sábado, 25 de noviembre de 2017

La chica de debajo del puente



Aquel día comenzó a llover, no era normal que lloviese pero me alegré de poder pasar la tarde a cubierto. Me puse un chubasquero y fui a su escondite. A las afueras del pueblo hay un pequeño arroyo que en las estaciones de lluvia desborda su caudal, por lo que hace siglos se construyó un puente de piedra para poder atravesarlo.
En otoño ese arroyo apenas es un pequeño torrente y suelo juntarme con mi amiga debajo de ese puente. Todo está lleno de hojarasca y está silencioso. Es lo bueno de los pueblos, apenas hay nadie en las afueras. Sólo hay campo, bosques y silencio.
Bajar no siempre es fácil, menos con lluvias, casi me caigo al resbalarme. Pero está bien, no pasa nada. Por un momento ella, al escuchar el ruido, se acerca, me confunde con comida, pero sabe que no soy comida. Mi amiga tiene la apariencia de una chica asiática muy joven e inocente, parece incluso vulnerable, aunque no se le dan bien los disfraces y realmente cuanto más mires a sus ojos más te darás cuenta de su inquietante mirada.
Según me ve se esconde, no le gusta estar a la luz, es insegura, no le gusta ser vista. De hecho, si no tuviera que comer, nadie sería capaz de encontrarla. Corre más que tú y sabe esconderse en toda clase de lugares.
Mis pasos hacen ruido al pisar las hojas secas, los suyos no. A veces me pregunto de qué estará hecha, pero no me lo pregunto demasiadas veces. Sé que es ligera. Sé que no se fía de casi nadie. Sé que es culpable de montones de leyendas. Sé que es posible que coma. Pero me gusta confiar en su falsa sonrisa.
Me siento bajo el puente y veo su rostro al revés, ella está tumbada en el techo del puente, mirándome fijamente. Me da un libro y comienzo a leer. Le gusta escucharme leer. Le gusta aprender. En ocasiones habla, nunca más de una palabra por vez. Podría decir que incluso por día pero no me atrevo a afirmarlo. Este día fue uno de los días en los que dijo una palabra.
Pero antes cerré el libro, encendí un cigarro, bajó de su techo y se me sentó encima. Seguía siendo ligera como un trozo de seda. Se acurrucó en mi pecho sin quitarme la vista de encima. Su siempre sonrisa dejó de inquietarme hace meses. Tampoco es que nos conozcamos desde hace tanto.
–¿Crees que soy tu amigo porque no tengo a nadie más? ¿O quizá es que sólo puedo confiar en aquello que es tal y como es? Aquellas cosas sencillas. Sé que este no es tu aspecto real pero eso se ve con sólo mirarte un rato, no engañas a nadie.
Me clavó las uñas un poco. Yo me reí.
–Vale, vale. Quizá es porque tú me aceptaste tal y como soy. Aunque no te guste nada de mí. Ni mi sabor. Aún así... te alegra cuando vengo. ¿Cómo eres así? Eres la persona más amable que conozco. Y aún así eres un misterio. Uno que jamás querría resolver. Me gustas aunque me des miedo, aunque nunca sepa qué eres o qué forma tienes.
Estas conversaciones eran normales en nosotros. Es estar con ella y me vuelvo tan vulnerable que sólo me sale ser sincero.
–Me incomodas. Mirarte a los ojos me da tanto miedo como... como bien me hace. Eres imposible, eres irreal, eres única y eres un monstruo. Eres la cosa más terrible que jamás he conocido pero no puedo imaginarme sin ti. ¿Por qué me acoges? Sólo no huí de ti. Sólo me quedé quieto aquel invierno. No sé qué esperaba, la verdad.
Se abrazó a mí, lenta pero tiernamente. Creo que soy el único cuerpo que disfruta abrazar. No dejaba de mirarme directamente a los ojos, nunca dejaba de mirarme directamente a los ojos. Yo miraba al cielo nublado y a la lluvia.
–Al principio esperaba que algún día se te cayera la máscara, que me mostrases tu verdadero rostro. Sentir que estás aquí, conmigo. Supongo... supongo que no era capaz de ver la realidad. Eres así.
Ella es terrorífica. Mirarla me sigue estremeciendo. Pero ahora, después del miedo, cuando miro directamente en sus negras pupilas, nace una ternura implacable. Ojalá ella sea capaz de verme. De verme tal y como soy. Tengo miedo de que me abrace porque no conozca a nadie más. Me aterra pensar que cualquier persona que se atreva a conocerla será mejor que yo. Es un pánico egoísta y feo que soy incapaz de esquivar. Quizá... quizá he logrado que este monstruo me importe tanto porque tengo la seguridad de que nadie más querrá estar con ella. Soy... yo el que no es capaz de verla. El que no es capaz de dejar atrás sus miedos y sus inseguridades. Soy yo el que no es capaz de aceptarla por lo que es y confiar en sus emociones. Soy yo el...
–Sonrío.

Miro a sus ojos. Los encuentro clavados frente a los míos. Esa palabra ha borrado por completo mis pensamientos. ¿Qué fue eso? Sonrío. No dejo de escucharlo. Sonrío, sonrío, sonrío, sonrío. Sonríe. Ella sonríe. ¿Lo hice yo? Acabo de caer. Estoy boquiabierto, mirándola, totalmente atascado en esta emoción tan cálida. ¿Qué pensará ella? ¿Cómo piensa ella? No. Esas no son las preguntas. Y la verdad, no hay pregunta. Eso es.
No hay pregunta.
Mis brazos la rodean, fuerte, suaves. Junto mi cabeza con la suya. Comienzo a llorar. Ella se separa. Me mira de frente. Veo sus ojos inmóviles examinándome. Su sonrisa implacable no me asusta. Su mano limpia mis lágrimas. Gira su rostro noventa grados. Me mira. Me mira. Mira mi cara retorcida por el sollozo, moqueando y sin ser capaz de parar el llanto digo lo único que se me ocurre.
–Sonrío.

Aquel día fue un día más. Pero lo recuerdo con cariño. Ojalá tuviera alguna foto de ella, pero no sale en las fotografías. En parte me gusta porque así sólo yo puedo recordarla, aún no conozco a nadie que haya logrado verla y sobrevivir. La gente del pueblo comenzó, con el tiempo, a llamarme el hombre pez porque iba mucho al río a por agua. Sigo yendo a visitar a mi amiga siempre que puedo. Creo que esa es mi vida. No imagino otra. Para bien y para mal.

–Historias Irrelevantes







miércoles, 8 de noviembre de 2017

Gato, carcamal, aspiradora

El piso siempre huele a viejo y el viejo no lo huele. La vieja a veces echa ese producto químico tan horripilante para remediarlo pero sólo hace que el piso huela a viejo y a producto químico horripilante. Por eso a veces me cuelo en casa de los vecinos. Piensan que soy su amigo cuando en realidad sólo estoy huyendo de casa, hasta que los viejos se dan cuenta. 

Hacen multitud de cosas que no entiendo. Por ejemplo, se sacan los dientes de la boca para cepillarlos como se cepillan los zapatos. También meten su comida en montones de cajas: unas grandes y relucientes, hay una que se iluminan con una luz naranja cuando la cierran y otra que está helada. Odian toda la comida que les traigo, siempre la meten en bolsas de plástico moradas y las arrojan a un cubo. El cubo luego se lo lleva un camión grande del que cuelgan un par de personas. 
Tampoco entiendo que para dormir se ponen en un alto porque temen que en el suelo haya serpientes cuando ya les he dicho hasta la saciedad que en el piso no hay serpientes. Al menos no de las que te pueden matar. Se cubren como si fueran topos porque carecen de vello corporal. Pensé que sólo eran los viejos del piso los que carecían de pelo pero la vecina es más joven y la he visto quitándoselo. Es como si quisieran ser patéticos y ridículos a propósito. Por ejemplo utilizan palos muy largos y muy duros para ayudarse al caminar sobre dos patas porque nunca aprendieron a caminar con cuatro.
Una cosa que me fascina es que son capaces de estar horas sentados, atrofiándose, mientras ven una ventana en la que salen otras personas hablándoles. Deben sentirse muy solos para no bastarse con su compañía. 

