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lunes, 23 de mayo de 2016
Hazte una foto de madrugada
A veces escribo acerca de instantes. Instantes. Como fotografías, ¿conoces la fotografía de la que hablo? No, claro que no. Aún no te hablé de ella. Aún no la he tomado. Cualquier tipo de comunicado sea leído, escuchado o visto tiene en común que corta una parte de la realidad y uno se la da a otro. Decidir qué cortar es importante, es tan importante como decidir cuánto pastel vas a comerte de madrugada sin sentirte mal contigo mismo. ¿Por qué ibas a sentirte mal? ¡Come! Que está rico, joder. Pero luego desayuna, ¿vale?
En fin, el caso. Si escribo un instante recorto un pedacito minúsculo de realidad. Pero lo divertido de la escritura es que puedes alargarlo hasta el infinito. Sí, es probable que una imagen valga más que mil palabras pero mil palabras pueden ser mucho más entretenidas que una imagen. Y conoces el instante del que te hablo.
Es de madrugada, no sabes ni te importa mucho lo que ha pasado pero has llegado a casa, o al menos a un sitio con techo y supuestamente una cama en la que dormir. Y de pronto has tenido un momento de lucidez. Quizá no era de madrugada, sólo espero que sí porque es más divertido, la madrugada es especial... Todo está en silencio y prácticamente puedes sentir como, si no haces mucho ruido, el mundo es tuyo. Puedes incluso caminar en pijama por la calle que nadie te dirá nada. "Mira el raro ese, en pijama" como mucho, de madrugada todo el mundo que está en la calle es raro o está haciendo cosas raras. Divago.
Tienes ese momento de lucidez después de mucho ajetreo, has hecho muchas cosas hoy y sólo querías llegar a algún sitio a acostarte, ¡y mañana será otro día! Pues, adivina qué, estás vivo. Y tu cabeza te lo está diciendo. Has parado por un momento, has mirado por la ventana y has sentido que el mundo era precioso por un breve, muy breve instante. ¡Ese instante! Cógelo con pinzas, que no se rompa. Es probable que hayas visto tu reflejo en la ventana, las luces de la ciudad, un árbol, unos niños, un pajarillo, ¡algo! Qué más da. La cosa gorda es ese instante. ¿Lo conoces?
¿Has vivido esa fotografía?
La de embobarte una eternidad enfrascada en una milésima de segundo.
Quizá la hayas tenido, pero también puede que no. Puede que no te hayas dado cuenta de haber tenido ese instante.
¿Y si, por un instante, pensamos que ese instante tiene razón?
Si quieres hacerte esta foto es muy sencillo, no necesitas cámara. Ve a la cocina, coge tu bebida caliente favorita, viértela con sumo silencio en una taza, la más bonita que tengas y acércate a la ventana. ¡De madrugada, por favor! Y allí, en lo que te tomas la taza te habrás sacado la foto. Es un instante.
Ya sabes.
Esa una foto muy bonita.
viernes, 20 de diciembre de 2013
El chico que hablaba de sí mismo
Tres de la mañana en una calle cualquiera bajo unas estrellas cualesquiera, camina con zapatos remendados un ser cualquiera. No levanta ni suscita ningún interés, no si ello no quiere. Camina con ojos vidriosos y reptiles bajo la atenta mirada de las farolas. Camina con las manos en los bolsillos, encapuchado con una sudadera, paso a paso por la avenida. En la entrada a algunos callejones hay pequeñas murallas de hormigón, "fuera de aquí" pintado con letras graffiti. Escucha los murmullos de algunos que aún siguen despiertos, escucha los gritos de otros que parecen dormidos... Nadie es igual pero ¿son todos diferentes? Ya es tarde para estar haciéndose esas preguntas y más para un monstruo, no es un monstruo de medianoche, hay otros que sí, pero ello no lo es. Va hablando de sí mismo como si fuera el narrador de su existencia, o quizá hablaba consigo mismo de su existencia, no sabría diferenciarlo bien. La noche no deja ver lo obvio a veces, sólo lo que no se ve por el día.
