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domingo, 2 de marzo de 2014

Amnesia natal

Esta historia es un cuento. Me dijo ella antes de irse. La chica de los ojos dorados. ¿O era dorada la cerveza? Acabé dormido en un sofá de bar. Con el ventilador girando lentamente. Con la mente vacía. Con el corazón roto.

¿Y ahora qué? 

Salgo y el sol me ciega, son las once de la mañana y estoy en un pueblo costero que se cree ciudad. Está algo ajetreado y noto que mi camiseta está mojada y mis pantalones deshilachados. Fuera lo que fuera lo de anoche fue muy animal. Decido caminar hasta ver algo que me llame la atención, que me dé alguna información. Pero no hay remedio porque acabo en la playa. Es otoño y no hay nadie excepto algunos románticos. ¿No tienen trabajo o qué? Llego hasta la orilla y respiro. No sé dónde estoy pero estoy de puta madre. ¿Qué habrá pasado? Hasta hace unos días yo era un gris mentiroso, un burlón estafador... sin futuro, sin amigos, sin pasado. Una cucaracha más de la gran urbe. ¡Qué habrá pasado para sentirme tan bien por dentro! 

-¡Ey! -escucho a mi espalda. Me giro y veo lo que nunca esperé, una chica de pelo negro y ojos dorados. Son unos ojos que nunca habréis visto pero al verlos no te parecen irreales, no te parecen raros, sabes que no podrían ser de otra manera. -No lleva usted zapatillas, debería ponerse algo. 
Está sentada en la arena abrazada a sus rodillas. El sol la acaricia. 
-No se preocupe, tenga. 
De la mochila saca unas sandalias y me las lanza. 
-¿Qué hace aquí si puede saberse? Tiene muy mal aspecto, una noche entretenida, ¿eh?
-Dímelo tú, estuviste en ella.
-¿Perdone?
-¡Sí! ¡Eres tú! ¡La chica de las cabras y los ojos de miel! Por favor, dime qué pasó, no recuerdo nada. 
-Señor, es usted muy raro. ¿Va drogado? 
-¡No, no! No soy raro, ¿vale? Tú estuviste, te recuerdo perfectamente, tus ojos que me vieron, me vieron todo, tus labios que sabían a caramelo... 
-¡Basta! ¡¿Quién se cree que es?! ¡Y quíteme la mano de encima! ¡Quédese con las chanclas si quiere pero déjeme en paz! 
Se levanta y se va mientras escucho como refunfuña. Y una vez más estoy aquí, sin respuestas y solo pero ahora me siento violento. Normal, supongo. Pero no dejo de sentirme bien, creo que podría acostumbrarme a esto. Me quito la ropa y me meto en el mar en calzoncillos, nado durante lo que creo que son horas... 

El ventilador gira lentamente y hay algo de bullicio, olor a mar, maderas y luz tenue. Un bar de playa. Me sirven comida típica del lugar, parecen una variedad de hortalizas con arroz o algo, está bueno, no me lo pienso. A saber desde hace cuánto no como. 
-Perdone, ¿tiene usted servilletas?
Me giro y la mesa de detrás la ocupa la chica de los ojos dorados. No entiendo nada.
-Sí... toma... ¿nos conocemos de algo? 
-No, que yo sepa no. Gracias.
-¿Seguro? O sea, juraría que te he visto antes en la playa. 
-Yo hoy no pisé la playa, lo siento señor. 
Está jugando conmigo, pero cálmate... no vamos a montar un espectáculo público. Las respuestas a su debido tiempo. Mejor espero a que acabe de comer y la sigo. ¿Gemelas? ¿Trillizas? Y esos ojos dorados, parecía que lo veían todo. 