Me dan comida, me la ponen a mi altura mientras se comen la suya a la su altura. No les gusta mezclarse conmigo. No les gusta que deje mis pelos por el piso, por eso igual perdieron su pelo, para no dejarlo por ahí. Tampoco les gusta que juegue con sus cosas pero tampoco tengo mías. Creo que perdieron sus garras para no estropear nada de lo que tocan. Se volvieron débiles y suaves para no molestarse, para no tocarse. O para tocarse demasiado. No les entiendo. 

A veces me quedo mirándoles. Muy fijamente. Tratando de discernir qué son, por qué son así. Pero no logro llegar a ningún lado. Es entonces cuando se dan cuenta de que estoy mirándoles y lo interpretan como un reclamo de atención, como si les necesitara para algo. Viejos. No me iré de su lado, esa es mi casa, claro. Pero joder, viejos. Sois muy raros para no ser gatos.


–Historias de tres palabras

Triángulo, ruido, charco

Nos perdimos hace mucho entre estas calles, estos lugares. Tampoco es que echemos de menos los sitios de los que venimos. Nos gusta juntarnos alrededor de las hogueras de los parias y extraños. Quizá es que seamos parias y extraños.
Por entre los callejones vemos a los inconscientes caminar y vagar por entre sus vidas. Es el pasatiempo del día mientras esperamos a la noche. Cuando el cielo cae oscuro sobre la ciudad nos movemos, nos ganamos la vida. Quizá encapuchados, quizá con chubasqueros. Quizá con abrigos largos. Un niño y una niña, no sé cómo acabamos aquí ni si acabaremos aquí. Sólo hacemos lo que podemos, nos pintamos un bigote y nos ponemos un sombrero. A veces somos un señor alto y a veces somos dos señores bajitos. A veces llueve y bailamos, las luces que se reflejan empapadas nos acogen mejor que los brazos de los extraños.
No pedimos, nos dijeron papá y mamá hace mucho que no lo hiciéramos. Pero a veces hace frío y pedimos mantas. Si no nos las dan las cogeremos igual. Nuestros gritos se pierden entre la muchedumbre y nadie mira hacia abajo, no hacia tan abajo.
Por eso podemos escondernos.

–Hermanito, ¿a dónde iremos?
Me dice ella a veces. Yo siempre le digo que no lo sé, que ya lo veremos. Que quizá hoy podamos comer pizza y que quizá hoy esté caliente.
–Hermanita, tengo hambre, ¿qué podemos comer?
Me dice él a veces. Yo siempre le digo que ya encontraré algo, que no se quedará con hambre. Que quizá encontremos un lugar seco donde dormir esa noche.

Tenemos ojeras tan largas que pasamos fácilmente por señores bajitos. Por eso no hay que preocuparse. Ni porque nos vaya a pasar nada, nos escabullimos fácilmente. Pero a veces es solitario, incluso cuando estamos juntos. Creo que nunca hemos estado sin el otro, no desde que nos perdimos entre aceras y asfaltos, tejados de chapa y soportales.
Nos gusta ver los anuncios de las tiendas, son como ver la tele pero gratis y en la calle. Este invierno creo que haremos algo.
–¿Qué haremos, hermanita?
Me dice a veces.
–¿Qué haremos, hermanito?
Me dice a veces.
Nos da miedo ir a un orfanato. Porque nos han dicho que nos separarán. No queremos perder a lo único que tenemos. Pero no podemos pasar otro invierno solos. Claro. Nos moriremos de frío. Así que caminaremos, caminaremos juntos, cogidos de la mano. Diremos que estamos unidos de las manos y que no se pueden separar. Que no. Que lo hemos intentado. Que no mentimos. No nos soltaremos jamás. Será nuestro secreto y así podremos no abandonarnos.
Porque somos lo único que tenemos. No queremos tener menos. No.


–Historias de tres palabras

Pecera Macabra Altibajo


Es tarde. Ya me he acostado como me dijo mi madre que hiciera. Me he lavado los dientes, claro. Hasta puse yo solita la lucecilla que hace que los monstruos no vengan a mi habitación mientras duermo. No se les puede quitar el ojo de encima a esos monstruos. Últimamente creo que como los monstruos no pueden venir a mi habitación tienen que ir a otro sitio. Ese otro sitio podría ser el desván que tengo encima de mi habitación. Siento como si escuchase sus terribles pasos, pasos de pezuñas, de garras, de pies peludos. Tengo miedo.
Como tengo miedo me abrazo a mi peluche. Y se me ocurre una idea. Robo el alargador del salón, enchufo mi lucecita antimonstruos y subo al desván. Tengo que echar a los monstruos del desván también. ¿Por qué vienen a mi casa? ¿Por qué no pueden ir a casa de la niña esa tonta de mi clase? ¿Quién querría comerme? Mi padre es mucho más grande que yo, seguro que alimenta más.
Subo al desván, paso a paso. Poco a poco. Entre las sombras de las cajas viejas les veo correr, corren de escondite en escondite, aterrados. Sé que están aterrados porque no hacen eso de posar con sus garras y asustarme.

–¡Salid! ¡Quiero echaros la bronca!

Les digo. Poco a poco veo cómo se asoman. Uno tras otro. Son seis en total, quizá haya un séptimo chiquitito escondido todavía. Apenas les veo porque si les apunto con la luz se desvanecerán. Pero veo la punta de los dedos de sus pies. Monstruos feos.

–Dejad de venir a mi casa. Por favor. Estoy harta. Todas las noches la misma historia. Me dais miedo y entonces no duermo y si no duermo mamá me regaña. Me dais mucho miedo, así que largo, jolines.

No veo que ninguno se mueva. Están aterrados, ¿de mí?

–¿Os doy miedo?

Entre las sombras y la oscuridad se escabulle un susurro, me envuelve de escalofríos como una manta de las que pican.

–Sí...

–Pero entonces, ¿qué hacéis aquí? ¿No estáis aquí porque me queréis comer?
–No...
–¡¿Me queréis matar?!
–No...
–¿Qué me queréis hacer?
–Estar.
–¿Estar?
–Estar.
–No me fío de vosotros, ¡monstruos! ¡Sois pesadillas! ¡Sois terroríficos! ¡Sois el mal! Por eso os escondéis, para acecharnos. Para comernos. Y como os tenemos que vigilar no logramos dormir, ni mi peluche ni yo.
–Mal... entendido.
–Sí...
–Sentimos... mucho...
Dijeron. Están muy asustados y tristes. Como si fuesen a quedarse sin cenar o sin postre.
–Si os dejo tranquilos, ¿me prometéis que os iréis?
–No... queremos... eso...
–Irnos... no.
–No podemos...
–Entonces os destruiré con mi luz antimonstruos.
–No... no...
–Tú... buena...
–Por eso... querer.
–Queremos... estar...
–Estar... estar...
–Otros... malos...
–Tú... buena...
–¿Queréis ser mis amigos?
–Sí...
–Sí...
–Pero luz...
–Luz... mala...
–Día... dormir...
–Noche... estar...