Ya no quiere más, no quiere más de su condición, de su realidad. Está harto de aceptarlo una y otra y otra vez. ¿Por qué habría de hacerlo? Claro, porque es un monstruo. Eso es lo que son. Los seres que no pertenecen a lo que les rodea, seres con ansias de soledad, de volver a un hogar que no tienen... Son ilusos e inconscientes y probablemente lo sepan. Ello está harto de todo lo que le pasa, harto de ver tanto a Soledad, Soledad no sabe dar abrazos, siempre te acaba cortando. No tiene a nadie con quien pasear o tomarse un café, tampoco sabe a ciencia cierta si lo quiere. Es un poco extraño. Son sentimientos pasajeros, ninguno es una idea real y sólida, pocas de esas hay como para tener más de una. Escucha una radio de un local sorprendentemente abierto, hay un grupo de skins escuchando a su líder que está subido en lo alto de la barra gritando por algunas cosas que ni entenderá el propio pregonero. Se le cruza en el camino una chica, la conoce, cree, no sabe ya ni quién es. Escuchó hace poco que cada cien años la Muerte misma es mortal por un día para experimentar qué sienten las almas que cosecha, piensa en si será cierto, cosas más increíbles ha visto; lobos capaces atravesar paredes, ritos que invocaban sombras capaces de rasgar la realidad, moradas llenas de sueños rotos que sollozaban y gritaban como bebés agónicos y la lista sigue...
Seguro que será una tontería. Seguro que se le pasará, pero no puede evitar pensar en que no hay nadie cerca, en que se acostará y despertará solo, en que no durará mucho más y en que aquello se irá por donde vino. Una vez más.
Él, ello, aquel chico, visitará a un viejo amigo esta noche, necesita descender, entra por el edificio de la luz verde sobre la puerta, se asoma al hueco de las escaleras, una llave y ya puede bajar. Baja y baja, peldaño tras peldaño. Siempre se pregunta cómo no pueden saber nada de esto las personas que viven en ese edificio. Baja mientras lo piensa. Baja hasta llegar al gran túnel con aquellas luces azules colgando del techo, licor de hada creo que lo llaman, no se apagará mientras no lo alumbre el Sol o la Luna. Perfecto para estas cloacas de ladrillo grande y de piedra, dos pasillos a cada lado y en el centro del túnel un río maloliente. Él se acaba de alegrar por primera vez de tener la nariz taponada porque el río apesta, él lo sabe de antes. Algo nuevo, quizás, era la chica que estaba al final del túnel tapada con la que presumo es su propia chaqueta. ¿Qué hace?
-Eh, eh, ¿qué haces aquí?
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Ya no quiere más, no quiere más de su condición, de su realidad. Está harto de aceptarlo una y otra y otra vez. ¿Por qué habría de hacerlo? Claro, porque es un monstruo. Eso es lo que son. Los seres que no pertenecen a lo que les rodea, seres con ansias de soledad, de volver a un hogar que no tienen... Son ilusos e inconscientes y probablemente lo sepan. Ello está harto de todo lo que le pasa, harto de ver tanto a Soledad, Soledad no sabe dar abrazos, siempre te acaba cortando. No tiene a nadie con quien pasear o tomarse un café, tampoco sabe a ciencia cierta si lo quiere. Es un poco extraño. Son sentimientos pasajeros, ninguno es una idea real y sólida, pocas de esas hay como para tener más de una. Escucha una radio de un local sorprendentemente abierto, hay un grupo de skins escuchando a su líder que está subido en lo alto de la barra gritando por algunas cosas que ni entenderá el propio pregonero. Se le cruza en el camino una chica, la conoce, cree, no sabe ya ni quién es. Escuchó hace poco que cada cien años la Muerte misma es mortal por un día para experimentar qué sienten las almas que cosecha, piensa en si será cierto, cosas más increíbles ha visto; lobos capaces atravesar paredes, ritos que invocaban sombras capaces de rasgar la realidad, moradas llenas de sueños rotos que sollozaban y gritaban como bebés agónicos y la lista sigue...
