? Cierra los ojos, ¡no los abras! Ya está. ¿Quieres que siga aquí? ¡Pues claro, tonto! ¿De verdad? Sí. ¿De verdad de la buena? Sí. Ambos abrieron los ojos. 
¿Quién es el amigo de quién? Se dijeron al unísono. 
No importa. Siguieron su camino, fascinándose y queriéndose. Los mejores amigos. Para toda la noche. Partieron por el mar de luces de colores una pareja, una persona soñadora y su amigo imaginario. 

Historias Irrelevantes

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           

jueves, 17 de octubre de 2013

Lectura y comida china

Trata de evadirse de la realidad en los viejos libros de la casa que ocupa desde hace años. Son los libros que sus anteriores dueños abandonaron antes de partir y no volver jamás a aquella ciudad de la noche. Aún hay maletas con el cierre roto en el suelo asomando la manga de alguna camisa, aún la pintura de la pared está o bien quemada o bien caída por la humedad, aún entra frío por la noche a través de los agujeros en los cristales, pero Tristán lee.
Su historia no sé muy bien en qué momento comienza o si, de hecho, comienza en algún momento, pero sé lo que le pasó. Toda la casa estaba vacía excepto un cuartito cercano a la entrada del piso, todos lo sabían, tendrías que ser nuevo en la ciudad para no saber algo así. Tristán dejaba los libros leídos a un lado y los que aún no había leído en otro lado, no se percataba que el cuarto era tan pequeño que esos dos lados eran el mismo pero no le importaba, así podría releer lo que quisiera. Había un colchón sobre un parqué rancio, una ventana arreglada con cinta aislante y una pequeña estufa de las antiguas, de las que dan dolor de cabeza.
Pocos hacían caso a Tristán, la mayoría lo tomaban por un loco del que uno no se podía aprovechar lo más mínimo en ningún ámbito por lo que, agradecido, me relató lo precioso que es que a uno le dejen en paz. A veces había gente que iba a su piso a pasar una temporada, total, él ni se enteraba y ellos mucho menos. Me contó que cuando bajaba a comprar comida o salía a abrir a alguien la puerta investigaba su casa y había encontrado de todo, incluso una vez me contaba entusiasmado que vio por la cerradura de una puerta el exorcismo de una mujer negra, un exorcismo poco ortodoxo según él aunque no me quiso dar detalles.
Tristán era un hombre muy curioso y entusiasta, era un pequeño bohemio del estudio. Cuando le llevaba comida sobrante del restaurante nos pasábamos la noche imaginando mundos e historias. No escribió mucho, decía que no merecía la pena, que le gustaba viajar no pilotar el avión. En mi opinión una pena, jamás olvidaré esas noches de fantasía desbordante, las prefería a lo que me traía mi hermano. Esto era mucho más real y lo sentía de verdad.
Recuerdo como poco a poco la noche desaparecía y la ciudad quedaba en ese gris que tienen las mañanas y la luz del sol nos asustaba como si fuésemos vampiros de novela. Abría el local para los pocos locos que se dedicaban a buscar un sitio donde poder continuar su noche lejos de lo diurno. Es lo que tienen los restaurantes asiáticos, son oscuros siempre.

Cuando pasé tres otoños con él me di cuenta de que algo no iba a bien, cada vez comía menos y su ánimo había decaído, no me quiso decir por qué, es como si hubiera descubierto algo inevitable, algo que, de contármelo, no serviría de nada. Un jueves volví a su casa por la tarde, llovía aciagamente, de manera exagerada. Protegí la comida para que no se mojase y corrí hacia su casa, cuando llegué al tercer piso de aquel roñoso edificio su puerta estaba cerrada y nadie respondía al otro lado, por suerte tenía una copia de las llaves. El pulso, tanto por miedo como por frío, me bailaba y mis ojos se desorbitaban por el miedo que tenía. Miedo a algo que ya sabía que iba a ocurrir, nunca lo quise admitir pero supe que pasaría lo que pasó. La cerradura cedió y dejé que la puerta se abriese sola. La puerta de Tristán estaba cerrada, como siempre, sólo escuché el ruido de mi bolsa de plástico y mis zapatos dando pasos inquietos por un chirriante suelo de madera, entré en su cuarto lentamente. No estaba. Lo sabía.
Me pasé aquella noche comiendo en su antigua habitación, ojeando algunos de los libros de los que Tristán siempre hablaba. Encontré uno muy viejo, prácticamente destrozado y, por tanto, el que más llamaba la atención, cómo no, siempre fui muy simple. Aquel libro estaba lleno de anotaciones de Tristán, muy nerviosas y había muchas notas intercaladas entre páginas, muchas de estas notas estaban dibujadas en vez de escritas, encontré círculos llenos de líneas, palabras que no comprendía y MAZAPÁN escrito por todas partes. No niego que Tristán estuviese un poco loco, pero esto era demasiado extraño incluso para él.
No volví a tener noticias de él y por lo que supe más tarde su casa fue reducida a cenizas por unos okupas que no supieron manejar el gas de su cocina. Aquel libro lo guardé, no quería que algo tan extraño se perdiese. Ahora me queda buscar quién le puede dar un uso o... si Tristán sigue vivo o siquiera sigue siendo humano.