Llevo ya unos cinco minutos siguiéndola, vamos a los barrios más bajos del pueblo, casas pequeñas y gente disfrutando del buen tiempo. Niños corriendo. La chica de pelo negro y ojos de oro no se inmuta, sigue su camino. Nunca mira atrás. ¿Qué hace? Sigue caminando y se sale del pueblo. Camina por descampados, campo abierto y liso, apenas veo un par de molinos, campos de trigo y arroz y al final, en el horizonte, montañas azules. No hay nada. Nos alejamos del pueblo. Atardece incluso. Acabamos llegando a un pequeño bosque. El bosque resulta ser más grande por dentro que por fuera. Llegamos a una zona de raíces enormes, troncos anchos, espesura y piedras grises bastante monumentales. Comienza a hacer fresco y hay mucha humedad. ¿Dónde estoy? Si quisiera dar media vuelta no sabría volver y no tengo nada que perder, sólo puedo seguirla a partir de este punto. 
Ella llega a un claro en el bosque, un círculo bastante amplio con un monolito en el centro. Esto se está pasando de raro. 
-¡Eh! ¡Tú! 
-Ha llegado un punto en el que he ignorado que me seguías. No eres muy sutil, lo sabes, ¿no?
-¿Qué es todo esto? 
De pronto veo a una chica con ojos dorados y pelo negro y al mismo tiempo a una cabra negra de ojos amarillos. Las veo a las dos en el mismo sitio. Una fusión de realidades, no aguanto mucho tiempo, caigo al suelo de rodillas y me llevo las manos a la cabeza. Tengo un dolor en la cabeza. Es un dolor punzante, se me clava y enquista. Grito, ¡grito! Es un dolor que duele en toda la cabeza. Me presiona y rompe. Y escucho que se acerca. Aprieto los dientes para no gritar. Lloro. Hago acopio de valor. Me levanto y la envisto. Cae como un peso muerto en el suelo.
-¡Dios! ¡¿Qué cojones pasa?! ¡Dímelo! ¡Joder, dímelo! 
Estoy muy alterado pero por dentro estoy en paz. 
Ella se levanta. Ella me mira. 
-Ayer tu vida acabó y comenzó una nueva. Alégrate hijo de los hombres. Te he dado la vida. 
-¡¿Qué?! 
-Como te he dicho, ayer tu vida acabó a manos de ti mismo. Pistola en la boca, cuerpo en la bañera. Típico suicidio. Me apiadé de ti. Te devolví a la vida. Y te di una vida. Una de la que no te arrepentirías. 
Me quedo callado... embobado... ¿qué es todo esto? ¿De qué habla? Caigo de nuevo al suelo. Lloro. Lloro como ni de niño hice. Sigo sintiendo plenitud en mi interior. Sale sangre por mi boca. 
-Alégrate, porque podrías haber muerto anoche pero escuchaste la voz de un dios menor. 

-Y esa es mi historia. Es un cuento.
Le serví la última copa de aquella noche. Mi ventilador giraba lento. La noche refrescaba. Pocos quedaban ya en sus taburetes. Y a él le pareció ver un ojo dorado en mi reflejo.

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viernes, 20 de diciembre de 2013

El chico que hablaba de sí mismo

Tres de la mañana en una calle cualquiera bajo unas estrellas cualesquiera, camina con zapatos remendados un ser cualquiera. No levanta ni suscita ningún interés, no si ello no quiere. Camina con ojos vidriosos y reptiles bajo la atenta mirada de las farolas. Camina con las manos en los bolsillos, encapuchado con una sudadera, paso a paso por la avenida. En la entrada a algunos callejones hay pequeñas murallas de hormigón, "fuera de aquí" pintado con letras graffiti. Escucha los murmullos de algunos que aún siguen despiertos, escucha los gritos de otros que parecen dormidos... Nadie es igual pero ¿son todos diferentes? Ya es tarde para estar haciéndose esas preguntas y más para un monstruo, no es un monstruo de medianoche, hay otros que sí, pero ello no lo es. Va hablando de sí mismo como si fuera el narrador de su existencia, o quizá hablaba consigo mismo de su existencia, no sabría diferenciarlo bien. La noche no deja ver lo obvio a veces, sólo lo que no se ve por el día.

