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domingo, 16 de agosto de 2015

Error del sistema


Las ciudades son interesantes. Yo no viviría en una pero, oye, aquí estoy. En una azotea, con el frío del invierno y la mañana, mirando a los tipos que se levantan temprano para ir a trabajar. No son pocos, creía que serían pocos. Yo no me acosté, ¿debería ahora? No sé si tengo sueño, tampoco sé cuántas horas llevo despierto. Hmm… No me quedan cigarros.
-¡Eh! ¡Ted! ¿Tienes algún piti?
-¿Ah…? Yes… I think a have a… haha, a piti… Here.
-Gracias, tío.
Y ahí va Ted. Directo al suelo. No ha aguantado. Pobre. Ya sólo quedamos Susana y yo… Los extranjeros. Ya no sé cuánto aguantaré despierto, veo a Ted, Alex y Marian y me dan algo de envidia. Para ellos esto ya ha acabado. No me jodas, no tengo mechero. No creo que a Marian le importe. Los conozco desde hace nada y me da pena que se hayan dormido, nunca te acostarás sin saber algo nuevo dicen. Tengo debilidad por los ingleses raritos muertos. ¿Dónde estás, Susana? Sólo quedamos tú y yo. Solos tú y yo. Podríamos bailar, me encantaría acostarme con ella. Es preciosa, pero no como una rubia despampanante, no, no, tiene esa belleza real y alcanzable, esa que se mide en la mirada y la sonrisa. Bajita, ojos azules, pelo negro y poco más sé, llevó abrigo todo el tiempo.
No me quejo, yo llevo un abrigo largo negro. Mi cuerpo es un misterio incluso para mí ahora mismo. Susana…

Miro a la gente. Encuentro un panadero abriendo su pequeño local, dos carteros que se separan con un abrazo a hacer sus rondas. Un par de autobuses parados y los autobuseros hablando de Dios sabe qué y unos cuantos camiones de mercancías reponiendo a unas tres tiendas repartidas por la zona. Todo está nevado. Echaba de menos la nieve, en mi casa nunca nieva, sólo nos llueve.
-¡Eh!
Un bolazo de nieve.
-¿Susana?
-Te dije que me llamases Su, idiota.
-Está bien. Volveré a empezar. ¿Su?
-¡Hola!
-¿Qué haces aquí? ¿No crees que es peligroso? Podría… dormirte.
-Si sigues hablando lo lograrás. Dame un piti.
-Cógeselos a Ted, lleva la cajetilla en la mano. Ten, fuego.
-Hmmm. Sabe a gloria… ¿a qué te dedicas?
-Soy… Soy violinista en una pequeña orquesta de mi país.
-No, idiota. Aquí. ¿Qué haces?
-¡Ah! Uh. Eh… miro… Miro a la gente pasar. No sé. Tengo algo de nostalgia. Estos tres ya han caído.
-Sí… ya lo veo. John, Teresa y Shiao también.
-¿Estabas con ellos?
-No, con Shiao. Me lo contó ella antes de recibir un balazo en la frente.
-Vaya… pobre.
-Sí, claro. ¿Y qué les has hecho a esos?
-¿Yo? Nada.
-Venga.
-Se durmieron entre ellos.
-¿De verdad?
-¡Vale! Acabé con Ted, pero Ted con los otros dos.
-Ya decía yo.
Hm. Siento el cañón de su arma en mis costillas. Yo sólo no podía con ella, ¿para qué resistirme? Me dormiría. Ella ganaría. Ella viviría. No me importaba, la miro a los ojos y me alegra que viva. Sólo fumaba, sonreía y miraba la ciudad. Mi última vista, no está mal, me gustaría ver las montañas pero no me quejo; esto tampoco está tan mal. Lo único que me estaba matando era la incertidumbre. ¿Cuándo lo haría?
-Verás… ¿por… por qué no podemos vivir los dos?
-¿Qué?
Eso sí que me ha sorprendido.
-¿Por qué sonríes? Te estoy apuntando con un arma, vas a dormirte. Para siempre. No despertarás. ¿Lo entiendes? Nunca más. Dejarás de existir. ¿Por qué sonríes?
-Porque tú seguirás viva.
-¿Eso es todo?
-Eso es todo.
-Estás muy, muy cansado.
¿Yo, cansado? Sí, podría decir que sí. Estoy realmente cansado. Me vendría bien el descanso que había al otro lado de sus dedos. Frío metal pesado. ¿Cuándo disparará? Lo estoy esperando.
-Sí. Estoy cansado. Cansado de correr, cansado de este mundo. ¿Por qué no disparas de una vez?
-¿Qué te cansa del mundo?
-¿Eh?
-Dímelo.
-… por dónde empezar. Que nadie entienda a nadie, mayormente. Creen que lo hacen pero tú les has visto, vemos mejor que ellos. No se entienden, ni se escuchan, ni quieren saber nada de los demás. Son egoístas. No soportan tener a nadie cerca, tienen miedo, y no soportan su realidad. Luchan cada día contra el mundo. Un mundo que creen controlar y comprender. Estoy harto. Si me duermes no volveré a ver al mundo. El mundo me deprime.
-¡Pero, mira a esos dos ancianos! Van cogidos de la mano. Se quieren. Hablas mucho, pero no has visto casi nada. Te niegas a ver porque tienes miedo de que no te guste lo que ves. Eres como ellos.
-No… yo…
-Cállate.
-Bueno.
-¿Qué crees que me pasará? Ya sabes, cuando te… duerma.
-Ni lo sé ni me importa.
-¡Oye!
-¿Qué? Vas a acabar conmigo, no tengo por qué ser amable contigo.
-¿Y si cuando acabe contigo acabo conmigo?
-Entonces serás injusta con ellos.
Señalé a los tres cadáveres que tenía tras de mí. Empezaba a cubrirlos la nieve.
-¿Y si estoy cansada de este mundo?
-¿Entonces por qué te metiste en esto?
-No… ¡No lo sé! Quería estar viva. Quería… ya sabes.
-Sí… lo sé.