Historias Irrelevantes

jueves, 19 de septiembre de 2013

Terror en otros planos de existencia

Un verano me fui de vacaciones con mis padres a un pueblecito del norte cuando era un niño. Alquilamos un par de habitaciones en una casa rural para, ya sabéis, disfrutar de las delicias de la vida en el campo. Hacer alguna barbacoa, respirar aire puro mañanero y tener esa sensación de que el tiempo se detiene para ti.
Solía ir cada verano a algún lugar distinto, siempre con mis padres, "así conocerás de todo" decían. La mayoría de los viajes ocurren sin ninguna clase de percance o problema, no pasa nada especialmente interesante, nada más interesante que el lugar que visitamos. Aunque estas, particularmente estas, las recuerdo con todo lujo de detalles.

Aquel pueblo tenía una larga tradición celta que se remontaba a tiempos anteriores a Cristo y sorprendentemente conservaban un cementerio de aquel tiempo. El ayuntamiento y los órganos del municipio correspondiente lo habían escarbado y convertido en atracción turística, "si algo es raro y antiguo hay que verlo", ¿no? La tercera mañana que pasamos allí nos acercamos al dichoso cementerio, se podía caminar por algunas de las viejas criptas que habían sido limpiadas de restos y el turista debía imaginarse las paredes llenas de calaveras como lo estaba entonces, y como estaba cuando excavaron aquí. Los celtas eran un pueblo poco civilizado, bárbaro en muchos sentidos, y tenían una tradición malsana: se comían a sus enemigos para ganar su poder, así que un fuerte guerrero se creía que había consumido decenas de almas y por tanto tenía la fuerza de éstas. Siempre me parecieron unos pirados. 
No sé si formaba parte de la atracción o no pero en una esquina del cementerio había una casita muy vieja, no sé de qué época pero no era contemporánea; en esta choza vivía un señor muy mayor que me recordó al druida de los cómics de Astérix, salvo que éste estaba encorvado, mucho más arrugado y no tenía una barba tan de tebeo. 
Cuando, finalmente, el guía nos dejó libres me acerqué a aquella intrigante estructura pedregosa. Llamé a una rústica puerta de madera y la desagradable mirada de aquel anciano me asustó al instante. Me dijo que pasase, que le gustaban las visitas. Era un cuartucho, en una esquina la cama, en el centro un caldero y lo demás eran estantes con todo tipo de sacos, bolsas y botellas, toda la estancia rezumaba un olor a cerrado que me abofeteó la nariz con tanta fuerza que casi me derribó. El hombre me dijo que qué me traía por el pueblo y le dije que vacaciones pero a él no parecía interesarle demasiado, quizá no entendió qué significa "vacaciones". Estaba casi ciego lo cual le obligó a ponerse unas gafas muy gruesas para poder verme la cara bien, me dijo que mi cara era normal, que todo estaba en orden y que ya me podía ir. No me estaba enterando de nada. Cuando se quitó las gafas me acerqué a una mesa donde se leía un título de libro "El retrato de los muertos", parecía un libro manuscrito. Sin que el viejo se diese cuenta me llevé el libro y me fui deprisa a mi habitación sin mediar palabra con nadie. 