Ya no quiere más, no quiere más de su condición, de su realidad. Está harto de aceptarlo una y otra y otra vez. ¿Por qué habría de hacerlo? Claro, porque es un monstruo. Eso es lo que son. Los seres que no pertenecen a lo que les rodea, seres con ansias de soledad, de volver a un hogar que no tienen... Son ilusos e inconscientes y probablemente lo sepan. Ello está harto de todo lo que le pasa, harto de ver tanto a Soledad, Soledad no sabe dar abrazos, siempre te acaba cortando. No tiene a nadie con quien pasear o tomarse un café, tampoco sabe a ciencia cierta si lo quiere. Es un poco extraño. Son sentimientos pasajeros, ninguno es una idea real y sólida, pocas de esas hay como para tener más de una. Escucha una radio de un local sorprendentemente abierto, hay un grupo de skins escuchando a su líder que está subido en lo alto de la barra gritando por algunas cosas que ni entenderá el propio pregonero. Se le cruza en el camino una chica, la conoce, cree, no sabe ya ni quién es. Escuchó hace poco que cada cien años la Muerte misma es mortal por un día para experimentar qué sienten las almas que cosecha, piensa en si será cierto, cosas más increíbles ha visto; lobos capaces atravesar paredes, ritos que invocaban sombras capaces de rasgar la realidad, moradas llenas de sueños rotos que sollozaban y gritaban como bebés agónicos y la lista sigue...
Seguro que será una tontería. Seguro que se le pasará, pero no puede evitar pensar en que no hay nadie cerca, en que se acostará y despertará solo, en que no durará mucho más y en que aquello se irá por donde vino. Una vez más.
Él, ello, aquel chico, visitará a un viejo amigo esta noche, necesita descender, entra por el edificio de la luz verde sobre la puerta, se asoma al hueco de las escaleras, una llave y ya puede bajar. Baja y baja, peldaño tras peldaño. Siempre se pregunta cómo no pueden saber nada de esto las personas que viven en ese edificio. Baja mientras lo piensa. Baja hasta llegar al gran túnel con aquellas luces azules colgando del techo, licor de hada creo que lo llaman, no se apagará mientras no lo alumbre el Sol o la Luna. Perfecto para estas cloacas de ladrillo grande y de piedra, dos pasillos a cada lado y en el centro del túnel un río maloliente. Él se acaba de alegrar por primera vez de tener la nariz taponada porque el río apesta, él lo sabe de antes. Algo nuevo, quizás, era la chica que estaba al final del túnel tapada con la que presumo es su propia chaqueta. ¿Qué hace?
-Eh, eh, ¿qué haces aquí?

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lunes, 8 de julio de 2013

Segunda parte de La trágica historia de Robert Philips

Otro día más comenzó en la historia de Robert Philips. Ya habían pasado más de setecientos días y apenas recordaba horas de alguno. Todo pasaba rápido y en silencio en la memoria del pequeño Robert, el cual, apoyado en su ventana, trataba de recordar su vida como quien trata de acordarse de la trama de una película largo tiempo vista. 
Preguntas, preguntas, caminos sin salida, caminos sin entrada, respuestas, respuestas. 
Llegó la hora del descanso, los muchachos bajaban a los patios internos del colegio a intercambiar ideas, hacer algún ejercicio no demasiado cansado, hablar de sus cosas o simplemente estirar las piernas. Marshall se encontraba junto con Thomas y el resto de la clase en una esquina escondida, Marshall les enseñaba su revista para adultos para conseguir esa satisfacción que se siente al ver que a la gente le brillan los ojos y se asombran gracias a ti mientras Robert se había ido más lejos de lo habitual, comenzaba a dejarles de lado pues cada vez estaba más seguro de no encajar allí, de aburrirse con esas conversaciones y cada vez necesitaba menos de su compañía. Prefería incluso esconderse sin quererlo de ellos. 