-¿Y si nos lanzamos? Los dos. Ahora. Al vacío. 

viernes, 24 de julio de 2015

Ronald Wish, el artista

Hay gente talentosa para cada actividad que se te ocurra, desde gente que domina el arte culinario con una naturalidad pasmosa hasta las personas con un gran talento financiero capaces de ver lo que la razón ni los datos estadísticos son capaces de ver. 
Pero también hay talentos que se olvidan, otros que no se descubren y otros que son negados y rechazados. 
Entra en escena Ronald Wish. Un adolescente irlandés cuya familia emigró a Minnesota cuando apenas tenía cuatro años. Ronald enseguida desarrolló una artesanía y pasión por los cuchillos, pero se le daba horriblemente cortar apios o cebollas para ayudar a su madre a hacer el estofado de los domingos. No, a él se le daba bien trinchar el pavo, cortar filetes y así poco a poco, despiezar cerdos y vacas. Pero Ronald, a pesar de sentirse fluido y natural realizando estas grotescas tareas sentía que algo faltaba. Que no era del todo feliz, que esa no era su pasión verdadera. 
Pronto alcanzó fama en su colegio por ser el hijo del carnicero. Muchos chavales se metían con él, por eso y por ser el niño irlandés del condado. Hasta que un día, Ronald, harto de las burlas, se llevó una pequeña navaja suiza que guardaba su padre en la caja de herramientas y el siguiente niño que le hizo burla sufrió una muerte tan horrible y tan sangrienta que nadie era capaz de señalar al pequeño Ronald por ello. Era demasiado violenta para que un niño pudiese haber hecho algo así. La víctima había sido reducida a sus extremidades y se había colgado cada una del extremo de las ramas de un árbol seco, mientras que los intestinos habían sido usados para rodear el árbol como una cinta de navidad. Y en lo alto del árbol se encontraba la cabeza del pobre niño que se había cruzado con el superdotado equivocado. Un superdotado del arte de matar. 
A partir de aquí Ronald entró en una espiral depresiva que le atormentaría por el resto de su vida. Le dieron varias crisis nerviosas y nadie en el pueblo sabía qué hacer con él. Seguía trinchando el pavo y seguía despiezando a los animales para su padre, pero ahora que había probado el placer del asesinato, la adrenalina de lo prohibido, la mirada de terror de su víctima, el sudor frío... Despiezar animales le sabía a tan poco. Debía volver a matar pero sin llamar ninguna clase de atención. Aprovechó una noche de fiestas en la que todo el pueblo estaba de fiestas para secuestrar y dormir a un pobre mendigo y llevarlo hasta una caseta abandonada a las afueras de uno de los campos de trigo del condado. Era invierno por lo que nadie siquiera pasaría a recoger los pequeños brotes de trigo nevado. Se aseguró de que el mendigo le durase no días, ¡semanas! ¡A saber cuándo sería la siguiente vez que podría asesinar tan libremente a alguien! Debía saborearlo. No era como pintar o esculpir, no, aquí sólo tenía una única oportunidad con su lienzo, era artista y trabajaba con la materia prima más cara del mundo: la vida. Decir que el pobre mendigo sufrió una muerte agónica es quedarse corto. 