Volví a mi habitación, dejando a los monstruos en el desván. No enchufé la lucecita antimonstruos y me metí en la cama. Me he tapado hasta arriba por si acaso. Espero que sean buenos y no me coman.



–Historias de tres palabras

jueves, 21 de septiembre de 2017

El viejo y la estrella

La estrella había bajado hasta la puerta del viejo. Quería increparle. Quería saber por qué la casa del viejo brillaba ahora tanto. Y el viejo se adelantó a la estrella.

–Ohm. Hola. Supongo que has venido por el brillo, ¿eh?

El viejo cerró la puerta tras de sí para hablar en el jardín con la estrella. La estrella no tuvo que decir ni una palabra, nunca hablaba. El viejo se encendió un cigarro.

–He estado años... ¡décadas! En este jardín. Cada noche. En este mundo sin estrellas, de cielo oscuro y eterno... pero... una vez o dos o tres cada años tú aparecías. Tú, con tu incansable brillo, tu resplandor maravilloso en mitad de la noche aparecías. Te gustaba que estuviera ahí para verte. Sé que muchas veces brillaste solo para mí. Sé que sabes que he sonreído muchísimo contigo.

Le dio otra calada al cigarro. Miraba al suelo, distraído, casi hablando consigo mismo que con la estrella.

–Cada año bajabas una vez o dos tres. ¿Sabes qué pasaba las otras trescientas sesenta y dos noches del año? Me quedaba en esa tumbona mirando al vacío, helado. He vivido toda esta vida de sueños y gripes solo en mi casita de la colina. Apreciándote. Esperándote. Dedicando mi vida entera a ti. ¿Y sabes? Ha sido frío. Muy frío.

El viejo miró de vuelta a la casa, que brillaba de manera misteriosa desde dentro.

–Un día alguien llamó a mi puerta. Brillaba muchísimo y quiso entrar, conocerme y brillar allí dentro. Me dijo que se llamaba Sol. Me hizo sentir hermoso. Me hizo sentir valioso. Eres la estrella más preciosa del universo, tu brillo es imparable, te quiero y te esperaré lo que me queda de vida, te di mi palabra y la cumpliré. Pero una estrella está lejos, una estrella es distante, una estrella no da calor y no hace crecer las cosas. Una estrella sólo hace soñar y si vives de sueños... te mueres.

Las lágrimas recorrían la cara arrugado de aquel viejo que se incorporó entre deprimido y repleto de rabia, algunos dicen que son el mismo sentimiento.

–Y tú... tú... después de todo, después de todas las veces que te he pedido que bajaras, después de todas las veces que has impedido que suba, después de todas las veces que has huido de mí por fin has bajado... has bajado porque había otro brillo en mi casa. Eres... eres... ¡eres una soberbia! Y tengo tantísimo miedo ahora mismo. Nunca podré ser feliz, ¿verdad? Lo impedirás siempre. Nunca estarás conmigo pero si no estoy contigo te apagarás, ¿verdad? ¡Me harás eso, ¿verdad?! Nunca... nunca había vivido.

Se desplomó en la hierba, sentado de piernas cruzadas, mirando al suelo, iluminado por la estrella que lo miraba apoyada en la valla de la casa.

–Por primera vez me siento... real, ¿sabes? Siento que puedo ser amado, siento que puedo ser alguien hermoso. ¿Cómo arreglamos esto?

El viejo levantó la cabeza para mirar a la estrella a los ojos pero ésta se había ido. Levantó aún más la vista pero no encontró nada en la oscuridad de la noche. El cielo era negro. El Sol había salido, le puso una manta y le besó en la mejilla.

–¿Crees que algún día podrás dejar de estar triste?

–No... no lo creo.

Miraba al infinito, agarrado de la manta.

–Aunque quizá aprenda a estar felizmente triste. Y no más gripes.