Robert se encontraba en el otro patio del colegio, dando un paseo hasta que encontró un banco extraño, no miraba hacia dentro del patio como los demás, miraba hacia fuera. Lo vio maravilloso y perfecto por lo que tomó asiento. Para su asombro otro chico más joven que él también estaba sentado, callado, boquiabierto, mirando al cielo. Rara vez Robert conversaba y más extraña vez era él quien comenzaba a hablar, pero esta vez la ocasión lo requería:
-¿Qué... qué haces aquí? -Conocía la respuesta perfectamente, pero a veces uno necesita escucharla de boca de otro.
-Contemplar las nubes, me gusta pensar que podría dar largos paseos por ellas, ¡son tan esponjosas y enormes! Me gustaría viajar en ellas y no en un terrible avión. 
-¿En avión? -se extrañó Robert, no sabía por qué pero este chico le llamaba mucho la atención. -¿De dónde vienes?
-De los Estados Unidos, pero no tengo acento, de pequeño fui criado en una pequeña casa de Escocia. Mis padres se divorciaron y mi madre encontró un marido rico en Florida y luego me metieron en esta cárcel.
-¿Cárcel?
-¡¿No te lo parece?! No pareces un niño de papá como el resto de aquí, pocos de aquí piensan por sí mismos y muchos menos para sí mismos. Odio este sitio, nunca puedo salir, nunca puedo correr, nunca puedo pintar, nunca puedo tocar mi armónica, nunca puedo ensuciar, nunca puedo estallar cosas, ¡nunca puedo hacer nada divertido!
-¿En qué curso estás? Pareces más pequeño que yo, pero no pareces más pequeño de aquí -Robert se señaló la cabeza con el índice.
-En cuarto, dicen que soy superdotado y me avanzaron un par de cursos. Tú eres de tercero, ¿no?
-Eh... sí, sí. 
El extraño chico resopló mirando hacia el cielo. 
-Me dan ganas de suicidarme.
-¿Hablas en serio?
-Claro, hablar en broma es perder un tiempo que podrías usar para hablar de verdad. Nunca digo palabras en vano.
-¿Cómo lo harías?
El chico de cuarto se comenzó a reír profundamente.
-¡Eres genial, amigo! Sabía que no eras como el resto, alguien normal hubiese preguntado "¿Por qué harías algo así?" o exclamarían "¡Estás loco! ¡No lo hagas! ¡Es tirar tu vida por la borda!". Pero no, me tocó hablar con el tipo que dijo "¿Cómo lo harías?". ¿Qué pasa? ¿Tú también quieres acabar con esto?
-No... yo estoy contento con soñar que puedo correr fuera de esta valla. 
-Te conformas con poco, amigo. Bueno, eso es el timbre, un placer haberte conocido, esto...
-Robert, Robert Philips.
-¡Encantado suicida Philips! Yo me llamo Nathan. 
Por alguna razón ese calificativo no le sentó mal a Robert. Se dieron la mano y cada uno fue a su clase. Robert pasó las siguientes clases imaginando como Nathan se suicidaría. Había muchas posibilidades y se preocupó por anotar todas las posibilidades. 

Después de las clases Robert volvió al mundo real y entró en su cuarto. Allí estaban Thomas, Marshall y unos chicos que creía de cuarto. Thomas estaba sentado en su cama pálido, no miró a Robert, no movió su cabeza, miraba a la nada, pero en cuanto entró Robert se metió en la cama mirando a la pared. 
-¡Por fin llegas Robert! Te estábamos esperando para darte una pequeña sorpresa, ¿verdad chicos? -dijo Marshall con ese tono de bruto estúpido. 
-¿Qué es esto Marshall?
-¡Vaya! ¡Así que puedes hablar! ¡Te creíamos mudo! Y, oh, no te preocupes por este comité de bienvenida, tan sólo queremos enseñarte de qué va el mundo. 
Robert puso una cara extrañada y apenas pudo reaccionar cuando dos de esos chicos más fuertes que él le pegaron un puñetazo tan fuerte en la cara que lo noquearon. Se despertó en los baños.
-Bueno, todos los de este edificio están haciendo gimnasia abajo, por lo que nadie te podrá oír gritar. ¿No es fantástico? Me encanta cuando los planes salen bien. -Era Marshall, quería darse aires de grandeza pero se le notaba nervioso y le temblaba la voz. -Estamos hartos de tu actitud, ¡joder! ¡Somos tus putos amigos! Pero tú tienes que ser el chico guay, el chico mudo que todo lo sabe. "El chico mayor". ¡Ya estamos hartos! Mira, te he estado cuidando desde que llegaste y supe que teníamos que compartir cuarto, pero me quemas la sangre, Robert, y quiero que sepas una cosa: eres escoria. No vales absolutamente nada en este mundo y de morir no te echaría nadie de menos. A uno le hace pensar, ¿eh? ¿No lo habías pensado ya tú que piensas tanto?
Robert que estaba sentado apoyado en la pared apenas comprendía de qué iba ese paripé, notaba su pómulo entumecido y no podría saber menos qué estaba pasando. Recibió una patada en la cara por parte de Marshall que lo tumbó y, a continuación, sintió docenas de coces en su cuerpo, apenas gritaba, se había quedado sin voz. 
-¡Vamos! ¡Grita! ¡Reacciona ante algo maldita sea!
Cuando se cansaron de apalearle él yacía casi inerte en la esquina del cuarto de baño del edificio contiguo al suyo. 
-Joder, Robert. Estás hecho un asco. -Siguió Marshall- Deberías cambiarte y darte una ducha antes de cenar, no vaya a pensar la gente que te hemos hecho algo malo, ¿entiendes? Si una sola persona se entera de lo que has vivido hoy te mataremos, ¡¿lo entiendes?! Oh, joder. ¡Vamos! ¡Levanta! Qué desperdicio de ser humano estás hecho, Robert. 
Y sin más, se fueron. 