Aquel conjunto de páginas ocre y envejecidas estaba escrito de la misma manera que un libro del medievo, además de estar escrito en castellano antiguo. Por suerte no es difícil de diferenciar del castellano actual por lo que lo pude leer sin muchas dificultades. Al leer los primeros capítulos me di cuenta de que se trataba de un cuaderno de campo y, joder, vaya cuaderno de campo. En él se relataban toda serie de rituales y experimentos para comunicarse con los muertos, el viejo debía ser un brujo o algo raro pensé, o quizá un tipo aún más chalado de lo que parece. Según fui leyendo me di cuenta de que el cuaderno era mucho más antiguo que el anciano y de que no estaba escrito por él, el anciano lo debió haber encontrado y le pareció interesante, tanto como a mí. 
La segunda mitad del libro era más oscura, si cabe, no sólo ya había leído sobre los éxitos de los experimentos tales como comunicarse con difuntos de otras eras, así como atar almas en recipientes especiales o incluso introducirlas en objetos inanimados para que éstas volviesen al plano material de los vivos. Lo que ahora venía fue lo que me perturbó realmente, hasta aquí, como niño que aspiraba entonces a ser forense, el libro  me fascinaba y de hecho mientras lo leía pensaba en cómo hacer yo mismo aquellos experimentos en mi casa en la ciudad. Comenzó un capítulo llamado "Como Llamarlo". 
Me pareció curioso al principio cómo se había escrito "Llamarlo" con mayúscula pero me di cuenta de que fuere lo que fuere siempre era sustituido por un pronombre y una mayúscula. Se afirmaba la existencia de un ser demoníaco, o más bien alejado del bien y el mal, que vivía en el plano onírico, así como las ánimas, el cual podía ser convocado para realizar un trato que pudiere proporcionar un poder descomunal. Yo ya había leído sobre pactos con Satanás y me parecían todos una chufa, un engaño nada sutil y mucho menos convincente, creados para estúpidos desgraciados que querían sentirse importantes haciendo ocultismo barato. Pero esto parecía tan real que daba miedo. Llegué a unas páginas llenas de figuras geométricas de protección contra Él, incluso una manera de que en sueños no pudiera localizarte ni tocarte. Hablaban de un ser de proporciones cósmicas, de poderes inimaginables e incomprensibles para la humanidad. Pasé la noche en vela leyendo aquellas páginas sin detenerme. Me fascinaba y horrorizaba las atrocidades que ese ser podía llegar hacer por capricho, o al menos lo que a la humanidad le parecía un capricho. Cuando llegué a las últimas páginas leí exactamente esto, pues lo traduje y transcribí:

"Mas una cosa no ha de hacerse bajo ningun concepto.
Nunca su nombre ha de ser pronunciado, nunca deberas Decirselo,
nunca Debera saber que lo conoces, nunca Debera recordarlo.
Si tu lo pronuncias, si El lo escucha de ti,
te Encontrara a ti y a tu recipiente de carne y los Hará pedazos junto con tus tierras,
recuerdos, amores, sueños y vidas. La orgía de sangre teñira los mares de tu mundo, ahora condenado al desasosiego y tu, pobre mortal, nunca volveras a vivir en este o ningun otro plano de existencia. Te sera negada tu existencia.
Ten cuidado. Nunca pronuncies su nombre.
Menos en sueños."

El que lo escribía parecía tener miedo mientras lo hacía pues la letra estaba movida y el trazo era tembloroso, hasta encontré el recuerdo de gotas que habían mojado el viejo papel, ¿lágrimas? La última página estaba arrancada. Mejor, así nunca sabré el nombre de Aquello, espero que nadie lo sepa. Espero que el viejo que encontró este libro no lo sepa. O tan sólo espero haber hecho bien quemando aquel manuscrito. 

Historias Irrelevantes

sábado, 24 de agosto de 2013

Samanta

“Quedarse sin palabras”. Es una expresión muy usada en los momentos muy emotivos y es una expresión literal pues el shock de ese momento hace que se te nuble la mente y se te cierre la garganta durante unos instantes. También es algo que ocurre con el miedo intenso, la frustración desmedida o cuando el terror mismo se refleja en nuestros ojos. Un terror que normalmente va más allá del miedo a morir, no es perder la vida lo que nos aterra, el terror que describimos no es racional, no tiene causa, es sencillamente terror. Terror que de sobrevivir a él olvidaremos por nuestro propio bien, que no querremos investigarlo ni preguntarle, preferimos su silencio, misterio y ausencia.