Para suerte de la sociedad y desgracia de Ronald, fue atrapado una de las últimas noches que tenía pensado ir al cobertizo. El mendigo sobrevivía a base de drogas e inyecciones de adrenalina, por lo que falleció mucho antes de poder llegar a cualquier hospital. Ronald seguía siendo menor pero aún así le cayeron varias décadas de cárcel y desde entonces hasta hoy sigue allí. Un artista incomprendido, un monstruo para nosotros, ¿deberíamos castigar a aquellos que siguen su propia naturaleza si esta nos daña? Eso se lo dejo a ustedes. 
Tengan una buena noche. Y cuidado, nunca se sabe quién acecha en las sombras siguiendo algún oscuro deseo.

jueves, 16 de julio de 2015

Un farolillo iluminaba el sótano


-Vaya, por fin te despiertas. Me ha costado más de lo que crees conservar tu vida, pero descuida… ya estás a salvo. De momento, al menos, no sé... No sé hasta cuando la verdad. Ay, no, no te molestes en hablar, te he… bueno, no te alarmes, ¿vale? Te he… uf, qué subidón. Ay. Te he cosido la boca. Sí, ya sé, “qué típico”, ¿no? Podría haber hecho mil cosas o cortarte la lengua o ponerte un calcetín o… ¡yo qué sé! Podría haberte arrancado las cuerdas vocales y ponérmelas en mi violín, ¡uf! ¡Qué loco! Esa me la apunto. ¿No? No, ¿verdad? Muy gore. Sssh. Sssssshhh. Tranquilo, todo va a ir bien. De verdad que sí. Pero es que no te puedo atar en el sótano y tenerte aquí gritando toda la noche, ¿sabes? Las cosas con calma, ¿vale? Bien. Espera un segundo, enseguida vengo.


-¡Hola! Me he traído la cámara. Es la primera vez que hago esto sola y quería tenerlo. Como recuerdo, ¿sabes? Esto es… ¡ay! Esto es genial. ¡Oh! ¡Venga! ¿A qué viene esa cara? No soy mala gente, no te voy a hacer nada malo, de verdad. Mira, me voy a sentar encima de ti, cada una de mis piernas se va a ir para un lado… sí, mira, así… y me voy a acercar a susurrarte algo al oído, ¿te gusta que te susurre así? ¿Eh? ¿Te encanta? A mí me encantas tú, chico… ¡¿Ves?! Te has animado. ¡Los hombres sois mucho más entretenidos que nosotras! La última vez mi antiguo señor y yo lo hicimos con una punky que vivía tres calles más allá y joder, chico, llorar y llorar y llorar. Qué coñazo de tía, ¿no te parece? Pero tú eres tan… servicial, ¿mm? Sí. Me encantas. ¡Te has vuelto a asustar! ¡Si sólo es un cuchillo! Si lo que buscas es que te haga una mamada vas listo. Ay. En fin… Vamos a empezar, ¿vale? ¡Deja de dar esos botes! ¡Ay! ¡Espera! ¡Eso es que te has animado, ¿no?! ¿No? No… Eso es que estás cagado. Espera… no te habrás cagado de verdad, a que no… ¿no? No me gusta cuando os cagáis, es un verdadero coñazo. Lo digo en serio, todo se vuelve mucho más… tedioso, ¡y cochino! ¡Bueno! Vamos a empezar, primero un pinchacito de nada, déjame el resto a mí, ¿vale?