Seguro que será una tontería. Seguro que se le pasará, pero no puede evitar pensar en que no hay nadie cerca, en que se acostará y despertará solo, en que no durará mucho más y en que aquello se irá por donde vino. Una vez más.
Él, ello, aquel chico, visitará a un viejo amigo esta noche, necesita descender, entra por el edificio de la luz verde sobre la puerta, se asoma al hueco de las escaleras, una llave y ya puede bajar. Baja y baja, peldaño tras peldaño. Siempre se pregunta cómo no pueden saber nada de esto las personas que viven en ese edificio. Baja mientras lo piensa. Baja hasta llegar al gran túnel con aquellas luces azules colgando del techo, licor de hada creo que lo llaman, no se apagará mientras no lo alumbre el Sol o la Luna. Perfecto para estas cloacas de ladrillo grande y de piedra, dos pasillos a cada lado y en el centro del túnel un río maloliente. Él se acaba de alegrar por primera vez de tener la nariz taponada porque el río apesta, él lo sabe de antes. Algo nuevo, quizás, era la chica que estaba al final del túnel tapada con la que presumo es su propia chaqueta. ¿Qué hace?
-Eh, eh, ¿qué haces aquí?
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sábado, 24 de agosto de 2013
Tomás
Detrás
de muchas miradas se esconden secretos que nadie quiere creer, que de saberse
todo el mundo olvidaría conscientemente, hechos ocultos por un bien común,
misterios que no deben ver la luz. Son sombras que todos conocemos pero todos
olvidamos. Hay quienes conocen estos susurros y los ocultan con todo lo que les
queda de humanidad.
Tomás
es un hombre moreno, vive cerca de la ciudad en un pequeño apartamento de un
barrio callado y alejado, no suelen pasar muchas cosas por allí. Su apartamento
es un bajo. Es un hombre amable de unos cuarenta años aunque ya tiene canas y
un poco de alopecia. Participa en todas las obras benéficas de su iglesia, da
golosinas a los niños y es amigo de la gran mayoría de dueños de perros del
barrio pues siempre que tiene tiempo saca a pasear a su beagle por los pocos
parques y avenidas que aún quedan en aquel pequeño barrio. Es un gran tipo,
trabaja en una empresa de ventas que no le quita demasiado tiempo. Tomás es un
tipo normal.
Debajo
de su cama tiene una trampilla fabricada por él. Su bloque de apartamentos no
tiene sótano, tan sólo una sala de calderas por lo que imaginamos que Tomás ha
cavado ese sótano que se encuentra bajo su cama. Cada noche de domingo corre su
cama, abre la trampilla, mete unas escaleras y baja lentamente. Parece
profundo, debe serlo para evitar todas las tuberías y alcantarillas del barrio,
hasta que pisa madera con sus viejos mocasines. Camina lentamente hasta una
portezuela de hierro con extraños relieves que forman encinares, parece una
puerta muy antigua. La abre con una llave que sólo él posee y que guarda
convenientemente en el mismo llavero que la llave de la trampilla. Arrastra las
pesadas puertas y llega a un pasillo iluminado con luz eléctrica aunque el
pasillo es de ladrillos muy viejos, algunos enmohecidos. Camina y camina, sus
mocasines hacen un eco aterrador pero él lo conoce muy bien, camina seguro y
decidido, su cara mantiene un semblante muy serio, inédito para sus conocidos.