Samanta es carnicera del supermercado de un barrio residencial, en la periferia de la ciudad. Es una mujer blanca, de unos treinta y tantos y un poco rellenita. Es muy dicharachera, sobre todo con los clientes habituales, le encanta su trabajo; tanto le gusta que hace cosa de tres años abrió su propio negocio y le va bastante bien. La carne que vende es de excelente calidad y hace buena competencia a otros supermercados de la zona. Tiene un novio al que ve muy de vez en cuando pues éste tiene que viajar mucho debido a su trabajo pero siempre que puede vive en el apartamento de Samanta, por lo que son tres: Samanta, su novio y el gato que les regaló la madre de él por su quinto aniversario. Viven días tranquilos. Las noches las duermen, al menos dos de los integrantes de la pequeña familia.
Samanta cada noche vigilada por la luna llena sale de casa hacia el almacén de carne. Ella es incapaz de dormir, nunca lo hace cuando la luna mira. Una vez llega se mete en el congelador con los cuerpos desmembrados y despellejados de las reses que cuelgan armónicamente de terribles ganchos. Allí se siente a gusto, el frío la calma y la acoge. Una vez está cómoda, Samanta se sienta con las piernas cruzadas y entra en una especie de trance extraordinario, todo es silencio durante unos minutos, se oye el tintineo de las cadenas y el frío hálito de Samanta apenas hace un ruido. Mira al techo con los ojos completamente en blanco y de su boca asoma una materia roja, rugosa, llena de sus babas. Esta materia comienza a salir de ella desencajando su mandíbula hasta lo imposible: el nacimiento del cabello de Samanta toca su espalda y su barbilla toca sus pechos. Este proceso dura media hora aproximadamente. Una vez acaba la materia de salírsele comienza a derramarse por su cuerpo lentamente, hasta que abandona completamente la boca de la mujer. Ella, unos instantes más tarde, se despierta, levanta la cabeza, se levanta luego ella y con un cuchillo se corta la piel que hace colgar su mandíbula de manera grotesca, después de esta carnicería se junta la mandíbula con el cráneo y ésta encaja a la perfección mientras su piel lentamente se junta como si estuviera hecha de una sustancia líquida muy densa en lugar de carne. Luego coge toda esa materia que ha expulsado y le da forma, la envasa y se vuelve a casa antes de que su novio(si está) despierte.
Al día siguiente tendrá hamburguesas en oferta, una de las principales bazas de su carnicería pues son artesanales y a mucha le gente les gustan estas hamburguesas.

Hay cosas que no se conocen, no se saben y no deberían saberse. ¿Qué es Samanta? ¿Por qué hace eso? ¿Qué relación tiene todo esto? ¿Por qué lo oculta?
¿De verdad podemos saberlo? Por regla general creemos estar preparados para afrontar cualquier verdad pero más de uno que ahora se le califica como loco o lunático te dirá que no, que nadie es capaz de afrontar según qué verdades y que hay secretos que están ocultos porque conocerlos sería de locos.

Testimonios Increíbles

Historias Irrelevantes

viernes, 16 de agosto de 2013

¿Y si no recordases qué has hecho la noche más importante de tu vida?

La oscura lluvia arrecia contra las desoladas calles de una ciudad en la madrugada de noviembre. Llevas un abrigo largo, un paraguas clásico y te estás fumando el tercero de la noche, te da una sensación de satisfacción sin saber por qué, por lo que lo sigues fumando. Estás bajo una farola y no hay nadie más en la calle. No sabes cuánto lleva siendo de noche, no sabes si lo preguntas por ti o por la ciudad. No sabes de dónde has venido o dónde estabas cuando comenzó a llover. Rebuscas en tus bolsillos y encuentras un librito negro, sus tapas son de cuero y parece muy trabajado, ¿la cinta que lleva como separador marcará algo particular o estará puesta al azar? No quieres que se moje, sigues buscando en tus bolsillos.
Encuentras una billetera, no es la tuya, esta es de líneas azules y blancas con tus iniciales bordadas. Parece hecha a mano. La entreabres con la misma mano con que la sujetas, en un primer y obtuso vistazo te asombras al encontrar que lo que lleva dentro es tuyo. Ahora te das cuenta de que el abrigo que llevas no es de tu género, ni tuyo, y por eso te sentías raro con él puesto, sin embargo sientes algo en el pecho, el abrigo tiene un bolsillo interior, no pesa mucho. Guardas la billetera y sacas aquel objeto del bolsillo interior. Es un teléfono móvil pero no es el tuyo, es negro y de alta tecnología, comienza a vibrar y respondes:

-¿Lo hiciste ya? Queda poca noche.