Historias Irrelevantes




domingo, 27 de noviembre de 2016

Charlotte. Historia de una historia

Charlotte se desliza por la avenida, ha llovido y la noche ha caído más pronto de lo que está acostumbrada. Cosas del invierno. Tiene prisa y también tiene frío, no tiene tiempo para dejar un moneda a un vagabundo ni para firmar una ayuda a un tipo con un chaleco llamativo. ¿Qué te va a pasar Charlotte? Algo tiene que pasarte, si no no te escribiría. Charlotte entra por fin a un sitio calentito, es una cafetería acristalada del centro. Al entrar suena una campanilla, sabe que es cara pero también sabe que el café está bueno. Allí espera su amigo, no recuerdo su nombre. 
Se sienta, por fin, tras dos besos, y se pide un cortado. Su amigo estaba leyendo, llevaba un rato haciéndolo, Charlotte llegaba tarde, ¿qué iba a hacer él solo? Aunque dicen que con un libro uno nunca está solo, pero esto no tiene que ver, ¿de qué hablan Charlotte y su amigo? 
-¡Uf! ¡Cuánto tiempo! 
-Sí... ya son como cuatro o cinco meses sin vernos. 
-Y viviendo en la misma ciudad. 
-Pero estamos ocupados, tampoco es que pudiéramos hacer mucho al respecto. 
-Ya... 
-¿Y qué te cuentas? ¿Qué es de tu vida? 
Se ponen al día, no quiero aburrirme con los detalles concretos de sus vidas, sí, quizá les conoceríamos un poco mejor pero estas conversaciones las he tenido y las has tenido cientos de veces, así que vamos a saltárnosla para que esto avance un poco, ¿quieres? Si acaso escribo al final un anexo con la conversación por si te interesa. 
-Así que ahora estás saliendo con una chica, ¿eh? Qué callado te lo tenías. 
-Ya me conoces... Además, formalmente apenas llevamos una semana saliendo. 
-¿Y ya hacéis cosas de esas de novios? Ir al cine, pasear bajo la lluvia, besaros en un gran baile... 
-Qué boba que eres... 
-¡Es lo que hacía yo!
-¡Con quince años!
Se ríen. 
-Sí... más o menos. Creo que es la mujer de mi vida. 
-Eso ni lo digas, que da mala suerte. 
-Pero... siento... siento que nada puede arruinar esto. Siento que es la persona que me completa, que jamás me fallará. Y la conozco muy bien, es mi amiga desde que éramos pequeños. 
-Os deseo lo mejor, de verdad que sí. 
Qué aburrimiento. ¿De esto van las vidas humanas? Empiezo a perder todo el interés en escribir esta historia. ¿A ti te gusta? Ojalá a Charlotte le dé un impulso extraño, le clave un cuchillo en la garganta a su amigo y se la lleven detenida. Aunque... joder, luego vendría todo el proceso judicial que es otro aburrimiento... ¡pero luego vendría la cárcel! Y ahí pueden pasar cosas interesantes. En fin, Charlotte remueve las pocas gotas de cortado que se han negado a ser bebidas mientras mira, con un poco de lujuria, los fuertes labios de su amigo. Sabe que no debería pero le encantaría besárselos, se hicieron amigos después de liarse borrachos en una fiesta y cuánto se arrepentía de no haber llegado a más con él. Le hipnotizan sus ojos azules. 
-¿Charlotte...? Te has embobado por un instante. 
NO. ¡No, no, no y no! Me niego a que nadie diga la expresión "por un instante", no conozco a nadie, ni sé de nadie que conozca a nadie, que haya soñado con nadie que hable de esa forma. Repetimos. 
-¿Charlotte...? Te has embobado de pronto. 
-¿Eh? Ah. Sí, perdona, se me va la cabeza. 
-¿En qué pensabas? 
-En... En nada, en que no sé si me queda comida en la nevera. Así que no sé qué voy a cenar. 
-¿Por qué no te vienes a mi casa a cenar? Iba a cenar solo porque mis compañeros de piso no están en toda la semana pero cenar con una amiga siempre es mejor, ¿no crees? 
El amigo de Charlotte es un puñetero robot. Nadie habla así, por amor del cielo. Charlotte aprieta un puño debajo de la mesa. En menos de un segundo han pasado demasiadas imágenes por su mente. ¿Cenar con él? Piensa. ¿Cenar con él a solas en su piso? 
-Sí, por qué no. Nos lo pasaremos bien. 
Charlotte... contrólate, no hagas tonterías. <- Es Charlotte, no yo. Espero que no haga nada demasiado provocador... porque me lo quiero cenar a él. 
-¿Qué te apetece? 
Tú. 
-No sé... Hmm... ¿Y si pedimos comida? ¡Ay! Hay un mexicano buenísimo en tu barrio, creo que hace pedidos a domicilio. 
-No lo conozco, ¿cómo se llama? 
-No me acuerdo pero creo que está según sales del metro. 
-Genial, si no podemos pillar allí la comida y la llevamos a casa. 
A ver, la historia se ha hecho algo más interesante pero no tanto como para que me intrigue lo más mínimo. Quiero decir, sí, igual Charlotte se tira al sosainas este o quizá no, esa es la única incertidumbre. Igual las consecuencias de ese acto son interesantes pero como no tenemos contexto de quién o cómo es la novia de este chico ni tampoco sabemos demasiado de Charlotte pues... no hay demasiado que nos pueda importar. Voy a seguir un rato más a ver a dónde va esto aunque no espero que se abra un portal interdimensional y Charlotte sea raptada a otro plano de existencia donde descubra los complejos mecanismos que gobiernan la realidad. Están en el ascensor, con la comida en bolsas, el ascensor es pequeño así que están apretados. A Charlotte no le importa y sonríe al notar que a él tampoco. 
-Hogar dulce hogar. Ponte cómoda y deja eso en la mesita del sofá. 
-¡¿Vemos una peli?! 
-Claro. Yo voy a desvestirme, deja tu abrigo donde puedas. No va a haber nadie a quien le vaya importar que esté tirado por ahí. 
Su amigo se mete en su cuarto y Charlotte se queda sola en salón. ¿Cómo le espero? Se pregunta. ¿Y si le espero desnuda? No, poco a poco Charlotte. ¿De verdad me lo quiero tirar? Su amigo aparece en el salón con un pijama holgado que le da un aspecto descuidado y atractivo. El flequillo hace que la claridad de su mirada destaque y Charlotte deja de existir un pequeño momento. 
-¿Quieres que te deje algo de ropa? No pareces muy cómoda con esa camisa. 
-Eh... 
¡¿Qué digo?! 
-Vale. 
Charlotte entra en el cuarto de su amigo y éste le deja una camiseta grande de pijama. 
-Voy a quitarme esto, no me importa si miras. 
-Descuida, voy a la cocina a por platos y tal. 
Este tío es tonto. Se dice Charlotte. 
¡Me aburro! ¡Que pase algo! ¡Bóh! 
Ya están viendo la película, han terminado de cenar y uno está apoyado en el otro. Charlotte de pronto se despierta de su ensueño para sugerir que podrían coger un par de cervezas. A su amigo le gusta la idea. Para cuando termina la película llevan encima tres botellines cada uno. Y Charlotte está encima mordiéndole un labio. 
Pues, hale, ya está todo el pescado vendido. 
-No, Charlotte, no deberíamos. 
Qué pesado. 
-¿Eh?
-Tengo novia ahora, no deberíamos hacer estas cosas. 
-Pero no se va a enterar. Y es sólo una vez. 
-No... Quiero decir... no quiero que sea sólo una vez. 
-¿Entonces? 
-Pero no quiero dejar a Mónica. Prefiero que sigamos siendo amigos. 
Charlotte se quita la camiseta, coge sus manos y las obliga a tocar todo su cuerpo blanco y desnudo. Él besa sus pechos. Ella se retuerce y la paso las manos por el pelo. 
-No... 
-Calla... 

Bah. 

Pues tampoco ha pasado en realidad. Podría seguir pero no espero que pase nada de lo extraño aquí. Es una historia de esas que pasan a veces, que le pasan a uno o que le pasan a otros. Yo qué sé. A mí no me ha pasado. Conozco a otros que sí, pero siempre suelen acabar igual, siempre suelen desarrollarse igual y tener los mismos contratiempos resueltos de maneras distintamente complicadas. Pero da absolutamente igual. 
El amor se deshace por una cosa u otra y acabamos volviendo a sentir mariposas por otras cosas, seamos o no seamos capaces de ir a por ellas. 
En fin. 
No voy a escribir más sobre estos dos muermazos. 
Hasta otra.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Una chica que corría y corría


Bien. Estoy algo oxidado en esto de escribir... Pero vamos a intentarlo, ¿qué os parece? Primero vamos a dibujar a la persona de la que quiero hablar, que no sé quién será o qué será. ¿Es una persona? Sí, mejor dibujamos a una persona, vamos a mantener la fantasía a mínimos de momento. Vale.

Es una chica, porque me gusta más escribir siendo una, no llega a la mayoría de edad aunque no sé por qué. Pero camina, camina, camina por una calle poco transitada, es de noche en los noventa. Pocas luces, por ley sólo las calles principales deben tener farolas de las grandes así que se ahorran un poco dejando a oscuras a los callejones. ¿Qué hace ahí?
Camina. Ay, espera, es que está llorando. ¡Y está lloviendo! Camina entre soportales, resguardándose de empaparse mientras solloza y camina. Tiene moratones en las piernas y va totalmente despeinada. Quizá haya tenido una pelea.
Se cruza con garitos, tiendas cerradas, parques deshabitados y estancos llenos de carteles luminosos, neón y clientes perdidos. Es muy de madrugada, ¿nadie la busca? Lleva una mochila un poco rota y la agarra con ambas manos, impotente. Me cae bien, aunque no sé qué le ha pasado.
–Hola, pequeña, ¿qué te pasa?
Ignora al vagabundo que le sale al paso. Sólo mira al suelo. Intenta mostrar enfado en su cara pero es una frágil máscara con la que esconde sus lamentos.
–Oh, venga. No soy tan malo. No me gusta ver una niña llorando. ¿Quieres medio donuts? Está seco. Y es de chocolate.
–¡Déjame en paz!
–¡Vale, vale! Tranquila.
Ella aligera el paso, y el vagabundo la sigue con cautela. Supongo que no quiere que le pase nada malo a la niña.

Caminan, no juntos, pero caminan. La ciudad se despeja para llegar a los suburbios, edificios más pequeños y calles más anchas a su paso. De vez en cuando cruzan un grupo de borrachos que salen, vuelven, están de fiesta. De ella se ríen, de él comentan en bajo.
–¡¿Por qué me sigues?!
–Yo no te sigo. Yo sólo estoy caminando.
–¡No me lo trago! ¡Me estás siguiendo!
–Créeme que no. Sólo quiero estirar un rato las piernas, de verdad...
La chica saca una navaja de su mochila, le tiembla la mano. Ya no llueve, sólo quedan charcos que se mezclan con sus lágrimas. Se muerde un labio. Le tiembla la boca.
–¡Largo! ¡Largo o... o ya verás!
–¡Tran-Tranquila! ¡Joder! ¡Qué susto!
–...
–Guarda eso, pequeña. De verdad. No merece la pena matar a un viejo. Me moriré dentro de poco, ya verás.
–¡Pues deja de seguirme si no quieres que ocurra antes!
El viejo mendigo baja la cabeza en signo de respeto, aunque ella no lo entienda, y se va. En total silencio.
Y ahí queda ella. Sola, en la noche. Las manos no le responden, se agitan, las piernas están inmóviles y sus ojos abiertos y cansados. Llora, sin sentirlo ya. Masculla.
–Joder.
Y guarda la navaja. Está harta. Echa a correr.