-¡Pues ya está! Ahora me ves al revés, ¿no es divertido? ¡Te he colgado de los pies! ¡Eh! ¡Manos quietas o te las corto! Y yo que te las dejo sin atar como gesto de buena voluntad. No me decepciones que te mato. ¡Es una broma, tonto! ¡Cómo te voy a matar si te necesito vivo! Vale, ¿ves este cuchillo? ¿Sí? ¡Ay! ¡Para de agitarte por todo! ¿Lo ves? Vale, pues deja de mirarlo, ¿quieres? Te pondrás más nervioso. Primero un cortecito aquí…
-MMMMMMMMM.
-Que te calles, chico. Te lo has ganado. Te ataré las manos. Casi me llenas el pelo de sangre y no veas lo difícil que es que eso salga. A ver, así, ¡hmpf! Ya está. ¿Mejor? No, ¿verdad? Te lo has buscado tú solito, señorito. ¡Yo que intentaba hacer esto de la manera más agradable! Verás, mira, me voy a sentar. Yo tengo cierta… necesidad, dejémoslo ahí, y lo que necesito lo tienes tú dentro, sí, tú. Seleccionamos a alguien que tenga eso que tú tienes dentro y lo traemos aquí para sacárselo, y siempre escogemos a los más… como tú, ¿entiendes? ¿No? Me he explicado horriblemente mal. ¡No me juzgues! Es difícil, estas cosas son esa clase de cosas que no se comparten con desconocidos, ¿sabes?
-MMMMMMM.
-Ya, ya, que tú no eres un desconocido, que hemos compartido mucho tú y yo y todo eso, pero… no es lo mismo. No estoy cómoda contigo. Imagino que tú menos, claro, pero, ¡¿de qué te quejas?! Si te hemos escogido a ti es porque te ibas a suicidar igual. Chico, todo el mundo te odiaba y no querías seguir viviendo. Que si estabas solo, que si no te comprendían, que si muerto todo el mundo apreciaría lo que se pierde y bla-bla-blá. Mira… ¿hm? No te gusta que te hable de estas cosas con el cuchillo en la mano, ¿no? Era de suponer. A ver, chico, nosotros necesitamos tu vida y tú no la quieres más, ¿cierto? Pues así estás ayudando, ¿no lo ves?
-MMMMMM.
-No, claro, sólo te sentías fatal pero esta “experiencia cercana a la muerte” te ha abierto los ojos y ahora aprecias la vida y harás todo diferente. Ahora que sabes el valor de la vida, recuerdas cada cielo de la mañana como un regalo, las depresiones como sorprendentes tormentas llenas de vida que grita, ves… cada canto de pájaro como un milagro, cada desayuno era un banquete y cada abrazo un momento mágico lleno de amor y alegría, ¿no?
-¡MMMM!
-Sí. ¡Qué bonita es la vida! ¿A que sí?




-Pues es tarde, chico. Es muy tarde. 

lunes, 8 de junio de 2015

Entrevista a Esteban.