Llega
por fin, pasa por un arco y llega a una sala redonda en la que dispuestos según
coordenadas cartesianas se encuentran cuatro pasillos, de cada uno aparece un
hombre. En el centro hay una estatua de oro, la estatua representa a un ser de
cuatro cuerpos, esto es, cuatro caras, ocho brazos, ocho piernas y cuatro
torsos, cada uno mirando a uno de los pasillos, el ser no tiene espalda ni
gónadas. Cada uno se acerca a un pequeño altar situado frente a la figura y
sacan un libro. Cada libro es diferente, parecen viejos diarios personales,
carcomidos y muy leídos. Los abren, alzan las manos, hacen una reverencia y
realizan cánticos en lenguas fósiles. Entonces la cabeza dorada de cuatro caras
gira en el sentido de las agujas del reloj una posición, se abren las bocas y
los ojos y de ellos mana sangre, sangre demasiado densa para ser humana, la
cual se desliza sin dejar rastro alguno en una fuente que se encuentra frente a
cada faz de la estatua. Los cuatro sacan unas copas muy alargadas y
ornamentadas, recogen la sangre y con sus lenguas recogen ese líquido casi
carmesí, casi negro, con unas lenguas exageradamente grandes para la humanidad,
son finas y muy largas, capaces de absorber gran cantidad de vitae, sangre. Los
cuatro se limpian la boca, cierran los ojos, hacen una reverencia y se van por
donde vinieron.
Esto
es un hecho insólito de por sí, ¿cierto? Tomás es un hombre que esconde muchos
secretos aunque, ¿qué es más inverosímil, este extraño ritual o el hecho de que
lleve siglos haciéndolo junto a los mismos cuatro hombres? Eso es un juicio que
dejo a quien escuche estos testimonios.
Al
día siguiente Tomás se levantará de la cama, se preparará un café, pondrá agua
en el café de Puch, su perro, cogerá su viejo coche y se irá a trabajar
escuchando un programa mañanero de radio.
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domingo, 4 de agosto de 2013
No pararon en la cuneta
Sorbió un poco más de café, sus marcadas ojeras gritaban por un poco de cafeína. Se sentó, tiró las cenizas en el platito de la taza y suspiró. Hacía semanas que no veía a nadie, tan sólo miraba el periódico, veía lo que fuera que echaran en la tele y bajaba al sótano para sentir nostalgia. Tenía un aspecto horrible, aunque nada exagerado con el aspecto que solía tener. Se acarició el piercing de la nariz, pensó un poco en qué hacer ese día, bajó los ojos al café. Tomó otro sorbo. Miró hacia el techo, exhaló. Se dio cuenta que no llevaba sujetador. Le dio igual al segundo después de saberlo. Se levantó, lavó la taza y salió a fuera a fumarse el tercero de la mañana. Aquel día se presentaba como todos pero vio su viejo coche acercarse por la calle. Él la saludó, ella, tirando el cigarro y todo lo que llevaba encima, fue corriendo a abrazarle y sonriendo se quejó de cuánto hacía que no le veía.
A los pocos días salieron de casa en aquel coche esperando no volver en mucho tiempo. Ella reclinó el asiento, se puso sus gafas de la suerte, comprobó la guantera y se guardó a una vieja amiga en la bota. Encendió un cigarro y después de chincharle a él con el humo se echó a reír como hacía semanas que no hacía. Él miró el móvil en un semáforo, a algún sitio irían.
Acabaron en un lugar costero con casuchas de madera seca, encontraron su casa, sujetada por unos postes por si subía la marea. No había timbre, dieron golpes a la puerta. Vieron la cara de una señora muy mayor y muy malhumorada, casi los echa en el acto. Él la explicó la situación y ella sonrío. Les dijo que allí ya no pasaban esas cosas, pero sabía dónde podría pasar algo parecido. Los envío a dos pueblos más al norte. Por el camino pararon un par de veces, eran dos pueblos pero muy lejanos entre sí. Después de dos días de viaje llegaron. Lo primero que les sorprendió fue tantísima niebla.