Echa a correr hasta que no pueda correr más.

Y cuando eso ocurre.

Cae de bruces en mitad del asfalto mojado.

Pérdida de consciencia.

Pero algo la empuja. Se escucha un coche.

Abre los ojos. Está magullada. Pegada a la acera. Delante de ella hay un viejo vagabundo tirado como un saco de patatas.
–¿Qué...
Se acerca al viejo, ve que su cara está apagada. Muerta. Y él también. No entiende nada. Le va a dar algo. Pero un anciano y barbudo vagabundo se acerca por detrás. Se apoya en el hombro de la pequeña. Ella se gira con reflejos felinos. Sus ojos son los ojos que ningún niño debería tener jamás.
–Tranquila... No pasa nada.
–¿Es-Está... Está muerto?!
–Claro. Pero no pasa nada.
–¡Está muerto! ¡Tenemos que llamar a una ambulancia! ¡O algo!
–No, no, no. Verás. Él sólo contaba la historia. Y no quería que te pasara nada. Ahora la historia sigue como empezó. No ha contado nada, pero eso no importa. Seas quien seas, te desea lo mejor y que sigas caminando hasta que la mañana te calme. Hasta que el cielo se despeje.
–¿Pero...? ¿Qué? ¡Estás loco! ¡Suéltame!
–Descuida, esto se acaba. Quizá algún día sepamos a dónde vas, pequeña. Ojalá y llegues pronto.
La chica, atónita, empuja al barbudo y echa a correr todavía más. Mirando atrás de vez en cuando para ver a los dos mendigos, uno muerto y otro saludando mientras se aleja de una noche que no quiere volver a vivir nunca jamás.

Historias Irrelevantes.

viernes, 17 de junio de 2016

Hay gente que lleva muchos años levantándose por la mañana

Desde las cinco de la mañana está despierto. Desde las seis de la mañana está levantado y listo para el día que le toque. Es apenas una horita, pero le da la vida. Es la mejor hora del día. ¿Por qué no va a ser la primera hora la mejor? Quizá es que su vida no le gusta, pero esta hora le ayuda a seguir adelante. Quizá soñando con un mejor futuro. Quizá con la esperanza de que algo bueno le ocurra.
Tampoco piensa mucho en eso, a él le gusta su horita de por la mañana. Que no se la quiten.

A veces es jodida, claro. No todo lo bueno es siempre y para siempre, a veces cuesta. A veces incluso puede estropearle el día. Pero él se despierta para esa hora, sea tan buena como sea, sabe que será más interesante que el resto del día.
¿Que qué hace? Lo típico. Se levanta, va al baño, se mira en el espejo y, claro, a veces no le gusta lo que ve. Otras veces ha dormido bien y se sonríe a pesar de que no le guste que la edad le deje marcas en su cara. Tampoco puede hacer nada contra el tiempo, lo ha intentado. Trescientos años son muchos para cualquiera. No me rendiré, se dice para darse ánimos.
Se echa espuma de afeitar y se deja liso y suave. Poco sospechoso. Elegante y limpio. Pulcro. Se peina las canas y se acicala los pelos que aún tiene negros. Vuelve a sonreírse para lavarse los dientes. Es un ritual largo, pero le gusta. Le da una cierta tranquilidad tener esa hora para tomarse las cosas más tontas con calma.

Va hacia la cocina, el piso no es grande y llega enseguida. Está algo sucia, no suele tener tiempo para limpiar. Recoge los cacharros de la cena con total cuidado y mimo. Siempre se dice que esta noche los recogerá para no recogerlos mañana por la mañana. Pondera contratar a alguien para que limpie aunque sea el baño y la cocina que son los sitios más engorrosos de la casa. Pero tampoco quiere nadie entre en casa.
Se prepara un desayuno, suele ser ligero, tampoco quiere cargarse. Tampoco tiene tiempo para algo elaborado. No le importa. No es exigente.

Vuelve a su cuarto a vestirse. Tiene un buen armario aunque su casa sea humilde. Si te va la vida en ello, cuidas tu imagen, es natural. Camisa, chaleco apretado, americana y pantalones con raya. Tiene otro espejo en su cuarto, claro. Su sonrisa aquí se vuelve arrogante, ya sabes, la de alguien que cree saber muy bien lo que hace y que lo que hace es lo mejor que podría hacerse. Cuando se ajusta los gemelos lo hace con cuidado y delicadeza, quizá lo más delicado que haga durante todo el día. Cada cosa tiene su manera de hacerse, piensa para sí. No hay que tener prisa, no hay que correr con las cosas importantes. Y practica diferentes expresiones para parecer más vivo, quizá más humano.

Vuelve a sonar el despertador. Son las seis. Lo mira con despecho, el despecho de cada mañana. Es hora de irse, siempre tiene miedo a oxidarse un día, pero ese día nunca llega. Quizá nunca llegue. Se ajusta las pupilas, se afina las cuerdas vocales. Coge el abrigo, el sombrero y mira que el reloj de su muñeca esté en hora.
Es hora de irse.
Se despide de su hora.
Es hora de no mirar atrás.

Hasta mañana, claro.



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lunes, 23 de mayo de 2016

Hazte una foto de madrugada



A veces escribo acerca de instantes. Instantes. Como fotografías, ¿conoces la fotografía de la que hablo? No, claro que no. Aún no te hablé de ella. Aún no la he tomado. Cualquier tipo de comunicado sea leído, escuchado o visto tiene en común que corta una parte de la realidad y uno se la da a otro. Decidir qué cortar es importante, es tan importante como decidir cuánto pastel vas a comerte de madrugada sin sentirte mal contigo mismo. ¿Por qué ibas a sentirte mal? ¡Come! Que está rico, joder. Pero luego desayuna, ¿vale?

En fin, el caso. Si escribo un instante recorto un pedacito minúsculo de realidad. Pero lo divertido de la escritura es que puedes alargarlo hasta el infinito. Sí, es probable que una imagen valga más que mil palabras pero mil palabras pueden ser mucho más entretenidas que una imagen. Y conoces el instante del que te hablo.
Es de madrugada, no sabes ni te importa mucho lo que ha pasado pero has llegado a casa, o al menos a un sitio con techo y supuestamente una cama en la que dormir. Y de pronto has tenido un momento de lucidez. Quizá no era de madrugada, sólo espero que sí porque es más divertido, la madrugada es especial... Todo está en silencio y prácticamente puedes sentir como, si no haces mucho ruido, el mundo es tuyo. Puedes incluso caminar en pijama por la calle que nadie te dirá nada. "Mira el raro ese, en pijama" como mucho, de madrugada todo el mundo que está en la calle es raro o está haciendo cosas raras. Divago.
Tienes ese momento de lucidez después de mucho ajetreo, has hecho muchas cosas hoy y sólo querías llegar a algún sitio a acostarte, ¡y mañana será otro día! Pues, adivina qué, estás vivo. Y tu cabeza te lo está diciendo. Has parado por un momento, has mirado por la ventana y has sentido que el mundo era precioso por un breve, muy breve instante. ¡Ese instante! Cógelo con pinzas, que no se rompa. Es probable que hayas visto tu reflejo en la ventana, las luces de la ciudad, un árbol, unos niños, un pajarillo, ¡algo! Qué más da. La cosa gorda es ese instante. ¿Lo conoces?
¿Has vivido esa fotografía?
La de embobarte una eternidad enfrascada en una milésima de segundo.