Pasaron un par de horas y Robert entró en el cuarto a duras penas, cayó rendido en la cama. En el cuarto sólo estaba Thomas leyendo un libro para intentar no imaginarse lo peor, cuando entró Robert lo cerró de golpe y le preguntó muy nervioso. Robert sólo quería echarse un rato. 
-Hablamos luego... -suspiró. 
-Mira, yo bajo a cenar, no sé qué ha pasado pero no deberías saltarte la cena o vendrán aquí a verte. 
Thomas cerró la puerta y a los cinco minutos Robert abrió el cajón de su mesilla. Tenía varios cuadernos llenos de ideas preciosas y soñadoras, pero también las apuntadas en ese mismo día. 

"¿Cuál sería la mejor manera de hacerlo?" Se preguntó. "¿Cuál?". "¿Qué es 'mejor'?"

Bajó a cenar. 

Al día siguiente se encontraba algo mejor pero aún dolorido volvió a expensas de correr el riesgo de otra paliza al banco donde se sentaba Nathan. 
-¡Joder compadre! ¡Estás en un aspecto terrible! No habrás intentado suicidarte, ¿verdad?
-No... no fue eso. 
-Menos mal, porque no querría que de la noche a la mañana la única persona decente en este estercolero muriese sin previo aviso. 
-¿Sabes? Siempre me fascinó el fuego... Siempre es libre, va a donde quiere y nada se interpone a su paso. Quisiera ser fuego. 
-"Siempre hay tiempo para todo lo que un hombre valiente se propone" me enseñó mi padre. 
-Tú padre tenía mucha razón. 









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domingo, 7 de julio de 2013

Primera parte de La trágica historia de Robert Philips

El pequeño Robert miraba por la ventana de su cuarto, miraba los frondosos árboles del bosque contiguo. Miraba las nubes que sobrevolaban entre magia y viento, disfrutaba del sonido de la brisa entre la fresca hierba. Pocos días estaba el cielo así de despejado, estaba acostumbrado a que todo el cielo fuese una gran nube gris. 
Pronto entraron Thomas y Marshall, sus compañeros de cuarto, ellos acababan de terminar sus clases y todos los alumnos estaban en sus cuartos esperando la hora de cenar. Marshall les recordó a ambos que sus padres le habían enviado un juego de mesa y que podrían pasar la tarde jugando, Thomas le miró un poco intrigado mientras que Robert seguía mirando por la ventana. 
-Me pregunto... cómo será correr por estos prados... -dijo Robert.
-Pues como en cualquier otro prado, supongo. No veo ninguna diversión en hacer algo así, además, sentiría que estoy malgastando mi tiempo -replicó Marshall, al cual se le veía muy entusiasmado con su juego de mesa.

Pasaron horas y apenas Robert se había movido. Apenas había hecho un gesto. Los tres se hospedaban en uno de los colegios más prestigiosos de Inglaterra, un colegio muy conservador, de gran status, de grandes apariencias, de gran educación y muy, muy caro. Robert no entendía el dinero, ni las matemáticas, ni la sintaxis, ni entendía por qué debía aprenderse qué ocurrió hace tres cientos en el Reino Unido. Sin embargo le encantaban las historias del Rey Arturo. Soñaba con montar a caballo por enormes tierras, salvando riscos y acantilados, luchando contra lo imposible. Marshall le tenía un poco de tirria por su actitud, por un lado odiaba que siempre estuviese ensimismado, mirando al cielo, imaginando historias, preguntando obviedades y renunciando a sus deberes; pero por el otro lado le envidiaba. Thomas por su lado estaba allí porque sus padres le dijeron que debía estar allí, pocas veces tenía la iniciativa, él tan sólo quería que la gente que le rodeara se sintiera a gusto con su presencia. 