Ella se abrochó el abrigo y él se subió la cremallera de la sudadera. Ambos se pusieron una braga. Caminaron a paso firme por la nieve hasta que llegaron a la casa que se les había descrito. Era de día y el sol estaba en el punto más alto. Decidieron llamar a la puerta de atrás. Les abrió un tipo negro ancho, les dijo que no quería comprar nada y ellos con el mal humor en sus caras le dieron una patada en sus debilidades. Entraron en la casa mientras el pobre hombre sollozaba en el suelo, lo primero fue bajar al sótano. Sacaron los bates de béisbol. Lo siguiente era el desván, hicieron lo propio. El hombre recibió un parte médico días más tardes por contusión en el cráneo. Al salir del pueblo ambos dos recibieron una extraña visita en el coche. Era una chiquita joven, más joven que ella, rubia y de una belleza sureña, con ojazos incluidos. Les pidió si podía ser como ellos, de momento ninguno objetó. Momentos más tarde el silencio se rompió y la chica tenía un balazo en la pierna. Después de limpiar la herida los tres volvieron a casa. Hay días raros.
Bebieron del café que él preparó, ella sacó tres cigarros de liar, tabaco rubio. Dejó una caja vacía para las cenizas encima de la mesa. Era de noche cuando llegaron, el ventilador giraba lentamente, el viento lo hacía. Ella decidió esa noche, dormían juntas. Buenas noches.
Anónimo
Desde mis sueños hasta tu pantalla
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A los pocos días salieron de casa en aquel coche esperando no volver en mucho tiempo. Ella reclinó el asiento, se puso sus gafas de la suerte, comprobó la guantera y se guardó a una vieja amiga en la bota. Encendió un cigarro y después de chincharle a él con el humo se echó a reír como hacía semanas que no hacía. Él miró el móvil en un semáforo, a algún sitio irían.
Acabaron en un lugar costero con casuchas de madera seca, encontraron su casa, sujetada por unos postes por si subía la marea. No había timbre, dieron golpes a la puerta. Vieron la cara de una señora muy mayor y muy malhumorada, casi los echa en el acto. Él la explicó la situación y ella sonrío. Les dijo que allí ya no pasaban esas cosas, pero sabía dónde podría pasar algo parecido. Los envío a dos pueblos más al norte. Por el camino pararon un par de veces, eran dos pueblos pero muy lejanos entre sí. Después de dos días de viaje llegaron. Lo primero que les sorprendió fue tantísima niebla.
Ella se abrochó el abrigo y él se subió la cremallera de la sudadera. Ambos se pusieron una braga. Caminaron a paso firme por la nieve hasta que llegaron a la casa que se les había descrito. Era de día y el sol estaba en el punto más alto. Decidieron llamar a la puerta de atrás. Les abrió un tipo negro ancho, les dijo que no quería comprar nada y ellos con el mal humor en sus caras le dieron una patada en sus debilidades. Entraron en la casa mientras el pobre hombre sollozaba en el suelo, lo primero fue bajar al sótano. Sacaron los bates de béisbol. Lo siguiente era el desván, hicieron lo propio. El hombre recibió un parte médico días más tardes por contusión en el cráneo. Al salir del pueblo ambos dos recibieron una extraña visita en el coche. Era una chiquita joven, más joven que ella, rubia y de una belleza sureña, con ojazos incluidos. Les pidió si podía ser como ellos, de momento ninguno objetó. Momentos más tarde el silencio se rompió y la chica tenía un balazo en la pierna. Después de limpiar la herida los tres volvieron a casa. Hay días raros.
Bebieron del café que él preparó, ella sacó tres cigarros de liar, tabaco rubio. Dejó una caja vacía para las cenizas encima de la mesa. Era de noche cuando llegaron, el ventilador giraba lentamente, el viento lo hacía. Ella decidió esa noche, dormían juntas. Buenas noches.