Quizá la hayas tenido, pero también puede que no. Puede que no te hayas dado cuenta de haber tenido ese instante.

¿Y si, por un instante, pensamos que ese instante tiene razón?

Si quieres hacerte esta foto es muy sencillo, no necesitas cámara. Ve a la cocina, coge tu bebida caliente favorita, viértela con sumo silencio en una taza, la más bonita que tengas y acércate a la ventana. ¡De madrugada, por favor! Y allí, en lo que te tomas la taza te habrás sacado la foto. Es un instante.
Ya sabes.

Esa una foto muy bonita.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Diálogo entre dos ilusos

-Estoy por colgar carteles que digan "¡Quiero alguien que sea mi amigx para levantar una bandera pirata y vivir aventuras!" por la calle. Eso es lo que realmente quiero. Poder escaparme con alguien a sufrir calamidades y reírnos mojados por una tormenta.
-Pero a todos nos gusta empaparnos. Buscas algo más que eso.
-¡Qué va! Nadie quiere tener la tenacidad y ser tan consecuente como un pirata. Nadie quiere darse a la nada y comprometerse a un sueño del infinito y el cielo. Muy arriesgado. Muy tonto. Muy "no sirve para nada".
-Explícate, porfi.
-Quiero un compañerx de aventuras. Alguien comprometido a compartir su tiempo conmigo y yo mi tiempo con el suyo. Alguien dispuesto a mojarse y reírse y descubrir el mundo. Pero teniendo a alguien al lado con quien compartir lo que descubre. Alguien con quien ser libre. Y con el compañerx de aventuras si luego hay sexo pues mira, mejor q mejor. Pero lo principal es la aventura.
-¡Eso es un amigo! ¿Por qué no te vale la gente que ya tienes? A eso me refería con lo de que buscabas algo más.
-¡Pues no tengo amigos! ¡Porque son unos muermos!
-No digas eso y explícamelo, jou. Porque lo que has pintado es lo que a todos nos gustaría hacer.
-Ya tienen problemas. O quieren aprobar. O quieren mantener su vida. O estan ocupados. U ocupados con sus parejas. Y ya... Es muy idealista y bonito y muchos lo dicen.
-Joder, no a todos pero a mucha gente. ¡Y tú que eres un imán de cosas raras tienes que conocer gente así! Tú también quieres todo eso. No deja de ser necesario comer pero no sé, no tiene que ser lo único.
-Conozco a poca gente que le pasen desgracias y las disfrute. Salvo si van conmigo. Y seré un imán pero no conozco a nadie dispuesto a eso conmigo. Con otros sí.
-Es que no sé qué decirte porque es lo que yo quiero, yo y el de al lado y el otro y otro alto porcentaje de gente. Igual es que no distingo de los que lo dicen y los que lo desean. Pero me parece que es un ideal de vida común. Tú te lo tomas como algo que hacer y no por lo que suspirar, pero no puedes ser el único ahí fuera.
-Yo me lo tomo no como ideal ni como sueño. Sino como vida que en cuanto alguien se apunte la hago. Muchos sueñan con lo bohemio, con la vida libre con el viajar y tal. Yo no digo eso. Yo digo a alguien que si descubre que las tostadas con mantequilla y Cola Cao están buenas tenga un impulso de "LAS TOSTADAS CON COLA CAO ESTÁN BUENAS" y no pueda esperar a que las pruebe. Y yo no pueda esperar a que me las dé. Y luego me las dará, le pondré mucho Cola Cao y estornudaré y se me caerá y nos reiremos. O volviendo de yo qué sé dónde coger una desviación por error y acabar en Álava a las cuatro d la mañana y verlo como una oportunidad no una putada.
-Es que te entiendo tan bien que no me puedo creer que tú seas la única persona que has encontrado que lo piense.
-Alguien con quien cada error, tontería y en definitiva lo que hace que la vida sea vivida quiera pasarlo conmigo. No soy la única personq que lo piensa. Pero parezco la única que lo aplica. También lo aplicaba mi amiga argentina que está en... Bueno.  Argentina. Es lo más parecido a una amiga que he tenido.
-Eso es. Que se lo tome en serio. ¿Nadie?
-Pues que se lo tome en serio... Ella. Y ya.
-Piensa en la cantidad de gente que lo piensa y hace como yo. Lo hace a medias y tiene demasiado miedo o lo que sea. Te toparás con alguien. Igual solo hace falta que entres bien en su casa o donde sea para hacerlo aflorar. Encima eres muy contagioso.
-¡Sí que lo soy! Y lo demuestro. Pero siempre soy el chico raro. Para la mayoría soy un tipo que conocen y que es rarito y que se lo pasan bien con él. Con una compañera de trabajo que es pija e irascible estuve dos horas y media en un coche perdidos y sin gasolina. ¡Y lo bien que se lo pasó y el cariño que me ha cogido! Pero nadie se apunta a eso. Con ella pasó porq me llevaba a Alcalá. Pero quedar a vivir lo que la vida depare... Nadie.
-Es que no sé. En a serio. Simplemente me parece tan natural, tus ganas...
-Intento ser lo menos occidental y del siglo XXI posible. Intento ser lo más atemporal, humano y natural posible. Si algo es humano lo ensalzo y celebro.
-Haces muy bien. No sé si para ti o para el mundo, la verdad.
-No vivir una aventura porque "mañana trabajo", "es que hoy estoy muy ocupado", "mira que tiempo hace", etc me parece aberrante. O sea. No me gusta nada anteponer las responsabilidades y compromisos para con la sociedad a las necesidades espirituales del hombre. Igual de aberrante me parece tomarse una infusión para dormir y un café para despertar. ¡Si haces eso es que vives mal! O eso pienso yo. Entiendo que por tus hijos, un evento importante, lo que sea... Te quedes quieto... Pero no descubrir, no crecer, no dedicarte tiempo por compromisos y responsabilidades para con el orden social del que has decidido formar parte sin tener conciencia d la decisión me parece... en palabras del autor de El Principito, "cosas d mayores".
-No lo decides, naces ahí metido.
-Por eso digo. Pero puedes decidir no formar parte. De la máquina económica es más difícil. De la cultura y los mecanismos sociales no tanto. Y lo que me jode es estar tan solo en esto porque me parece lo más natural y para lo que está hecho el hombre.
-Nos atrapó nuestra propia construcción, mala suerte. No podemos salir de esta a gran escala.
-¡Ya! Si no quiero un millón d amigos. Quiero uno. Y lo peor es q soy buenísimo dando estás ideas y cambiando a la gente para que sean ellos mismos y tal y cual. Pero luego se van por ahí con sus amigos. O sea. Los curas no es que hagan voto de castidad... Es que el guía espiritual de una comunidad cumple un papel y ese papel en parte es estar solo. Porque si el chamán tiene chamana le dan por culo a la tribu. Nos vamos a buscar dioses en los ríos y a hablar con los árboles.
-Afortunadamente no tienes comunidad.
-Sí tengo comunidad. Todos tenemos.
-¿De la que ya eres líder espiritual?
-Guía, guía. Me paso el día ayudando a todo el mundo y lo sabes.
-Sí. Pero eso no te hace guía como papel ni mucho menos a ellos comunidad.
-Digamos que entre los sitios donde convivo hay una "comunidad". Y cuando hay problemas de esta índole bien los veo yo o bien me lo dicen. Acabo guiando, aconsejando y ayudando a la comunidad. Porque todos los que tenemos una rutina tenemos una comunidad nos guste más o menos e influimos en ella y tenemos un papel en ella. A mí me dijo una amiga muy cerrada que lo estaba pasando mal. Esto... Estábamos un pelín bebidos fuera de un restaurante porque estaba fatal una tecera amiga y salimos la primera y yo a ver qué pasaba. Luego la otra amiga después de aclararse un poco le preguntó a la primera qué le pasaba a ella. Y dijo que estaba confundida porque yo, que no hemos hablado profundamente nunca, la comprendía mejor que muchos de sus amigos, amigos amigos. Y se replanteaba la amistd con esos chicos. Yo era el más bebido d todos. Sonreía por lo raro de la situación pero no hablaba. La otra amiga le dijo a la primera "Ya. Pero no te preocupes. Es que él comprende a todo el mundo". Y se me encendió una bombilla. O sea. Primero, tenía yo razón. Y segundo, ellos, como comunidad, son conscientes de ello. Fue un momento de esos bonitos
-Ay. Es bonito. Pero no ayuda.
-¡Ya!
Y se echaron a reír