Este era el tercer día del último trimestre del tercer año. Robert sentía que nada había cambiado en esos tres años aunque también sentía que de haberlo hecho tampoco se podría dar cuenta. Nunca tuvo la iniciativa para escapar por la ventana con una cuerda de sábanas y correr entre los árboles, la lluvia y las flores. Había soñado con ese momento durante los últimos dos años, tenía más de una veintena de planes escritos y dibujados para hacerlo pero nunca tuvo las agallas o quizá las ganas para escapar. Estaba contento con soñar que podía que salir corriendo, no le hacía falta realizar ese sueño, o eso pensaba él. 
Dieron las nueve de la noche y los tres bajaron a cenar. El menú era algo previsible, era miércoles, tocaría pescado. Se sentaron en la misma mesa de siempre junto con sus otros doce compañeros de clase. Marshall era el líder del grupo y todos le reían las gracias, todos menos Robert que estaba más ocupado pensando cómo sería la cara del hombre que pescó su cena. Acabaron de cenar y volvieron a sus cuartos, pero Marshall se paró unos momentos para hablar con unos compañeros suyos.

-Id yendo, luego subo yo -dijo.

Thomas y Robert subieron a su habitación, Thomas estaba de pie doblando la ropa encima de su colcha y Robert permanecía cabizbajo sentado en la su cama. Dijo entre susurros y suspiros: 
-Thomas... ¿amas a esta gente?
Thomas se quedó perplejo y se incomodó un poco, pero sacó una leve sonrisa y respondió -¿a qué te refieres, Robert?
-A si de verdad amas a tus semejantes como decimos todos en las misas. Si de verdad han ocupado una parte de ti, si son como tu familia, tus hermanos. 
-Pues claro, Robert, tú incluido, ¿cómo me preguntas algo tan tonto?
-Porque para mí no es tan tonto.
-Perdona, no sabía que... bueno, no sabía que le dabas tanta importancia a esto.
-No te preocupes.

Marshall entró a los pocos minutos en el cuarto. Extrañamente se aseguró de que no había nadie en el pasillo y se acercó a sus compañeros, les hizo una señal de que guardasen silencio y de que mantuvieran lo que iban a ver en secreto. Se acercó a su cama y de debajo sacó una revista picante. Thomas se empezó a poner nervioso y se puso a advertir a Marshall de las terribles consecuencias que podía tener ese revista en el colegio, Marshall por su lado estaba emocionado de tener algo así y lo exhibía con orgullo a sus dos compañeros. Robert lo vio, miró hacia abajo y se tumbó en su cama. 
-¿Qué te pasa Robert? ¿Acaso eres gay? Debe ser eso -dijo Marshall con un tono de bruto de primaria.
-Déjale, creo que no ha tenido un buen día -le contestó Thomas, no quería que se peleasen. 
Marshall se hizo a una lado y amenazó personalmente a Robert:
-No te preocupes, chico mudo, pronto se habrá acabado todo. 
Robert se sorprendió de esas palabras, eran muy concretas y a la vez muy inexactas. Por un lado estuvo preocupándose de la importancia que pueden tener unas palabras y por otro pensaba en a qué podría referirse... 


-La cara del hombre que pescó mi cena-


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domingo, 5 de mayo de 2013

Varias entradas para una misma puerta

Es hora de un cuento, ¡claro! Cómo no. Es agradable saber que cuando escribes cada una de las palabras que tú mismo conjuras sabes que alguien, en algún lugar y en algún momento, las leerá y obtendrá los sentimientos que tú quisiste que tuviera.
Somos cajas de secretos los cuenta cuentos, no lo olvides. Sabemos más de lo que sabemos y creemos en más de lo que cualquier persona podría creer. ¡Claro! Si no... No seríamos más que meros destellos que dijeron ser aquello que nunca fue.

Pues bien, ¿quieres un secreto? Este es uno. Esta es la historia de un joven adolescente. El año es poco importante, pues esta historia ya la conoces y ya la has visto, escuchado, recordado y vivido.
Este chico descubrió algo, algo maravilloso, pero sólo maravilloso para él, como sólo son los mejores tesoros. Descubrió lo mucho que le encantaba, lo mucho que podría ser eso durante años y años sin cansarse. Pero, por una razón u otra tuvo que esconderlo, esconderlo como su más preciado afecto y recuerdo, no quería que nadie lo pudiese romper. Encerrarlo y cavarlo en lo más profundo que pudo encontrar. Ahora hay tres versiones:

En la primera, el chico de vez en cuando visita su tesoro, deja empaparse por su luz y sonríe de nuevo. Sonríe en ese mar gris en del que protege sus recuerdos. Él es el refugio de su tesoro. Él es el guardián de su tesoro.