Anónimo
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domingo, 28 de abril de 2013
Cristalización regular
Recuerdo la historia de un tipo, no era de este tiempo, ni de cualquier otro que conozcas. Era de un futuro aún lejano al tuyo pero también era pasado. El tiempo allí está tergiversado por los versos de una alegre eternidad que jugó a ser eterna. Aquel hombre era un viajero, un viajero del tiempo, ya que viajar por el espacio es imposible allí. Para que entiendas lo que te quiero decir imagina un mundo que a diferencia del tuyo donde el tiempo corre y tú te mueves en el espacio, allí el espacio corre y tú te mueves por el tiempo.
Nunca salgas de casa sin un lápiz para apuntar.
Aquel viajero se dedicaba a mostrar en su feria ambulante las maravillas que encontraba en sus viajes. Desde volcanes en miniatura hasta frutas mecánicas. Árboles de stracciatella y navajas de agua. Plumas que escribían con fuego y reglas de medición esférica. Recetas para hacer baguettes y plátanos con lunares.
Todos se asombraban. En cuanto a él, sí, era un tipo singular, jamás vi a nadie igual. Era amable, como todo viajero viejo, y siempre llevaba globos de más para niños solitarios que tuvieran ganas de jugar. Era alto, erguido, recto y perspicaz, con una gabardina negra, nariz afilada, gafas redondas y un sombrero con plumas de colores, "regalos de otro lugar" decía si le preguntabas.
Vendía y mostraba, traía diversión y alguna vez algo más, pero suspiraba cada vez que volvía al flujo del viento temporal. Añoraba la aventura con la que consiguió todo aquello, pero era difícil, ya nada era igual. Habían pasado muchos lugares, ya no creía que le quedase nada más por estar.
El último pueblo que tuvo la suerte de visitar fue una sorpresa singular, encontró a un niño con cara de que en él se puede confiar, apenas se había movido, un millar de kilómetros, poco más, un niño bonito pero con cara de guardar y esconder más de lo que mostraba y contaba. El niño hizo un trueque con el viajero, la pluma de un cuervo por una llave sin par. Era de su abuelo y no sabía qué abría pero creía mejor que la tuviera alguien que la fuese a usar más que él, un niño que sólo quería prosperar. La llave era un cubo geométrico, de oro apagado, un poco mellado y reflejaba todo lo que no se debe reflejar. Fue algo que el viajero no pudo rechazar.
Las leyendas de aquel lugar contaban que en horas lejanas se escondía una mazmorra especial, llena de tesoros que se escondieron tiempo atrás, preparados para encontrarse con todo aquel con la ambición suficiente como para recogerlos y compartirlos. Con sus ya marcados pasos, el viejo se adentró entre bosques y colinas, desiertos y alguna ciénaga, siempre con un mapa inventado, los consejos del cielo y los olores de las dunas en todas sus formas, tamaños y colores.
Cuando acampaba encendía un fuego púrpura, el cual calienta más que el fuego que tú conoces, pero claro, éste necesita dejar de crepitar. Allí cogía la llave y reflejaba sus pupilas en ella, veía todo aquello que no se debe reflejar, como los secretos que nunca se han de contar o el conocimiento que siempre se ha de sellar. Entonces la arrojaba al fuego y este volvía a crepitar, como si fuera un objeto del otro mundo que jamás pisó.
Por fin llegó a la puerta de aquella mazmorra, después de andar a través kilómetros y arenas que no dejaban nunca de caer. Entonces lo vio, glifos viejos, glifos de otros lugares parados ante él, como un espectáculo de poca gracia y mucha risa que le indicaban los escondites ocultos de la mazmorra y lo que nunca debería hacerse: abrirse.