domingo, 4 de octubre de 2015

Se encontró una nota en el frigorífico


"¿Qué fue de soñar con los cafés de la mañana? ¿Y del café? 
¿Dónde has metido la cafetera? No la encuentro. No encuentro nada en esta casa, siento como si no fuera la mía. Como si hubiese aterrizado ayer en un sitio que debería conocer, o al menos así me mira la gente por la calle, como si pudiese hacerme cargo de ello, de todo... de todos. Como si pudiera resolver el nudo que asfixia al mundo. 
En serio. ¿Por qué has escondido la cafetera? 

Antes soñabas. Me acuerdo. Soñabas con irte de aquí, con ver el mundo y traerlo de vuelta a casa. Se te daba bien recoger todo lo que encontrabas, era tu talento. ¿Qué fue de ello? Ya no escribes, ya no viajas, ya no te encuentro en ninguna parte. Como si la persona que eras se hubiese esfumado. Sólo queda un estúpido que camina con el cuerpo de mi amigo. No brillan tus ojos, no te ríes por cualquier cosa, no llegas a casa con gente extraña que necesita un sitio donde dormir. Es como si te diera todo igual. ¿Es eso? ¿Ya no te importa nada? Antes hablabas hasta con las plantas, por amor del cielo, ¿qué ha sido de mi compañero de piso? 
Era divertido quedarse hasta las tantas para acabar una serie y siempre llegabas esa noche a casa cargado de helado. O cuando te daba por lanzar globos con cartas de amor anónimas por el barrio. ¿Y te acuerdas de cuando te disfrazaste de oso de peluche gigante solo para hacer reír a una niña pequeña? ¡Ese era mi compañero de piso! El que soñaba con el café de cada mañana. 

Y, ¿sabes? Tengo miedo de haberte perdido. De que ya sólo seas un fantasma raro en mi memoria. De que llegue el día en el que hable de ti y nadie me crea, ni siquiera tú con tu cara de alelado. 
Me niego a que llegue ese día. ¡Después de todo lo que hemos vivido juntos irte así sin más...! 

Antes te enamorabas mucho. Recuerdo cada vez que llegabas a casa para hablar de tal o cual persona con el entusiasmo de un niño por la Navidad, hablar contigo de lo que amas era como ver fuegos artificiales. Pero ya no. Paseas sin mirar a nadie, en un monotono, apático. 
Te estás convirtiendo en esos a los que tú llamabas "personas mayores", ¿no lo ves? Eras aire fresco, un niño eterno y ahora solo te preocupa tu dinero, la hora que es y cuánto queda para el fin de semana. Da pena, da mucha pena ¡en serio! ¿De verdad que no lo ves? 

Si lo llegas a ver, por favor, vuelve. Y tráete la cafetera.

-Tú."

Le empezaron a temblar las manos, un torrente incontrolable de pensamientos recorrió toda su mente. Incapaz de pensar con claridad se apoyó en la nevera, asfixiado. Todo estaba claro para él ahora y a la vez indescifrable. El pecho le pesaba, los recuerdos fluían, las ideas se desbordaban.
Notó cómo sus ojos comenzaban a humedecerse y llegó a ver cómo caía la primera lágrima al suelo mientras apretaba los dientes.
Tragó.
Apretó los puños.
Clavó sus pies en el suelo.
Salió de la cocina, en silencio. Abrió el armario de la entrada. Sacó la cafetera. La puso sobre la encimera, al lado del frigorífico, y se fue a dormir.
Al lado de la cafetera dejó una nota:

"Lo siento. De verdad que lo siento. 

Ya sabes cómo soy, se me mete algo en la cabeza... no sale ni a patadas. Y tienes razón, te he descuidado, te he descuidado mucho. 
He dejado leche en la nevera para que cuando amanezca tengas leche fría, sé que el café sólo lo tomas con leche fría. Quiero que vuelvas a soñar mirando por la ventana, se te pone una cara muy divertida cuando lo haces. 

Gracias. A veces necesito que vengas y me recuerdes las cosas más obvias del mundo. Es muy fácil perderse en el presente de uno y cuando te quieres dar cuenta estás tan metido en donde no quieres que es imposible salir. Puntos de no retorno. 

¡Y la próxima vez sé más cruel! 

-Tú."




Cartas de un hombre que vive solo.
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viernes, 25 de septiembre de 2015

¿Dónde estaré en diez años?

"¿Dónde estaré en diez años?". Me reconcome la chica que seré con treinta años. 

¿Estaré lejos? ¿Seré una chica más que no sale de ciudad como el resto de mi familia? ¿Tendré amigos a los que llamar familia? ¿Tendré familia a la que llamar familia? ¿Estaré sola? Y si lo estoy, ¿al menos tendré cicatrices de cuando no lo estuve? ¿Cumpliré sueños? ¿Cumpliré mis sueños? ¿Tendré un cauce fijo como vida o será como navegar por fiordos? 

Me encanta esa palabra. Fiordos. Suena rara. En fin. 

Es difícil de imaginar, mucho, esa vida me pilla muy grande y muy lejos. Mis ojos no son capaces de verla. Y menos ahora, vivo... Momentos convulsos. De cambio. En los próximos meses, en el próximo año, se decidirá mi futuro, decidiré mi futuro. Y podría alargar mis estudios, quizá seguir el ejemplo de una gran persona y vagar por el mundo un poco más... buscando mi sitio o quién soy. O incluso podría huir de todo eso. Huir tantos años como pueda.  
Pero no. Sería hacerme la tonta. Sé cuál es mi sitio: crear, ilusionar, hacer soñar, sea como sea, donde sea, a quien sea que merezca la pena. Es lo que más me llena de esta vida, ser el motor de la vida de otros. Ser motor del mundo. Traer cambio y sonrisas, hacer que las cosas giren, se muevan, ¡crezcan! Y mal no se me da.  
Y también sé quién soy: La chica que puede pisar fuerte aun descalza. Niña inocente que no puede no soñar. No puede no caerse. No puede no levantarse. Y ama el mundo y todo lo que hay en él. Y ahora mismo estoy llorando porque soy tonta. Un poco. Bueno. Más que un poco. Sssh. Ay. Es que. De verdad.. Amo el mundo y todo lo q hay en él. Pero, pero prefiero no pensarlo porque se me haría imposible vivir. Amo a las personas, tienen tanto dentro y fuera que es como si cada una que ves por la calle tuviese su propia canción, sus propios colores, ¡y cuando ves que viven al mismo compás es tan bonito! Soy un poco tonta. ¡Es igual! 