-Em... buenos días, señor Ramírez, ¿cierto? ¿Esteban Ramírez?
-Sí, así es.
-Bien. Bueno, ¿sabe por qué está aquí?
-No estoy del todo seguro, si le soy sincero.
-No lo sabe... Hm... Vale, bien, bien. Hábleme un poco de usted.
-Soy... Esteban Ramírez, nací y crecí en un pequeño pueblo de Madrid y a los veintiocho me mudé a la capital para buscarme un poco la vida.
-¿Cuántos años tiene?
-Cuarenta y seis.
-Cuarenta y seis... bien. ¿Cómo se ganó la vida?
-Al principio fui recadero.
-¿Recadero?
-Sí, recadero. Mensajero. Me pagaban por entregar recados y mensajes.
-¿Entre quienes?
-Entre quien lo necesitase.
-Ahá, bien. Hábleme de sus jefes habituales.
-Querían que pasase droga. ¿Eso era lo que quería oír? Pasaba droga. Era recadero de coca y caballo mayormente. Y no le pienso decir ningún nombre.
-¿Por qué lo hacía?
-Pagaban bien y no hacía daño a nadie.
-¿No hacía daño a nadie?
-No directamente.
-¿Por qué le importaba no hacer daño a nadie?
-Porque no me gusta hacer daño a nadie.
-Ya... bueno, ¿hay alguna otra razón?
-No.
-Entonces déjame contarte una historia, Esteban. Un chico de veinti-pocos descubre una casa abandonada en mitad del campo y la ve como un lugar perfecto para estar alejado de su familia, del ruido, de la vida. Se siente incomprendido y siente que no puede cumplir sus sueños. ¿Tú con qué sueñas, Esteban?
-Con nada.
-¿Ni pesadillas?
-Ni pesadillas.
-¿No recuerdas sus caras? ¿Ni los gritos? Ah, no, se me olvidaba. Les tapaste la boca con cinta americana. No pudieron gritar.
-Cállese.
-No, Esteban. Esas niñas tenían toda la vida por delante.
-¿Era por eso? ¿Por eso estoy aquí? No joda, ¿quiere? Eso pasó hace más de veinte años.
-¿Por qué lo hizo?
-Usted ya lo ha dicho.
-Señor Ramírez...
-¡No me venga con gilipolleces! ¿Qué coño se cree?
-Y un monstruo es monstruo para siempre, ¿no?
-No tengo la culpa de ser quien soy.
-Pero sí de sus decisiones y acciones.
-¿Por qué culpa al viento de soplar?
-Hay una diferencia, señor Ramírez. El viento no le hace eso a dos niñas.
-¿Quiere que me enfade de verdad? ¿De verdad lo quiere?
-Quiero que sienta la culpa de sus acciones. Quiero que se mire al espejo y vea en qué se ha convertido.
-¡¿Te crees que no lo sé?! ¡¿Acaso crees que elegí ser lo que soy?! No, señor, no. Eres un gilipollas con miedo. Mucho miedo. ¡Apestas a miedo!
-...
-Tienes miedo a encontrar una verdad que no puedes comprender.
-Señor Ramírez, tranquilícese.
-Sí, señor, aquí todos nos vamos a tranquilizar, ya lo creo que sí.

...