Me encontré con él, yo buscaba lo mismo, no tenía llave pero buscaba momentos, estaba haciendo un mapa con ellos. Me explicó su historia, que debí apuntar en algún sitio. Le di una pluma de cuervo y él me dio la llave, me dijo que sería la decisión de un ser diurno y nocturno, no suya.
Lo vi alejarse por el horizonte, un buen viajero que caminó hacia donde ya no se recuerdan memorias. Cuando llegué comprendí por qué me dio la llave, tengo nombre de custodio y, claro, es algo que soy, aún llevo conmigo esa llave, la venderé por una pluma de cuervo para aquel que quiera abrir la mazmorra.
Pero han de saber una cosa, las mazmorras se diseñan para encerrar. Las llaves se diseñan para tomar decisiones y para prometer una bifurcación de futuros. Y los viajeros existen para que el flujo de las cosas nunca deje de cambiar.
κοράκι
Aún no he vuelto
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Ilustración por Emel En Su Mundo
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lunes, 30 de julio de 2012
Ese extraño vecino mío
A veces suelo verlos. Esos
personajes de cuento ficticio que viven en la realidad. A veces son tan
palpables como tú y como yo. Otras... no tanto. En casi cualquier barrio hay un
par de tipos solitarios que siempre ves andando, montados en algo, en su mundo.
Siempre en su mundo. Como si vivieran dentro del cuento del que salieron.
En el mío hay uno. Es
extraño, nadie se acerca a él y parece que a veces sólo yo soy capaz de
verlo... es como una sombra, o algo parecido. Se esconde entre las personas,
como cuando preguntas a alguien que dónde escondería un árbol y te dice que en
un bosque. Algo parecido. Es especial.
A veces incluso salgo sólo
para ver si le veo. Es curioso. Su cara siempre es de indiferencia, aunque mira
con la mirada de alguien que busca algo, algo que no se ve a simple vista. A
veces lleva libros y se sienta a leerlos a la vista de todos, pero nadie lo ve,
salvo a veces... yo. Escucha música mientras lee y pone caras. Es extraño. Es
como si la gente que no le ve no la viese él. Cuando cierra el libro, mira al
cielo... casi siempre a las estrellas, suspira, sonríe y se va como vino. De la
nada a la nada. ¿Vivirá en algún sitio? Me pregunto siempre eso, eso y
¿existirá realmente o es un espejismo? Siempre que le veo quiero hablar con él,
pero no me atrevo y si me armo de valor se va. A lo mejor es cosa del destino,
"el chico que nunca pudo ser conocido", o algo así. No sé, el mundo
hace que a veces no crea en la casualidad. Después de todo, debe ser de carne y
hueso, ¿no?
Quizá es sólo alguien que
no tiene amigos más que sus libros y quiere respirar el aire de la calle. Quizá
es un chico normal que le gusta mirar a la estrellas. Quizá quiera llamar la
atención de gente especial... gente como él. Creo que se deberían reunir todos
estos tipos, se alegrarían bastante ver que hay más como ellos, al final, el
ser humano creo que es sociable... que le gusta la familia, una de verdad,
¿sabes? No una de esas que te encuentras en la televisión. Quizá sólo quiera un
abrazo, pero es muy tímido con, ya sabes, la gente que le vemos. Un día le vi
los ojos y él me observó los míos, sentí como si alguien me desnudase,
¿entiendes? Pero no el cuerpo, o sea, no con deseo, sino que me desnudase el
alma, como si me conociera de toda la vida, como un padre o un... ¿hermano?
Nadie me miró así nunca más, no sé si eso es bueno o malo o si siquiera me
importa que lo sea.
Un día dejas de verle, se
evapora, quizá nunca existió. Tú vida sigue, y un día del año siguiente en una
fecha parecida le ves pasear y la apatía se va. No sé, él encierra algo que los
demás no hacemos o no creemos hacerlo. Quizá algún día me acerque y le
salude... algún día... y tú, ¿viste alguna vez alguien así?
Suerte
Remuevo un café cada mañana
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