Sé quién soy. Cuál es mi sitio. ¿Por qué no puedo imaginarme dentro de diez años? ¿Por qué me protejo de ser optimista? ¿Por qué no puedo pensar que por una vez las cosas me van a salir bien? Quiero imaginarme un final feliz para mi cuento. 
Claro, todo el mundo quiere su final feliz. Es normal. Pero ya que mi vida a veces parece un monólogo, no sé, me gustaría que acabara con una gran y enorme carcajada. 

¿Sabes por qué quiero una familia? ¿...por qué me gustaría poder verme reflejada en los ojos de alguien? Puedo, o sea, si me pongo estoy segura de que puedo hacer soñar a todos los niños de varios continentes. Yo creo en mí y no estoy yendo ni en coña ni exagerando. Podría hacerlo. Pero cambiaría esos superpoderes por tener la posibilidad de ver los ojos de alguien que me quiere cuando se despierte una mañana en una racha de días de mierda y me encuentre cruzando su puerta cargando una bandeja con el mejor desayuno del universo. O sea. Los sueños de esa persona, por egoísta, irracional, inhumanista y absurdo que parezca, los sueños de esa persona son impagables. 
Quiero decir. ¿Tener la oportunidad de hacer soñar a alguien que me quiera más a que nadie? ¿Tú sabes lo que eso significa para alguien como yo? 
Y de verdad, a veces pienso que es egoísta el hacer feliz a alguien que su mera existencia me hace feliz, egoísta por mi complejo de salvadora. Quiero arreglar y salvar a todo el mundo, y a veces más por mí que por todo el mundo, y querría arreglar a esa persona que me quiere, hacer de todo para compensar la felicidad que me da. A veces pienso en esto, en ese egoísmo preocupado y cobarde. Pero no lo es. No es que quiera que me quiera, no es que busque nada o sentirme su heroína o su nada. Quiero ser yo. Quiero que me vea y vea quién soy. Que me vea, mire al desayuno y encuentre unas tortitas arrugadas y feuchas, se ría y no pueda quererme más mientras intento parecer digna y sofisticada a la par que elegante, chic, fashion, trendy y topic. 


Quiero hacer soñar a esa persona. Que sea libre. Que seamos libres. Que el mundo se nos quede pequeño.

Y sí. Soy una ilusa y una imbécil, y todo eso es lo más improbable de este universo y no debería querer cosas sino ir a por ellas o no debería querer cosas sino aprovechar todo lo que tengo y toda esa filosofía sana, todos esos pensamientos social y racionalmente admirados. 
Pero sé quién soy. Y no puedo no soñar. Y se me caen los mocos de llorar. Y soy más cursi que una niña en secundaria. Me da igual. 

Así que, resumiendo. En diez años no sé dónde estaré o quién seré o qué haré con mi vida. Es totalmente desconocido para mí. No tengo manera d averiguarlo. Ni quiero, me gustan las sorpresas. Pero algo tengo seguro, y me voy a asegurar de que sea así, estoy segura de que aunque esté en un trabajo d mierda, sola, en la misma ciudad, en un piso cochambroso y no haya vivido nada emocionante en esos diez años, aun con todo eso estoy segura de que seguiré soñando. Te lo prometo. Hasta la tumba soñaré. Y no prometo en balde, nunca. 

Y soñando y viviendo, creo que me esperan diez bonitos años. Sí. De eso no estoy segura, pero si lo estuviera, ¿qué gracia tendría levantarme mañana por la mañana?



Suerte
Remuevo un café cada mañana
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miércoles, 23 de septiembre de 2015

Los piratas cogen el autobús los martes


Hay viajes fantásticos, de esos que tus pies no conocen pero la tierra se amolda a ellos como quien recibe a un recién hecho amigo. Salido del horno de un corazón el suelo se acuerda de ti cuando años más tarde vuelves con noticias para el cielo porque puedes gritar que por fin no viajas solo por una tierra que antes no podías compartir. Porque nadie quería tus arenas, desierto, porque no eres el postre de los iluminados, de los jugadores de póquer, de los capitanes pirata que esperan al autobús cada martes a las ocho de la mañana. 
¿A dónde van? Es igual. Nadie lo sabe. Pero, ¿sabes? No todo es tan disparatado. No todo es tan lejano. Quizá tus manos están cerca del sol y por eso te quemas, quizá estás cerca del mar y por eso te ahogas, quizá eres un cactus y por eso te pinchas cuando abrazas fantasmas que no existen o que tan sólo existieron. ¡Eso! El pasado. ¡El pasado ha pasado ya! ¿Por qué haces que pase si ha pasado? Presentes que no son regalos porque los quieres devolver a la tienda, que te den un cupón, que el futuro está cerca. 
Me lo han prometido, ¿sabes? El futuro. Mil veces. Mil futuros mil veces, los quiero en un cheque, o en negro, o en prendas de vestir que nadie haya visto así cuando me miren dirán "¡qué friki!" y se reirán y habré hecho reír a unos pobres tristes. Les  habré dado recuerdos de payaso. No nos disfrazamos. Deberíamos. De payasos o de cosas o de animales o de monstruos. Monstruos. ¿Por qué los quieren matar siempre? ¿Por qué se meten con quien sigue su naturaleza? Si no te gusta la naturaleza de un volcán, no construyas en sus costas, idiota. La gente me supera, a veces, en realidad no, pero quejarse es tan divertido que algunos lo adoptaron como hobby, otros como tercer hijo, otros como primero. Otros le han dejado su herencia. 
Quejarse hasta la tumba. La lápida: "Qué incómodo es esto". 

Supongo que todo viene de que no pudieron darme esos futuros, ¿eh? Nadie. O quizá exagero. Pero sigo navegando, yo cojo el autobús los jueves. Los jueves son raros. ¿Qué opinas de eso? ¿De qué? De los jueves sin velas, de los domingos sin música y de los atardeceres a través de una copa mitad lujuria mitad "qué haces aquí". 
Y después de todo lo único que queda es un edificio lleno de piedras que cargo por las fiestas de los flagelantes podridos, los que nadie va a ver, porque se están muriendo de cáncer en una habitación de hospital. ¿Dónde está el saco de dormir? Me afeitaría la cabeza también. Y las manos. ¿Dónde las guardo? En alguno de estos cajones seguro que hay una goma de borrar. Es que me tengo que borrar la cara, no me gusta ya. Lleva a malinterpretaciones de mi cara. No es bueno para el negocio. Ya sabes, el negocio de gafas que sirven para ver la vida de colores, pero sólo para gente sin cara. Me arruiné, claro, la gente tiene mucha cara. ¿No? A veces sí. Se me cuelan en las colas de los súpers, y yo luego tengo que enfrentarme a la cabeza del dragón y echa mucho fuego. Pero yo, por suerte, echo mucho más que él. 
La gente confía en eso. En eso y en llamar a ciertas horas de la llamada preguntando por su helado de chocolate con menta o menta con chocolate, no sé, nunca me lo pido, me da asquito. Y entonces es cuando me atropella un coche y me despierto en el hospital todo lleno de flores y notas de agradecimiento sin nadie que me las abra porque mis brazos están rotos de mandar a la mierda a todos los que me tiraron el café a la cara. No tengo por qué soportar eso. Pero mejor hacerlo antes de que muchos se caigan, pero quizá no. 

Quizá solo necesito tiempo. 

Quizá solo quiero que escuchen a lobo de mar que coge el autobús los jueves porque está harto de las canciones de ron, del ron y de ser brutalmente estereotipado. 

Pero no me he soltado ni un poquito. Todo esto está arañando la superficie. ¿Quién sabe qué hay más abajo? 

Sí. ¿Quién lo sabe? 

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