martes, 15 de abril de 2014

El Viejo Tuercas

Me contó un amigo que cuando eramos pequeños muchas veces nos perseguía el Viejo Tuercas. Nunca supe muy bien qué era exactamente el Viejo Tuercas. Mi amigo siempre me contaba cosas horribles, el Viejo Tuercas raptaba niños para fabricar tuercas con sus huesos y cosas similares, no sé, los niños dicen cualquier cosa de mutilar y trocear y ya imaginan a Satanás hecho en vida. 
Vale, te contaré más del Viejo Tuercas. A ver, por lo que fuimos sabiendo con el tiempo, el Viejo Tuerca no era humano, quizá no del todo, era mecánico pero de una manera peculiar. No era el hombre metálico por excelencia, sus piezas estaban hechas de hueso. Hueso humano. Mi amigo nunca llegó a revelarme cómo hacía esas piezas, me imagino que hacía una amalgama fundida con algún otro material y mediante moldes se fabricaba sus propias piezas. Sé que tenía un cerebro y un corazón humano, de hecho el corazón lo llevaba al descubierto. Sus ojos eran brillantes y aterradores y su sonrisa era atemorizante. Ver al Viejo Tuercas te quitaba el hambre, eso seguro. 
¿Qué? Ah, sí. Sí, nos perseguía, además no era difícil de ver. Iba en bici, lo cual no era normal, y más insólito aún es que llevaba un abrigo largo, uno de estos horteras y típicos de cazatormentas. El viento le mecía el abrigo hacía atrás y de lado, montado en aquella vieja bicicleta, era una figura la verdad que bastante cómica. ¿Eh? Sí, sí lo vi. Varias veces incluso. Pero sólo muy de vez en cuando y por el rabillo del ojo, una visión fugaz. Siempre era un destello. Era como un depredador acechando. Menos una vez. 
Ehm, sí, pasó que, a ver cómo lo explico. Mi amigo y yo nos tomamos los del Viejo Tuercas muy en serio, todos los niños del barrio lo hacían a pesar de que ninguno había muerto ni nada parecido, como es normal. Pero nosotros quisimos desmentirlo, ya desde pequeños teníamos madera de periodistas, mi padre lo decía, que eso se lleva en la sangre... Ah, sí, me desvío. El caso es que nos metimos de lleno a investigar sobre el Viejo Tuercas y acabamos viendo un patrón en sus movimientos acorde con los avistamientos proporcionados por los niños de la zona. Entonces lo vimos y lo seguimos hasta una zona alejada del pueblo. Sí, claro, ahora sí que pienso que fue una medida un tanto precipitada pero qué vas a hacerle, quiero decir, un niño se ve capaz de comerse el mundo, un asesino no le da miedo si se siente preparado para enfrentarse a él. 
La cosa es que llegamos a una casa abandonada en las afueras, sin cristales, medio derruida y con graffitis por todas las paredes. Estaba atardeciendo por lo que nos apresuramos. Vimos que se encendían unas luces dentro y nos cagamos de miedo pero mi amigo me sujetó, no quería que me perdiera esto. Acto seguido vimos salir al Viejo Tuercas con una vela en un platito de cobre. Oh sí, sí que me acuerdo de aquel cabrón, su cabeza era una directamente una calavera pero algo extraña, tenía partes de cráneos de vaca, y su figura era espeluznante, encorvada y retorcida. Levantó la vela y creo que nos vio pero pasó de nosotros. Mi amigo corrió tras él y lo tiró al suelo. Yo me fui corriendo con los pantalones mojados. 
-Me encendí un cigarro y tragué un poco más de aquel whisky barato-
No me siento orgulloso, la verdad. Pero, ¿qué voy a hacer? Años más tarde me diagnosticaron esquizofrenia porque nadie recordaba a mi amigo, ni siquiera sus padres, decían que nunca habían tenido un hijo y claro, era yo el loco que había imaginado a un chaval durante toda su infancia al igual que toda la historia del Viejo Tuercas porque cuando llegaron a la casa abandonada no había nada, nada salvo un par de litronas vacías. Y... yo qué quieres que te diga...

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viernes, 9 de agosto de 2013

Siempre hay tiempo para el café

Hay salones oscuros. Salones de negro y rojo, formas en espiral, ruinas góticas intactas, lugares tenebrosos, lugares de pesadilla. Se escuchan las últimas suplicas de alguien que alentado por el miedo maldice por su vida. ¿Qué será de él ahora que su vida no pende de los hilos de sus manos? Él conocía el final, no a sus verdugos, pero sí que de aquella noche no pasaría. No se puede huir de algo así, no de gente como ellos. ¿Gente? No sé si es la palabra más adecuada para describir a dos monstruos como ellos. Asesinos, macabros, lúgubres, mercenarios de sí mismos. Cargan con sus responsabilidades. Las cumplen. Y se van. 