La segunda versión es algo más trágica desde mi propio punto de vista: el chico entierra su tesoro tan profundo que no es capaz ni de sentirlo, lo pierde en el mar con el ancla que le puso y el ser humano necesita la constancia de la memoria para recordarlo. No lo recordará más, seguirá su rumbo sin la brújula que perdió, ¿a dónde irá? A donde le lleve el viento, por supuesto.



La tercera versión es especial. Ocurre pocas veces y es grandilocuente. En esta versión el chico deja a un lado todo lo que él cree y se guía por lo que sabe. Saca el tesoro de su desván, lo saca a la luz del sol y su sonrisa colorea la realidad que lo rodea. Su tesoro ahora está expuesto pero es un "loco" y lo arriesga todo a un último disparo. En esta historia a veces acierta y en otras no. El todo o nada que no le puede dejar mejor sabor de boca.

                             
                                   


Y el resto del cuento es Historia. Con mayúscula. ¿Existieron las palabras que la grabaron? Quizá sí, quizá no, pero la Historia es inherente al tiempo, sea grabada o no.

¿Cómo sé que ya conoces ese cuento? Bueno, simple y llanamente... porque puedes sentir la lluvia en tu piel.

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lunes, 30 de julio de 2012

Ese extraño vecino mío



A veces suelo verlos. Esos personajes de cuento ficticio que viven en la realidad. A veces son tan palpables como tú y como yo. Otras... no tanto. En casi cualquier barrio hay un par de tipos solitarios que siempre ves andando, montados en algo, en su mundo. Siempre en su mundo. Como si vivieran dentro del cuento del que salieron. 

En el mío hay uno. Es extraño, nadie se acerca a él y parece que a veces sólo yo soy capaz de verlo... es como una sombra, o algo parecido. Se esconde entre las personas, como cuando preguntas a alguien que dónde escondería un árbol y te dice que en un bosque. Algo parecido. Es especial. 


A veces incluso salgo sólo para ver si le veo. Es curioso. Su cara siempre es de indiferencia, aunque mira con la mirada de alguien que busca algo, algo que no se ve a simple vista. A veces lleva libros y se sienta a leerlos a la vista de todos, pero nadie lo ve, salvo a veces... yo. Escucha música mientras lee y pone caras. Es extraño. Es como si la gente que no le ve no la viese él. Cuando cierra el libro, mira al cielo... casi siempre a las estrellas, suspira, sonríe y se va como vino. De la nada a la nada. ¿Vivirá en algún sitio? Me pregunto siempre eso, eso y ¿existirá realmente o es un espejismo? Siempre que le veo quiero hablar con él, pero no me atrevo y si me armo de valor se va. A lo mejor es cosa del destino, "el chico que nunca pudo ser conocido", o algo así. No sé, el mundo hace que a veces no crea en la casualidad. Después de todo, debe ser de carne y hueso, ¿no? 


Quizá es sólo alguien que no tiene amigos más que sus libros y quiere respirar el aire de la calle. Quizá es un chico normal que le gusta mirar a la estrellas. Quizá quiera llamar la atención de gente especial... gente como él. Creo que se deberían reunir todos estos tipos, se alegrarían bastante ver que hay más como ellos, al final, el ser humano creo que es sociable... que le gusta la familia, una de verdad, ¿sabes? No una de esas que te encuentras en la televisión. Quizá sólo quiera un abrazo, pero es muy tímido con, ya sabes, la gente que le vemos. Un día le vi los ojos y él me observó los míos, sentí como si alguien me desnudase, ¿entiendes? Pero no el cuerpo, o sea, no con deseo, sino que me desnudase el alma, como si me conociera de toda la vida, como un padre o un... ¿hermano? Nadie me miró así nunca más, no sé si eso es bueno o malo o si siquiera me importa que lo sea. 


Un día dejas de verle, se evapora, quizá nunca existió. Tú vida sigue, y un día del año siguiente en una fecha parecida le ves pasear y la apatía se va. No sé, él encierra algo que los demás no hacemos o no creemos hacerlo. Quizá algún día me acerque y le salude... algún día... y tú, ¿viste alguna vez alguien así?


Suerte

Remuevo un café cada mañana

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