No reconoces la voz, preguntas por su nombre instintivamente y cuelga. La voz no era familiar, con extrañeza guardas el móvil donde lo encontraste. Vuelves a sacar la billetera, necesitas beber algo. Sonríes porque tienes dinero más que suficiente. Entras en el primer bar abierto y pides mientras te diriges a una mesa en una esquina del mismo. Te echas las manos a la cara como queriendo despertar. Te restriegas los ojos y suspiras. Por fin llega lo que pediste, te ha parecido una eternidad aunque hayan sido apenas unos segundos. Sacas el pequeño librito negro y lo abres por la página en la que está el señalador. Son dos caras en blanco, el papel es beige y tiene un tacto áspero pero cómodo, pasas a la anterior hoja y ves escrito abajo a la derecha “¡Hoy por fin llegó el día!”. Pasas unas cuantas páginas atrás y comienzas a leer…:

Necesito recordar esto. Lo anoto para que no se me olvide, siempre es bueno tener anécdotas. No olvides esto tampoco. Se me ha dado permiso para hacerlo, después de todos estos años es un alivio que se me dé esta libertad, pero me pregunto con quién hacerlo.
Te comienza a sudar la frente, bebes un poco más y te miras las manos. No ves nada anormal, tan sólo están un poco blancas, algo casi inapreciable. Suspiras una segunda vez y pasas unas cuantas páginas más.

Creo haber encontrado a quién. Aún no me conoce pero me gusta mucho y es raro que alguien me guste a mí. Sé dónde vive y estoy vigilando su vida cotidiana, pronto sabré dónde puedo encontrar a esta persona en cada momento del día. Aún no sé sus datos personales, pero sí su nombre y sólo escucharlo me hace sonreír.
Miras con nervios el libro que tienes frente a ti, tus ojos no dejan de parpadear y tus cejas comienzan a temblar. Las siguientes páginas son cuadros, horarios en esquemas y reconoces todas las actividades. Son tu rutina, la que sigues cada día. Tus manos tiemblan por lo que se hace difícil leer aún más, tus ojos no quieren seguir haciéndolo pero necesitas saber más. ¿Quién podría resistirse a esto?

Esta noche será la noche, me siento con una energía que creía olvidada. Sé a dónde irá y cómo irnos a mi casa juntos. Coser y cantar, espero que se lo tome bien… he escuchado a muchos que han dejado un desastre tremendo después del acto y no me apetece recoger nada. No tengo nervios, creo que los perdí o los olvidé, pero esto es una oportunidad única en muchas lunas. Por fin.
No comprendes nada, sabes que te ha hecho algo, sabes que algo pasó y que luego lo olvidaste. ¿Tan terrible fue que lo tuviste que remover completamente de tu memoria? ¿Tan horripilante fue que tuviste que escapar con tanta prisa que cogiste su abrigo? ¿Qué? ¿Qué pudo pasar? Es en lo único que piensas. ¿Qué?
Te das cuenta de que apenas llueve ya y de que alguien ha abierto la puerta del bar. Apenas sois tres en aquel lugar contando al tabernero que según ve al nuevo visitante decide meterse en la cocina. Los otros dos se esconden bajo su abrigo. Esa figura se acerca a ti y te dice con una voz muy familiar y muy dulce:

-¿Por fin paraste con tu locura? Dios, de haberlo sabido te hubiera atado, me has hecho correr como nadie lo ha hecho hasta ahora. Mira, ya está hecho, además estabas a punto de suicidarte, ¿por qué no paramos con esta locura, eh? Ya estás muerto de todas formas. ¿Qué diferencia hay?

Tu susto es mayúsculo, apenas puedes articular una palabra sólo alcanzas a preguntar quién es y por qué te dice esas cosas. Tus pensamientos de verse escritos tendrían signos de exclamación y estarían escritos con mayúsculas.

-¿No me digas que lo has olvidado todo?suspira- Ven, dame la mano.

Das tu mano y cuando notas las suya notas una mano extremadamente fría. Te coge el brazo y te remanga, miras tu brazo, hay dos marcas cicatrizadas, como si las hubieran hecho hace mucho, notas que tu piel es pálida, más que nunca. Tus labios comienzan a temblar y miras a esta extraña persona los ojos.


-¿Ya te acuerdas? Bien. Comienza tu condena, este es un mundo frío y oscuro y sé que a ti te encantará. Ven, ven conmigo, pues mi voz será la única que oigas durante mucho tiempo. 


Anónimo
Desde mis sueños hasta tu pantalla
Historias Irrelevantes