La mañana de esa misma noche están desayunando en una cafetería del centro, corre la brisa, acaban de abrir, ellos no han dormido y necesitan un café. Apenas se ve el sol en el horizonte y en plena ciudad mucho menos, los bosques de edificios lo nublan todo pero una luz tímida se adentra suavemente sobre todos los distritos. La cafetería, modesta y coqueta, sirve un café que sienta de maravilla; calentito, amargo y terriblemente adictivo si se sirve en una bonita taza. Ella además pidió algo de bollería para llenar el estómago. 
-No puedo creer que no comas nada, ha sido una nochecita larga, ¿no crees?
-Peores he tenido. 
Él miró hacia un lado como buscando algo, o a alguien. Le gustaba hacerlo, miraba a todo el mundo, a todos los rincones, parecía como si llevase buscando algo desde siempre. 
-¿Peores, eh? Sí, claro, yo también. En una fiesta de la facultad acabé despertándome en una habitación con tres hombres desnudos y demasiado dolor de cabeza como para asustarme demasiado. No te lo recomiendo.
-¿Acostarme con tres hombres?
-¡No, idiota! Despertarte en una habitación con resaca y tres hombres. Los ronquidos eran como patadas en el cerebro y olía a infierno. 
-¿A incienso?
-¿Empalmar te pone gracioso?
Él no respondió y siguió mirando al resto de la calle. Era verano, estaban en la calle, terraza de la cafetería, pero ese frío mañanero seguía siendo capaz de helar los huesos. Se acarició un poco la perilla.
-¿Qué piensas, tío?
-En nada particular.
-En serio, siempre que miras así estás maquinando algo.
-¿Alguna vez te has preguntado por qué hacemos esto?
-"Porque alguien lo tiene que hacer y todos están demasiado dormidos como para hacerlo", ¿no? Eso me contestaste tú la primera vez.
-Ya...
Ella no comprendía qué le pasaba, resulta ser de esas personas que nunca acabas de conocer, quizá por eso le atrajera tanto. No le gustaba la última página de los libros. 
Pagaron su cuenta y se fueron caminando hasta donde tenían el coche, estaba a unos cuantos minutos pero no les importó demasiado. Las mañanas tempranas de verano son preciosas. Cuando llegaron no les apetecía irse, aún era pronto, podían estar un rato más allí. Parecía magia. Ella se sentó en el capó a ver las nubes y él entró dentro y se puso a escribir en su cuaderno de notas. A veces en un silencio se disfruta más que en una conversación aunque cueste creerlo. 
Cuando partieron eran casi las diez de la mañana y necesitaban dormir profundamente. El hombre del vestíbulo de aquel hotel de tres estrellas les indicó su habitación y le dijeron que no les despertase para comer. 
-Por las pintas y por dormir a estas horas no sé si son fiesteros o vampiros -le dijo el hombre a su compañero. Era un hotel normalillo, pero tenía un pequeño bar al lado bastante concurrido y más de una noche tenían parejas demasiado borrachas como para esperar a llegar a casa.
Cuando ella se despertó vio que él estaba encima de su cama escribiendo y con sus gafas de leer. Se incorporó lentamente arañándose los ojos. Bostezó como creyó nunca hacerlo, aunque no estaba segura, nadie se acuerda de sus bostezos. 
-No sabía que alguien como tú usaba gafas.
-¿Y por qué alguien como yo no usa gafas?
-Déjalo. ¿Qué escribes?
-Notas de nuestro último encuentro.
-Ajá... ¿qué coño te pasa?
-No sé a qué te refieres.
-¡Sí que lo sabes! Actúas raro, miras raro, hablas raro. Más raro de lo habitual, te pasa algo, cabrón. 
-Te juro que no sé a qué te refieres y por cierto se te ha corrido el maquillaje. 
Ella refunfuñó, se levantó en ropa interior y se deslizó hacia el baño. Se miró los ojos, rojos de sangre palpitante y mal descanso, ojeras largas y expresión de ruina. Asomó su cabeza por el baño:
-¿Te apetece hacerlo?
-Hoy no.
Se dio un baño. 

Anónimo
Desde mis sueños hasta tu pantalla
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